Revista Ecclesia Entramos en la cárcel, donde la Pastoral Penitenciaria se vuelca en el acompañamiento religioso, social y jurídico de los privados de libertad Dentro de la cárcel, el aire está viciado. Uno entra en prisión y la prisión entra en uno con su olor a producto de limpieza, sudor y oxígeno muy respirado que impregna los pasillos con sus rejas. Las compuertas hacen su trabajo y se deslizan entre sirenas y señales luminosas, encerrando a los presos tras el cristal como si estuvieran en una gran pecera humana. Pasar una tarde completa, desde la sobremesa hasta el anochecer, debe de congestionar, cargar de presión y poner dolor de cabeza, y esta sensación inequívoca acaso sea la que más nos acerque a lo que supone cumplir una condena. Atrás quedan los muros con sus coronas de espinas concertinas. La libertad está a doscientos metros, o a unos cuatro puestos de control. Hasta aquí, la realidad carcelaria que refleja ciertamente la cinematografía. «La gente no sabe lo que es la prisión, hay mucho prejuicio, mucha estigmatización», declara un funcionario de prisiones antes de dejarnos pasar. «Aquí hay personas que se han presentado a ingresar sin ropa, porque pensaban que les íbamos a poner un traje de rayas. Otros vienen con miedo y preguntan en las entrevistas previas si les vamos a pegar. No, hombre, aquí no hacemos eso. El desconocimiento es enorme», añade. Accedemos al Centro Penitenciario de Castellón de la Plana en compañía de su capellán, Florencio Roselló, que entra con llave. De primeras, recorremos la prisión repartiendo los permisos para ensayar con el coro. Todo son facilidades si vienes con él. «El padre es un artista», comenta Tomás, el agente que nos escolta. «Se ocupa personalmente del 90% de los internos, 600 hombres y 80 mujeres, independientemente de su religión. Es indispensable aquí: atiende espiritual y materialmente», agrega. Los reclusos se le acercan y él los conoce a todos por su nombre. «Tengo la ropa para tus hijos», le dice a Rebeca; «llama a tu madre» le recuerda a María. Bromea con lo guapa que es la hija de la chilena, «que no se parece a ella». Ni a su padre, que también está preso en un modulo para hombres, aunque no ingresaron juntos, pues no son pareja desde hace 30 años. El padre Florencio se sabe las historias de cada uno. Como la de Araceli, que no podía salir del módulo porque aquí está también encerrado un ex novio sobre el que pesa una orden de alejamiento. —Quiero un collar —le pide ella. —Lo que tú llamas collar es un rosario —le responde Roselló. «El sábado salí por primera vez a Misa. Fue muy bonita, me relajó. El padre es todo en la cárcel. Te ayuda mucho», nos cuenta ella. Estamos en el módulo 8, el de las internas más conflictivas. Hace días, tres de ellas se enzarzaron en una pelea y una presa «muy corpulenta» tuvo que ayudar a los funcionarios a separarlas. El ambiente es más ruidoso, hay más luz artificial y está menos decorado que en otras zonas de la prisión. «Aquí están las anawim, son las verdaderas pobres de Yahvé», nos explica Florencio. «Las quiero y siento debilidad por ellas. Por ello, les traigo abanicos o ropa buena del ropero. Cuando se me quejan las otras, les digo que si quieren abanicos, que se vengan a vivir al módulo 8», prosigue. Al ver a Jana, de Brasil, le entrega unas fotos de su familia que le ha impreso a color. «He tenido que quitar dos o tres porque eran subidas de tono», bromea. Florencio Roselló es mercedario de la parroquia de san José Obrero —ubicada a cuatro kilómetros del centro penitenciario— y dirige el departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española. «Podría estar en Madrid toda la semana, pero el contacto directo con los presos me hace mantener viva la sensibilidad», comenta. De