Las Semanas Sociales de España, integradas hoy como un servicio de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana, han desarrollado sin interrupción su tarea desde 1906, asumiento la metodología de «Cátedra ambulante de la doctrina social de la Iglesia». La última semana social tuvo lugar en 2021 en Sevilla. En este año 2023 se ha preparado el camino para celebrar la próxima edición de Semanas Sociales en el segundo semestre de 2024, que tendrá lugar en Valladolid. Para ello sería deseable, que, como en el última edición, se pudieran realizar Semanas Sociales en las diócesis, que generen espacios de encuentro para analizar, dialogar, y construir, desde un camino sinodal, respuestas a los actuales desafíos éticos, económicos, culturales y sociales. Estos encuentros reúnen especialmente a laicos e instituciones comprometidas en la vida pública y concluirán después en la Semana Social nacional, que llevará por título «El diálogo, camino para la Iglesia». Jesús Avezuela, Director de Semanas Sociales
Catequesis sobre la vejez, Francisco: «Perder el tiempo» con los niños y personas mayores
Vatican News: En su catequesis del 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, comienzo del tiempo litúrgico penitencial de la Cuaresma y Jornada de ayuno y oración por la paz en Ucrania, Francisco compartió su segunda reflexión del ciclo sobre el valor de la vejez: invitó a descubrir la belleza del ritmo de la vida de los ancianos, a “perder tiempo” con los niños y las personas mayores. “La alianza entre las dos generaciones en los extremos de la vida –los niños y los ancianos- ayuda también a las otras dos –los jóvenes y los adultos- a vincularse para hacer la existencia de todos más rica en humanidad”. Así el Santo Padre se refería este miércoles 2 de marzo a la riqueza intrínseca del vínculo entre las generaciones, durante su catequesis en la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI del Vaticano. En este día tan especial, Miércoles de Ceniza, que coincide con el inicio de la Cuaresma y en el que se celebra la Jornada de Oración y Ayuno por la paz en Ucrania, Francisco tomó como punto de partida el pasaje bíblico de las genealogías de los antepasados (Génesis 5, 1-5). En ese relato, “sorprende enseguida su enorme longevidad: ¡se habla de siglos! ¿Cuándo empieza, aquí, la vejez? ¿Y qué significa el hecho de que estos antiguos padres vivan tanto después de haber generado los hijos? ¡Padres e hijos viven juntos, durante siglos! Esta cadencia secular de la época, narrada en estilo ritual, otorga a la relación entre longevidad y genealogía un significado fuerte, muy fuerte”, interpeló. Buscar el diálogo entre generaciones como exigencia humana “Es como si la transmisión de la vida humana –continúa el Sucesor de Pedro- tan nueva en el universo creado, pidiera un lenta y prolongada iniciación. Todo es nuevo, en los inicios de la historia de una criatura que es espíritu y vida, conocimiento y libertad, sensibilidad y responsabilidad”. Añadió que esto “pide un largo tiempo de iniciación, en el que es indispensable el apoyo recíproco entre las generaciones, para descifrar las experiencias y confrontarse con los enigmas de la vida”. “En este largo tiempo, lentamente, es cultivada también la calidad espiritual del hombre”, agregó. Francisco insistió en la relevancia del diálogo entre las generaciones: “Si no hay diálogo entre jóvenes y ancianos, entre adultos, cada generación permanece aislada y no puede transmitir el mensaje”. El Papa se detuvo en un ejemplo: invitó a pensar en un joven que no está relacionado con sus raíces, que son los abuelos. Esa persona “no recibe la fuerza, como el árbol, la fuerza de las raíces y crece mal, crece enfermo, crece sin referencias. Por esto, es necesario buscar, como exigencia humana, el diálogo entre las generaciones. Y este diálogo es importante entre los abuelos y los nietos, que son los dos extremos”, afirmó. Ritmos más lentos, no solo de inercia Francisco recordó que la vejez impone ritmos más lentos, “pero no son solo tiempos de inercia”, pues “la medida de estos ritmos abre para todos espacios de sentido de la vida desconocidos por la obsesión de la velocidad”, sostuvo. “Perder el contacto con los ritmos lentos de la vejez cierra estos espacios para todos”, aseguró el Pontífice, quien remarcó que, en este horizonte, fue que decidió establecer la Fiesta de los Abuelos en el último domingo de julio. Al proponer que imaginemos una ciudad donde la convivencia de las diferentes edades forme parte integral del proyecto global de su hábitat, Francisco aseveró que “la superposición de las generaciones se convertiría en fuente de energía para un humanismo verdaderamente visible y vivible”. En contraposición, aludió a la ciudad moderna y cómo tiende a ser más hostil con los ancianos: “El exceso de velocidad nos mete en una centrífuga que nos barre como confeti”. En este contexto, “la mirada de conjunto se pierde por completo”, expresó. “Cada uno se aferra a su propia pieza, que flota sobre los flujos de la ciudad-mercado, para la cual los ritmos lentos son pérdidas y la velocidad es dinero. El exceso de velocidad pulveriza la vida, no la hace más intensa”, dijo. “La alianza de las generaciones es indispensable” “La alianza visible de las generaciones, que armoniza los tiempos y los ritmos, nos devuelve la esperanza de no vivir la vida en vano. Los ritmos de la vejez son un recurso indispensable para captar el sentido de la vida marcada por el tiempo. Gracias a esta mediación, se hace más creíble el destino de la vida en el encuentro con Dios: un diseño que está escondido en la creación del ser humano ‘a su imagen y semejanza’ y está sellado en el hacerse hombre del Hijo de Dios”. Francisco consideró que la frase clave es «perder el tiempo» y preguntó: «¿Tú sabes perder el tiempo, o tú estás siempre apurado por la velocidad? “No, tengo prisa, no puedo…”? ¿Sabes perder el tiempo con los abuelos, con los ancianos? ¿Sabes perder el tiempo jugando con tus hijos, con los niños? Este es el punto de referencia. Piensen un poco». El Papa mencionó que hoy se verifica una mayor longevidad de la vida humana, que “ofrece la oportunidad de aumentar la alianza entre todas las etapas de la vida; y también con el sentido de su vida en su totalidad”. “Que el Espíritu nos conceda la inteligencia y la fuerza para esta reforma: la prepotencia del tiempo del reloj debe convertirse en la belleza de los tiempos de la vida”, puntualizó. “La alianza de las generaciones es indispensable. Que Dios nos ayude a encontrar la música adecuada para esta armonización”, concluyó Francisco.
