El gran tema es el trabajo (Papa Francisco) La Jornada Mundial por el Trabajo Decente (JMTD) se viene celebrando desde 2008 cada 7 de octubre. Es un evento emblemático para el mundo del trabajo e intenta dar visibilidad a las actuales condiciones en las que se desarrolla esta actividad humana y busca promover un entorno saludable de trabajo en el que se respeten los derechos de los trabajadores y se democraticen las empresas. El concepto de “trabajo decente” fue acuñado en 1999 por el Director General de la OIT y se refiere a la generación de oportunidades para que todos los hombres y mujeres accedan a un empleo en condiciones de libertad, igualdad, seguridad, y dignidad humana. El año siguiente y en el marco del Jubileo de los Trabajadores, San Juan Pablo II lanza un llamamiento para la creación de «una coalición mundial a favor del trabajo decente». A finales de 2014, el Dicasterio Pontificio de Justicia y Paz convoca unas jornadas para abordar el tema del trabajo. A dicha reunión son convocados representantes de movimientos cristianos y sindicales, participando también representantes del Vaticano. Uno de los acuerdos adoptados fue poner en las agendas sociales, políticas y eclesiales el objetivo del “trabajo decente”. Fruto de esta reunión fue la Iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD), que en España nace en mayo de 2015 impulsada por Caritas, CONFER, Justicia y Paz, HOAC, JOC y JEC. Este 2021 es el séptimo año que la ITD lanza una campaña para sumarse a los objetivos de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Son más de cincuenta las diócesis que vienen respondiendo a esta llamada promoviendo la realización de gestos públicos, vigilias y celebraciones eucarísticas. Desde el Departamento de Pastoral del Trabajo queremos invitaros a que respondáis generosamente a la convocatoria que nos hacen desde esta iniciativa y que desde nuestros movimientos, asociaciones, comunidades y parroquias organicemos actos que promuevan el trabajo decente. San Juan Pablo II nos dice que “La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa (la del mundo del trabajo), porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres” (LE 8). Antonio Javier Aranda Director Departamento de la Pastoral del Trabajo
Comunicado final Jornadas Generales de Pastoral Obrera
En el XXV aniversario del documento «La Pastoral Obrera de toda la Iglesia» Con el objetivo de conmemorar el XXV aniversario de la publicación del documento de la CEE “La Pastoral Obrera de toda la Iglesia”, hacer balance del camino que se ha recorrido, y concretar el proceso a seguir en la misión de la Pastoral obrera en el mundo del trabajo y en la Iglesia hoy, se han celebrado las XXV Jornadas Generales, en El Escorial, del 29 de noviembre al 1 de diciembre de 2019, presididos por Mons. Antonio Algora, obispo responsable del Dpto. de Pastoral Obrera de la CEAS, con asistencia de Luis Manuel Romero, director del Secretariado de la CEAS, y participación de más de 150 asistentes de más de 34 diócesis. Acogemos con agradecimiento esta historia de fidelidad evangélica y presencia samaritana en el mundo del trabajo. Nuestra celebración y nuestra misión quieren ser, como dice el papa Francisco, “memoriosa”, por eso lo primero ha de ser el agradecimiento a hombres y mujeres que desde su compromiso de fe han decidido a lo largo de estos años acompañar la vida del mundo obrero. Este es el punto de partida. En las vidas entregadas de tantos militantes junto a sacerdotes, religiosos, obispos, reconocemos agradecidos el don del amor y la misericordia de Dios para todos, especialmente para quienes son víctimas de la precariedad, el empobrecimiento y la deshumanización que sigue sufriendo, también hoy, el mundo obrero y del trabajo. Hoy se ha intensificado y se recrudece esta situación de inhumanidad. Los retos de la nueva revolución industrial, y de la robotización del empleo, siguen reclamando la presencia de la Iglesia. Reconocemos el trabajo como lugar humano, como lugar eclesial, como lugar teologal, y por eso el trabajo humano como principio de vida ha de seguir estando en el centro de la misión de toda la Iglesia. La Iniciativa “Iglesia por el Trabajo Decente” fruto de este camino recorrido, manifiesta la necesidad de seguir siendo Iglesia en el mundo obrero, y nos pide una apuesta decidida por el trabajo decente, también al interior de la Iglesia, como exigencia de la fe. Para poder realizar nuestra misión eclesial, es necesario afrontar el reto que la individualización en la vida personal y social, supone para la dignidad de la persona. Es necesario construir un proyecto de humanización con todos los trabajadores y trabajadoras que plante cara a la desigualdad y el empobrecimiento creciente, aportando