Revista Ecclesia Entramos en la cárcel, donde la Pastoral Penitenciaria se vuelca en el acompañamiento religioso, social y jurídico de los privados de libertad Dentro de la cárcel, el aire está viciado. Uno entra en prisión y la prisión entra en uno con su olor a producto de limpieza, sudor y oxígeno muy respirado que impregna los pasillos con sus rejas. Las compuertas hacen su trabajo y se deslizan entre sirenas y señales luminosas, encerrando a los presos tras el cristal como si estuvieran en una gran pecera humana. Pasar una tarde completa, desde la sobremesa hasta el anochecer, debe de congestionar, cargar de presión y poner dolor de cabeza, y esta sensación inequívoca acaso sea la que más nos acerque a lo que supone cumplir una condena. Atrás quedan los muros con sus coronas de espinas concertinas. La libertad está a doscientos metros, o a unos cuatro puestos de control. Hasta aquí, la realidad carcelaria que refleja ciertamente la cinematografía. «La gente no sabe lo que es la prisión, hay mucho prejuicio, mucha estigmatización», declara un funcionario de prisiones antes de dejarnos pasar. «Aquí hay personas que se han presentado a ingresar sin ropa, porque pensaban que les íbamos a poner un traje de rayas. Otros vienen con miedo y preguntan en las entrevistas previas si les vamos a pegar. No, hombre, aquí no hacemos eso. El desconocimiento es enorme», añade. Accedemos al Centro Penitenciario de Castellón de la Plana en compañía de su capellán, Florencio Roselló, que entra con llave. De primeras, recorremos la prisión repartiendo los permisos para ensayar con el coro. Todo son facilidades si vienes con él. «El padre es un artista», comenta Tomás, el agente que nos escolta. «Se ocupa personalmente del 90% de los internos, 600 hombres y 80 mujeres, independientemente de su religión. Es indispensable aquí: atiende espiritual y materialmente», agrega. Los reclusos se le acercan y él los conoce a todos por su nombre. «Tengo la ropa para tus hijos», le dice a Rebeca; «llama a tu madre» le recuerda a María. Bromea con lo guapa que es la hija de la chilena, «que no se parece a ella». Ni a su padre, que también está preso en un modulo para hombres, aunque no ingresaron juntos, pues no son pareja desde hace 30 años. El padre Florencio se sabe las historias de cada uno. Como la de Araceli, que no podía salir del módulo porque aquí está también encerrado un ex novio sobre el que pesa una orden de alejamiento. —Quiero un collar —le pide ella. —Lo que tú llamas collar es un rosario —le responde Roselló. «El sábado salí por primera vez a Misa. Fue muy bonita, me relajó. El padre es todo en la cárcel. Te ayuda mucho», nos cuenta ella. Estamos en el módulo 8, el de las internas más conflictivas. Hace días, tres de ellas se enzarzaron en una pelea y una presa «muy corpulenta» tuvo que ayudar a los funcionarios a separarlas. El ambiente es más ruidoso, hay más luz artificial y está menos decorado que en otras zonas de la prisión. «Aquí están las anawim, son las verdaderas pobres de Yahvé», nos explica Florencio. «Las quiero y siento debilidad por ellas. Por ello, les traigo abanicos o ropa buena del ropero. Cuando se me quejan las otras, les digo que si quieren abanicos, que se vengan a vivir al módulo 8», prosigue. Al ver a Jana, de Brasil, le entrega unas fotos de su familia que le ha impreso a color. «He tenido que quitar dos o tres porque eran subidas de tono», bromea. Florencio Roselló es mercedario de la parroquia de san José Obrero —ubicada a cuatro kilómetros del centro penitenciario— y dirige el departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española. «Podría estar en Madrid toda la semana, pero el contacto directo con los presos me hace mantener viva la sensibilidad», comenta. De él dicen sus colaboradores que es el número 1 recaudando fondos, negociando con los políticos y trabando convenios con las autoridades. «Para que te respeten en la cárcel, tienes que venir todas las semanas y, a ser posible, casi todos los días», afirma. La Pastoral Penitenciaria dispone de unos 35 voluntarios