En su mensaje, a la luz del texto evangélico de la Transfiguración (Mt 17, 1-9), el papa Francisco nos invita a reflexionar sobre la relación que existe entre el camino cuaresmal y el sinodal. “Ponerse en camino” La cuaresma es un compromiso para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús, para ello es necesario “ponerse en camino”, dejándonos conducir por Él, distanciándonos de mediocridades y vanidades. Un camino cuesta arriba, que siempre requiere” esfuerzo, sacrificio y concentración”, exigencias también necesarias para el camino sinodal. Este camino no lo hacemos en solitario. A Jesús hemos de seguirlo juntos para descubrir el verdadero rostro del Señor. Camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino. “Artesanos de la sinodalidad” La meta es la transfiguración personal y eclesial, y para alcanzarla hemos de transitar por dos vías: la primera es la escucha del Señor, ante todo en la Palabra, pero también a través de los hermanos y hermanas necesitadas de ayuda. También, escuchar “a nuestros hermanas y hermanas en la Iglesia”, algo que “siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal”. La segunda vía es la de evitar refugiarse en un modelo de religiosidad y de prácticas “piadosas”, que no ayudan a afrontar cristianamente la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. Es necesario bajar al llano y, sostenidos por la gracia experimentada en el monte, ser artesanos de la sinodalidad en nuestras comunidades desde la escucha, el diálogo y el caminar juntos, especialmente con los más pobres. Vicente Martín Muñoz Director del Secretariado de la Subcomisión de Acción Caritativa y Social de la CEE
Una Cuaresma para sembrar el bien sin cansarse
Comentario al Mensaje de Cuaresma del papa Francisco En el actual contexto de crisis, de degradación medioambiental y aumento de la pobreza, de tensión y polarización social y política, de una pandemia que nos ha hecho palpar nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, y de una guerra que desafía nuestra común humanidad, recibimos esta Cuaresma la invitación a poner en práctica las palabras del apóstol Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien» (Gal 6,9). La Cuaresma -nos recuerda el papa Francisco- es un kairos, un tiempo decisivo que nos llama a la conversión, a cambiar nuestra manera de ver la vida y de andar por la vida, nuestro modo de mirar la realidad y de relacionarnos con ella. Es, en definitiva, una invitación a preguntarnos qué necesitamos transformar, cambiar y renovar en nosotros. El Mensaje de Francisco este año nos propone: Una invitación a hacer de esta Cuaresma un tiempo de oración: para aprender a ver, pensar y sentir la realidad desde Dios, a reconocer su presencia y su actividad en nuestro mundo; para dejarnos interpelar por Él; para dejar que su siembra arraigue en nosotros, fecunde nuestra vida, y nos prepare para ponernos al servicio del bien. Una llamada a la «conversión ecológica», que nos lleve a priorizar el ser sobre el tener, acumular y consumir; que nos haga anteponer el dar y el compartir sobre el poseer y acumular. En el marco de una cultura consumista y en un contexto de crisis medioambiental el Mensaje del papa Francisco se convierte en una invitación a revisar nuestros estilos de vida y de consumo, a «vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios» (LS 217). El sueño de participar en la magnanimidad de Dios. En la entrevista que concedió al inicio de su pontificado, Francisco definía así la magnanimidad: «es hacer las cosas pequeñas de cada día con el corazón grande y abierto a Dios y a los otros. Es dar valor a las cosas pequeñas en el marco de los grandes horizontes, los del Reino de Dios». En un mundo en que prevalecen como criterio el éxito, la productividad y la rentabilidad y la eficacia, Dios nos invita a desafiar esa lógica y actuar magnánimamennte, con gratuidad, sin conducirnos por la lógica del beneficio personal, sembrando con generosidad aunque sepamos que serán otros quienes recojan los frutos. Una interpelación a practicar la caridad activa, evitando la tentación del escapismo espiritual y viviendo una fe comprometida y activa. Nos interpela a visibilizar nuestra conversión con gestos, hechos concretos y actitudes nuevas y hacerlo de modo que hablen de la presencia de Dios. Nos recuerda la importancia de cultivar y cuidar las relaciones humanas y construir fraternidad: a buscar, llamar, visitar, escuchar, no abandonar, amar, en definitiva, a todo aquello que nos lleva a «aprojimarnos» a los demás, a no pasar de largo y refugiarnos en la indiferencia, a sembrar justicia y solidaridad, a practicar el cuidado y la ternura, a ser sanadores y a aceptar sin reservas a quienes el mundo ha rechazado, pues en ellos se revela el rostro de Dios. Un requerimiento a vivir con esperanza, a no desfallecer, a ser perseverantes porque «el bien, como el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día». Esta Cuaresma nos invita a vivir con la actitud del agricultor, desarrollando su paciente constancia, sin cansarnos de sembrar el bien. Los agricultores saben que el cultivo es un proceso lento y paciente, que requiere preparar la tierra para que la semilla pueda germinar, que hay que regar y abonar para que pueda crecer, que a veces es necesario podar, y que el tiempo es necesario para que el sol madure el fruto. La siembra del bien tiene también su proceso: «el ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda», nos recuerda Francisco. La Cuaresma nos invita además a mantener la esperanza porque «Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien», y porque sabemos que Cristo ha vencido a la muerte y que su resurrección nos trae semillas de salvación. Carmen Márquez Beunza. Facultad de Teología. Universidad de Comillas
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2022
En la Presentación del mensaje estuvo muy presente la Pastoral con los Gitanos y el testimonio de Mario Riboldi Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral: Estamos llamados «a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.» Este es uno de los pasajes que abre el Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2022, titulado ««No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a), presentado esta mañana en la Sala de Prensa de la Santa Sede. Refiriéndose a la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco afirma que «Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad», pero -continúa- la siega más significativa será «la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,36),». Para ilustrar los temas del Mensaje, Sor Alessandra Smerilli, Secretaria interina del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, el Cardenal Francesco Montenegro, Arzobispo de Agrigento y Miembro del Dicasterio, y el Padre Massimo Mostioli, de la diócesis de Pavía, comprometido con la pastoral de los gitanos a raíz de la experiencia de fraternidad iniciada por el padre Mario Riboldi. La Hermana Smerilli señaló que «el Papa Francisco nos ha invitado a ser esa tierra fértil que crea las condiciones para que la semilla germine. Nos ha pedido que preparemos el futuro, para que sea diferente del presente. Y sabemos que sólo quien está movido por la esperanza puede ponerse a trabajar». Y, si en la Virgen María «ha brotado el Hijo» -añadió-, la Madre de Dios confirma en nosotros esta esperanza: «En un mundo desertizado por tantos juegos de poder sin escrúpulos, la Iglesia reconoce en María la fecundidad que el camino de la conversión puede dar a cada una de sus hijas e hijos». Esta esperanza -según el Cardenal Montenegro– encuentra también alimento en la resurrección de Cristo, que nos ayuda a perseverar en la siembra, «incluso cuando no vemos los frutos de la semilla sembrada en la tierra». «Frente a todo revés o dificultad que pueda debilitarnos -explicó-, la Cuaresma nos recuerda que siempre podemos volver a empezar, con la ayuda de la misericordia de Dios, siempre podemos levantarnos y reanudar el seguimiento del Maestro». «Me contento con labrar la tierra para la siembra de la Palabra, siguiendo en particular a los grupos de gitanos católicos», dijo el padre Massimo Mostioli sobre su apostolado entre los gitanos: «me acerco a ellos para los bautismos, las comuniones y las confirmaciones, celebro la misa y organizo jornadas de lectura y oración con la Biblia. Siguiendo la invitación del cardenal Montini y tras las huellas del padre Riboldi», concluyó, «la caridad, la prudencia y la paciencia me guían para llevarles el Evangelio». Recursos Discurso Sr. A. Smerilli Discurso Card. Montenegro Discurso P. Mostioli