el valor y el sentido del trabajo como principio de vida: Somos urgidos a vivir una nueva etapa evangelizadora, que proclame que el trabajo es para la vida, que reclame un trabajo decente que permita construir una sociedad humana; que denuncie las agresiones normalizadas e invisibilizadas de la siniestralidad laboral; que plante cara a la inequidad que genera violencia, y para ello hemos de posibilitar el nacimiento de un nuevo orden económico y social, donde junto a la lucha contra la pobreza y sus causas, contra la precariedad vital, seamos capaces de cambiar personal y globalmente nuestra relación con la creación, porque convertimos nuestras prácticas cotidianas y nuestros estilos de vida. Para ello hemos acordado poner en marcha un proceso sinodal de mirada a la realidad, que ponga rostro a esta situación, desde el que habremos de concretar, junto a nuestros obispos, las respuestas pastorales que como Iglesia estamos llamados a ofrecer. Somos urgidos por el amor de Cristo, a acompañar como Iglesia la vida las trabajadoras y trabajadores empobrecidos, a generar una nueva manera de pensar, sentir y vivir; una nueva mentalidad que haga que las instituciones vuelvan a estar al servicio de las personas y de sus necesidades humanas, y para ello, somos enviados a construir otra manera de vivir con nuestro testimonio. El Escorial, 1 de diciembre de 2019. Primer domingo de Adviento
Comunicado de las XXIV Jornadas Generales de Pastoral Obrera: Acompañar en la precariedad
Con el lema “Acompañar en la precariedad” el Departamento de Pastoral Obrera, de la CEAS de la Conferencia Episcopal Española, ha celebrado del 23 al 25 de noviembre en Ávila las XXIV Jornadas generales de Pastoral Obrera, cuyo objetivo ha sido profundizar en cómo acompañar a las personas empobrecidas del mundo obrero. La ponencia presentada por D. José Luis Segovia Bernabé, Vicario de Pastoral Social e Innovación de la Archidiócesis de Madrid, ha señalado la necesidad de reconocer que la precariedad, fruto de la injusticia en el trabajo y de la vulneración de los derechos personales de los trabajadores y los derechos sociales de las familias, es un elemento de este sistema que deshumaniza; evitable, por tanto. Ha invitado a no olvidar que está en la misma naturaleza de la Iglesia acompañar en la precariedad la vida de tantos trabajadores desde la encarnación en sus mismas condiciones de vida, haciéndose Sacramento de la impotencia compartida. Desde esta sacramentalidad, que hemos de vivir toda la Iglesia, hemos de ofrecer a Jesucristo, salvación para todos, en la tarea política de construir humanidad que sane, reconstruya, y reconcilie la relación humana, social y con la creación. Hemos compartido la experiencia de acompañamiento en la precariedad, desde la Asociación de Barrios ignorados de Andalucía, que nos ha llamado la atención sobre las fracturas vitales que la precariedad provoca, la pobreza que genera, el aislamiento y descarte social de familias enteras, especialmente de los jóvenes que los habitan, a quienes se aboca a un presente de exclusión, carente de sentido y un futuro sin esperanza. La experiencia del acompañamiento al precariado desde el sindicato, que hemos escuchado, nos reafirma en la necesidad de pedir a las organizaciones sindicales que realicen su imprescindible función social, poniendo en el centro a los trabajadores precarizados, a los desempleados, a los trabajadores pobres, para, como pide el Papa Francisco, construir justicia juntos. Desde esas reflexiones y experiencias hemos acogido retos y llamadas: A hacernos Sacramento de la impotencia compartida viviendo en la precariedad, como Iglesia que habita en medio de las casas de sus hijos e hijas para poder compartir en la esperanza su propio camino de humanización. La evangelización pasa por el camino de la compasión, de la pasión compartida, para crecer en comunión con los empobrecidos. A recordar a toda la Iglesia el ineludible camino de seguimiento de Jesucristo en medio de los gozos y las tristezas de toda la humanidad y, especialmente, del mundo obrero que comporta nuestra fe. El mundo obrero precarizado y empobrecido sigue existiendo. Solo con los pobres podremos recorrer los caminos del Evangelio. A exigir de todas las Administraciones la inclusión social de todos los descartados -personas, familias, barrios- mediante políticas que hagan reales los Derechos Humanos: derecho a trabajo decente, a vivienda, a educación, salud… Y a exigir que realicen su tarea ineludible al servicio del Bien común desde la restauración de la dignidad del trabajo humano, de las personas trabajadoras y sus familias. Como dice el papa Francisco, “cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí.” (LS 125) “El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social. No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure. (CA 37) Tenemos necesidad de preservar el trabajo humano, por eso es necesario que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos.” (LS 127) “El gran objetivo debería ser siempre permitirles a los pobres una vida digna a través del trabajo, porque el trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.” (LS 128) En la precariedad, la esperanza. ¿Cómo hacer para no dejarse robar la esperanza en las «arenas movedizas» de la precariedad? Con la fuerza del Evangelio.[1] En este día contra la violencia de género en que hemos orado desde el dolor de las víctimas, y con esta esperanza, nos convocamos para la celebración el año próximo de las XXV Jornadas, en la celebración del veinticinco aniversario de la publicación del documento de la CEE “La Pastoral Obrera de toda la Iglesia”. ÁVILA, 25 de noviembre de 2018 Fiesta de Jesucristo, rey del Universo [1] MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO NACIONAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA (CEI) [24-26 DE OCTUBRE DE 2014, SALERNO]
Iglesia comprometida por el trabajo decente
Comunicado de las XXII Jornadas Generales de Pastoral Obrera Convocados por el Departamento de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal Española, nos hemos reunido en Ávila, los días 19 y 20 de noviembre, delegados diocesanos, miembros de los Movimientos Apostólicos Obreros, y de equipos de Pastoral obrera, para celebrar las XXII Jornadas de Pastoral Obrera, bajo el lema IGLESIA COMPROMETIDA POR EL TRABAJO DECENTE, para dialogar, reflexionar, compartir experiencias, y abordar propuestas pastorales para seguir impulsando la tarea de ser y hacer visible una Iglesia comprometida por el trabajo decente. En línea de continuidad con jornadas anteriores, hemos abordado este año la reflexión sobre la actual configuración del trabajo, que nos ha invitado a tomar conciencia de su realidad y hemos propuesto retos pastorales para la Iglesia española en el mundo del trabajo. Hemos presentado, igualmente, una propuesta de formación para los equipos de Pastoral obrera. Hemos presentado, también, la iniciativa Iglesia unida por el trabajo decente, impulsada por un conjunto de organizaciones eclesiales, que ha hecho surgir una experiencia de trabajo eclesial a través de la cual se ha puesto de manifiesto la necesidad de seguir apoyando la justa reclamación y la necesaria consecución de un trabajo decente, en el sentido que el papa Benedicto XVI ya describió en Cáritas un veritate 63. Como Iglesia en el mundo obrero y del trabajo, seguimos haciendo nuestro el sufrimiento que la lógica de este sistema genera en las y los trabajadores y sus familias, a quienes vamos acompañando con misericordia. Desempleados de larga duración, jóvenes, mujeres, inmigrantes, trabajadores precarios… conforman el rostro sufriente del mundo obrero. Nuestro empeño de seguir acompañando con misericordia sus vidas ha de seguir siendo prioritario. Como dice el papa Francisco, para contrarrestar la desesperanza, la comunidad cristiana “se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias… y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo[1] Es necesario, al término del año de la Misericordia, seguir uniendo misericordia y justicia, seguir denunciando la inmoralidad radical, la inhumanidad profunda con la que se organiza el sistema económico cuando no está al servicio de las personas, de sus necesidades humanas, especialmente de los más pobres. Seguimos clamando contra la lógica inmisericorde de un capitalismo sin entrañas, de un sistema económico que descarta a las personas y, como recuerda con insistencia el papa Francisco, priva radicalmente de dignidad a las personas cuando las priva de su humanidad, impidiéndoles realizar un trabajo decente. Uno de los graves problemas hoy, es que el empleo precario, sin derechos, mal pagado, sin que permita salir de la pobreza, se ha convertido en el empleo normal. La economía, y la política, no están al servicio de las personas, y necesitamos una economía y una política profundamente humanas y humanizadoras. Reclamarlas, y trabajar para que vayan siendo posibles, son exigencias de las implicaciones políticas de nuestra fe cristiana. Hace milenios[2] la Iglesia y los profetas dijeron lo que tanto escandaliza que repita el Papa en este tiempo cuando todo aquello alcanza expresiones inéditas. “Toda la doctrina social de la Iglesia y el magisterio se rebelan contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad.” Nos sentimos nuevamente convocados a ser Iglesia comprometida por el trabajo decente, al servicio de nuestras hermanas y hermanos, de su intrínseca dignidad de hijos e hijas de Dios, que nos urge a trabajar con misericordia, por la justicia. Seguimos invitando a todas las instancias eclesiales a sentirse convocadas a un empeño continuo en favor del trabajo decente, y seguimos reclamando de los poderes públicos un empeño sincero por ir generando condiciones objetivas que lo hagan posible, poniendo en el centro de sus políticas económicas la prioridad del servicio a las personas, no al capital. Nuestra esperanza en Jesucristo, Misericordia de Dios, nos sigue impulsando a una vida de servicio, solidaridad y humildad en favor del mundo obrero, y en especial de los que más sufren.