Convocados por el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, y reunidos en San Lorenzo del Escorial los días 20 y 21 de noviembre, bajo la presidencia de D. Antonio Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real y Obispo Responsable del Departamento de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal Española, 70 delegados y delegadas diocesanos, y presidentes y presidentas de los movimientos apostólicos obreros, procedentes de 34 diócesis, participantes en las decimosextas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, con el lema “CON LOS BRAZOS ALZADOS A DIOS Y ABIERTOS A LOS TRABAJADORES” queremos compartir con el resto de la Iglesia y con nuestra sociedad las siguientes reflexiones: Pese a cuanto escuchamos, hemos de constatar que el mundo obrero sigue existiendo, y sigue existiendo en conflicto. Un conflicto generado por la primacía dominadora del capital que alcanza todos los ámbitos de la vida humana, haciéndola a veces imposible, por no reconocer la prioridad del trabajo sobre el capital, y la fundamental dignidad y primacía del ser humano, varón y mujer. (LE 3) Esta existencia deshumanizada se agrava con la crisis económica y de valores, que estamos padeciendo de forma global, y que padecen, como siempre, de manera permanente los más pobres del mundo obrero desde quienes queremos mirar esta realidad: desempleados, jubilados, jóvenes, trabajadores precarios, víctimas de accidentes laborales, mujeres, e inmigrantes… (Cf. LE 6) Con los brazos alzados a Dios, la Iglesia quiere ser casa de acogida de quienes sufren las condiciones de vida y trabajo que hoy impera en nuestra sociedad, haciendo un llamamiento a mirar la realidad desde el lugar de los pobres, que es lugar de Dios en la historia. Es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre, varón y mujer, ha de afrontar en la vida cotidiana[…] debemos saber mostrar que Dios escucha la necesidad del ser humano y su clamor. (cf. Verbum Domini n. 23). Queremos compartir con toda la Iglesia la “pastoral obrera de toda la Iglesia” como eje de acción pastoral frente a la crisis, para que con voz profética denuncie con valentía las causas que generan el pecado estructural que a tantos empobrece. Queremos invitar a toda la Iglesia a reconocer y acoger la vida sufriente del mundo obrero como parte innegable de la historia de salvación. (Cf. POTI) Queremos exigir de los poderes públicos una acción constante, comprometida con la causa de los pobres, que dignifique y haga posible la vida humana, que devuelva al trabajo la dignidad propia de quien lo realiza, y que con ello pueda hacer posible la vida personal, familiar y social de todos. (CA 48) Reconociendo que las organizaciones sindicales son factor constructivo de orden social y de solidaridad y, por ello, un elemento indispensable de la vida social (CDSI 305), queremos pedirles una acción, también constante, que tenga en cuenta a los más empobrecidos del mundo obrero, para recuperar la dignidad del trabajo humano y la defensa de la dignidad de los trabajadores. Y una acción decidida para afianzar estas organizaciones como servidoras del mundo obrero. (LE 20) Llamamos a nuestras respectivas comunidades diocesanas y a los militantes de los Movimientos Apostólicos Obreros a vivir un nuevo dinamismo evangelizador que genere nuestra propia conversión personal y comunitaria, para hacer visible un nuevo modo de ser, de sentir, de pensar y de vivir, que haga cercana a todos, la salvación que nos trae Jesucristo, el único liberador, y que transformando las estructuras ayude a crecer el Reino de Dios y su justicia. Con los brazos abiertos a los trabajadores, invitamos a todos a revisar nuestras maneras de vivir. Hemos de recuperar caminos de vida más austeros, fraternos y solidarios, y les decimos que con ellos, encarnados en sus condiciones de vida, en sus problemas y situaciones, la Iglesia quiere seguir haciéndose presente como compañera de camino, compartiendo sus gozos y esperanzas, sus luchas y sus penas, dispuesta a escuchar y a aprender, a dialogar, y a plantar la semilla del Evangelio que es fuente de vida para todos. A Jesucristo, el divino obrero de Nazaret, por intercesión de María, Madre de los pobres, pedimos Vida, y vida en abundancia. (Jn 10,10) El Escorial, 21 de noviembre de 2010 Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
Declaración Final del VIII Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria
Convocados por el Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Comisión Episcopal de Pastoral Social bajo el lema “Iglesia, colectivos vulnerables y Justicia restaurativa”, más de 400 miembros de la Pastoral Penitenciaria Católica, procedentes de las diócesis españolas, hemos estado reflexionando sobre la realidad de nuestros sistemas penal y penitenciario desde la mirada creyente, que es propia de nuestra concepción de la vida. Con tal motivo, proclamamos nuestra fe en Dios Padre. Nos ha regalado una tierra común para todos, nos ha creado radicalmente iguales y libres y quiere que todos los bienes de la tierra se destinen sin muros ni fronteras al servicio de todos los hombres y mujeres sin distinción. Creemos en Jesucristo que pasó por el mundo haciendo el bien, que curó y que cuidó, que proclamó la libertad para los cautivos y que murió y resucitó en favor de todos sin excepción. Creemos en la fuerza vivificante e irresistible del Espíritu Santo, que nos invita a la comunión, a ser fieles a nuestra tradición y a abrirnos con audacia creativa a los nuevos retos que la realidad social y penitenciaria reclama y en los que está en juego la suerte de los más pobres. Justicia restaurativa Por ello, la Pastoral de Justicia y Libertad proclama su compromiso con las personas privadas de libertad por cualquier causa. Ninguna de ellas está irremisiblemente perdida. Todas albergan un mundo inédito de posibilidades que reclaman el compromiso de los poderes públicos, de la sociedad y de la Iglesia para lograr que la igualdad y la justicia material sean efectivas. Particularmente expresamos nuestra adhesión a los postulados de la Justicia Restaurativa o reconciliadora. A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, optamos por un modelo de justicia que proteja de manera efectiva a la víctima, que responsabilice al infractor y que devuelva la paz social, minimizando el uso de medios coercitivos o violentos. Apostamos por todas las formas de mediación penal comunitaria como un modo de atender efectivamente las necesidades reales de las personas afectadas por el delito. Derechos Humanos y colectivos vulnerables Nos preocupan especialmente las situaciones de extremada vulnerabilidad de las personas con enfermedades mentales y discapacidades, de las mujeres con cargas familiares, de los extranjeros sin arraigo, de los ancianos y de los menores de edad privados de libertad, así como todas aquellas otras a las que a la falta de libertad se suma la precariedad personal y social. Reiteramos que la prisión no es la respuesta adecuada para estas situaciones, muchas veces previsibles y tratables en otros ámbitos más idóneos y eficaces. Menos aún aplicar la privación de un valor sagrado como la libertad por infracciones administrativas en materia de extranjería. Solicitamos y esperamos de nuestras autoridades que fomenten de manera efectiva políticas preventivas de la criminalidad que atiendan a la salud mental, su diagnóstico y tratamiento precoz, la atención integral a las drogodependencias y que desarrollen políticas de extranjería compatibles con los derechos humanos, la movilidad y el destino universal de los bienes de la tierra. Sensibilización social Consideramos importante cultivar una pedagogía social que muestre la desproporción entre las altísimas cifras de personas en prisión y la circunstancia de encontrarnos por debajo de la media europea en tasas de delincuencia. Esta distorsión tiene su origen principalmente en la lenta ejecución de las sentencias penales, en la falta de atención personalizada a las víctimas, en la inexistencia de una cultura jurídica de cómo funciona el Derecho y sus instituciones y, por encima de todo, en la explotación superficial, emotivista e interesada del sufrimiento. En consecuencia, deseamos que los medios de comunicación social, especialmente los de la Iglesia, cuiden y cultiven los valores de la Justicia restaurativa y eviten la apelación al miedo al diferente y los estereotipos estigmatizadores que alejan de la verdad. Queremos seguir sensibilizando a nuestra sociedad de que el Derecho penal no es la solución para todo y que no siempre la respuesta punitiva resuelve problemas que nacen de la desigualdad social. La creación de vínculos sociales y eclesiales y valores como la acogida, la hospitalidad, la incondicionalidad y el respeto a la dignidad de las personas constituyen un requisito fundamental en los procesos de reconciliación social. En ellos tiene un papel imprescindible la familia como primer espacio de socialización en la alteridad y en la creación de vínculos permanentes. Iluminados y movidos por nuestra fe, ponemos en manos de Nuestra Señora de la Merced el compromiso para seguir trabajando infatigablemente en favor de los derechos humanos de todas las personas, singularmente de las más vulnerables, y promoviendo la Justicia Restaurativa que nos acerca un poco más al anhelo del Reino de Dios y de su Justicia que sólo consumará Quien es origen, camino y meta de todo.
XV Jornadas de Pastoral Obrera
Convocados por el Departamento de Pastoral Obrera de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar de la Conferencia Episcopal Española, presididos por Monseñor Antonio Ángel Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real, Responsable de Pastoral Obrera en la CEAS, y con la asistencia de D. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila, hemos celebrado, durante los días 21 y 22 de noviembre de 2009, las XV Jornadas de Delegados Diocesanos de Pastoral Obrera y Presidentes de los Movimientos Apostólicos Obreros, encontrándonos representantes de 34 diócesis, y de las Comisiones Permanentes de los Movimientos Apostólicos (JOC, HOAC, Hermandades del Trabajo, Mujeres Trabajadoras Cristianas), para renovar nuestro compromiso de encarnación, y evangelización, entre los pobres del mundo obrero y del trabajo. Bajo el lema “Al servicio de la verdad que libera”[1] Evangelizar el trabajo en tiempos de crisis, e iluminados por la reflexión presentada por Luis González-Carvajal nos hemos sentido convocados, en palabras del Papa Benedicto XVI,[2] a acoger la verdad del sufrimiento de tantos hombres y mujeres a quienes este modelo de vida personal y de sociedad deshumanizados en el que nos movemos, rompe existencialmente. Desde la verdad del Evangelio, vivida en la Iglesia, les queremos acompañar y ayudar a salir adelante como mujeres y hombres nuevos con los que podamos transformar también la sociedad. Hemos reafirmado nuestra necesidad de mirar la historia desde los últimos, desde abajo, desde los pobres, situados como creyentes en su perspectiva para abordar la tarea de iluminar la construcción de un mundo nuevo. Nos hemos sentido llamados a la conversión en la vida personal y comunitaria de modo que con el testimonio de vida el Evangelio pueda ser creído. Y nos hemos sentido interpelados en la tarea de anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres que sufren la precariedad, la siniestralidad laboral, la dureza de la inmigración, que son víctimas de los mecanismos de producción y consumo de nuestra sociedad, necesitada de una renovación radical de los valores que hoy la mueven. Las experiencias de las distintas diócesis nos han mostrado caminos de encarnación, presencia y evangelización en el mundo obrero y del trabajo, como levadura en medio de la masa, desde acciones pequeñas, capaces de sembrar vida y esperanza, en el marco de las líneas ya puestas en marcha en el Plan de acción del trienio: Intensificando la cercanía y solidaridad a los conflictos del mundo obrero y a las víctimas de la crisis (inmigrantes, víctimas de la siniestralidad, desempleados, trabajadores precarios, mujeres y jóvenes…) Potenciando la formación de militantes obreros cristianos Generando un nuevo dinamismo evangelizador, una nueva cultura, una nueva manera de vivir. Denunciando las situaciones injustas, y anunciando la novedad del Evangelio mediante nuestras acciones. La andadura de la Pastoral Obrera en la Iglesia española, desde la publicación del documento La Pastoral Obrera de toda la Iglesia[3], actualizada desde la reflexión sobre el conflicto social hoy, que vio la luz en el libro “El Trabajo Humano, Principio de Vida”, fruto de largos años de trabajo, ha recorrido un camino fructífero en la misión de plantar la Iglesia en medio del mundo obrero y del trabajo. La pastoral obrera de toda la Iglesia tiene su garantía de novedad evangelizadora en el compromiso apostólico de la comunidad cristiana. Es toda la comunidad la que debe sentirse comprometida en esta acción misionera con el mundo del trabajo.[4] Debemos, como cristianos, impulsar una cultura de la solidaridad y de la gratuidad. Debemos abrir caminos de humanización. Por eso ponemos en manos de Dios Padre, por medio de María, la Virgen Madre, obrera de Nazaret nuestro trabajo. Que por su intercesión se llenen de vida las tareas en las que nos empeñamos para vivir al servicio de la verdad que libera, que no es otra que la del Evangelio de Jesucristo, que estamos llamados a anunciar, con toda la Iglesia, a los hombres y mujeres del mundo del trabajo. [1] Cfr. Caritas in Veritate, Benedicto XVI [2] cfr. CV 9 [3] LXII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española [4] Derechos sociales y Caridad Política, Carlos Amigo Vallejo
Que con la fuerza del Espíritu Santo desbordéis de esperanza