semanales en la cárcel de Castellón. María Teresa se encarga del ropero: «Como soy maestra, pensaba que vendría a dar clase, pero no, vine para montar un ropero, que es una labor fundamental para ellos». Cada semana, los reclusos rellenan una instancia pidiendo a la Iglesia ropa y calzado que necesitan. Sergio, un interno que también es voluntario de la Pastoral, las recibe y se encarga de entregar las bolsas en las celdas. «Sobre todo piden zapatillas y, ahora, ropa de invierno para el frío. Hacemos lo que buenamente podemos. Yo siempre les digo siempre que esto no es El Corte Inglés, aunque luego Florencio se gasta su dinero personal en zapatillas para no dar de segunda mano», asegura. «Nada más llegar, pregunté dónde estaba la ropa y Florencio me dijo: “Eso es trabajo tuyo”. Hoy, seis años después, tenemos 14.000 prendas. Mi hija no puede meter el coche en el garaje, porque está lleno de bolsas de ropa que clasifico y, si procede, lavo yo misma», señala María Teresa con orgullo. Tiempo después, invitó a su amiga Emy, soprano, a participar como voluntaria en la prisión. Hoy, dirige el coro de la cárcel, en el que participan seis hombres y seis mujeres que han pasado la prueba pertinente. Y, como prescribe toda actividad conjunta entre personas de ambos sexos, con la supervisión de un funcionario. «Me quedé enamorada de la experiencia, la psicología es lo que importa aquí», explica Emy. El coro ensaya dos horas a la semana y su directora no se ha tomado ni un descanso en todo el verano. «Me encantaría venir más, porque hacer música es como estar en contacto con Dios», asegura. Hoy están ensayando La vida es bella, con una máquina de karaoke que les regaló la Pastoral Penitenciaria. «Hacemos dos conciertos al año en el salón de actos: el de
Mons. Fernando García: La Virgen de la Merced nos habla de Misericordia
Carta pastoral de Fernando García, Obispo de Mondoñedo-Ferrol y Responsable de la Pastoral Penitenciaria de la CEE, con motivo de la la Fiesta de la Merced, patrona de las prisiones La Virgen de la Merced, cuya fiesta se celebra este domingo, está vinculada al mundo de la cárcel. Bajo esta advocación y bajo su protección se sitúa todo el mundo penitenciario, formado por las personas privadas de libertad, sus familias, los funcionarios que trabajan en este campo y todo el voluntariado, especialmente tantos cristianos que regalan su tiempo, su escucha y su compromiso en la pastoral penitenciaria. Una presencia de Iglesia fuertemente valorada en la cárcel, tanto por la propia institución como por las personas privadas de libertad. Esta fiesta nos permite poner nuestra mirada ante esta realidad de la cárcel: un mundo muy desconocido para el gran público, marcado por clichés cinematográficos y condicionado por los casos más mediáticos. Un mundo alejado de la vida cotidiana, situado siempre en el extrarradio de la sociedad y, lo que es más triste, sepultado ante nuestra indiferencia y nuestro olvido. Vivimos en una sociedad fuertemente vindicativa. Aunque parezca que hemos desterrado el “ojo por ojo”, nuestro concepto de justicia sigue buscando más la venganza que la redención. A veces miramos más con las emociones que con la razón, miramos más el delito que la persona. Ello nos impide acercarnos con una mirada serena a esta realidad de sufrimiento y marcada por la pobreza y la enfermedad. La Virgen de la Merced, sin embargo, nos habla de misericordia: la misericordia que define a nuestro Dios y que es la única capaz de generar vida allá donde se implanta. La misericordia que permite fijarse y centrarse en la persona para que, desde el cariño tan ausente en muchas vidas, y desde la libertad, se pueda engendrar un futuro nuevo y diferente. Un futuro que supere el pasado y que posibilite la plena integración en la sociedad. La celebración de este año para nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol es especialmente significativa. Aunque en el territorio de nuestra diócesis no existe ninguna cárcel física, sí que existen personas privadas de libertad que proceden de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestras comunidades. Por eso, tras un largo proceso de gestación en el que han estado muy comprometidas Cáritas Diocesana y la Pastoral Penitenciaria, surge un piso de acogida para personas privadas de libertad. Se trata de un nuevo recurso que la Iglesia pone al servicio de los últimos para acompañarlos y posibilitar su proceso de reinserción social. Con la ayuda de los técnicos y de un grupo de voluntarios, se permitirá a gentes de nuestra diócesis que cumplen condena en la cárcel de Teixeiro que puedan disfrutar de sus permisos de segundo grado más cerca de su familia, lo que redundará en un mejor proceso. De esta manera, este recurso se convierte en un nuevo espacio de misericordia situado en la ciudad de Ferrol para hacerla más humana y habitable. El proyecto ha sido bautizado con el nombre de “Alborada”: es el tiempo de amanecer, de rayar el día. Me viene a la memoria aquella parábola en la que el maestro preguntó a sus discípulos cuándo terminaba la noche y comenzaba el día. Un discípulo contestó: “Cuando hay suficiente luz para distinguir un perro de una oveja”. Otro le dijo: “Cuando puedes distinguir una morera de un higo”. Entonces el maestro respondió: “Cuando puedes reconocer a tu hermano en el rostro de otro ser humano. Hasta entonces será de noche”. Me parece un nombre hermoso para un proyecto que nos invita a salir de la noche y acompañar el rostro de hermanos nuestros que un día se equivocaron y que están llamados a vivir su tiempo de condena como tiempo de redención. Mi agradecimiento a los voluntarios de nuestra diócesis que se acercan a la cárcel de Teixeiro, de Bonxe o de Monterroso, por ser las manos de una Iglesia que quiere acoger y escuchar. Mi gratitud también a los voluntarios y agentes que van a poner en marcha este nuevo recurso. Que la Virgen de la Merced acompañe y arrope vuestros esfuerzos. Vuestro hermano y amigo. +Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol
¿Por qué la Virgen de la Merced es Patrona de las prisiones?
Pedro Nolasco percibe a comienzos del siglo XIII una necesidad social y eclesialmente desatendida: había cristianos que eran hechos cautivos, prisioneros por su fe en tierra musulmana; escuchó la voz de Dios y de María que le pedía que fuese a liberar a los que se encontraban privados de libertad, en cautividad y fundó la Orden de la Merced en el año 1218: la redención de los cautivos se convierte en misión pastoral de la Iglesia y de la Orden de la Merced, a través de los mercedarios. Fueron 561 años de redenciones y libertades donde la Merced empeñó dinero, pero sobre todo empeñó vidas de religiosos mercedarios, que por su consagración religiosa se comprometían a quedarse rehenes por liberar a los cautivos. La última redención de cautivos por los mercedarios tuvo lugar en Argel y Túnez el año 1779. Así continuó la historia de las redenciones por parte de la Merced hasta el siglo XVIII, fecha de la supresión legal de la esclavitud. Una historia que está regada con la sangre de numerosos mercedarios, entre 300 y 500 religiosos de la Merced murieron en los inicios de la Orden de la Merced por quedarse de rehenes y no llegar el dinero establecido en el tiempo comprometido, que guiados por su compromiso religioso ofrecieron su vida por la libertad de los cautivos. Una sangre que no fue derramada en vano, pues historiadores de la Merced manejan la cifra de 60.000 personas liberadas por medio de redenciones mercedarias. Abolida la esclavitud, se nos exige una nueva respuesta, un ejercicio de adaptación a las nuevas formas de cautividad. ¿Qué lugar ocupa la Merced en la Iglesia y en la sociedad? ¿cuál debe de ser el quehacer de los mercedarios en nuestros días?. En la actualidad no hay esclavitud, ni cautividad. Iluminados por el carisma de redención, descubrimos unos nuevos cautivos, nuevos oprimidos, nuevos hombres y mujeres que necesitan de María de la Merced, son los presos. Abolida la esclavitud en el siglo XVIII los mercedarios van a visitar a las personas que viven en cautividad, atienden a sus familias, y acompañan procesos de prisión y de libertad. Tanto la sociedad como la Iglesia así lo han entendido, y el 27 de abril de 1939, la Virgen de la Merced fue declarada en España y en muchas partes del mundo, patrona de las prisiones: presos, familias, trabajadores de la institución penitenciaria celebran su fiesta. Mientras exista un preso la presencia de María de la Merced será necesaria en las cárceles, y la Iglesia deberá poner al servicio del cautivo su vida y su ser. Merced, palabra que significa y nos indica misericordia, beneficio, regalo, favor gratuito, solidaridad…, para las personas cautivas y oprimidas, es lo que pretende ser la Virgen de la Merced para los presos y sus familias, cuando cada 24 de Septiembre se celebra en todas las cárceles su fiesta, su recuerdo y su memoria. Misericordia es una palabra rica que significa tener un corazón con el pobre, con el necesitado, con el cautivo de hoy. María en este contexto nos sugiere una mirada al Evangelio, a descubrir a Cristo en el rostro de cada hermano encarcelado. Cada 24 de septiembre las cárceles se visten de fiesta, aunque parezca mentira es así. También hay fiesta en cautividad, en la cárcel. En torno a María de la Merced se organizan actividades, concursos, festivales… todo sabe a fiesta que culmina con la celebración de la eucaristía. Impresiona ver a un preso cantar a la Virgen, emocionarse cuando dice “Madre óyeme, mi plegaria es un grito en la noche…”. Y allí está ella, María de la Merced, arropando con su manto al hombre y mujer en prisión. Que cada año la Virgen de la Merced sea la protagonista de la Institución, de la prisión, eso nos recordará que la misericordia sigue viva, que la esperanza no está perdida y que la libertad nos estáesperando. P. Florencio Roselló Avellanas, mercedario, Director de la Pastoral Penitenciara de la la CEE
Nuestra Señora de la Merced: el alma de la Pastoral Penitenciaria
Carta pastoral de Mario Iceta, Arzobispo de Burgos Queridos hermanos y hermanas: «Que la cárcel sea laboratorio de esperanza, no solo lugar de pena». Estas palabras del Papa Francisco, pronunciadas en su última visita al personal de la prisión romana Regina Coeli, nos recuerdan la festividad de Nuestra Señora de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias, que celebramos la próxima semana. Esta advocación mariana, que insta a trabajar en comunión para transformar los centros penitenciarios en lugares de redención y pone el foco de manera especial en los internos, sus familias y los trabajadores, evoca la misericordia de Dios. «Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos y con tu brazo has rescatado a los que estaban cautivos y esclavizados». Estas palabras del Salmo 76 fueron repetidas por san Pedro Nolasco, fundador de la Orden de Nuestra Señora de la Merced (los Mercedarios), poco antes de morir. Tenía 77 años y, en la primera mitad del siglo XIII, dejaba a sus espaldas un legado de gracia, compasión y perdón que da sentido a un apostolado que sigue transformando vidas rotas en hogares de luz y salvación. La vida de Pedro Nolasco, llamado para salvar vidas y a preservar la fe, marca el alfa y la omega de una orden religiosa que guarda un detalle sumamente especial: los mercedarios se comprometen con un cuarto voto, añadido a los tradicionales de pobreza, obediencia y castidad de las demás congregaciones, que es el de liberar a otros debilitados en la fe, aunque su vida corra peligro. El fundador, que llegó incluso a comprar esclavos para rescatarlos, jamás dudó en entregar su propia vida si fuera necesario, cumpliendo así ese cuarto voto que distingue a esta Congregación religiosa. Y así se lo hizo saber a todos y cada uno de los hermanos que decidían entrar a formar parte de la Orden. Y así lo hicieron, en aquellas épocas difíciles, ocupando el lugar de algún cautivo que estuviese en peligro de perder la vida y la fe, en caso de que el dinero no alcanzase a pagar por su liberación. Un gesto que hoy, en los tiempos en los que vivimos, interpelan nuestro ser cristiano y que, tal vez, sobrepasan nuestra razón. En los comienzos de este año 2023, la primera celebración del sacramento de la Confirmación que realicé fue precisamente en la cárcel. Todavía hoy recuerdo con especial cariño aquel encuentro, así como el rostro de quienes participaron en aquella celebración donde el Espíritu Santo inundó de luz y calor aquél lugar necesitado de esta presencia que conforta y llena de esperanza. La Pastoral Penitenciaria, que acompaña a las personas privadas de libertad y sus familias a través de diferentes talleres, encuentros y actividades formativas, sella un compromiso de acompañar a quienes atraviesan esos momentos difíciles que marcan la vida. Y ahora me refiero a vosotros, voluntarios que os entregáis a este servicio, porque sois un regalo que siempre está presente para los demás, que acompaña y sana las pobrezas personales y espirituales. Pedro Nolasco reconoció siempre a la Virgen María como la auténtica fundadora de la Orden Mercedaria. Le pedimos a la Virgen de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias, que nos enseñe a amar a su manera y a no claudicar ante las dificultades; para que siempre estemos dispuestos a visitar al Señor sin que sea necesario preguntarle cuándo le vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verle; porque Él ya ha dejado escrito en nuestros corazones el mandamiento de nuestras vidas: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 39-40). Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga. + Mario Iceta Gavicagogeascoa Arzobispo de Burgos Consulta la memoria de la Pastoral penitenciaria 2023
Presentado el libro Bienaventuranzas desde la cárcel
La parroquia Nuestra Señora de las Angustias en Madrid acogió el martes 20 de junio la presentación del libro Bienaventuranzas desde la cárcel, de Francisco Javier Sánchez, sacerdote y capellán de la cárcel de Navalcarnero. El libro está prologado por el Papa Francisco y presentado por Jose Luis Segovia, Vicario de Pastoral Social de la Archidiócesis de Madrid. En el salón abarrotado, con más de 200 personas, estuvieron presntes también José Cobo, arzobispo electo de Madrid, el Secretario Genaral de Instituciones Penienciarias, Angel Luis Ortiz González, María Yela, delegada de Pastoral Penitenciaroa de Madrid y José Luis Segovia, Vicario de Pastoral Social de la la Diócesis de Madrid y presentador del acto. También estuvo presente Raúl Rodríguez, Director de PPC España- Entre las muchas palabras de los intervinientes se destacó que era «un libro de sentimientos compartidos con los internos». «La palabra que más aprece es abrazos, que es la clave e la Pastoral Penitenciaria de Javier en Navalcarnero. Angel Luis Ortiz cerró el acto dicendo que los volunarios de la Pastoral Penitenciaria son una bienaventuranza más. Finalmente se proyectaron dos vídeos del autor con el papa Francisco. Para Florencio Roselló, director de la Pastoral Penitenciaria de la CEE «fue una noche gozosa para la Pastoral Penitenciaria. José Cobo: «Mirar la vida desde la cárcel es Evangelio puro» El Arzobispo electo de Madrid, José Cobo relató su amistad con Francico Javier Sánchez. Cobo, colaboró con la Pastoral Penitenciara ya desde su etapa de seminarista y fue responsable de la Pastoral Penitenciaria en la CEE. en su intervención en el acto lamentó que «en nuestra sociedad y en nuestras parroquias la cárcel sea una palabra maldita que genera miedo y pocas veces pensamos que quienes están allí sientes, se levantan y sueñan» Francisco: Dios no se cansa de dar otra oportunidad Como señala el papa en el prólogo del libro: «De un modo similar al que lo hizo Jesús en la montaña, el padre Javier quiso poner en nuestras manos las Bienaventuranzas desde la cárcel, nacidas del encuentro cotidiano con quienes están privados de libertad, buscando una nueva oportunidad. Porque así como Dios no se cansa de perdonar, no se cansa tampoco de dar otra oportunidad. Somos nosotros los qeu nos cansamos de intentarlo». También señala: «Las páginas de este libro nos permitirán atravesar el muro que nos separa de quienes están privados de la libertad, para comprender que las situaciones de oscuridad y dolor no son sinónimo de pérdida de sueños y de esperanzas». Puedes leer la noticia también en: Vida Nueva
