Alfa y Omega: Murió por llorar desde que nació. Por la asfixia de tener que buscar un hogar, y el atrevimiento de perseguir ese sueño junto a su madre, con 29 mujeres y niños en una patera. No tenía edad para entender de fronteras o de ideologías, ni de cupos legales que tranquilizan a algunos. Solo era una niña que abrazaba, lloraba y merecía un sitio digno en el mundo, tal y como tantos niños que nacen a este lado de la playa que sirvió de tumba. La niña maliense de 24 meses, asistida sobre el asfalto del muelle de Arguineguín, en Las Palmas de Gran Canaria, puede dar lástima, e inmediatamente hacer que miremos a otro lado una vez más. Dios quiera que su agonía se siembre en nuestras vidas y ensanche el corazón de quienes se atreven a ser más humanos por encima de otras cosas. Canarias, Ceuta, las costas del sur o tantos rincones del Mediterráneo dejan casi 2.000 muertos en este año 2021. Son hijos de Dios. La tierra es también suya, la casa común también les pertenece. Solo nos queda saber qué manos somos. Esas que tocan el asfalto, o las que se tapan los ojos para sentirse seguros, a costa de descartar el llanto de tantos. Es hora de afrontar las migraciones como un signo de nuestro tiempo, no como un problema. Para ello se nos regala un año nuevo, oportunidad para ser más humanos a paso de impulsar la acogida digna, estable y legal: abrazar, secar lágrimas; acoger y reconocer el nuevo rostro multicultural de nuestra sociedad y, desde nuestras parroquias o comunidades, anunciar con gestos nuevos la fraternidad que Dios sueña. José Cobo, Responsable de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española Urge desplegar nuestra creatividad para establecer nuevos modelos de acogida, establecer puentes con los lugares de origen e iniciar corredores humanitarios dignos que nos hagan mejores. Y establecer nuevas formas de patrocinio comunitario, donde las entidades administrativas y civiles, con los municipios, posibilitemos, en pleno invierno demográfico, dar nueva vida a entornos despoblados. Seguro que así pasaremos del asfalto al abrazo.
Nota de la Comisión Episcopal de Migraciones ante la muerte de inmigrantes en Ceuta y en el Atlántico
La muerte de varios inmigrantes subsaharianos en su intento de entrar en la ciudad de Ceuta, supuso un significativo agravamiento en la ya de por sí dramática situación de miles de inmigrantes africanos que venían intentando desde hace tiempo saltar las vallas que marcan las fronteras entre las ciudades españolas de Ceuta y Melilla y el territorio de Marruecos. Se suman estas muertes al trágico balance de muertos en los naufragios de pateras en el Estrecho o en la travesía hacia las Islas Canarias. Varios muertos y numerosos desaparecidos en estos días, cerca de Fuerteventura. Más muertos en los últimos días en territorio de Marruecos Oramos por los fallecidos y por sus familiares. Queremos hacer llegar nuestros sentimientos de comunión a las diócesis hermanas de Cádiz y Ceuta, de Málaga, de Canarias y de Tenerife, con sus Pastores, que han expresado públicamente en ésta y en otras ocasiones su “más honda consternación y pesar” por estas muertes. Al mismo tiempo, les manifestamos nuestra solidaridad y apoyo en su trabajo constante y generoso a favor de los inmigrantes, que llegan o intentan llegar a territorio español, con alto riesgo para sus vidas. Consideramos que la vida de toda persona, independientemente de su condición social o de su estatuto legal, es sagrada y nada puede justificar la muerte de quienes intentan pasar una frontera. Necesariamente ha de haber otros modos legítimos y proporcionados para impedirlo, en el caso de que sean infringidas leyes justas. Solamente con impedir, aunque fuera siempre con medios legítimos, que los inmigrantes traspasen nuestras fronteras o con devolverlos, si lo consiguen, no se solucionan los problemas de los inmigrantes. Reconocemos que los grandes problemas que originan los movimientos migratorios son generalmente de carácter económico y tienen su raíz en la injusta distribución de las riquezas, del desarrollo y del bienestar. Que las soluciones, nada fáciles, han de comenzar por intentar erradicar las causas. Ello exige una mayor cooperación entre los diversos países y una alta generosidad por parte de los países ricos y desarrollados. Las Naciones Unidas y sus Organismos, así como la Unión Europea tienen en ello un importante papel. También España y Marruecos, en el caso que nos ocupa. Mientras no se acometa la solución de estos problemas en su raíz, seguirá habiendo movimientos migratorios, unas veces regulados, otras espontáneos y otras “a la desesperada”, como en los últimos intentos, con trágicos resultados. Manteniendo firme el doble principio básico en la Doctrina Social de la Iglesia del derecho a emigrar y a no tener que emigrar, comprendemos que los movimientos migratorios han de someterse a una justa regulación, que garantice el respeto a la vida, a la dignidad y a los derechos fundamentales de todas las personas. Los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones