Archisevilla.org: La Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Sevilla celebró el pasado día 6 de marzo una jornada de sensibilización contra la drogadicción en el Instituto Murillo, de Sevilla, impartida por dos internos del Centro Penitenciario Sevilla I. Durante la jornada, dos reclusos con libertad condicional, acompañados por voluntarios de esta Pastoral, expusieron las causas particulares que los llevaron a su situación actual, su proceso de reinserción y la importancia del acompañamiento individual. Tras sus respectivas intervenciones, se abrió un turno de preguntas en las que los alumnos de bachillerato tuvieron la oportunidad de profundizar en esta realidad. Las jornadas de sensibilización se realizan todos los años en los centros educativos que acogen estas iniciativas con presos de Sevilla I y Sevilla II (Morón), Alcalá de Guadaira, el Hospital Psiquiátrico y del Centro de Inserción Social. Al respecto, la sensibilización en centros educativos es un servicio de Pastoral Penitenciaria altamente valorado por educadores y alumnos que lo reciben y que esta delegación diocesana ofrece como prevención para que los jóvenes eviten las adicciones y no terminen destrozando su vida. Si está interesado en realizar esta acción en un centro, puedes contactar con la Pastoral Penitenciaria a través del correo: pastoralpenitenciasevilla@gmail.com Pastoral con 1.300 privados de libertad El pasado miércoles 1 de marzo, el vicario para la Pastoral Social, Salvador Diánez, se reunió con el delegado diocesano de Pastoral Penitenciaria, Ángel García y los capellanes del Centro Penitenciario Sevilla II, de Morón de la Frontera, Pedro Sola, Roy Madavana y Pedro Reina. Al encuentro celebrado en la Parroquia Nuestra Señora de la Consolación, de Coronil, asistieron también el vicario episcopal sur Manuel Ávalos y Francisco Morales, voluntario de esta pastoral. Durante el encuentro se analizó el trabajo pastoral que se realiza en este Centro Penitenciario con más de 1.300 internos, “poniendo especial interés en aquellas acciones que pudieran ser mejoradas, para mejor servir a estas personas”. Al respecto, el Vicario para la Pastoral Social destacó que el trabajo que se realiza en todos los centros penitenciarios ha de estar coordinado según los criterios pastorales de esta Delegación e invitó a formar un grupo motor con los capellanes de los demás centros penitenciarios para elaborar el plan quinquenal de Pastoral Penitenciaria. Lee la noticia en su fuente original
Mensaje del Papa por la Jornada Mundial de la Paz para el año 2022
Diálogo entre generaciones, educación y trabajo:instrumentos para construir una paz duradera(texto íntegro) 1. «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del mensajero que proclama la paz!» (Is 52,7). Las palabras del profeta Isaías expresan el consuelo, el suspiro de alivio de un pueblo exiliado, agotado por la violencia y los abusos, expuesto a la indignidad y la muerte. El profeta Baruc se preguntaba al respecto: «¿Por qué, Israel, estás en una tierra de enemigos y envejeciste en un país extranjero? ¿Por qué te manchaste con cadáveres y te cuentas entre los que bajan a la fosa?» (3,10-11). Para este pueblo, la llegada del mensajero de la paz significaba la esperanza de un renacimiento de los escombros de la historia, el comienzo de un futuro prometedor. Todavía hoy, el camino de la paz, que san Pablo VI denominó con el nuevo nombre de desarrollo integral [1],permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres y mujeres y, por tanto, de la familia humana, que está totalmente interconectada. A pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario. Como en el tiempo de los antiguos profetas, el clamor de los pobres y de la tierra [2] sigue elevándose hoy, implorando justicia y paz. En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido. Existe, en efecto, una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las distintas instituciones de la sociedad, y existe un “artesanado” de la paz que nos involucra a cada uno de nosotros personalmente. [3] Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico: partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados. Aquí me gustaría proponer tres caminos para construir una paz duradera. En primer lugar, el diálogo entre las generaciones, como base para la realización de proyectos compartidos. En segundo lugar, la educación, como factor de libertad, responsabilidad y desarrollo. Y, por último, el trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Estos tres elementos son esenciales para «la gestación de un pacto social» [4], sin el cual todo proyecto de paz es insustancial. 2. Diálogo entre generaciones para construir la paz En un mundo todavía atenazado por las garras de la pandemia, que ha causado demasiados problemas, «algunos tratan de huir de la realidad refugiándose en mundos privados, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones» [5]. Todo diálogo sincero, aunque no esté exento de una dialéctica justa y positiva, requiere siempre una confianza básica entre los interlocutores. Debemos recuperar esta confianza mutua. La actual crisis sanitaria ha aumentado en todos la sensación de soledad y el repliegue sobre uno mismo. La soledad de los mayores va acompañada en los jóvenes de un sentimiento de impotencia y de la falta de una idea común de futuro. Esta crisis es ciertamente dolorosa. Pero también puede hacer emerger lo mejor de las personas. De hecho, durante la pandemia hemos visto generosos ejemplos de compasión, colaboración y solidaridad en todo el mundo. Dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar todo esto entre las generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida. Aunque el desarrollo tecnológico y económico haya dividido a menudo a las generaciones, las crisis contemporáneas revelan la urgencia de que se alíen. Por un lado, los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes. Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria ―los mayores― y los continuadores de la historia ―los jóvenes―; tampoco pueden prescindir de la voluntad de cada uno de nosotros de dar cabida al otro, de no pretender ocupar todo el escenario persiguiendo los propios intereses inmediatos como si no hubiera pasado ni futuro. La crisis global que vivimos nos muestra que el encuentro y el diálogo entre generaciones es la fuerza propulsora de una política sana, que no se contenta con administrar la situación existente «con parches o soluciones rápidas» [6], sino que se ofrece como forma eminente de amor al otro [7], en la búsqueda de proyectos compartidos y sostenibles. Si sabemos practicar este diálogo intergeneracional en medio de las dificultades, «podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros» [8]. Sin raíces, ¿cómo podrían los árboles crecer y dar fruto? Sólo hay que pensar en la cuestión del cuidado de nuestra casa común. De hecho, el propio medioambiente «es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente» [9]. Por ello, tenemos que apreciar y alentar a los numerosos jóvenes que se esfuerzan por un mundo más justo y atento a la salvaguarda de la creación, confiada a nuestro cuidado. Lo hacen con preocupación y entusiasmo y, sobre todo, con sentido de responsabilidad ante el urgente cambio de rumbo [10] que nos imponen las dificultades derivadas de la crisis ética y socio-ambiental actual [11]. Por otra parte, la oportunidad de construir juntos caminos hacia la paz no puede prescindir de la educación y el trabajo, lugares y contextos privilegiados para el diálogo intergeneracional. Es la educación la