Recuperamos una entrevista a Jose Luis Méndez, Director del Departamento de Pastoral de la Salud a el periódico el Debate tras la resolución del Tribunal Constitucional, que rechaza la ponencia que declaraba inconstitucional la “Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”. Léelo en formato original Doctor y sacerdote. Una doble vocación que José Luis Méndez, director del departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española, no disocia. Al contrario. La agudiza con los acontecimientos que la actualidad trae consigo. Sobre el aborto, la eutanasia y la vida charlamos con él. –¿Cuál es el eco que les va dejando los nuevos postulados contra la vida? –Lo miro con preocupación porque me parece que algo que ella nos dijo hace muchísimos años  San Juan Pablo II cuando decía que la conspiración contra la vida va adelante. La vida humana empieza a tener un valor muy relativo mientras que con la de un perro, por ejemplo, hay que tener mucho cuidado con lo que hace y lo que le dices. A mi juicio, esto pone en evidencia algo que estamos viviendo, donde la vida del hombre vale lo que yo decido que valga, lo que la madre que aborta decida que valga, o lo que el médico que va a llevar a cabo esa práctica o a aplicar la eutanasia a un enfermo decida que valga la vida. Si la vida de las personas vale lo que otra determine, pues es muy preocupante, porque el día de mañana lo van a decidir sobre ti, sobre mí y sobre aquellos que hoy deciden por nosotros. –La Iglesia siempre ha intentado salvaguardar ese templo interior que es la conciencia, el espacio sagrado ante el que nos descalzamos. Parece que ahora hay una propuesta encima de la mesa para fiscalizar a los que rezan frente a una clínica abortiva. ¿Cómo se confronta, desde sus convicciones, esta realidad? –Respecto a este asunto, hay una comprensión equívoca de la conciencia, que no es apelar a la mera subjetividad. Es verdad que la conciencia es un juicio subjetivo, pero que tiene que ver con la verdad sobre el bien. La conciencia hace una referencia última al bien de la persona. Para los católicos está claro cuál es la verdad última sobre el bien de la persona. Yo, cuando era estudiante de medicina, no era precisamente creyente pero siempre entendí que el tema del aborto era un atentado contra la vida. Quizá porque el ejercicio mismo de la medicina supone una vocación al servicio de esta. Yo les preguntaría a todos estos defensores del aborto qué esfuerzo hacen ellos por recuperar y ayudar a las personas que sufren el síndrome post aborto, contrastadísimo desde hace ya muchos años por revistas científicas serias. ¿Quién se preocupa de lo que sufre la mujer que ha practicado el aborto, del hombre que lo ha inducido, incluso de los médicos que lo han practicado? Curiosamente es la Iglesia, junto con otras instituciones cristianas que no son católicas, que salen al encuentro de estas personas para ayudarla. Todavía hoy se desconoce que nosotros, como Iglesia, no queremos combatir a las personas que deciden abortar. No, nosotros queremos combatir el aborto, queremos incluso hacerlo impensable y ayudar a las personas. –¿Va a seguir siendo necesario, ante una flexibilización normativa respecto al aborto que afecte el día a día de la sociedad, la intervención de un obispo o aquel al que le haya delegado la potestad de perdonar un aborto? –La decisión de que sea la absolución, no el pecado, la absolución canónica de la excomunión, la sentencia que lleva aneja la realización del aborto, es lo que está reservado. Levantar esa excomunión está reservada al obispo y aquel a quien el obispo designe. Lo normal en las diócesis es que el penitenciario de la Catedral tenga licencias para absolver de determinadas sanciones canónicas, como es la excomunión en el caso de aborto. En este sentido, como medida prudencial, no creo que se quite porque ayuda a no perder la conciencia de que se trata de un tema muy serio. Si uno ve a un hijo suyo que está jugando con plástico y que puede acabar derramando el líquido, le puedes decir: «Oye, hijo, deja de hacer esto». Pero si con lo que está jugando es con una granada y ves que le va a quitar la anilla, le pegas un bocinazo para paralizarlo, porque es muy serio lo que está haciendo. Ahora bien, ¿qué sucede muchas veces? Que quien ha practicado el aborto desconoce la gravedad que pesa sobre ese pecado. En ese caso nadie queda excomulgado. Cualquier sacerdote puede absolver todos los pecados, todos, lo que no pueden es levantar la sanción canónica salvo un caso de proximidad a la muerte. Dicho esto, la Iglesia es madre y puede perdonar, y puede absolver de todos los pecados. Cuando alguien llega con un caso como este a un confesionario hay que perdonarle cuando hay desconocimiento, pero también hay que explicar que, en condiciones normales, si la persona que se confiesa fuera consciente de la gravedad de los hechos, yo, como sacerdote, no podría absolverle porque primero le tiene que levantar una sanción canónica que corresponde al penitenciario o al obispo. –Acabamos de conocer el fallo de la Corte Constitucional de Colombia donde se va a permitir interrumpir el embarazo hasta los 6 meses de gestación. ¿Cómo se reacciona ante lo que es vida? ¿Es una cuestión de días, semanas o meses? –Es una cuestión que lleva parejo una ignorancia espectacular. En el momento en el que se fusionan los dos núcleos, el masculino y el femenino, empiezan a producirse una serie de cambios que están dirigidos, desde el primer momento, por esa nueva realidad biológica que es el cigoto, antes incluso de que se hayan fusionado los cromosomas de la madre con los del padre. Desde entonces ya hay toda una organización bioquímica que inicia un proceso nuevo. Esto no es una cuestión de fe. Solamente