“La crisis económica preocupa a la pastoral obrera” Durante los días 22 y 23 de noviembre de 2008 se han celebrado en Madrid, las Jornadas Generales de los Delegados Diocesanos de Pastoral Obrera y Presidentes de los Movimientos Obreros Cristianos, presididos por Mons. D. Antonio Algora, Obispo de Ciudad Real y Responsable del Departamento de Pastoral Obrera, de la CEAS y con la presencia de 32 diócesis, con el lema “Con la fuerza del Espíritu Santo desbordéis de esperanza”. Durante éstas, Francisco Pérez, economista y miembro del Equipo de la Delegación Pastoral Obrera de Zaragoza, ha impartido la ponencia “Crisis económica, causas y consecuencias para el Mundo Obrero y lectura desde la Revelación y la Doctrina Social de la Iglesia”. Hemos compartido experiencias de diferentes diócesis que nos han animado a seguir con esperanza en la misión que la Iglesia nos ha encomendado. También nos hemos planteado las líneas de acción del Departamento de Pastoral Obrera para los próximos años.En estas Jornadas hemos constatado que: Vivimos en una sociedad con profundas convulsiones, que se nos presenta con grandes amenazas para la vida de los hombres y mujeres del mundo obrero, pero también con posibilidades para la vida humana. En esta situación comprobamos cómo el sistema neoliberal de producción y consumo, que domina la sociedad y los cambios sociales, se ha manifestado incapaz de solucionar los graves problemas de la humanidad y ha seguido generando empobrecimiento en amplios sectores del mundo obrero. Esta realidad está rompiendo la sociabilidad humana, provocando un radical empobrecimiento de las personas y de las relaciones que se dan entre ellas. Esto se ve agravado con la crisis económica que estamos padeciendo. Esta crisis no es solo un problema económico sino, sobre todo, un problema moral que pone de manifiesto “los valores éticos” y las bases sobre las que está construida la economía y la sociedad. La crisis es también un problema político ya que la liberalización de la economía ha impedido e impide el bien común de la humanidad. Los Estados anteponen la economía a las personas y premian a los culpables a costa de las víctimas. La Doctrina Social de la Iglesia nos reclama que desarrollemos la acción política como una realidad constitutiva de nuestra humanidad concretada en la dignidad de la persona y en el bien común. Por eso es necesario reconstruir la dimensión política de la naturaleza humana, especialmente de las víctimas del sistema de producción y consumo. Por nuestra parte, movidos por el Espíritu, fuente de esperanza, nos comprometemos a impulsar en el mundo obrero y en la Iglesia un diálogo que responda al proyecto de humanización que Jesucristo nos ofrece. Pedimos al Señor, el Obrero de Nazaret, que nos dé la fuerza y la espiritualidad necesaria para que, a través de las Líneas de Acción de la Pastoral Obrera de Toda la Iglesia, sigamos contribuyendo a la liberación de los empobrecidos de todas las crisis. Sólo desde una vida y un compromiso evangelizador, como respuesta agradecida al amor de Dios, seremos capaces de caminar en nuestro servicio al mundo obrero.
VII Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria
Acordándonos de los presos como si nosotros mismos estuviésemos encarcelados con ellos (cf. Heb 13,3), más de 500 personas de las Diócesis de España, acompañados por representantes de las administraciones penitenciarias y de la pastoral penitenciaria católica y ecuménica a nivel internacional, nos hemos reunido en el VII Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria, animados por la fuerza ilusionante del Espíritu del Señor Jesús que, una vez más, nos impulsa a ser Buena Noticia liberadora para los hombres y mujeres internados en nuestras prisiones. Somos conscientes de que todo delito provoca un inmenso sufrimiento a la persona que lo padece y abre una herida social necesitada de cura y de cuidado. Igualmente, la persona que lo comete es un ser humano, mediado por circunstancias muchas veces adversas, pero sujeto digno, responsable, siempre perfectible y susceptible de modificar el rumbo de su vida por muchos errores que haya podido cometer. Nos sentimos convocados para ser en nuestra sociedad un instrumento eficaz de reconciliación y auténtica mediación de paz social y de convivencia segura en libertad. Por ello, queremos reiterar nuestras convicciones más profundas y queridas para apuntar nuevos caminos preñados de esperanza. Consiguientemente, PROCLAMAMOS: Nuestra fe en un Dios locamente enamorado de la humanidad, que está profundamente encariñado con la causa de los más vulnerables y que mira con infinita ternura a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu. Nuestro Dios no sólo no aliena sino que levanta, perdona, anima y dignifica. Nuestra confianza en el ser humano, en todo ser humano y en sus inmensas posibilidades de “nacer de nuevo” y de roturar nuevos e inexplorados senderos en la vida. Por eso descubrimos en el “otro” y en el “diferente” no una amenaza o un enemigo, sino un don y una preciosa oportunidad para un encuentro mutuamente personalizador. Nuestra certeza de que nuestra sociedad, que anhela legítimamente seguridad, es también abierta, plural, tolerante, democrática, solidaria y capaz de seguir avanzando para alcanzar cotas mucho más altas de justicia en su organización y de paz social en su convivencia. Nuestra convicción de que necesitamos el cultivo de una ética de la dignidad personal, de la responsabilidad, del cuidado, de la hospitalidad, y de la reconciliación como bases del ordenamiento jurídico y político. Para ello, invitamos a las instituciones del Estado, al tejido asociativo, y a toda la sociedad civil a intentar nuevos caminos que sean menos dolorosos, más eficaces, incluso económicamente menos gravosos, que aquellos transitados en exclusiva de la mano del resentimiento o de la venganza. Como Iglesia estamos gozosamente dispuestos a asumir nuestra parte de responsabilidad. A través del voluntariado generoso de la Pastoral Penitenciaria, plenamente inserto en la sociedad, abierto al trabajo en red, en continuo esfuerzo de formación y respuesta a los cambios y nuevas necesidades, decididamente APOSTAMOS: Por una Justicia auténticamente restaurativa. Que no desoiga el clamor de las víctimas pero que no lo convierta en mera retorsión contra el agresor. Que acoja las necesidades de quienes han soportado los delitos y, al mismo tiempo, tienda la mano a los infractores para que no reincidan y puedan incorporarse socialmente. En definitiva, que sea más dialógica que dialéctica y más reparadora que vindicativa. Por la mediación penal comunitaria, como la vía más adecuada para romper la espiral de la violencia y lograr al propio tiempo la responsabilización del infractor respecto al delito cometido y la reparación del daño causado injustamente a la víctima. Por ser una auténtica Pastoral de Justicia y de Libertad, que se afane en el cultivo de las medidas alternativas a la prisión y no “tire la toalla” ante las dificultades que presentan «los más pobres de entre los pobres». Que sea capaz de prevenir las causas económicas, sociales, educativas, familiares y laborales del delito, que se implique en la defensa de los derechos fundamentales de quienes padecen la exclusión social y de quienes viven privados de libertad y sea auténticamente corresponsable de la plena integración social de quienes ya cumplieron sus condenas. Por seguir trabajando para ser una Pastoral de la esperanza desde un acompañamiento comprometido de las personas, respondiendo de manera global, afectiva y efectiva a sus necesidades espirituales, sociales y jurídicas, tanto en tareas de prevención, intervención penitenciaria como de reinserción social. Por demandar al legislador y a las instituciones medidas normativas que posibiliten la generalización de los procedimientos mediadores tanto en el ámbito del proceso penal como en el de la propia institución penitenciaria, como forma de minimizar sufrimiento a las partes y alcanzar mayor seguridad y paz social. Por solicitar de las autoridades un amplio abanico de medidas que contribuyan a dignificar la situación de colectivos especialmente vulnerables como los enfermos mentales, los discapacitados, los drogodependientes, los extranjeros indocumentados, los gravemente enfermos o las mujeres con cargas familiares y que respondan de manera más humana, dignificante y diversificada a sus particulares necesidades. Por continuar abriendo la Pastoral Penitenciaria católica a una normal integración en la vida diocesana y en sus recursos, en continua coordinación con cuantas iniciativas de Iglesia, y aún fuera de ella, se empeñen en humanizar la sociedad en general y los sistemas penal y penitenciario en particular. Finalmente, agradecidos por el estímulo de la representación del grupo de teatro penitenciario «Yeses», tenemos la convicción de que “el perdón vencerá al odio y la indulgencia a la venganza”. Con el deseo de que esta auténtica reconciliación sea posible, ponemos nuestros esfuerzos y todo el sufrimiento asociado al mundo del delito en las manos vigorosas de Jesucristo y de Ntra. Sra. de la Merced, nuestra principal intercesora.