[3] Ávila, 20 de noviembre de 2016 [1] EG 24 [2] Francisco. discurso en el III Encuentro de Movimientos Populares, 5 nov 2016 [3] ídem[/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]
Dignidad y esperanza en el mundo del trabajo
Comunicado final de las XX Jornadas Generales de Pastoral Obrera Los días 15 y 16 de noviembre, el Departamento de Pastoral Obrera, presidido por Mons. Antonio Algora Hernando, nos ha convocado en Madrid a la Iglesia que peregrina en España en medio de la vida del mundo obrero, para celebrar las XX Jornadas Generales de Pastoral Obrera. Este año bajo el lema: «A los veinte años de la pastoral obrera de toda la Iglesia. Dignidad y Esperanza en el mundo del trabajo». Hemos acudido a esa convocatoria más de ciento cincuenta personas de 37 diócesis, con el objetivo de profundizar desde las experiencias compartidas, y desde la reflexión y la oración común, en: La acción de gracias por el camino evangelizador recorrido en el mundo obrero a lo largo de estos últimos veinte años La propuesta del Evangelio como alegría y esperanza para nuestros hermanos ante la nueva configuración del trabajo humano La presencia eclesial y la tarea evangelizadora en el mundo del trabajo que estamos llamados a seguir realizando. Nos han acompañado militantes de los movimientos apostólicos, religiosos y religiosas presentes en el mundo obrero; hemos contado también con las palabras de aliento de Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid. Iluminados por las reflexiones de los distintos ponentes, empujados por la fuerza del Espíritu, hemos dado gracias al Padre por la riqueza del camino recorrido por la pastoral obrera de toda la Iglesia a lo largo de más de sesenta años, y especialmente por el regalo que supuso la publicación del documento «La Pastoral Obrera de toda la Iglesia». En estos últimos veinte años el mundo del trabajo ha sufrido unos cambios profundos, que dotan de una configuración absolutamente nueva al trabajo, y que afectan a todas las dimensiones de la existencia. Conscientes de la realidad dolorosa que hoy vivimos en el mundo del trabajo, queremos compartir con todos, un mensaje de denuncia y esperanza: Con las mismas palabras del papa Francisco, denunciamos, una vez más, que esta economía mata. Que el sometimiento de la vida de los pobres a la codicia de unos pocos ha generado un sistema inhumano que antepone el beneficio a la dignidad sagrada de las personas. Queremos denunciar que este sistema económico empobrece, precariza la vida de las mujeres y hombres trabajadores, hiere radicalmente su dignidad, frustra proyectos de vida personales y familiares, excluye, descarta y siembra de muerte los caminos de la existencia humana. Queremos denunciar que negar la dignidad humana, impidiendo el trabajo decente que haga posible una vida digna, es negar a Dios mismo, de quien tenemos en los pobres el rostro sufriente. Este sistema construye una forma de ser hombre y mujer hoy que deshumaniza. Queremos denunciar que el actual sistema político no está al servicio del bien común y de los más pobres, no está al servicio de la vida de las personas, sino que se ha convertido en amparo de corruptos y amorales. Necesitamos regenerar y dignificar la política al servicio del bien común. Ni podemos, ni queremos permanecer impasibles e indiferentes ante el sufrimiento humano que la nueva configuración del trabajo humano, y de la sociedad, están generando. Nos urge a responder evangélicamente el mismo amor de Cristo, que se hizo pobre por nosotros hasta dar su vida para que todos tuviéramos vida, porque la persona humana es siempre lo primero en el proyecto del Reino de Dios. Por eso como signo de esperanza, nos comprometemos: A vivir la conversión pastoral a la que nos llama el papa Francisco para seguir siendo Iglesia encarnada en el mundo obrero. Nuestra propia vida personal, y nuestra vida eclesial han de ser testimonio encarnado del amor preferente de Dios por los empobrecidos. Por eso estamos dispuestos a trabajar con nuestros obispos para que la presencia pastoral y samaritana, la presencia compasiva de la Iglesia acompañe especialmente a desempleados y a trabajadores precarios, a sus familias, a los jóvenes, mujeres y migrantes, a las víctimas de accidentes laborales y sus familias, a los trabajadores de la economía informal y sumergida. A seguir anunciando la propuesta de liberación de Jesucristo para el mundo obrero. A esta tarea somos enviados por nuestra Iglesia para recorrer solidariamente los caminos en cuyas cunetas quedan hermanos nuestros, Estamos convocados a una nueva imaginación de la caridad y la justicia, llegando hasta las periferias del mundo obrero. A generar espacios de encuentro que devuelvan el protagonismo vital a quienes son excluidos por este sistema económico y político, que posibiliten otra economía, otro trabajo posible, en clave de humanización, que ponga siempre en el centro a las personas. Estamos convocados a ser Iglesia, casa de todos. Queremos invitar a toda la Iglesia a poner en marcha, de manera creativa, posibilidades concretas de economía de comunión que muestren que podemos establecer nuevas relaciones sociales y económicas basadas en la lógica del don y la gratuidad. A trabajar por, y a seguir reclamando proféticamente, un trabajo decente para todos, que haga posible la vida digna personal y familiar, y la construcción de proyectos sociales, económicos, y políticos de fraternidad, solidaridad y justicia, cuyo eje sean los más débiles y los descartados de nuestro mundo. Del mismo modo nos comprometemos, y animamos a sostener y apoyar aquellas iniciativas que ya existen y que hacen posible otra economía, otro trabajo, otra sociedad, acorde con la que Dios, Padre de Misericordia, sueña para todos sus hijos e hijas. Queremos llevar este mensaje de esperanza a nuestras diócesis y movimientos, ofrecerlo como propuesta a nuestras comunidades, a trabajadores y empresarios, a creyentes y no creyentes, a hombres y mujeres de buena voluntad, a todos aquellos dispuestos a seguir abriendo caminos de esperanza para recuperar la dignidad en el mundo del trabajo. A María, Madre de los pobres, madre del divino obrero de Nazaret, confiamos nuestra tarea. Madrid, 16 de noviembre de 2014
Si falta trabajo, la dignidad humana está herida
Nota del Departamento de Pastoral Obrera de la CEE para la festividad del 1º de mayo, San José Obrero Desde sus comienzos la Doctrina Social de la Iglesia ha fundamentado la dignidad de toda persona en la condición de hijos e hijas de Dios, y ha proclamado la necesidad de poner en práctica el principio evangélico que invita a la acción: “os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). El primero de mayo, fiesta de San José Obrero y fiesta cristiana del trabajo, supone para los trabajadores que profesan la fe la ocasión de recordar y agradecer, también, esas luchas por la dignidad y la justicia de todos aquellos que han hecho de su vida un compromiso en favor de la dignidad del trabajo humano, que se han esforzado por reconocer en él la dignidad de los trabajadores y trabajadoras que lo realizan. En cada hombre y mujer que diariamente se esfuerza en realizar su trabajo, con el que contribuye a realizar la voluntad creadora y salvífica del Padre, contemplamos el sagrado reflejo de Dios que quiso encarnarse en Jesús de Nazaret para mostrarnos el verdadero camino de humanización y liberación que nos dirige y acerca hacia el Reino de la Paz y la Justicia, hacia el Reino de la Vida y del Amor. Por eso, cualquier ataque a la dignidad del trabajo humano es, intrínsecamente, un ataque a la dignidad de los hombres y mujeres que lo realizan, y por ello una negación de Dios. El desempleo, la precariedad laboral, el subempleo, la economía sumergida, las condiciones de explotación o de inseguridad e insalubridad laboral, el trabajo infantil, la discriminación laboral por razones de sexo o raza, la injusticia de los salarios y otras condiciones laborales, todo ello son heridas a la dignidad humana que se clavan en las personas de los trabajadores, y que repercute gravemente en sus condiciones de vida, y en las de sus familias, deshumanizando su existencia. Cuando la vida social –también el trabajo- pone en el centro al dinero, y no a la persona, negamos la primacía del ser humano sobre las cosas, negamos la primacía de Dios (Evangelii Gaudium 55). La manera de concebir hoy el trabajo humano genera pobreza y exclusión y deshumaniza a los trabajadores. Como creyentes en el Dios de la Vida no podemos permanecer impasibles ante ese sufrimiento humano. Estamos llamados a trabajar por la humanización de nuestro mundo, en caminos de justicia y solidaridad que construyan el bien común, pues como nos ha recordado el Papa Francisco, hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto (Evangelii Gaudium 187). Ya el Beato Juan Pablo II nos hizo caer en la cuenta de que en la mayoría de los casos “los pobres aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia” (Laborem Exercens 8). En estas fechas no podemos dejar de recordar a quienes han perdido la vida o la salud en los llamados “accidentes laborales”. La siniestralidad laboral es una lacra, muchas veces fruto de las mismas condiciones de precariedad, de inseguridad, de escasa formación, de temporalidad en la contratación, y de baja remuneración, que pone de manifiesto esas heridas a la dignidad del trabajador y del trabajo humano, pero que sobre todo tiñen de dolor la existencia de tantas familias que se ven abocadas a la pérdida de sus seres queridos, a la incapacidad de sus miembros para poder trabajar, y que se ven condenadas a una existencia más sumida en la pobreza. Precisamente el 28 de abril, unos días antes del primero de mayo, se celebra el Día Internacional de la Salud y la Seguridad en el Trabajo. Para nosotros es ocasión de orar por los “obreros muertos en el campo de honor del trabajo”, como decimos al rezar la oración que marca cotidianamente la existencia de los militantes de los movimientos apostólicos obreros. Es ocasión de reforzar la cercanía misericordiosa y compasiva con las familias de las víctimas de la siniestralidad laboral. Y es ocasión de sentirnos urgidos en nuestra militancia cristiana a denunciar las condiciones deshumanizadas en que tantas veces se desenvuelve el trabajo humano, y las consecuencias catastróficas de muerte, pérdida de salud, y pobreza familiar que entrañan. Celebrar el primero de mayo desde la fe en Jesucristo es para la Iglesia motivo de esperanza y compromiso. Es querer proclamar que “en el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los nuevos cielos y otra tierra nueva» (Laborem Exercens 27). Celebrar el primero de mayo desde la fe es sentirnos nuevamente comprometidos a trabajar por un trabajo digno para todo hombre y mujer. El que nos recordaba Benedicto XVI que, en cualquier sociedad, ha de ser “expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un
«No os dejéis robar la esperanza»
Comunicado de las XIX Jornadas de Pastoral Obrera Bajo el lema “No os dejéis robar la esperanza” se han celebrado, en Ávila, los días 16 y 17 de noviembre, las decimonovenas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, que organiza el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, presidido por Mons. Antonio Algora Hernando, Obispo prior de Ciudad Real, con asistencia de delegaciones y secretariados diocesanos de pastoral obrera de 40 diócesis, y participación de los Movimientos Apostólicos Obreros. Hemos contado con la presencia y las palabras de ánimo de Mons. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila. Constatamos que el desempleo, las condiciones indignas de trabajo, y la falta de esperanza asociada a esta larga crisis, generan precariedad y vulnerabilidad no solo laboral, sino precariedad vital. Nuestra sociedad es una sociedad fracturada, que genera exclusión, que deshumaniza, porque ha puesto al dinero en el centro de la vida económica, social y política. Nuestra sociedad ha olvidado que la persona es siempre lo primero, y que sólo el servicio al bien común de toda la persona y de todas las personas legitima la acción política y el dinamismo económico.[1] Y constatamos que esta situación es fruto de la acción interesada de poderes financieros, económicos y políticos, cuya acción inhumana hemos de seguir denunciando, por ser contraria al Evangelio. Constatamos que la precariedad afecta no solo a las personas individualmente consideradas, sino a las familias enteras, a los niños y jóvenes, a los mayores, y a la misma estructura de la convivencia social. El deterioro humano que el desempleo creciente y la precariedad constante van generando clama ante el Dios de la Vida. Donde no hay trabajo, falta la dignidad. No podemos seguir recorriendo esos caminos. En nombre de Dios pedimos, como clamaba recientemente el Papa Francisco: ¡trabajo, trabajo, trabajo! [2] Como miembros de la Iglesia somos conscientes de la necesidad de seguir reivindicando un trabajo decente para todos que sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.[3] (CV 63) Nuestra sociedad debe buscar caminos para hacer posible un trabajo humano digno para todas las personas. Queremos reconocer, valorar, y agradecer cuantos esfuerzos de solidaridad y humanización, y en pro de estructuras políticas y económicas más justas van surgiendo en nuestro mundo, y a cuantas personas –creyentes o no- hacen de la solidaridad con los últimos y de la lucha por la justicia, su camino de vida. Por eso: -Reafirmamos la dignidad inalienable de todas las personas. El trabajo humano es digno porque son los hombres y las mujeres quienes lo realizan. -Queremos abrir horizontes más allá de la precariedad. En Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, podemos avanzar en nuevas posibilidades de vida para todos. Hemos de seguir alumbrando, nuevas formas de organización social, económica y política, más justas y humanas. -Hemos de sostener la utopía del Reino, y fomentar el discernimiento cristiano que nos ayude a articular lo utópico, lo posible, y lo concreto. -Queremos ayudar a que las personas descubran y activen sus fortalezas y se abran a la esperanza; queremos suscitar la esperanza en los demás. -Queremos potenciar espacios y experiencias de encuentro y acompañamiento de quienes sufren. Solo desde la solidaridad demostrada seremos capaces de suscitar esperanza. A esta tarea invitamos de corazón a los militantes obreros cristianos, a los miembros de los movimientos apostólicos obreros, de las congregaciones religiosas, de las comunidades parroquiales, de nuestras diócesis, para seguir haciendo “una pastoral obrera de toda la Iglesia”. Ávila, 17 de noviembre de 2013 [1] Cfr. CDSI 398. Cfr. Papa Francisco, Viaje pastoral a Cagliari, Encuentro con el mundo del trabajo 22.09.2013; Discurso 03.10.2013 en el aniversario de Pacem in Terri;, y Discurso 25.05.2013 a la Fundación Centessimus Annus. [2] Papa Francisco. Viaje pastoral a Cagliari. Encuentro con el mundo del trabajo 22.09.2013 [3] Cáritas in Veritate 63
Comunicado de las XVIII Jornadas de Pastoral Obrera
Bajo el lema “Testigos de la Fe para evangelizar el mundo obrero” se han celebrado, en Ávila, los días 17 y 18 de noviembre, las decimoctavas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, que organiza el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, presidido por monseñor Antonio Algora Hernando, Obispo prior de Ciudad Real, con asistencia de delegaciones y secretariados diocesanos de pastoral obrera de 40 diócesis, y participación de los Movimientos Apostólicos Obreros. En el contexto de la celebración del Año de la Fe, de la conmemoración del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y en el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo, fruto del Concilio, hemos querido sentirnos, una vez más, interpelados por la vida del mundo obrero y del trabajo, y preguntarnos cómo ser testigos de la fe para evangelizar el mundo obrero en las actuales circunstancias. Como mujeres y hombres trabajadores, somos portadores nosotros mismos del dolor y el sufrimiento del mundo del trabajo: el desempleo creciente, la precariedad, las cambiantes condiciones de trabajo, el miedo y la incertidumbre, las condiciones de vida de las familias obreras, cada vez más difíciles; los desahucios que afectan a las familias más empobrecidas, víctimas de la crisis. Como cristianos, miembros de la Iglesia, somos conscientes de cómo todo ello afecta a la propia vida familiar, y cómo dificulta la propia vivencia de la fe y su transmisión. La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transfigurar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Ponemos de manifiesto con nuestros obispos que “la situación de crisis genera en muchas personas sentimientos de malestar y de desencanto, de irritación y de rechazo ante unas instituciones sociales y políticas que, aun disponiendo de tantos medios económicos y técnicos, no han sido capaces de ordenar la vida en común de un modo verdaderamente justo y humano. Los jóvenes sufren de un modo muy intenso los efectos de la crisis y se ven afectados por la falta de trabajo en porcentajes difíciles de soportar. Es éste uno de los aspectos más dolorosos y preocupantes de la actual situación.”(Ante la crisis, solidaridad. Declaración de la Comisión Permanente de la CEE) Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aun en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor. Encontramos en este mundo obrero y del trabajo una invitación del Resucitado a ser testigos de su nombre. Junto al mismo Cristo, el otro signo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro de los empobrecidos. Por eso percibimos las llamadas urgentes que surgen a la luz del Evangelio en nuestro mundo: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada a menudo por el desempleo, especialmente entre los jóvenes; poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico; y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad. El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado también a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación. En esta situación, como Iglesia nos sentimos convocados a renovar nuestra presencia íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia llamados a seguir denunciando los mecanismos perversos de esta economía que impiden que esté al servicio de las personas y su dignidad. Nos sentimos llamados a testimoniar la fe en Jesucristo, único Señor, y a vivir la vida personal, familiar y comunitaria desde la fe en Jesucristo, que nos llama a poner en el centro de la vida las necesidades de los más pobres. Ávila, 18 de noviembre de 2012
Comunicado final de las XVI Jornadas Generales de Pastoral Obrera
Convocados por el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, y reunidos en San Lorenzo del Escorial los días 20 y 21 de noviembre, bajo la presidencia de D. Antonio Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real y Obispo Responsable del Departamento de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal Española, 70 delegados y delegadas diocesanos, y presidentes y presidentas de los movimientos apostólicos obreros, procedentes de 34 diócesis, participantes en las decimosextas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, con el lema “CON LOS BRAZOS ALZADOS A DIOS Y ABIERTOS A LOS TRABAJADORES” queremos compartir con el resto de la Iglesia y con nuestra sociedad las siguientes reflexiones: Pese a cuanto escuchamos, hemos de constatar que el mundo obrero sigue existiendo, y sigue existiendo en conflicto. Un conflicto generado por la primacía dominadora del capital que alcanza todos los ámbitos de la vida humana, haciéndola a veces imposible, por no reconocer la prioridad del trabajo sobre el capital, y la fundamental dignidad y primacía del ser humano, varón y mujer. (LE 3) Esta existencia deshumanizada se agrava con la crisis económica y de valores, que estamos padeciendo de forma global, y que padecen, como siempre, de manera permanente los más pobres del mundo obrero desde quienes queremos mirar esta realidad: desempleados, jubilados, jóvenes, trabajadores precarios, víctimas de accidentes laborales, mujeres, e inmigrantes… (Cf. LE 6) Con los brazos alzados a Dios, la Iglesia quiere ser casa de acogida de quienes sufren las condiciones de vida y trabajo que hoy impera en nuestra sociedad, haciendo un llamamiento a mirar la realidad desde el lugar de los pobres, que es lugar de Dios en la historia. Es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre, varón y mujer, ha de afrontar en la vida cotidiana[…] debemos saber mostrar que Dios escucha la necesidad del ser humano y su clamor. (cf. Verbum Domini n. 23). Queremos compartir con toda la Iglesia la “pastoral obrera de toda la Iglesia” como eje de acción pastoral frente a la crisis, para que con voz profética denuncie con valentía las causas que generan el pecado estructural que a tantos empobrece. Queremos invitar a toda la Iglesia a reconocer y acoger la vida sufriente del mundo obrero como parte innegable de la historia de salvación. (Cf. POTI) Queremos exigir de los poderes públicos una acción constante, comprometida con la causa de los pobres, que dignifique y haga posible la vida humana, que devuelva al trabajo la dignidad propia de quien lo realiza, y que con ello pueda hacer posible la vida personal, familiar y social de todos. (CA 48) Reconociendo que las organizaciones sindicales son factor constructivo de orden social y de solidaridad y, por ello, un elemento indispensable de la vida social (CDSI 305), queremos pedirles una acción, también constante, que tenga en cuenta a los más empobrecidos del mundo obrero, para recuperar la dignidad del trabajo humano y la defensa de la dignidad de los trabajadores. Y una acción decidida para afianzar estas organizaciones como servidoras del mundo obrero. (LE 20) Llamamos a nuestras respectivas comunidades diocesanas y a los militantes de los Movimientos Apostólicos Obreros a vivir un nuevo dinamismo evangelizador que genere nuestra propia conversión personal y comunitaria, para hacer visible un nuevo modo de ser, de sentir, de pensar y de vivir, que haga cercana a todos, la salvación que nos trae Jesucristo, el único liberador, y que transformando las estructuras ayude a crecer el Reino de Dios y su justicia. Con los brazos abiertos a los trabajadores, invitamos a todos a revisar nuestras maneras de vivir. Hemos de recuperar caminos de vida más austeros, fraternos y solidarios, y les decimos que con ellos, encarnados en sus condiciones de vida, en sus problemas y situaciones, la Iglesia quiere seguir haciéndose presente como compañera de camino, compartiendo sus gozos y esperanzas, sus luchas y sus penas, dispuesta a escuchar y a aprender, a dialogar, y a plantar la semilla del Evangelio que es fuente de vida para todos. A Jesucristo, el divino obrero de Nazaret, por intercesión de María, Madre de los pobres, pedimos Vida, y vida en abundancia. (Jn 10,10) El Escorial, 21 de noviembre de 2010 Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo