Propuesta conjunta de la Pastoral de Migraciones y Cáritas El pasado 8 de octubre, los obispos de las diócesis canarias se dirigían al Pueblo de Dios para mostrar su preocupación por la contingencia migratoria que están experimentando las islas, exhortar a las comunidades cristianas a promover la cultura de hospitalidad y expresar su disposición a colaborar en la búsqueda de soluciones. Desde la Delegación de Migraciones de Tenerife, el Secretariado de Migraciones de Canarias y las Cáritas de ambas provincias, nos hacemos eco de este llamamiento y, desde la responsabilidad cristiana que nos caracteriza, queremos participar aportando algunas ideas y orientaciones desde un punto de vista positivo y esperanzador. Estamos convencidos de que todos juntos, remando en la misma dirección, podemos contribuir a una acogida más digna y al fortalecimiento del sistema de atención a las personas migrantes que llegan a las Islas Canarias. Por ello, las entidades firmantes nos ofrecemos, desde el respeto, al diálogo con todas las autoridades públicas y entidades del tercer sector implicadas y proponemos: Propuesta conjunta de Migraciones y Cáritas.pdf
Nota de los Obispos de las Islas Canarias ante el aumento de la migración
La Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana se adhieren a la nota En los últimos días, hemos asistido a la llegada de más de 3.000 personas, muchas de ellas menores de edad, procedentes del continente africano. La inestabilidad política en Senegal y otros países del Sahel, la pobreza y el cambio climático, entre otros motivos, están empujando a la población a huir. Se trata de seres humanos que arriesgan sus vidas cruzando el Atlántico con la esperanza de un futuro mejor para sí y sus familias. Las imágenes que hemos visto de los desembarcos en nuestras Islas Canarias y las declaraciones de distintos profesionales nos hacen recordar la inaceptable situación que se está viviendo en Lampedusa y nos entristece contemplar la indiferencia de los gobiernos europeos reunidos en Granada que por desgracia han declinado abordar y dar respuesta al preocupante tema de la migración. La falta de previsión, unida a la insuficiencia de infraestructuras, dificulta una acogida digna y aumentan la probabilidad de que se produzcan vulneraciones de los derechos humanos. Cientos de personas han vuelto a dormir al raso en los muelles canarios ante la falta de espacios de recepción. La escasez de intérpretes, la ausencia de información jurídica comprensible o la asistencia grupal a las personas migrantes son solo algunos ejemplos. Además, los centros de acogida para menores de edad vuelven a estar saturados y las derivaciones a otras comunidades autónomas se encuentran paralizadas. Tampoco podemos olvidar la tragedia de quienes pierden la vida durante la travesía, dejando atrás sus sueños e ilusiones. Paralelamente, están surgiendo peligrosos discursos alarmistas que no deben permitirse. El Papa Francisco declaró en su reciente visita a Francia que “aquellos que arriesgan sus vidas en el mar no invaden, buscan ser bienvenidos” e instó a evitar “discursos alarmistas”. El pasado 24 de septiembre celebrábamos la 109 Jornada Mundial del Migrante y Refugiado bajo el lema “libres de elegir si migrar o quedarse”. En el mensaje del Santo Padre con motivo de este día, nos recordaba que “mientras trabajamos para que toda migración pueda ser fruto de una decisión libre, estamos llamados a tener el máximo respeto por la dignidad de cada migrante; y esto significa acompañar y gobernar los flujos del mejor modo posible, construyendo puentes y no muros, ampliando los canales para una migración segura y regular. Dondequiera que decidamos construir nuestro futuro, en el país donde hemos nacido o en otro lugar, lo importante es que haya siempre allí una comunidad dispuesta a acoger, proteger, promover e integrar a todos, sin distinción y sin dejar a nadie fuera”. No debemos olvidar que solo cuando cese la injusticia actual del comercio internacional, cuando cesen las guerras inducidas en países con riquezas mineras, cuando los dictadores que expolian a su pueblo dejen de contar con la complacencia de gobiernos y empresas multinacionales, cuando cese el comercio de armas, la inmigración de ciertas zonas del mundo se podrá regular. Cuando se acabe con la injusticia actual la migración se moderará. Hay que evitar migraciones no necesarias creando en los países de origen posibilidades concretas de vivir con dignidad. Como sabemos, también existe el derecho a no emigrar, y muchos de estos hermanos nuestros no iniciarían un viaje tan incierto si en sus pueblos y países se vivieran situaciones más justas La Iglesia en las Islas Canarias trabaja diaria e incansablemente con las personas migrantes en distintos ámbitos con el objetivo de favorecer su promoción e inclusión laboral y social. El trabajo humano y asistencial diario para atender las necesidades de los migrantes, la puesta en marcha de los Corredores de Hospitalidad o el acompañamiento a los internos en los CIE, que tanto sufrimiento provocan, son una muestra del esfuerzo de la Iglesia por estar junto a los más necesitados. Por ello, no podemos mirar hacia otro lado y mostramos nuestra máxima preocupación ante esta situación. Desde una lectura creyente de la realidad, los Obispos canarios, queremos exponer: Nos encomendamos a la Virgen María, a la que todos veneramos con gran devoción -con distintas advocaciones- en cada una de nuestras islas. A ella le confiamos las esperanzas de todos los emigrantes y refugiados, también le encomendamos el eterno descanso de los que han dejado sus vidas en el océano y le pedimos para que los que huyen de sus países encuentren en nosotros un testimonio de esperanza y solidaridad. Domingo 8 de octubre de 2023. † José Mazuelos Pérez, obispo Canariense.† Bernardo Álvarez Afonso, Obispo Nivariense.† Cristóbal Deniz Hernández, Obispo Auxiliar de Canarias . Lee también la Nota de los Obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana
El papa en Marsella: No podemos resignarnos a ver seres humanos tratados como mercancía
Momento de recogimiento con los líderes religiosos cerca del Memorial dedicado a los marineros y migrantes perdidos en el mar
Trazos del rostro de Dios desde los migrantes
En el marco de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2023 la Revista Migraciones ofrece esta reflexión de Monseñor José Cobo Dios dibuja su rostro como historia y la hace «historia de la salvación» El migrante nos ayuda a releer las categorías teológicas fundamentales. Desde ellos percibimos que este rostro de Dios se dibuja con nuevos tonos. Las herramientas teologales básicas, como peregrinaje, liberación, promesa, camino, éxodo, resto de Israel, huérfanos, pobres y viudas… Todas cobran nueva fuerza y presentan cercanías nuevas de Dios en medio de su pueblo. No es igual hablar de promesa o de éxodo desde la teoría, o un libro, que desde las colas de entrada por Ceuta, Canarias o la frontera mexicana. Con los relatos de tantos migrantes aprendemos a recuperar una renovada espiritualidad de historia de la salvación. Es un redescubrimiento para esta época, donde recuperaremos la lectura creyente del paso concreto de Dios por la historia personal y por la de su pueblo. Dios abraza: la mística del abandono «Estos son los que vienen de la gran tribulación» (Ap 7,14) y nos anuncian el paso de Dios en la desesperación. Nos ayudan a hablar de Dios en medio de la mística del abandono, tan necesaria para hoy. Cuando tendemos a escamotear y disimular las dificultades, los migrantes ayudan a encarar pascualmente las trabas o la cadena de desarraigos que sufren. Con sus vidas y las de sus familias nos hacen escuchar en lo hondo de sus oraciones el salmo 21. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Desde ahí nos ayudan a entender los vacíos de la humanidad y los nuestros. En la bajada y despojamiento pasan, en su camino migratorio, como Job, por la herida de sentir que Dios ha desaparecido y preguntan en el punto oscuro de sus crisis: ¿dónde está Dios? Pero en lo hondo del abandono, su fe nos abre a la experiencia de ser rescatados por Dios, aun en medio de tantas oscuridades. Así, nos enseñan a unir la desesperación y la alabanza al mismo tiempo, aun sin ver nada claro. Solo por acoger la presencia de Dios. Narrar el tránsito, el paso y el miedo es la tarea que se nos pone delante en un mundo que lo escamotea. Por eso, la Conferencia Episcopal Española[1] constata la necesidad de formar agentes de pastoral migratoria para atender las necesidades específicas de esta población y recuperar el «espíritu que, desde la experiencia y la trayectoria ya vivida, nos proponen». El reto es: ¿cómo ayudamos a que hagan su relato y nos desinstale su experiencia? En este contexto solo me atrevo a apuntar dos trazos que dibujan su experiencia y que apuntan a mostrar a Dios entre el abandono: – Dios es acompañante en todo momento de intemperie. La intemperie, por tanto, es lugar de anuncio de Dios. – Dios señala que la meta de la vida es la vida eterna. La posibilidad de la muerte es parte de este proceso migrante, por eso, en ellos aprendemos a vivir los dolores de la vida, pero en la clave de eternidad, en marcha y teniendo siempre el horizonte «en busca de una ciudad futura». La muerte en Dios, el futuro cierto de la vida de los pobres, es la realidad que marca el camino de muchos migrantes. Pero algo nos dice que esa esperanza no será posible si el que la espera, aunque creyente, está «instalado» en el presente, en su bienestar, en su mundo, «en su tierra firme». Dios transfigura las dificultades y el horror… sin maquillajes En una sociedad que alumbra depresiones y hace crecer exponencialmente los suicidios, entre ansiolíticos y frustraciones, la experiencia de nuestros maestros migrantes nos dice que la vida, en su dificultad, siempre es capaz de ser transfigurada por la mano del Dios que saben que siempre acompaña misteriosamente. Dios camina entre los últimos En nuestra sociedad de seguridades y de blindajes, el migrante sigue siendo «el último». Ha dejado todo para aventurarse a lo desconocido y peligroso. Muchos son los pobres, pero, además, el migrante asiste a un sucesivo proceso de despojo, primero de familia, tierra, luego raíces y trabajo, más tarde de identidad en una sociedad que a menudo no lo acoge. Jesús es el inmigrante por antonomasia. En su rostro se esconde cada historia de migración y nos dice en cada una de ellas: «Ese inmigrante soy yo» (Mt 25,44). Cada migración, y cada lágrima, nos descubre un nuevo lugar teológico desde donde tenemos la suerte de acercarnos y estremecernos ante la presencia del Dios que sigue haciéndose último. Dios camina entre los CIE, entre los centros de acogida, entre los pisos de alquiler hacinados, o entre los que viven de las migajas de nuestro mundo; entre quienes han dejado todo para salvar a sus familias y para aventurarse a lo desconocido y peligroso con Dios como único sustento. Despojados del derecho a quedarse y de siquiera una mínima libertad de elección. Muestran la fortaleza en la debilidad y nos preguntan, desde el evangelio hecho historia de los últimos, si de verdad creemos que esa pobreza y la debilidad son nuestras herramientas y las de Dios para caminar y cambiar el mundo blindado y encerrado: ¿creemos de verdad que Dios nos rescata por medio de los más vulnerables?, ¿creemos en la fuerza de la pobreza como medio de anunciar el evangelio? O más adentro: ¿pretendemos servir a los débiles desde la sabiduría y fuerza del mundo o desde la novedad del Evangelio?, tal como sintetiza el Apóstol: «Pues ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9). Dios, desde los migrantes, dice que está liberando y actuando a través de la debilidad y no de la fuerza. Dios sigue dibujando su proyecto. Los migrantes son sus profetas Ellos son una nueva edición del evangelio, pues, entre los caminos de la vida, los migrantes nos invitan ahora al banquete del reino. Son profetas del clamor
Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2023: Mensaje de los Obispos
Libres para elegir si migrar o quedarse Mensaje de los obispos de la Subcomisiónde Migraciones y Movilidad Humana de la CEE La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que se celebra este año el 24 de septiembre aborda este año las causas del aumento de los flujos migratorios en todo el mundo. Pone el foco sobre las condiciones necesarias que posibiliten a las personas ejercer en libertad su derecho a migrar o quedarse en sus países de origen. Es por eso que nos coloca en la necesidad de promover el “derecho a no migrar”. Así, se nos invita a acoger esta realidad, orar y reflexionar sobre ella desde los ojos misericordiosos de Dios. El Papa Francisco en su mensaje para esta Jornada señala que “entre las causas más visibles de las migraciones forzadas contemporáneas se encuentran las persecuciones, las guerras, los fenómenos atmosféricos y la miseria. Los migrantes escapan debido a la pobreza, al miedo, a la desesperación”. En verdad el planeta está debilitado por la excesiva explotación de sus recursos y desgastado por decenios de contaminación, la desigualdad crece al ritmo de la acumulación de riqueza en manos de una minoría en todos los países. Como Iglesia nos duelen estas heridas que afectan a tantas personas y hermanos nuestros y nos preguntamos qué estamos haciendo o qué debemos dejar de hacer, para globalizar la corresponsabilidad que garantice un desarrollo humano integral y sostenible para las próximas generaciones en todo el planeta. En sintonía con la reflexión del Papa Francisco y sus antecesores, consideramos algunas aportaciones constructivas aprendidas del caminar de la Iglesia Universal junto a los desplazados, migrantes y refugiados: Libres para quedarse En primer lugar, si las personas han de ser libres para elegir si migrar o quedarse en su tierra, es necesario garantizar condiciones de bienestar en las zonas de origen de los flujos migratorios. Tanto allí como aquí, los agentes sociales deberían realizar un mayor esfuerzo para poner fin a las injusticias económicas. La competitividad y la ley del más fuerte, que a menudo llevan a privar a los países más desfavorecidos de los recursos necesarios para su desarrollo, deberían dar paso a las ayudas económicas y a la condonación de las deudas, así como a la reducción de las sanciones internacionales que dificultan que los Estados brinden el apoyo adecuado a sus poblaciones. Sin olvidar la responsabilidad de sus gobernantes, llamados a ejercitar la buena política, transparente, honesta, con amplitud de miras y al servicio de todos, especialmente de los más vulnerables. Pero allí donde las circunstancias permitan elegir si migrar o quedarse, también se ha de garantizar que esa decisión sea informada y ponderada, para evitar que tantos hombres, mujeres y niños sean víctimas de ilusiones peligrosas o de traficantes sin escrúpulos. En esta línea, el Departamento de Migraciones trabaja en un proyecto internacional junto a las diócesis concernidas por la “Ruta atlántica” en África y Europa para promover una Guía de hospitalidad internacional y campañas de información en los países de origen o de tránsito. Libres de migrar Como dice Francisco “mientras trabajamos para que toda migración sea fruto de una decisión libre, estamos llamados a tener el máximo respeto por la dignidad de cada migrante; y esto significa acompañar y gobernar los flujos del mejor modo posible, construyendo puentes y no muros, ampliando los canales para una migración segura y regular”. En este sentido, compartimos algunos signos de esperanza de nuestra Iglesia que acompaña a quienes deciden migrar a nuestro país: 1.- En muchas parroquias, vida consagrada y otros espacios eclesiales vamos conformando transversalmente un “nosotros” integrador que promueve “Comunidades Acogedoras y Misioneras” donde crecer en la experiencia de Dios, en comunión y en participación. Para los católicos, cada migrante es “otro Cristo” porque el Señor Jesús se ha identificado con ellos (Mt 25). En esta línea estamos alentando en cada diócesis, la constitución de Mesas de Migraciones que coordinen y promuevan esta acogida, promoción integral e inclusión pastoral y social. 2.- Son muchas las personas en parroquias, vida consagrada, Cáritas y otras realidades eclesiales, trabajando en la pastoral con migrantes en contextos bien diferentes de nuestro país. Ellos contribuyen a encarnar el rostro de una Iglesia samaritana y que develan el rostro del Dios de Jesús en los migrantes. También crece la implicación de los migrantes luchando por el reconocimiento de su “plena ciudadanía” junto a quienes los acompañan dentro o fuera de la Iglesia. 3.- Se ha propuesto a las diócesis los “Corredores de hospitalidad” para promover la espiritualidad y la cultura de la hospitalidad, el patrocinio comunitario y la solidaridad interdiocesana. Este es un proyecto que debiera interpelar a las diferentes administraciones públicas del Estado a implicarse en una solidaridad entre territorios que permita el tránsito voluntario y el acompañamiento de jóvenes extutelados y otros colectivos vulnerables desde Canarias a la Península o hacia otros países. 3.- Conectando con otros desafíos de nuestro país, hemos descubierto las oportunidades del mundo rural, queremos contribuir a cuidarlo favoreciendo la revitalización de los pueblos y sus parroquias. La Mesa del Mundo Rural se ofrece para contribuir al arraigo de familias migradas y al futuro de los pueblos y del campo. Fomenta la creatividad y el trabajo en red a favor de una repoblación sostenible. 4.- La experiencia de estos últimos años constata la diversidad cultural que configura un nuevo rostro del Pueblo de Dios y de la sociedad en España, nos hace decir que los migrantes son condición de futuro de nuestra Iglesia. Y también para esta sociedad que esperamos no se conforme con el invierno demográfico ni se deje contaminar por actitudes o comportamientos racistas a nivel individual o estructural. Siempre diremos no al racismo. Hemos de cultivar una espiritualidad de la hospitalidad y seguir dando a conocer la Enseñanza Social de la Iglesia. En coherencia con ese magisterio social, la Iglesia aboga por políticas, leyes y buenas prácticas a nivel europeo y nacional, que contribuyan a facilitar los permisos de trabajo y residencia de las personas migrantes, regularizar su situación administrativa y el acceso a una vivienda digna. Consideramos que es
Tragedia en Grecia: Nos sobrecoge una vez más la muerte en el mar de cientos de vidas humanas
Nota de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana Nos sobrecoge una vez más la muerte en el mar de cientos de vidas humanas de niños, mujeres y hombres que venían huyendo de guerras, violencias y hambre y expresamos nuestro dolor y cercanía a todas las víctimas y sus familiares. Hemos vivido con perplejidad el conocimiento de una desgracia que debe ser esclarecida y en cuya responsabilidad coinciden tantos factores sobre los que se puede incidir: la falta de futuro en países de origen, el execrable lucro de las mafias y las políticas y leyes europeas, así como la mentalidad de rechazo al migrante que se va extendiendo en la sociedad. Abogamos por unas políticas y leyes que garanticen vías legales y seguras para los flujos migratorios, así como la humanización de los protocolos de salvamento marítimo que priorice la vida de las personas. A las puertas del 20-J, Día Mundial de las personas refugiadas, y próximos al primer aniversario de la tragedia en la frontera de Melilla, como pide el papa Francisco haciéndose eco del Evangelio, reiteramos nuestro compromiso con la acogida, protección, promoción e integración de refugiados y migrantes. Madrid, 16 junio 2023 Obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y la Movilidad humana Monseñor Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria (presidente) Monseñor José Cobo, Obispo auxiliar de Madrid y responsable del Departamento de Migraciones Monseñor José Antonio Satué, Obispo de Teruel-Albarracín y responsable de la Pastoral con los Gitanos Monseñor Ciriaco Benavente, Obispo emérito de Albacete y Responsable de Pastoral de Circos, Ferias y Carreteras Monseñor Luis Quinteiro, Responsable de la Pastoral del Mar
Libres de elegir si migrar o quedarse
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCOPARA LA 109ª JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2023 (24 de septiembre de 2023) Queridos hermanos y hermanas: Los flujos migratorios de nuestros días son expresión de un fenómeno complejo y articulado, cuya comprensión exige el análisis atento de todos los aspectos que caracterizan las diversas etapas de la experiencia migratoria, desde la partida hasta la llegada, incluyendo un eventual regreso. Con la intención de contribuir a ese esfuerzo de lectura de la realidad, he decidido dedicar el Mensaje para la 109ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a la libertad que debería caracterizar siempre la decisión de dejar la propia tierra. “Libres de partir, libres de quedarse”, recitaba el título de una iniciativa de solidaridad promovida hace algunos años por la Conferencia Episcopal Italiana como respuesta concreta a los desafíos de las migraciones contemporáneas. Y de mi escucha constante a las Iglesias particulares he podido comprobar que la garantía de esa libertad constituye una preocupación pastoral extendida y compartida. Debemos esforzarnos por detener la carrera de armamentos, el colonialismo económico, la usurpación de los recursos ajenos, la devastación de nuestra casa común. «El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”» (Mt 2,13). La huida de la Sagrada Familia a Egipto no fue fruto de una decisión libre, como tampoco lo fueron muchas de las migraciones que marcaron la historia del pueblo de Israel. Migrar debería ser siempre una decisión libre; pero, de hecho, en muchísimos casos, hoy tampoco lo es. Conflictos, desastres naturales, o más sencillamente la imposibilidad de vivir una vida digna y próspera en la propia tierra de origen obligan a millones de personas a partir. Ya en el año 2003, san Juan Pablo II afirmaba que «crear condiciones concretas de paz, por lo que atañe a los emigrantes y refugiados, significa comprometerse seriamente a defender ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en paz y dignidad en la propia patria» (Mensaje para la 90a Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 3). «Ellos se llevaron también su ganado y las posesiones que habían adquirido en Canaán. Así llegaron a Egipto, Jacob y toda su familia» (Gn 46,6). Fue a causa de una gran hambruna que Jacob con toda su familia se vio obligado a refugiarse en Egipto, donde su hijo José les había asegurado la supervivencia. Entre las causas más visibles de las migraciones forzadas contemporáneas se encuentran las persecuciones, las guerras, los fenómenos atmosféricos y la miseria. Los migrantes escapan debido a la pobreza, al miedo, a la desesperación. Para eliminar estas causas y acabar finalmente con las migraciones forzadas es necesario el trabajo común de todos, cada uno de acuerdo a sus propias responsabilidades. Es un esfuerzo que comienza por preguntarnos qué podemos hacer, pero también qué debemos dejar de hacer. Debemos esforzarnos por detener la carrera de armamentos, el colonialismo económico, la usurpación de los recursos ajenos, la devastación de nuestra casa común. «Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2,44-45). ¡El ideal de la primera comunidad cristiana parece muy alejado de la realidad actual! Para que la migración sea una decisión realmente libre, es necesario esforzarse por garantizar a todos una participación equitativa en el bien común, el respeto de los derechos fundamentales y el acceso al desarrollo humano integral. Sólo así se podrá ofrecer a cada uno la posibilidad de vivir dignamente y realizarse personalmente y como familia. Está claro que la tarea principal corresponde a los países de origen y a sus gobernantes, llamados a ejercitar la buena política, transparente, honesta, con amplitud de miras y al servicio de todos, especialmente de los más vulnerables. Sin embargo, aquellos han de estar en condiciones de realizar tal cosa sin ser despojados de los propios recursos naturales y humanos, y sin injerencias externas dirigidas a favorecer los intereses de unos pocos. Y allí donde las circunstancias permitan elegir si migrar o quedarse, también habrá de garantizarse que esa decisión sea informada y ponderada, para evitar que tantos hombres, mujeres y niños sean víctimas de ilusiones peligrosas o de traficantes sin escrúpulos. «En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad» (Lv 25,13). La celebración del jubileo para el pueblo de Israel representaba un acto de justicia colectivo; todos podían «regresar a la situación originaria, con la cancelación de todas las deudas, la restitución de la tierra, y la posibilidad de gozar de nuevo de la libertad propia de los miembros del pueblo de Dios» (Catequesis, 10 febrero 2016). Mientras nos acercamos al Jubileo del 2025, es bueno recordar este aspecto de las celebraciones jubilares. Es necesario un esfuerzo conjunto de cada uno de los países y de la comunidad internacional para que se asegure a todos el derecho a no tener que emigrar, es decir, la posibilidad de vivir en paz y con dignidad en la propia tierra. Se trata de un derecho aún no codificado, pero de fundamental importancia, cuya garantía se comprende como corresponsabilidad de todos los estados respecto a un bien común que va más allá de los límites nacionales. En efecto, debido a que los recursos mundiales no son ilimitados, el desarrollo de los países económicamente más pobres depende de la capacidad de compartir que se logra generar entre todas las naciones. Hasta que este derecho no esté garantizado —y se trata de un largo camino— todavía serán muchos los que deban partir para buscar una vida mejor. «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver» (Mt 25,35-36). Estas palabras resuenan como una exhortación
Conclusiones de las Jornadas de Delegados de Pastoral con Migrantes
Del 5 al 7 de mayo tuvieron lugar en la Casa de Ejercicios Santo Cristo de El Pardo las XLII JORNADAS DE DELEGADOS Y AGENTES DE PASTORAL CON MIGRANTES. Acudimos 85 participantes de 17 nacionalidades diferentes, representando a 31 diócesis. Las Jornadas son un momento de formación, convivencia, oración y programación conjunta para las delegaciones diocesanas de pastoral con migrantes. En sintonía con el proceso sinodal, el lema elegido para este año fue “Ensancha el espacio de tu tienda” (Is 54,2). Este año tuvimos dos momentos de formación impartidos por D. José Cobo, obispo responsable del Departamento de Migraciones, para ayudarnos a buscar y hablar de Dios desde las migraciones, y D. José Luis Lastra e Hilda Vizarro, de la Delegación Diocesana de Migraciones de Burgos, quienes presentaron las Orientaciones sobre la Pastoral Intercultural propuestas por el Dicasterio Vaticano para el Desarrollo Humano Integral. Este momento formativo se complementó con dos experiencias de pastoral intercultural, a nivel diocesano, “Caminemos juntos en la diversidad” de la archidiócesis de Barcelona, y a nivel parroquial, desde la parroquia San Millán y San Cayetano en el centro de Madrid. Así mismo, realizamos un seguimiento a los proyectos comunes impulsados por el Departamento: Guía de Recursos-Corredores de Hospitalidad; Mesa del Mundo Rural; Círculos de Silencio; ILP para la legalización de migrantes. Y se impartió un taller sobre comunicación con sugerencias para mejorar el diseño y la incidencia de las campañas anuales con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado del último domingo de septiembre. Las Jornadas también dieron espacio a los círculos de intercambio de experiencias y desafíos de cada diócesis en relación a una pastoral integral y a la promoción de la interculturalidad. En la puesta en común se recogieron los acentos y pistas de futuro. Durante estas Jornadas ACORDAMOS: 1.- Promover en las diócesis donde todavía no existan y de acuerdo a las posibilidades de cada realidad, las Mesas de Coordinación (también llamada de Hospitalidad o de Migraciones). Con el objetivo de convocar, integrar y coordinar la participación de las entidades eclesiales que en cada diócesis trabajan con migrantes, para sumar fuerzas y ser más eficaces en la misión de acoger, proteger, promover e integrar. 2.- Desde estas Mesas de Coordinación y en cada Delegación, nos comprometemos a seguir impulsando la transversalidad y el trabajo por proyectos, concretamente estos proyectos comunes: la Guía de Recursos y los Corredores de Hospitalidad, la Mesa del Mundo Rural y los Círculos de Silencio. 3.- Diseñar y programar junto con las oficinas diocesanas de comunicación, una campaña de sensibilización según el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, para todo el curso y con mayor presencia en redes sociales, material audiovisual basado en testimonios positivos, etc. 4.- Trabajar en un nuevo Marco de Pastoral de Migraciones que recoja la evolución y los cambios acontecidos en la sociedad y la Iglesia desde 2007 hasta nuestros días. Este Marco recogerá la identidad de nuestra pastoral y tendrá como eje la promoción de Comunidades Acogedoras y Misioneras, que opten por vivir la interculturalidad, la catolicidad y la hospitalidad, al servicio de la cultura de la vida digna y la alegría del Evangelio.
Directrices para una oficina diocesana/nacional de pastoral de movilidad humana
La sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha editado esta guía confiando en que puedan ser un instrumento util para las iglesias locales a la hora de organizar la pastoral de los migrantes, refugiados, desplazados y víctimas de trata, dado que ofrecen unos principios operativos generales y un modus operandi preciso necesarios para iniciar y desarrollar el apostolado específico en el ámbito de las migraciones