Comunicado final de las X Jornadas generales de Pastoral Obrera
Durante los días 15 y 16 de Noviembre de 2003 se han celebrado las X Jornadas Generales de Pastoral Obrera en la Casa de Espiritualidad de San José de El Escorial. En estas Jornadas han participado delegaciones diocesanas de 25 diócesis, representantes de religiosos y religiosas en el mundo obrero, responsables y consiliarios de distintos movimientos y comunidades que trabajan en el seno de la Pastoral Obrera. Dichas Jornadas han estado presididas por Mons. D. Antonio Algora, Obispo de Ciudad Real y responsable del Departamento de Pastoral Obrera en la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. Marco histórico del conflicto social Con el título “Marco histórico del conflicto social, sus manifestaciones y retos a la Pastoral Obrera”, en estas Jornadas se ha presentado el trabajo que, sobre esta cuestión, ha desarrollado un grupo creado para este fin por el Consejo Asesor de Pastoral Obrera. Alfonso Alcaide, sociólogo y militante de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de Sevilla, ha sido el coordinador de este grupo y la persona que ha presentado el primer resultado de este trabajo. En un primer momento de su exposición, Alfonso Alcaide explicó cuál es la matriz del conflicto social. Partiendo de la relación entre las necesidades humanas y el trabajo, constató la ruptura actual entre estas dos dimensiones en el sistema capitalista, lo cual provoca que el trabajo humano se haya convertido en una mercancía más, en un factor más de producción y de consumo. La inmediata consecuencia de esto es la conversión del ser humano en un instrumento. Se destaca, en este sentido, la creciente precarización de las condiciones laborales (tal y como podemos ver en la sangrante realidad de los accidentes laborales) y la creciente deshumanización de las condiciones de existencia del ser humano (que atrofia dimensiones esenciales de la persona como son la familia, la educación, la cultura y el consumo). Llegados a este punto, hemos definido el conflicto social como el proceso histórico de ruptura progresiva de la naturaleza humana para convertirla en instrumento maximizador de producción y consumo. Dimensión cultural En un segundo momento, la exposición giró en torno a la dimensión cultural del conflicto social, donde se constató la construcción de un modelo productivo basado en un sistema de valores y creencias que identifica al individualismo con las necesidades humanas, el hedonismo con la capacidad de hacer del ser humano y la racionalidad con la única fuerza dinamizadora. Este proceso choca de frente con el planteamiento de la fe, la cual nos impulsa al seguimiento de Jesucristo, nos invita a ensayar formas de vida comunitarias que puedan transmitir un nuevo estilo de vida más coherente y comprometido, y nos exige intensificar la cohesión eclesial, el diálogo y la comunión al servicio de los más pobres y empobrecidos. La consecuencia más importante de este planteamiento es la necesidad de una nueva perspectiva que priorice la dimensión antropológica y teologal del compromiso creyente como medio de encuentro con las víctimas del conflicto social y como medio de transformación del sistema. Todo esto fue debatido por los participantes desde la óptica de las potencialidades, retos y líneas de trabajo que se plantean a la Pastoral Obrera. El Encuentro finalizó con el unánime deseo de que todo este trabajo dé sus frutos en los movimientos, comunidades, grupos de Pastoral Obrera y en toda la Iglesia.
«Iglesia comprometida con la justicia en el mundo obrero»
La HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), reunida en Asamblea General en Madrid los días 14 al 17 de Agosto, quiere comunicar a todas las personas de buena voluntad y a toda la sociedad las principales líneas de reflexión que han realizado los cerca de un millar de sus militantes procedentes de 44 diócesis de la Iglesia española, sobre los cambios que están ocurriendo en el mundo obrero y qué respuesta tiene que dar la HOAC. En los inicios del tercer milenio nos encontramos un mundo complejo lleno de luces y de sombras. Nunca como hoy el ser humano contó con tantos medios para responder a las necesidades de justicia, libertad y fraternidad. Los avances científicos y técnicos ponen a su disposición cuantiosos medios para responder a los problemas de supervivencia y desarrollo de los pueblos. Un enorme número de personas y organizaciones trabaja en proyectos de justicia, de solidaridad y de conciencia. Los movimientos que buscan una globalización alternativa se movilizan, y las organizaciones sindicales y políticas, Movimientos Sociales y ONGs aportan propuestas para buscar un mundo distinto basado en la paz, la justicia y la libertad. Nuestra Iglesia se esfuerza por hacer oír su voz, apoyando todo lo bueno que se propone para el bien de las personas y denunciando todas aquellas situaciones en que los derechos y la vida de las personas son conculcados. Todos estos signos de esperanza los acogemos como lo que son, fruto de la acción de Dios en el mundo, que alienta el trabajo callado, solidario y a fondo perdido de muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Damos gracias a Dios por ello. Estos signos de esperanza pugnan por hacerse presentes e implantarse en medio de otros signos de muerte que traen oscuros presagios sobre la humanidad. Así lo vemos en el destrozo del Derecho Internacional, patrimonio de la humanidad y fundamento de unas relaciones internacionales pacíficas. Nuestros sistemas democráticos, la mejor forma de convivencia política que hemos sido capaces de construir, se muestran incapaces de oponerse a esta barbarie y algunos Gobiernos utilizan sus mayorías parlamentarias para cubrir de legalidad lo que sólo son arbitrariedades. Este nuevo absolutismo político sirve de soporte al nuevo sistema económico mundial que destroza la vida de las personas, especialmente del mundo obrero: Elimina el empleo estable, que es la base de la vida de muchas personas y de sus familias, sustituyéndolo por el paro y la precariedad. Roba el futuro de la juventud, obligándola a estar formándose hasta pasados los treinta años para convertirlos en desechables a los cuarenta, y desecha a los mayores condenándolos a la inactividad y a la pobreza, cuando les queda media vida por vivir. Incrementa el conjunto de los empobrecidos y marginados, al tiempo que impide una respuesta satisfactoria a sus problemas que necesariamente pasa por la obtención de un empleo digno y estable. Margina y explota a la mujer, exigiéndole: trabajar, ser madre, cuidar de la familia y de la casa, de los enfermos y de los mayores… cosas contradictorias con la igualdad dentro de la diversidad a que tiene derecho toda persona. Subordina los tiempos de vida de las personas y por tanto de las familias al tiempo productivo. Desmantela el Estado del Bienestar, convirtiendo en mercadería las necesidades y derechos vitales. Condena a los pueblos al empobrecimiento permanente, explota y destruye los ecosistemas que sirven de hábitat para la vida de muchas especies animales y vegetales y con ello el sistema que hace posible la misma vida humana, expulsando a los inmigrantes que llegan a nuestros países buscando sobrevivir. Este doble absolutismo, político y económico, se presenta recubierto de otro absolutismo, el cultural, que ofrece como proyecto de vida para la persona de hoy el disfrute permanente sin límite alguno, el capricho como única norma moral, y el individualismo posesivo, todo lo cual impide que la vida del otro tenga cabida en la propia vida. Siendo éste el principal reto a la fe y a la Misión de la Iglesia y la mayor dificultad para la comunión universal. Por ello, denunciamos el nuevo orden nacional e internacional que se está construyendo y llamamos a todas las personas de buena voluntad a que definan y asuman su responsabilidad política, sindical y ciudadana. Llamamos igualmente a las organizaciones políticas, sindicales, sociales y solidarias, a que incrementen su lucha por la justicia y por la verdad. Y en ellas nos comprometemos a: Plantearnos un nuevo humanismo que contemple y desarrolle a la persona en todas las dimensiones claves de su existencia: política, económica, cultural, social, religiosa y trascendente. Plantearnos un diálogo nuevo entre fe y cultura, fe y ciencia, fe y política, para construir una nueva moral humanista que sitúe a los empobrecidos de todo el mundo como el centro de la preocupación de las personas y de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, solidarias y eclesiales. Y desde los pobres y con ellos, plantearnos las formas de vida que son posibles para que todos vivamos con justicia y libertad en un planeta habitable. Nosotros que somos y nos sentimos Iglesia, hacemos un llamamiento a toda Ella para incrementar nuestra fidelidad a Jesucristo en estos momentos históricos, difíciles y prometedores, que nos ha tocado vivir. Para ello, el mismo Jesucristo nos enseñó el camino que nunca falla: Unir nuestra vida a los empobrecidos del mundo, en nuestro caso a los empobrecidos del mundo obrero, y caminar con ellos en un compromiso por la justicia cumpliendo la voluntad de Dios ayudados por su Espíritu.
VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria
En el Año Jubilar 2000 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que «vino a anunciar a los pobres la Buena Noticia y a los presos la libertad» (Lc.4,18), reunidas más de 600 personas de las diócesis del Estado Español, en el VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria, acogiendo la invitación del Papa Juan Pablo II para repensar la respuesta al delito y la acción pastoral que requieren el infractor y la víctima, habiendo trabajado en los sectores de lo pastoral, de lo social y de lo jurídico PROCLAMAMOS Nuestra mirada esperanzada en el futuro, en una Pastoral Penitenciaria de Justicia y de Libertad, fruto de nuestra fe profunda en el Dios libertador de todas las cautividades y de nuestra firme confianza en las ingentes posibilidades de todos los seres humanos sin excepción. Apostamos por una Pastoral de Justicia y de Libertad, encarnada «entre los más pobres de entre los pobres», capaz de prevenir las causas económicas, sociales, educativas y laborales del delito, implicada en la defensa de los derechos fundamentales de las personas que padecen la precariedad y la exclusión social, comprometida con las personas privadas de libertad, defensora de sus derechos, buscadora de alternativas a la cárcel, corresponsable del proceso de integración social y la plena normalización de vida, sin estigmas, de las personas liberadas. Aspiramos