Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación(1 de septiembre de 2021) Iniciamos con esta Jornada, día 1 de septiembre, un período especial en el que toda la familia cristiana conmemora el Tiempo de la Creación, que finaliza el 4 de octubre, día de san Francisco de Asís. En este tiempo, las comunidades cristianas de todo el mundo se unen en la renovación de su fe en Dios Creador, en la oración compartida y en una especial implicación en diversas tareas en defensa de la Casa Común. La Iglesia que peregrina en España quiere unirse a la llamada del Papa Francisco para celebrar esta Jornada, que este año tiene lugar bajo el lema “¿Una casa para todos? Renovando el Oikos de Dios”. 1. La ecología integral como horizonte En el pensamiento cristiano, la relación cosmos, hombre y Dios viene transversalizada por la revelación divina como Dios creador, encarnado, crucificado y resucitado. Nuestro origen está fundamentado en el amor de Dios. Él se nos revela como Padre que todo lo crea por puro amor. Así lo confesaba el pueblo elegido y así lo confesamos nosotros. El crucificado resucitado nos abre el horizonte del verdadero sentido de una ecología integral. Todo está llamado a la vida y a la plenitud, creemos en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. Por eso nos abrimos de corazón a la preocupación y al mensaje evangelizador de una ecología verdaderamente integral, en la que nada nos es ajeno, y en la que proclamamos desde lo terreno, lo humano y lo divino que todo está interrelacionado y debe estar interconectado. Con estos presupuestos necesitamos escuchar y acoger el grito de la tierra y el grito de lo humano como lugar de encuentro y de salvación.[1] 2. Por una economía del bien común La humanidad tiene el encargo de cultivar y cuidar la creación. Dios Padre ha puesto en nuestras manos esta Casa Común con el encargo de organizarla y caminar junto a ella en una historia de salvación. El encargo amoroso tiene como horizonte la realización del bien común. Se trata de avanzar por el camino del Reino en medio de nuestra historia, en una relación de verdadera armonía y fraternidad, en comunión con la naturaleza y con los demás hombres, abiertos a la trascendencia del absoluto. Eso supone orientar nuestra casa teniendo en cuenta las implicaciones políticas de lo ecológico, lo humano, lo justo y lo digno. Se abre un horizonte de fraternidad que ha de caminar por la relación generosa y fecunda con la naturaleza, así como por políticas de lo humano que favorezcan la dignidad y la justicia para todos. “Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana” (Laudato si´,189). Nos hacemos eco del deseo universal de la Iglesia de responder compasivamente al grito de la tierra y de lo humano. Estamos llamados desde el evangelio y el Reino, desde la riqueza de nuestra doctrina social, a implicarnos como creyentes en la tarea de construir nuestra sociedad, nuestra polis, y para eso hemos de avanzar en la participación y compromiso en lo social y en lo público, tanto desde actitudes personales y familiares, como profesionales y comunitarias, sabiendo que en nuestro compromiso y quehacer ha de estar siempre el horizonte del bien común como signo de avance en el camino de la construcción del Reino de Dios y su justicia. Somos iglesia en misión, en salida, para la construcción del mundo según Dios. 3. Un ecumenismo expresión de la radicalidad del Amor El cuidado de la Casa Común no arranca en nosotros de un voluntarismo heroico ni de una ideología; más bien hemos de cuidarnos de radicalismos y extremismos en el deseo de transformar. Nuestra motivación no puede tener otro fundamento que el que sustenta a la creación y a toda la historia de la salvación, que es el amor gratuito y consagrado de Dios. Nosotros no hablamos de naturaleza rasa ni de progreso puro tecnológico, sino que nos abrimos a la consideración del proyecto creador y salvador de un Dios que se dice y se entrega a la realidad creada y amada por pura gratuidad. No estamos encerrados en un ciclo de lo natural, ni abocados a la conformidad con la finitud de la muerte. Nos sentimos parte de lo natural y somos conscientes de nuestro ser mortales, pero lo somos en una esperanza de plenitud que marca un horizonte de comunidad y de felicidad universal, por eso no podemos actuar si no es desde el amor que nos impele a la construcción de esa comunidad y armonía de todo lo creado. Necesitamos la mística de la ecología integral, la fundamentación en el amor personal de Dios, en la relación teologal con Él y con los hermanos en la comunidad eclesial. La ecología integral y su dimensión religiosa es un lugar de encuentro con todas las demás iglesias cristianas y de camino común con las demás religiones, especialmente las monoteístas. Compartimos con todos los hombres de buena voluntad la tarea de la construcción del bien común que tanto interesa al Reino, aunque no se confunda con él[2]. 4. Casa de puertas abiertas y realidad rural En la invitación para el camino de la ecología integral es fundamental la acogida y la apertura, la no exclusión: “La hospitalidad es un modo concreto de no privarse de este desafío y de este don que es el encuentro con la humanidad más allá del propio grupo” (Fratelli tutti, 90). La Iglesia nos invita también a mirar lo universal desde nuestra realidad más particular. A nosotros, como Iglesia que ha de ser encarnada y abierta, nos preocupa la realidad del mundo rural y lo que venimos llamando “la España vaciada”. En dicha realidad necesitamos concretar nuestro compromiso como creyentes y ciudadanos, pues forma parte de una verdadera ecología integral. Sentimos cómo nuestros pueblos están viviendo
Orientaciones pastorales sobre desplazados climáticos
Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos recogen hechos, interpretaciones, políticas y propuestas pertinentes al ámbito del fenómeno del desplazamiento por razones ambientales. Para empezar, les propongo retomar la famosa frase pronunciada por Hamlet, “ser o no ser”, y transformarla en “ver o no ver, ésa es la cuestión”. Todo, de hecho, empieza por nuestro ver, sí, por el mío y por el suyo. Estamos inundados de noticias e imágenes que muestran a pueblos enteros desarraigados de sus tierras a causa de desastres naturales provocados por el clima, por lo que se ven obligados a migrar. Pero el efecto que tienen estas historias en nosotros y cómo respondemos, si suscitan en nosotros respuestas fugaces o desencadenan algo más profundo, si nos parece algo lejano o las tenemos muy presentes, depende de nosotros, si nos esforzamos por ver el sufrimiento que conlleva cada historia para así “tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (Laudato si’, 19). Cuando las personas se ven obligadas a migrar porque el ambiente en el que viven ya no es habitable, nos puede parecer la consecuencia de un proceso natural, algo inevitable. Sin embargo, el deterioro del clima es muy a menudo el resultado de decisiones equivocadas y de actividades destructivas, del egoísmo y de la negligencia, que ponen a la humanidad en conflicto con la creación, nuestra casa común. A diferencia de la pandemia del COVID-19, que se abatió sobre nosotros repentinamente, sin previo aviso y casi en todas partes, y que nos afectó a todos a la vez, la crisis climática empezó a partir de la Revolución Industrial. Durante mucho tiempo se ha venido desarrollando con tal lentitud que ha sido prácticamente imperceptible, con excepción de unos pocos con visión de futuro. Incluso ahora, sus repercusiones se manifiestan de manera desigual: el cambio climático afecta a todo el mundo, pero quienes menos han contribuido a ello son los que más sufren sus consecuencias negativas. Sin embargo, al igual que la crisis del COVID-19, el número enorme y cada vez mayor de personas desplazadas a causa de la crisis climática, se está convirtiendo rápidamente en una gran emergencia de nuestra época, tal y como podemos ver casi todas las noches en nuestras pantallas, y que exige respuestas globales. Me vienen a la mente las palabras que el Señor pronunció por boca del profeta Isaías que, adaptadas a nuestra realidad, adquieren un significado especial: Venid entonces, y discutiremos. Si estáis dispuestos a escuchar, nos aguarda un gran futuro juntos. Pero si rehusáis y os negáis a escuchar y actuar, os devorará el calor, la contaminación, la sequía aquí y la subida de las aguas allí (cf. Isaías 1,18-20). Cuando miramos, ¿qué vemos? Muchos están siendo “devorados” en condiciones que son imposibles para la supervivencia. Obligados a abandonar campos y costas, casas y aldeas, huyen apresuradamente, llevando consigo tan sólo unos pocos recuerdos y pertenencias, fragmentos de su cultura y de su tradición. Partieron llenos de esperanza, con la intención de volver a empezar desde cero en un lugar seguro. Sin embargo, la mayoría termina viviendo en barrios marginales peligrosamente hacinados o en asentamientos improvisados, esperando su destino. Quienes han sido expulsados de sus hogares por culpa de la crisis climática necesitan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Quieren volver a empezar. Para que puedan crear un nuevo futuro para sus hijos, es necesario que se les permita hacerlo y se les tiene que ayudar. Acoger, proteger, promover e integrar son todos los verbos que se corresponden a acciones útiles. Quitemos, entonces, uno por uno, esos escollos que bloquean el camino de los desplazados, aquello que les reprime y margina, que les impide trabajar y acudir a la escuela, lo que les convierte en invisibles y les niega su dignidad. Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos nos invitan a ampliar la forma en que miramos este drama de nuestro tiempo. Nos impulsan a ver la tragedia del desarraigo prolongado que hace gritar a nuestros hermanos y hermanas, año tras año: “No podemos volver atrás y no podemos empezar de nuevo”. Nos invitan a tomar conciencia de la indiferencia de la sociedad y de los gobiernos ante esta tragedia. Nos piden que veamos y nos preocupemos. Invitan a la Iglesia y a demás personas a actuar juntos, y nos explican cómo podemos hacerlo. Esta es la obra que nos pide el Señor ahora, y en ella hay una inmensa alegría. No podemos salir de una crisis como la del clima o la del COVID-19 encerrándonos en el individualismo, sino sólo “estando unidos”, mediante el encuentro, el diálogo y la colaboración. Esta es la razón por la que me complace especialmente que se hayan elaborado las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos, en el marco del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, junto con la Sección Migrantes y Refugiados y el Sector de Ecología Integral. Esta colaboración es en sí misma una señal del camino a seguir. Ver o no ver, es la pregunta que nos lleva a responder actuando juntos. Estas páginas nos muestran qué necesitamos y qué debemos hacer, con la ayuda de Dios. Franciscus
Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación
El mensaje del Papa sobre la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se hace público cuando comienza el «Tiempo de la Creación» que dará comienzo el 1 de septiembre como un «Jubileo de la Tierra». «El concepto «Jubileo» se enraiza en la Biblia y subraya que tiene que existir un balance sostenible entre las realidades social, económica y ecológica. Con este motivo, la Comisión Episcopal para Pastoral Social y Promoción Humana, hace público un mensaje en el que recuerda que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás. MENSAJE ANTE LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN (1 de septiembre de 2020) EL CUIDADO DE LA FRAGILIDAD El Papa Francisco nos ha recordado que la pandemia del COVID19 ha sido una auténtica tempestad, pues ha “desenmascarado nuestra vulnerabilidad y ha dejado al descubierto nuestras falsas y superfluas seguridades”[1]. Como consecuencia de ello, vivimos tiempos de hondo sufrimiento, incertidumbre y perplejidad que agudizan la urgencia del cuidado de la fragilidad. La experiencia de estos meses de pandemia ha puesto al descubierto la convicción, expresada en Laudato si, “de que en el mundo todo está conectado”[2]. Estamos experimentando a flor de piel la interdependencia planetaria, la corresponsabilidad fraterna y la necesidad de la compasión humana. Esta tempestad global, ha impactado en un mundo sumido en una profunda “crisis de los cuidados”. Esta crisis tiene sus manifestaciones en los descuidos hacia “nuestra oprimida y devastada tierra” (LS 2), en los descuidos hacia nuestros hermanos y hermanas bajo la “cultura del descarte” (LS 43), y en el descuido de nuestra vida interior que tanta relación tiene con “el cuidado de la ecología y con el bien común” (LS 225). En tiempos de zozobra, cuando los descuidos nos asaltan, hemos de pedir a Dios una auténtica revolución de la ternura y de los cuidados que nos ayude a mostrar, desde la oración y el servicio silencioso, que “el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS 70). Velar responsablemente por nuestra vida es un imperativo evangélico, pero este cuidado no puede convertirse en un egoísmo indiferente que olvida a los prójimos y no custodia la creación “que gime bajo dolores de parto” (Rom 8, 22). En ningún momento hemos de olvidar “la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás”[3]. “La Caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14) y nos impulsa a cuidar la fragilidad de nuestra “madre tierra, la de nuestros semejantes y la propia, pues somos “templos del espíritu”[4]. En todo momento, hemos de reconocer que no son dimensiones independientes, sino espacios intrínsecamente relacionados entre sí que aspiran a construir una “sociedad de los cuidados”. “Custodios de todo lo creado” (LS 236) Como Obispos de la Comisión Episcopal para la Pastoral social y Promoción humana, queremos haceros participes de nuestros sueños en un mundo donde los cuidados estén en el centro de la política, la economía, la ética, la familia y la pastoral. La conversión ecológica se hace apremiante en nuestros días. La crisis del COVID19, como nos ha recordado el Papa reiteradamente no es un asunto absolutamente independiente de la crisis ecológica que vive el planeta. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación tienen una relación directa con la génesis y desarrollo de enfermedades. Cuidar de la “madre tierra” lleva consigo nuestro propio cuidado, pues no podemos olvidar que “somos tierra” (LS 2). Con especial intensidad, en estos tiempos de tránsito, custodiar la casa común significa construir una “cultura del cuidado” de la Creación. “La ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad” (LS 143) para promover un nuevo estilo de vida[5]. La cultura del cuidado de la Creación debe “cultivar sin desarraigar” (QA, 28) una verdadera conversión de las ideas, las actitudes y las prácticas. Un cultivo para cosechar miradas “que vayan más allá de lo inmediato” (LS 36) y que aceleren la venida del Reino[6]. Cuidar del prójimo Estos meses hemos podido contemplar el potencial humano para el cuidado de los hermanos y hermanas. Las profesiones del cuidado han sido testimonio de la grandeza de la humanidad, las familias han sabido acompañar incluso en la distancia, las organizaciones sociales han respondido con prontitud y creatividad al impacto social de la pandemia, y la Iglesia, desde su profunda humildad, se ha mostrado “experta en humanidad” (Pablo VI) en momentos complejos. Las personas, creadas para amar, hemos constatado que “en medio de los límites brotan inevitablemente gestos de generosidad, solidaridad y cuidado (LS 58). También, con dolor profundo, hemos podido observar el abandono injusto de miles de personas mayores por el mero hecho de la edad, el crecimiento de las desigualdades sociales y educativas, así como algunas prácticas irresponsables de personas e instituciones que hacen aún más urgente una conversión de los cuidados. Toda la vida está en juego cuando descuidamos la relación con el prójimo, pues tenemos el encargo y el deber de cuidar y custodiar a nuestros prójimos cercanos y lejanos. “Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro” (LS 70). la Iglesia debe participar en las cadenas globales de cuidados que se expresan desde la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta[7]. Espiritualidad del cuidado No hay conversión pastoral posible sin el cuidado profundo del gusto espiritual de ser tierra[8] y pueblo[9]. La paz interior, la profundidad del corazón, la experiencia de sentirse cuidado por un “Dios que es Amor” (1ª Jn 4,8) son condiciones básicas “para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo y para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente” (LS 241). Sin una mística que nos anime, nos aliente y nos
Agua y energía: dos pilares básicos de la Casa Común
Mensaje ante la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación 2018 El Papa Francisco nos ha recordado en su encíclica Laudato si’: sobre el cuidado de la casa común, que “el agua es un recurso escaso e indispensable y es un derecho fundamental que condiciona el ejercicio de otros derechos humanos” (LS 148), alertando al mismo tiempo de “la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía” (LS 46). El acceso a la energía y al agua potable –dos bienes fundamentales para el desarrollo de toda vida humana- constituyen, por tanto, derechos humanos fundamentales y pilares básicos del bien común. Apoyados en los estudios científicos más recientes, somos conscientes de “la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas” (LS 31). Por otro lado, el problema de la contaminación y del cambio climático hace “urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de dióxido de carbono y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable. En el mundo hay un nivel exiguo de acceso a energías limpias y renovables” (LS 26). Así lo reconoció también la comunidad internacional el año 2015 al elaborar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) recogidos en la Agenda 2030. La realidad de nuestro país En nuestro país el acceso a la energía es universal. Sin embargo, en los últimos años se ha constatado que un número creciente de hogares corren el riesgo no poder costear su elevado precio, cayendo en una situación de lo que se llama pobreza energética. Los principales estudios realizados para España coinciden en encontrar un mínimo de un 8-9% de hogares (que son más de 6 millones de personas) que sufren esta pobreza energética, que en una primera aproximación puede definirse como la incapacidad de un hogar de hacer frente al coste de sus necesidades energéticas básicas. El acceso al agua potable es también universal, aunque los problemas en torno a la distribución de un recurso escaso y repartido de forma tan desigual a lo largo del territorio resultan fuente de no pocos conflictos interregionales e ideológicos. Estos conflictos emergen periódicamente -especialmente durante periodos de sequía prolongada- e invitan a adoptar una visión integral del problema, así como avanzar hacia un pacto nacional del agua que permita establecer una gestión eficiente y justa y que responda al bien común. Ante la enorme complejidad económica, técnica y política que ambos retos plantean a la comunidad internacional y a los diversos gobiernos nacionales y regionales, resulta legítimo plantearse la contribución que la Iglesia católica y las comunidades cristianas pueden aportar al cuidado de la Casa Común. El acercamiento al agua y la energía desde la perspectiva de la ecología integral La larga reflexión eclesial sobre ambas cuestiones puede resultar de gran valor a la hora de plantear alternativas respecto a estas dos cuestiones. La comunidad cristiana, a quien nada de lo humano le resulta ajeno, descubre en la centenaria tradición de la Doctrina Social de la Iglesia un rico tesoro que puede iluminar las difíciles cuestiones que plantea el acceso al agua y a la energía, así como para facilitar posibles caminos que permitan resolver los conflictos que se generan. Estas contribuciones no son de tipo técnico o político, sino más bien de orden cultural, ético y espiritual. Uno de los rasgos que ha caracterizado la contribución eclesial a las problemáticas relacionadas con la sostenibilidad es la llamada a la solidaridad y a la sobriedad. Benedicto XVI nos recordó que el reto de ofrecer energía limpia para todos no es sólo tecnológico y político, es también cultural y ético: «es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso». Francisco ha reafirmado la llamada al ahorro de su predecesor, recordando al mismo tiempo el imperativo moral de la solidaridad: “Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible” (LS 52). Respecto al agua, los grandes principios éticos del pensamiento social cristiano son igualmente válidos: “La Santa Sede, por tanto, reitera la importancia de la moderación en el consumo, invoca la responsabilidad de los gobiernos, empresas y particulares. Esta sobriedad se apoya en valores como el altruismo, la solidaridad y la justicia”. La denuncia de la injusticia, junto a la llamada a la solidaridad y la sobriedad, constituye otro de los elementos distintivos de la contribución eclesial al debate contemporáneo de la sostenibilidad. San Juan Pablo II vislumbró ya una de las razones principales por las que la Iglesia ha tomado conciencia de esta urgencia ética: “En nuestros días aumenta cada vez más la convicción de que la paz mundial está amenazada, además de la carrera armamentista, por los conflictos regionales y las injusticias aún existentes en los pueblos y entre las naciones, así como por la falta del debido respeto a la naturaleza, la explotación desordenada de sus recursos y el deterioro progresivo de la calidad de la vida”. En el caso del agua, cuando el acceso o la calidad se ven limitados, nos encontramos ante una seria carencia para el desarrollo de la persona: “el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable.” (LS 30). En un sentido similar, en el caso del acceso a la energía, los obispos norteamericanos nos recordaron ya en 1981
Conclusiones del II Seminario sobre ecología integral
Convocados por la Comisión Episcopal de Pastoral Social, el 9 de junio se celebró el II Seminario de ecología integral en la sede de la Fundación Pablo VI (Madrid). Se reunió un grupo (28 participantes) formado por expertos, académicos, políticos, empresas, periodistas, obispos de la Comisión de Pastoral social de la Conferencia Episcopal Española, asociaciones y ONGs, a los que acompañaron instituciones eclesiales que ya tienen un compromiso activo en la ecología integral (Cáritas, Confer, Manos Unidas, REDES…). El objetivo del Seminario se centró en estudiar los retos y las prioridades que plantean tanto el agua como la energía en el contexto actual. Analizar su situación global y local (España); analizar las causas económicas y políticas que influyen en su gestión y desarrollo; y lograr una valoración y propuestas de prioridades medioambientales a partir de la encíclica del Papa Francisco Laudato si’. Se partió de las exposiciones de los expertos: Pablo Anguita (Universidad Rey Juan Carlos), Pedro Arrojo (Fundación Nueva Cultura del Agua) y María Isabel Cuenca (Ingeniero Industrial). Y se llegaron a las siguientes conclusiones: I.- RETOS AMBIENTALES GLOBALES Todo sistema económico está inserto en un ecosistema vivo que nutre de riquezas a la actividad humana pero que tiene una capacidad finita. Y en ese círculo macroeconómico en el que estamos insertos, basado en la producción-consumo-producción, se está ejerciendo una fuerte presión sobre los Recursos Naturales. Por eso la transición ecológica exige volver a un sistema económico que nos permita vivir dentro de una producción sostenible que minimice los impactos a los que sometemos al medioambiente. No podremos afrontar los actuales retos ambientales si no cambiamos el paradigma económico actual. Necesitamos cambiar la lógica del “tener más” por la de “tener lo suficiente”. Los economistas deben transitar hacia otros paradigmas que nos vuelvan a conectar con nuestros antepasados y lógicas de una economía diferente. Las soluciones ambientales necesitan colaboración entre diferentes actores: contar con los pueblos que habitan los diferentes ecosistemas, los gobiernos, las empresas… Hay que aprovechar las agendas políticas globales: ODS y Acuerdo de París porque son expresión de programas comunes de la humanidad. La solución de los graves problemas medioambientales requiere soluciones urgentes, ya que el consenso científico señala la cercanía a los límites sostenibles del planeta. La solución de los problemas medioambientales es una obligación ética de quienes tenemos las capacidades de hacerlo frente a los colectivos que no la tienen: los vulnerables con los que compartimos el planeta y las futuras generaciones que no pueden solucionar los problemas que heredan de nosotros. II.- PRIORIDADES MEDIOAMBIENTALES: EL AGUA Y LA ENERGÍA Priorizar el valor del agua como bien público, es decir, priorizar la política del agua. Existen muchas personas vulnerables que no están en el interés ni de lo público ni de lo privado. Dar importancia a las políticas de demanda más que a la gestión de oferta. Es preciso acabar con la super-explotación de los acuíferos. El mercado no debe ser el actor principal en cuestiones que no le pertenecen, como es la justicia y la salud. Los nuevos modelos de gestión dentro de la comunidad económica europea deben construirse desde la sostenibilidad, la gestión ambiental, la gobernanza democrática. Muchos problemas locales requieren soluciones locales. El modelo de producción y consumo energético es insostenible. Hay que descarbonizar el modelo energético tanto en producción como en consumo. En producción de energía eléctrica las renovables deben desplazar a la producción con combustibles fósiles. En consumo hay que mejorar la eficiencia energética en la industria, el sector residencial y el transporte, mejorando los aislamientos y desplazando las aplicaciones que usan combustibles fósiles (sobre todo en transporte) por el uso de aplicaciones que utilizan la electricidad. Las buenas noticias son que las tecnologías de bajas emisiones (renovables, vehículos eléctricos, iluminaciones y calefacciones eficientes, etc, se han hecho muy competitivas y el coste de la transición energética no debería representar un problema. Antes lo contrario: un enfoque integral de la transición energética debe plantearse como lleno de oportunidades económicas y de empleo en un contexto de economía verde. Hay una dificultad de acceso a fuentes de energía: el 87% de la población rural mundial no tiene acceso a la electricidad y 3.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a tecnología y energía sanas. La concreción de su derecho a desarrollarse debe hacerse con formas sostenibles de energía, que no presionen aún más la estabilidad del planeta, por lo que habrá que aportarles las adecuadas transferencias económicas y tecnológicas para que su desarrollo no se base en fuentes no renovables-. Se produce erosión del terreno por el uso de determinadas fuentes de energía, como la madera. 2.800 millones de personas dependen de la biomasa. Se producen muertes prematuras relacionadas con ese consumo. La falta de acceso a una energía limpia y sostenible determina muchos aspectos de la vida humana y de su desarrollo: condiciones de vida, salud, género o educación. Las políticas de empresas y gobiernos débiles tienen incidencia en el medio rural: propiedad de los terrenos, exclusión de la población en las decisiones sobre desarrollos de grandes infraestructuras energéticas, falta de participación personal. Es un asunto transversal para el desarrollo. Hay soluciones para poder cambiar estas tendencias y conseguir acceso a la energía limpia, renovable y sostenible. Las energías renovables son fuentes de energía continua e inagotables: así sucede con la cogeneración y las tecnologías biomasa (elimina residuos y es no contaminante). La solar (calor /fotovoltaica), es barata y transforma muy directamente la vida de las comunidades en las que se instala. Se logra una alta calidad de la energía, tiene bajo precio y mantenimiento y es accesible de manera generalizada. La energía eólica está menos presente en la producción, pero cubre la demanda. El papel del ciudadano es clave para producir el cambio de modelo de producción y consumo, ya que con sus actuaciones individuales (como comprador de bienes y servicios, como votante, como trabajador, como funcionario, como directivo en una empresa, como legislador, etc) hará que las Administraciones establezcan marcos sostenibles alineados con
Por una ecología integral
Mensaje ante la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación 2017 El pasado 24 de mayo se cumplían los dos años de la publicación de la encíclica “Laudato si” del papa Francisco sobre “el cuidado de la casa común”. En la misma, el Santo Padre aborda los principales problemas sobre la relación del ser humano con sus semejantes y con la naturaleza. Para hacer frente a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a los perniciosos efectos de la contaminación ambiental es necesaria una respuesta decidida y urgente de creyentes y no creyentes. Entre otras cosas, el Papa nos invita a todos los hombres y mujeres del mundo a practicar una “ecología integral”, asumiendo las responsabilidades personales y comunitarias en el progresivo deterioro del medio ambiente durante los últimos años. Todos hemos de tomar conciencia de que el gran crecimiento tecnológico de las últimas décadas no ha estado acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia. Como consecuencia de una libertad mal entendida, de la búsqueda ciega del egoísmo y de las necesidades inmediatas, el hombre de hoy está “desnudo y expuesto a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta la ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación”. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, recibió del Creador el encargo de dar nombre a las demás criaturas y de cuidar la creación, pero sin olvidar que él no es Dios y, por tanto, no puede pretender ocupar el lugar que sólo a Dios le pertenece. Por ello, ha de actuar en todo momento desde una actitud de humildad, escuchando a Dios y poniéndose al servicio de los demás y de la misma creación. Cuando el cosmos y la naturaleza son contemplados sin referencia a Dios y sin tener en cuenta las necesidades de los hermanos, pueden llegar a concebirse como un depósito, del que se pueden extraer sus riquezas de acuerdo con los egoísmos desmedidos de los individuos de cada continente. Ante estos abusos, la creación protesta a través de fenómenos naturales extraordinarios y por medio de los desastres ecológicos. Estas manifestaciones violentas de la naturaleza nos están indicando que es necesario respetar la creación y no manipularla. Mirada creyente Los cristianos, desde nuestra fe en el Creador de todas las cosas, además de valorar y proteger la creación, estamos invitados a promover en la sociedad una mayor atención hacia la misma, evitando reducirla a puro ecologismo, fomentando los comportamientos éticos y actuando siempre desde una libertad responsable. Cada día es más urgente que escuchemos a la creación, que narra la gloria de Dios, y que escuchemos también a Dios, que habla a través de las obras de sus manos. Frente a quienes consideran el cosmos únicamente desde su materialidad, sin valorar su belleza y sin considerar su referencia al Creador, los cristianos somos invitados a contemplar todo lo creado como un espejo, en el que se refleja la bondad, el amor y la belleza de nuestro Dios. La confianza y la escucha del Creador implican un modelo de relaciones entre los seres humanos y la naturaleza que hagan posible contemplarla no sólo como obra de Dios, sino como casa y hogar para todos los seres humanos. En este sentido, si no crece el amor entre todos los habitantes del planeta, será imposible movilizar la voluntad humana para atajar el deterioro de la creación y la destrucción de la misma. La respuesta a la crisis ecológica y la protección del medio ambiente hemos de situarlas dentro de la historia de amor que comienza con la creación y que tiene su desarrollo a lo largo de los tiempos hasta llegar a su cumplimiento en Cristo. Esta historia de amor exige la responsabilidad humana que, al mismo tiempo que nos permite asumir nuestras diferencias con la naturaleza, nos lleva a la convicción de nuestra pertenencia a la misma. Para avanzar en esta responsabilidad con relación a la creación, entre otras cosas, es preciso un diálogo franco y abierto que ayude a la superación de los intereses egoístas sobre la cuestión ecológica. En este diálogo con los creyentes de otras religiones, con los gobiernos de las naciones y con las instituciones sociales, los cristianos hemos de ser los primeros en asumir que la fe en Jesucristo nos ofrece fundamentos extraordinarios para la práctica de una ecología integral y para el desarrollo pleno de la humanidad. “Será un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones”. Conversión ecológica Pero, además de valorar la importancia del diálogo, todos los habitantes del planeta hemos de progresar en una sincera “conversión ecológica”, asumiendo que el cuidado de la casa común exige un cambio profundo de aquellos criterios, tan arraigados en la cultura actual, que favorecen el consumismo y la búsqueda de los propios intereses, olvidando la dimensión espiritual de la persona y las necesidades de nuestros semejantes. Esta conversión ecológica, que ha de concretarse en el uso moderado de bienes materiales, en el control de los gastos superfluos y en la atención de los más frágiles, exige un cambio efectivo de mentalidad y de estilo de vida, en las opciones de consumo y en las inversiones, escuchando la voz del Creador, buscando la verdad y trabajando por el bien común. Para que los cristianos y los restantes seres humanos no olvidemos nuestra responsabilidad en el cuidado de la casa común y podamos renovar la adhesión a la propia vocación de custodios de la creación, el Santo Padre, en comunión con las Iglesias ortodoxas, nos convoca cada año, el día 1 de septiembre, a celebrar la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. En este día, especialmente, estamos invitados a invocar la ayuda del Señor para la protección del medio
Conclusiones Seminario sobre ecología integral
El Seminario de Ecología integral, al que asistieron 80 participantes de toda España, tenía los siguientes objetivos: Presentar los desafíos más relevantes que se están planteando para el logro de una ecología integral Profundizar los fundamentos teológicos y pastorales que inciden en una ecología integral Conocer experiencias y fomentar iniciativas ecológicas que generen un cambio de estilos de vida y comportamientos favorables a una ecología integral (Líneas de acción) El programa del Seminario respondió a tales objetivos con la ayuda de expertos en cuestiones medioambientales planteando los desafíos más relevantes en el modelo agroalimentario, en el sistema energético y ante la destrucción de los recursos naturales. De la encíclica Laudato si del papa Francisco, se extrajeron las líneas de reflexión necesarias para fundamentar el compromiso cristiano para una ecología integral, vivir una espiritualidad desde el respeto por lo creado y se ofrecieron recursos pastorales orientados a la conversión ecológica (materiales, programas de acción…) y una propuesta pastoral presentada por los Hermanos Menores franciscanos. El Seminario tenía una orientación práctica y experiencial. Se presentaron talleres relacionados con la implantación de la ecología integral en la parroquia (Parroquia Las Rosas de Madrid); de conversión ecológica (“Biotropía. Estilos de vida en conversión”. José Eizaguirre); sobre experiencias de formación y educación en el compromiso ecológico (Nacho Lafarga. Proyecto “Laudato SEK”, Colegio San Estanislao de Kostka de Málaga); sobre experiencias de sanación del medio ambiente y de las personas (Josep M. Fisa. Justicia y Paz de Barcelona) y sobre incidencia ecológica en el mundo rural (Escuela de Ingeniería Agrícola de Valladolid, INEA). A partir del diálogo y aportaciones de los asistentes, se extrajeron las siguientes llamadas y propuestas de acción para el futuro y de cara a dar mayor relevancia al compromiso cristiano por una ecología integral: Se constata la necesidad de aumentar la coordinación entre los agentes pastorales y las instituciones que están implicadas en sensibilizar y animar al compromiso por una ecología integral. Empezaríamos por comunicarnos y dando a conocer las experiencias e iniciativas que ya se están llevando a cabo.La coordinación tiene que visibilizarse también en la oferta de materiales e iniciativas conjuntas (web / repositorio / newsletter…) y en compartir los materiales destinados a la pastoral en parroquias y grupos. Aprovechar estas iniciativas para una mayor sensibilización e impulsarlas con más intensidad en el periodo del 1 de septiembre (Jornada Mundial de Oración por la Creación) al 4 de octubre (festividad de San Francisco de Asís) Dar un impulso ecuménico a las iniciativas que se realicen en el ámbito de la ecología integral. Fomentar en las diócesis el diálogo entre las instituciones que han participado en el Seminario y las demás que estén en esta tarea, proponiendo iniciativas de sensibilización y de acción. Un punto de partida puede ser a través de la Campaña “Enlázate por la justicia” y de aquellas personas o experiencias ya sensibilizadas con la ecología integral. Finalmente, ha sido una petición expresa de los asistentes al Seminario, que las instituciones convocantes continúen su labor de animación de la ecología integral y, en particular, se profundice y amplíe la incidencia de la ecología entre los proyectos futuros de la Conferencia Episcopal (mensajes, cartas pastorales, campañas…). Instituciones que han organizado el Seminario: Comisión Episcopal de Pastoral Social Comisión Episcopal de Migraciones Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales Departamento de Pastoral de la Salud (CEE) Departamento de Pastoral de Juventud (CEE) Justicia y Paz de CONFER Comisión General JUSTICIA Y PAZ MANOS UNIDAS CÁRITAS ESPAÑOLA REDES (ONGs para el desarrollo) Movimiento Católico Mundial por el Clima Equipo de Ecología de la Compañía de Jesús (Madrid, 16-17 de junio de 2017)