¿Cómo normalizar mi vida en libertad? XXIII Jornadas de área social de Pastoral penitenciaria
“Cómo normalizar mi vida en libertad” es el tema que va a centrar este año las jornadas del área social de Pastoral Penitenciaria. El encuentro tendrá lugar en Madrid el 10 y 11 de marzo. Después de los saludos iniciales y la presentación de las jornadas, en torno a las 17.00 horas, dará comienzo la primera ponencia. La trabajadora social del centro penitenciario de Estremera, en Madrid, Laura Andrés Martínez, explicará cómo normalizar la vida en libertad a través de lo legal. Para esta misma tarde se ha organizado una mesa redonda en la que se va a dialogar sobre las dificultades para normalizar la vida de las personas que salen en libertad. Van a intervenir, Gemma Pérez Torres, de la fundación Social Hijas de la Caridad; Mariano Valera, concejal de Igualdad, Derechos Sociales, e Inclusión en el ayuntamiento Elche; y Sonia Barreda, delegada de Pastoral Penitenciaria de Segorbe-Castellón. También se ha programado un tiempo para las reuniones por grupos y la puesta en común. ¿Y después de la cárcel, qué? Para el sábado 11 de marzo se plantea un interrogante: ¿Y después de la cárcel, qué? La profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, María Marta Albert Márquez, dará una respuesta desde la reflexión. Después, un hombre y una mujer ya en libertad también darán su respuesta, pero desde su testimonio de vida. Antes del cierre de las jornadas, se informará sobre el estado actual de la Pastoral Penitenciaria en España y sobras las tres áreas de trabajo: religiosa, social y jurídica. Cifras de las asistencia social de la Pastoral Penitenciaria para 2021 Según refleja la Memoria de la Pastoral Penitenciaria para el año 2021 los datos de la asintencia social son los siguientes: Ecos en la Prensa: Ecclesia-Cope: «¿Qué ocurre después de la cárcel?»: así serán las jornadas de la Pastoral Penitenciaria el 10 y 11 de marzo
Francisco pide indulgencia para los reclusos con ocasión de la Navidad
El Papa Francisco en su voluntad de humanizar las sentencias, y también el cumplimiento de las mismas en prisión, ha invitado a través de una carta, a los jefes de Estado, a que en este tiempo de Navidad tengan un gesto de misericordia y clemencia con las personas que están en la cárcel. El mismo Para Francisco ya ha dado ejemplo cuando nada más iniciar su pontificado, año 2013, abolió la cadena perpetua que estaba en la legislación del Vaticano, y recientemente ha eliminado del Catecismo de la Iglesia Católica la pena de muerte en ninguna circunstancias de la vida, ni en tiempo de guerra. Para Florencio Roselló son dos decisiones de gran calado. El llamamiento de Juan Pablo II en el 2000 Según informa Vatican News: El gesto tiene raíces lejanas que se remontan al año 2000, año del Gran Jubileo, cuando San Juan Pablo II pidió a los gobernantes del mundo un gesto de clemencia en el documento de 11 páginas para el Jubileo en las cárceles. Era finales de junio, poco más de una semana después, el 9 de julio, el Papa polaco, de visita en la cárcel Regina Coeli de Roma con motivo del Jubileo de los Presos, en nombre de Jesús «encarcelado, escarnecido, juzgado y condenado» pidió «a las autoridades competentes» una reducción de la pena para permitir a los reclusos encontrar una nueva vida social una vez fuera de la cárcel. Esta petición fue reiterada de nuevo el 14 de noviembre de 2002 a los senadores y diputados con los que se reunió durante su visita al Parlamento italiano. Jubileo de 2016 por los privados de libertad Francisco -que nunca ha faltado en sus viajes apostólicos y durante su pontificado, en particular durante el lavatorio de los pies del Jueves Santo, a una visita a un centro penitenciario- sigue los pasos de su predecesor. Ya en 2016, Año Santo de la Misericordia, con motivo del Jubileo de las Personas Privadas de Libertad, el 6 de noviembre, el Pontífice en el Ángelus, tras la misa en San Pedro con los presos, había instado a los gobiernos a realizar por ellos «un acto de clemencia». Lanzando un llamamiento en favor de la mejora de las condiciones de vida en las cárceles de todo el mundo, «para que se respete plenamente la dignidad humana de los detenidos» y reiterando «la importancia de reflexionar sobre la necesidad de una justicia penal no exclusivamente punitiva, sino abierta a la esperanza y a la perspectiva de reinserción del delincuente en la sociedad», el Papa se dirigió a continuación a las «autoridades civiles competentes». A ellos había sometido de modo especial «la posibilidad de realizar, en este Año Santo de la Misericordia, un acto de clemencia hacia aquellos presos que se consideren idóneos para beneficiarse de tal medida». Ahora, se plantea una invitación igual, pero cerca de la Navidad Florencio Roselló: Una ocasión privilegiada El Director de la Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal ha valorado la noticia: «Nuestro reciente Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria iba por este camino, pues pensamos que otro cumplimiento de pena es posible. En la actualidad hay presos/as que están cumpliendo condenas en prisión que podrían hacerlo fuera. La petición del Papa Francisco en este tiempo de Navidad podía ser una ocasión privilegiada para tener un gesto de misericordia y clemencia con este tipo de penas y de personas. Ojalá las palabras del Papa Francisco tengan acogida en alguno de los jefes de Estado. Yo me conformaría con que uno de ellos tomase en consideración las palabras del Papa. Feliz Navidad, especialmente para los hombres y mujeres en prisión«
García Cadiñanos: Generar una cultura que camine hacia la justicia restaurativa
EcclesiaCOPE: ¿Has oído hablar de las pulseras telemáticas que tienen algunos presos para cumplir sus penas de cárcel en casa? Se trata de una pulsera que deben llevar puesta todo el día, incluso para ducharse, y que permite tenerlos localizados en todo momento de forma remota. Durante el confinamiento este tipo de pulseras se duplicaron: pasaron de 2.500 a más de 5.000, y esta no ha sido la única medida alternativa para evitar que los internos cumpliesen sus penas dentro de los centros penitenciarios. A muchos se les dio el tercer grado, a otros se les suspendió la condena, se les mandó hacer Trabajos en Beneficio de la Comunidad…. y aquí llega el dato sorprendente: el número de delitos no aumentó y tampoco lo hizo el número de internos en las cárceles españolas. De hecho, Desde que empezó la pandemia, hay 5.000 presos menos. «Estas otras formas de cumplir las condenas tienen otros beneficios sociales y personales», ha dicho en ‘Mediodía COPE el responsable de la Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Fernando García Cadiñanos. «Gracias a esto, hay muchas personas que no quedan traumatizadas por el resto de sus vidas por el paso por las prisiones, que es una marca que siempre les va a quedar». «Durante el tiempo de pandemia se implementaron estas políticas y no pasó absolutamente nada», ha asegurado el obispo de Mondoñedo-Ferrol. «Vivimos en una sociedad demasiado punitiva y tenemos que ser capaces de generar otro tipo de cultura que fuese hacia una justicia más restaurativa que pueda resarcir la pena de una manera más humana y humanizadora». El responsable de la Pastoral Penitenciaria de la CEE ha asegurado que la Iglesia está haciendo un trabajo muy importante en las prisiones a través de sus capellanes y voluntarios y que los presos ven a estas personas «como bocanadas de aire fresco que llegan del exterior» y por ello se les está muy agradecidos. Por último, monseñor Fernando García Cadiñanos ha señalado que las comunidades cristianas «tenemos que acoger a estas personas cuando salen en libertad» porque es muy difícil su reinserción en la sociedad. De todo ello se habló en el X Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria celebrado en Madrid de 21 al 23 de octubre de 2022
¿Prisión sin fecha de salida?
Prisión permanente revisable: No era necesaria una nueva ley Florencio Roselló, Director del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española, para Alfa y Omega. «Una condena sin futuro no es una condena humana: es una tortura». El Papa Francisco pronunció estas palabras en enero de 2018 en su visita a la cárcel de San Joaquín, en Santiago de Chile. Era una prisión de mujeres que, expectantes y esperanzadas, escucharon al Papa con espíritu de futuro y de libertad. Mi reflexión quiere enfatizar que nos conmueven y nos revuelven las entrañas los crímenes execrables que han motivado la promulgación de la pena de prisión permanente revisable. No tenemos ninguna duda en condenar todo tipo de violencia y crímenes, algunos de ellos cometidos con verdadera saña y violencia, que revuelven los más profundos sentimientos del ser humano. Los rechazamos y condenamos. Pero nos crea la duda si la solución a estos delitos pasa por quebrar todo futuro y oscurecer un horizonte de esperanza. Nos parece que esta ley es fruto de una respuesta más emocional que racional. ¿En nuestro sistema era necesaria esta pena?, ¿no había otro camino para hacer justicia y condenar estos crímenes horrendos y detestables? Pensamos que nuestro Código Penal, con la legislación que había, podía juzgar ya este tipo de delitos. No era necesaria esta nueva ley. En la actualidad hay en España 150 personas que están cumpliendo penas de prisión de 40 años efectivos. También hay 480 personas presas que ya han pasado más de 20 años seguidos en prisión. Son personas que, por el tipo de delitos, podrían cumplir más condena que los presos condenados a la prisión permanente revisable, pero con un pequeño matiz: saben cuándo comienzan y saben cuándo van a terminar. Con esto no estamos cuestionando los delitos, los rechazamos sin ningún tipo de dudas; lo que nos preguntamos es si esta es la mejor forma de cumplir la pena. España es el segundo país de Europa con menos delitos violentos y, en cambio, es el país que tiene una media de cumplimiento de prisión más alta. Mientras que en Europa la media oscila entre los nueve y los diez meses, en España es de 21 meses. El Papa Francisco pone en el centro de todas sus reflexiones a la persona. Y le cuesta entender, y mucho más admitir, que se pueda encerrar a una persona en la cárcel sin futuro, sin horizonte y sin esperanza. La prisión permanente revisable quiebra toda esperanza, porque el hombre o la mujer que ingresa en prisión con este tipo de pena sabe el día de su ingreso, pero no sabe cuándo termina su condena. No sabe la fecha de su salida. Anulando la esperanza, anulamos a la persona y privamos al preso del «derecho a comenzar de nuevo», que es lo que dijo el Pontífice a la Policía Penitenciaria de Roma, en septiembre de 2019. Florencio Roselló El pasado 6 de octubre de 2021, el Tribunal Constitucional rechazó el recurso contra la Ley 1/2015 y la declaró plenamente constitucional, quedando incorporada a nuestro Código Penal. Una ley con un inicio claro del cumplimiento de la pena, pero sin un horizonte ni un final concreto de dicho cumplimiento. En este momento todo es incierto: la fecha final, el tratamiento que realizar, la reacción de los propios presos condenados a esta pena. Esta pena deja en el aire el artículo 25.2 de nuestra Constitución, el cual aboga porque «las penas privativas de libertad estarán orientadas a la reinserción social». La Ley 1/2015 de Prisión Permanente Revisable pone más el acento en el cumplimiento de la pena que en la reinserción. Se centra más en la forma de cumplimiento que en el tratamiento para la recuperación de la persona, pero, sobre todo, en la falta de futuro y de horizonte para el cumplimiento de la pena; nunca sabrá el final de la misma. El Tribunal Supremo, en sus sentencias, manifiesta que un internamiento prolongado en prisión hace muy difícil la recuperación de la persona; hay muchas, pero expongo las sentencias STS 15.4.94 o 17.4.94. El tiempo está demostrando que el efecto disuasorio de la pena no se cumple. Desde la promulgación de la Ley 1/2015 de Prisión Permanente Revisable, y después de pasar el trámite parlamentario, han sido condenadas con sentencia firme 25 personas, 19 hombres y seis mujeres, además de varios presos que en este momento tienen la sentencia recurrida. Estos condenados, cuyos nombres y casos conocemos por la gran presión mediática a la que han sido sometidos sus procesos, son consecuencia en muchos casos del populismo punitivo que nuestra sociedad exige al Legislativo. La popularidad de la pena no supuso ninguna disuasión para cometer estos delitos rechazables. Como Iglesia, como Pastoral Penitenciaria, somos personas de esperanza. Nuestra presencia en la cárcel quiere ser futuro, reinserción, esperanza, pensar en un mañana. Y la prisión permanente revisable nos dificulta hablar de futuro porque no sabemos cuándo va a llegar, no sabemos la fecha final de la condena. Nos cuesta hablar de un mañana, porque no viene expresado en la sentencia, y eso también limita nuestra pastoral en prisión. Pero, a pesar de todo, la Iglesia, la Pastoral Penitenciaria, va a seguir transmitiendo la esperanza en la que creemos y la que queremos para todos los que cumplen condena de prisión. Como nos dice el Papa Francisco, no hay condena sin esperanza.