él dicen sus colaboradores que es el número 1 recaudando fondos, negociando con los políticos y trabando convenios con las autoridades. «Para que te respeten en la cárcel, tienes que venir todas las semanas y, a ser posible, casi todos los días», afirma. La Pastoral Penitenciaria dispone de unos 35 voluntarios semanales en la cárcel de Castellón. María Teresa se encarga del ropero: «Como soy maestra, pensaba que vendría a dar clase, pero no, vine para montar un ropero, que es una labor fundamental para ellos». Cada semana, los reclusos rellenan una instancia pidiendo a la Iglesia ropa y calzado que necesitan. Sergio, un interno que también es voluntario de la Pastoral, las recibe y se encarga de entregar las bolsas en las celdas. «Sobre todo piden zapatillas y, ahora, ropa de invierno para el frío. Hacemos lo que buenamente podemos. Yo siempre les digo siempre que esto no es El Corte Inglés, aunque luego Florencio se gasta su dinero personal en zapatillas para no dar de segunda mano», asegura. «Nada más llegar, pregunté dónde estaba la ropa y Florencio me dijo: “Eso es trabajo tuyo”. Hoy, seis años después, tenemos 14.000 prendas. Mi hija no puede meter el coche en el garaje, porque está lleno de bolsas de ropa que clasifico y, si procede, lavo yo misma», señala María Teresa con orgullo. Tiempo después, invitó a su amiga Emy, soprano, a participar como voluntaria en la prisión. Hoy, dirige el coro de la cárcel, en el que participan seis hombres y seis mujeres que han pasado la prueba pertinente. Y, como prescribe toda actividad conjunta entre personas de ambos sexos, con la supervisión de un funcionario. «Me quedé enamorada de la experiencia, la psicología es lo que importa aquí», explica Emy. El coro ensaya dos horas a la semana y su directora no se ha tomado ni un descanso en todo el verano. «Me encantaría venir más, porque hacer música es como estar en contacto con Dios», asegura. Hoy están ensayando La vida es bella, con una máquina de karaoke que les regaló la Pastoral Penitenciaria. «Hacemos dos conciertos al año en el salón de actos: el de
Stella Maris Castelló cumple cinco años
El pasado 7 de julio cumplimos los primeros cinco años desde la apertura del local que alberga nuestro Stella Maris de Castelló. En una sencilla ceremonia con algunos de los voluntarios, conmemoramos esta significativa fecha para nuestra corta historia en la pastoral del mar. En puertas del Domingo del Mar y de la Jornada principal de la festividad de la Virgen del Carmen, nos alegramos de poder compartir nuestro servicio y ayuda a los marinos, de forma ininterrumpida, desde 2017. Aunque la idea de iniciar Stella Maris en nuestro puerto surgió en 2015, pasaron dos años de reuniones, contactos y burocracia hasta que pudimos materializarlo en un local como el que disfrutamos hasta el día de hoy cedido por la Autoridad Portuaria. Por este motivo, contamos con la presencia de Rafa Simó (en la foto), presidente de esta institución, que nos saludó y animó a seguir con nuestra tarea. En estos momentos hemos solicitado la ampliación del local que nos permitirá ofrecer más espacio para los marinos y otros servicios que nos requieren. Si todo va bien, esperamos que sea una realidad en poco tiempo, siempre con la colaboración estrecha de PortCastelló. Damos gracias a Dios por todo lo que hemos vivido en este tiempo: el gran número de marinos amigos que hemos hecho, el acompañamiento de los náufragos en 2021, la pandemia con las restricciones, etc. Con todas estas experiencias, buenas y no tan buenas, hemos ido madurando en el servicio. Y no solo Stella Maris, sino todas los miembros de la comunidad portuaria, hemos ido tomando conciencia de la necesidad del apoyo humano y espiritual que merece nuestra gente del mar.
La Iglesia asiste a los marinos cuyo buque volcó en Castellón
Los supervivientes cuentan con el apoyo del Stella Maris de la diócesis. Les han comprado ropa, conseguido teléfonos y los acompañan en el proceso judicial Alfa y Omega: Cuando el 28 de mayo por la tarde el buque turco Nazmiye Ana volcó en el puerto de Castellón, los primeros en llegar fueron, junto con los servicios sanitarios y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los miembros del Stella Maris, el Apostolado del Mar. Primero lo hizo la trabajadora del centro que, precisamente estaba con uno de los tripulantes, al que llevó rápidamente al muelle donde se había producido el accidente. Luego lo hizo Albert Arrufat, sacerdote y responsable de esta pastoral en Castellón, que cargó toda la ropa que encontró para que los marineros que habían caído al mar pudieran cambiarse. La furgoneta que habitualmente transporta a los marinos desde los muelles hasta la ciudad se convirtió esa tarde en una especie de refugio para los supervivientes. En el barco se habían quedado un compañero indio de 23 años –su cadáver se encontró al día siguiente– y un estibador de 36 años, cuyo cuerpo solo se ha podido recuperar tras la retirada del buque la semana pasada. «Estuvimos todo el tiempo con ellos porque estaban asustados y desorientados. Los ayudamos en lo que nos pedían y los calmamos. Cuando la empresa les buscó un hotel para alojarse no se querían ir del puerto, pues todo lo que tenían se había quedado allí, también sus compañeros. Al final los convencimos y en torno a las doce de la noche los llevamos al hotel», cuenta Albert Arrufat. «No estáis solos» «No estáis solos. No estáis olvidados». Así se dirige Luis Quinteiro, obispo promotor del Stella Maris en España, a las gentes del mar en su mensaje con motivo de la festividad de Nuestra Señora del Carmen. Un texto en el que recuerda que estas personas «corren muchos riesgos físicos, se enfrentan a grandes retos familiares y experimentan sufrimientos y dificultades que la COVID-19 ha acentuado». Por eso, continúa, la labor de la Iglesia se hace todavía más necesaria en estos momentos. También en la defensa de sus derechos y en la solicitud ante gobiernos y organizaciones internacionales de la mejora de sus condiciones. «El mundo marítimo es una de las periferias donde la Iglesia está presente», afirma. Fue solo el principio de la labor del Stella Maris de Castellón, que continúa hoy, pues los marineros –un egipcio, dos indios y cinco turcos– siguen en la ciudad a la espera de un juicio que depure responsabilidades. A pesar de las dificultades de comunicación –utilizan el traductor del teléfono para comunicarse con ellos, pues apenas hablan inglés–, los acompañan cubriendo sus necesidades, salvo el alojamiento y la manutención, que corren a cargo de su empresa. Al día siguiente del suceso hicieron una primera compra de emergencia con ropa, una maleta y productos de aseo. También les han facilitado un teléfono móvil a cada uno para que puedan comunicarse y ponen a su disposición la red wifi del Stella Maris, que abre cada día de 16:00 a 22:00 horas. Además, los están ayudando en todos los trámites relacionados con el caso, aunque apenas tienen información sobre el mismo y «sufren mucho» por ello. Los voluntarios del Stella Maris han podido comprobar también que algunos de los tripulantes estaban en una situación cercana a la esclavitud. Los indios, incluido el que falleció, solo cobraban 300 euros, pero para enrolarse habían pagado una fianza de 5.000. Ahora, explica Arrufat, reclaman, al menos, que les devuelvan ese dinero, pues no están cobrando. «Esta es la labor que hacemos en el Stella Maris durante todo el año, aunque en estas circunstancias llama más la atención y es más necesaria por el dolor que sufren. Somos los únicos a quienes se pueden agarrar. Hacemos de padres, hermanos y amigos», concluye el sacerdote. Algunos de los tripulantes estaban en una situación cercana a la esclavitud. Los indios, incluido el que falleció, solo cobraban 300 euros, pero para enrolarse habían pagado una fianza de 5.000 La pérdida de Josep Maria Otro de los acontecimientos que marcará el día del Apostolado del Mar es el fallecimiento de uno de los voluntarios del Stella Maris de Tarragona, que cayó al mar mientras desarrollaba su labor en el puerto. Se trata de Josep Maria Palau, un hombre de 76 años que se había sumado al equipo en 2019. Según explica Jessica Linares, voluntaria como Josep Maria, era un hombre entregado a la acción social y a la Iglesia, pues había sido responsable de Cáritas en Montblanc, pertenecía a la Hospitalidad de Lourdes y colaboraba con la iniciativa Café y Calor. Su entrega, añade, ejemplifica perfectamente la labor de los voluntarios de los Stella Maris, en torno a 200 en toda España. «Era asiduo cada tarde y luego empezó a venir por las mañanas también. Era un hombre con un gran deseo de ayudar a los demás. No hablaba inglés ni conducía, pero encontró su lugar como voluntario del Stella Maris. Hemos permanecido muchos días abiertos gracias a él. Cuando faltaban voluntarios, siempre estaba dispuesto a ir al centro para sustituirlos. Su pérdida inesperada ha sido un gran golpe», recuerda el padre carmelita Benny Manackaparambil, director del Stella Maris de Tarragona.