Mensaje del Papa por la Jornada Mundial de la Paz para el año 2022
Diálogo entre generaciones, educación y trabajo:instrumentos para construir una paz duradera(texto íntegro) 1. «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del mensajero que proclama la paz!» (Is 52,7). Las palabras del profeta Isaías expresan el consuelo, el suspiro de alivio de un pueblo exiliado, agotado por la violencia y los abusos, expuesto a la indignidad y la muerte. El profeta Baruc se preguntaba al respecto: «¿Por qué, Israel, estás en una tierra de enemigos y envejeciste en un país extranjero? ¿Por qué te manchaste con cadáveres y te cuentas entre los que bajan a la fosa?» (3,10-11). Para este pueblo, la llegada del mensajero de la paz significaba la esperanza de un renacimiento de los escombros de la historia, el comienzo de un futuro prometedor. Todavía hoy, el camino de la paz, que san Pablo VI denominó con el nuevo nombre de desarrollo integral [1],permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres y mujeres y, por tanto, de la familia humana, que está totalmente interconectada. A pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario. Como en el tiempo de los antiguos profetas, el clamor de los pobres y de la tierra [2] sigue elevándose hoy, implorando justicia y paz. En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido. Existe, en efecto, una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las distintas instituciones de la sociedad, y existe un “artesanado” de la paz que nos involucra a cada uno de nosotros personalmente. [3] Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico: partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados. Aquí me gustaría proponer tres caminos para construir una paz duradera. En primer lugar, el diálogo entre las generaciones, como base para la realización de proyectos compartidos. En segundo lugar, la educación, como factor de libertad, responsabilidad y desarrollo. Y, por último, el trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Estos tres elementos son esenciales para «la gestación de un pacto social» [4], sin el cual todo proyecto de paz es insustancial. 2. Diálogo entre generaciones para construir la paz En un mundo todavía atenazado por las garras de la pandemia, que ha causado demasiados problemas, «algunos tratan de huir de la realidad refugiándose en mundos privados, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones» [5]. Todo diálogo sincero, aunque no esté exento de una dialéctica justa y positiva, requiere siempre una confianza básica entre los interlocutores. Debemos recuperar esta confianza mutua. La actual crisis sanitaria ha aumentado en todos la sensación de soledad y el repliegue sobre uno mismo. La soledad de los mayores va acompañada en los jóvenes de un sentimiento de impotencia y de la falta de una idea común de futuro. Esta crisis es ciertamente dolorosa. Pero también puede hacer emerger lo mejor de las personas. De hecho, durante la pandemia hemos visto generosos ejemplos de compasión, colaboración y solidaridad en todo el mundo. Dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar todo esto entre las generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida. Aunque el desarrollo tecnológico y económico haya dividido a menudo a las generaciones, las crisis contemporáneas revelan la urgencia de que se alíen. Por un lado, los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes. Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria ―los mayores― y los continuadores de la historia ―los jóvenes―; tampoco pueden prescindir de la voluntad de cada uno de nosotros de dar cabida al otro, de no pretender ocupar todo el escenario persiguiendo los propios intereses inmediatos como si no hubiera pasado ni futuro. La crisis global que vivimos nos muestra que el encuentro y el diálogo entre generaciones es la fuerza propulsora de una política sana, que no se contenta con administrar la situación existente «con parches o soluciones rápidas» [6], sino que se ofrece como forma eminente de amor al otro [7], en la búsqueda de proyectos compartidos y sostenibles. Si sabemos practicar este diálogo intergeneracional en medio de las dificultades, «podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros» [8]. Sin raíces, ¿cómo podrían los árboles crecer y dar fruto? Sólo hay que pensar en la cuestión del cuidado de nuestra casa común. De hecho, el propio medioambiente «es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente» [9]. Por ello, tenemos que apreciar y alentar a los numerosos jóvenes que se esfuerzan por un mundo más justo y atento a la salvaguarda de la creación, confiada a nuestro cuidado. Lo hacen con preocupación y entusiasmo y, sobre todo, con sentido de responsabilidad ante el urgente cambio de rumbo [10] que nos imponen las dificultades derivadas de la crisis ética y socio-ambiental actual [11]. Por otra parte, la oportunidad de construir juntos caminos hacia la paz no puede prescindir de la educación y el trabajo, lugares y contextos privilegiados para el diálogo intergeneracional. Es la educación la