a una Pastoral de Justicia y de Libertad con vocación integradora en la vida diocesana y presente en todos los ámbitos de acción eclesial (parroquia, arciprestazgo etc…), en coordinación con las entidades eclesiales y extra-eclesiales comprometidas en el ámbito penitenciario y en comunión fraterna con la Pastoral Penitenciaria de otras confesiones cristianas, unidos en la causa común de dar respuesta a las necesidades espirituales y materiales de las personas presas. Nos comprometemos a promover en nuestra sociedad la viabilidad de medidas de reparación del daño, mediación y reconciliación entre los infractores y sus víctimas, fruto de una Justicia más centrada en la protección y satisfacción de las víctimas, que en la retribución y castigo de los infractores. Tras las reflexiones que hemos efectuado estos días, desde el talante jubilar que preside este singular Congreso, y con el deseo de mirar siempre hacia adelante con renovada esperanza, apuntamos algunos caminos que humildemente nos atrevemos a PROPONER: 1. A nosotros mismos: Seguir creciendo en la dimensión del agente de la Pastoral Penitenciaria como testigo de esperanza, desde el convencimiento de que toda persona puede cambiar, que todos tienen potencialidades que deben ser descubiertas y cultivadas y, al tiempo, sin perjuicio de la responsabilidad que corresponde al Estado, procurar generar respuestas concretas y creativas que incidan en los terrenos de la prevención, la intervención penitenciaria y la reinserción social. Continuar avanzando en la nueva «conciencia eclesial» acerca de la realidad penitenciaria, abriéndonos a una normal integración en la vida diocesana y sus recursos, en coordinación con cuantas iniciativas se empeñen en dignificar la vida de las personas presas. Insistir en los programas globales de acción pastoral y trabajo social sistemático con las personas privadas de libertad, que contemplen no sólo su realidad durante el paréntesis forzado que supone la prisión, sino también su familia y el entorno al que necesariamente habrán de volver. Formarnos continuamente, tanto en el cultivo de la espiritualidad y de la gratuidad, como en el conocimiento de las ciencias humanas, sociales y jurídicas, procurando la incorporación de profesionales de las mismas a nuestra tarea evangelizadora en la actual etapa de la nueva evangelización. 2. A la sociedad Que adquiera una «nueva sensibilidad», no se deje llevar por los tópicos, se acerque más a sus cárceles, y tome conciencia de que las personas privadas de libertad siguen siendo parte de la misma. Que detecte y denuncie los problemas sociales que están en la base de no pocos delitos, solicitando medidas preventivas que los eviten. Que posibilite oportunidades a nuestros hermanos presos y evite estigmatizar a las personas que salen en libertad, creando un clima favorable a la reinserción social, fin último en el que ella misma debe estar comprometida. Que tenga en cuenta los valores de la dignidad de toda persona, de la no violencia activa, el diálogo, la reconciliación, el principio de la solidaridad y la justicia social. 3. Al legislador y a los poderes públicos: Que conforme al mandato constitucional oriente las penas de modo efectivo hacia la reeducación y reinserción social. Nos preocupa se hallen en prisión: *personas extranjeras en número tan elevado y creciente, a las que habría que posibilitar el cumplimiento de las penas, cuando sea posible y no contrario a los Derechos Humanos, en el país de origen. * enfermos mentales, drogodependientes y enfermos de sida: las prisiones no fueron concebidas para este perfil de población, necesitada de una atención específica. Pedimos se modifique el Código Penal, ampliando las posibilidades de alternativas a la prisión y suspensión del fallo en los supuestos de condenados de hasta 5 años de privación de libertad. Asimismo pedimos se establezcan cláusulas atenuatorias que permitan dar respuestas proporcionadas en determinados delitos de escasa entidad contra la salud pública. Solicitamos que la dimensión de lo social se haga presente a lo largo del proceso penal y en la intervención penitenciaria, de forma rigurosa y sistemática, incorporando informes sociales, procurando medidas que eviten el desarraigo de la persona y faciliten su reinserción, tanto en la materialidad de la medida como en la forma y lugar de cumplimiento de la misma. Igualmente, como forma de participación del tejido social en la resolución de los conflictos, pedimos se incorpore a la legislación la mediación comunitaria, con la consiguiente libertad a prueba para el culpable y el aseguramiento para la víctima de la reparación, con un fondo especial para el caso de infractores insolventes. A los responsables penitenciarios pedimos articulen medios personales para que el tratamiento no sufra menoscabo alguno respecto al régimen, se multipliquen las ofertas de actividades que prevengan el tedio de horas de patio, se ideen fórmulas que impidan efectivas «cadenas perpetuas», se establezcan límites máximos temporales en los regímenes especiales de aislamiento
Siglo XXI Pastoral Penitenciaria: desafío a un fracaso
Las 330 personas asistentes al primer Encuentro de Pastoral Penitenciaria realizado en Burgos del 11 al 13 de Septiembre, hemos constatado y ratificado que la cárcel es un fracaso porque: