Nuevo documento de la Sección Migrantes y Refugiados del Vaticano Este 24 de marzo el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, desde su Sección Migrantes y Refugiados, publicó orientaciones pastorales para hacer crecer la cultura del encuentro y favorecer una Iglesia siempre más inclusiva frente al fenómeno migratorio. “Acoger, proteger, promover e integrar” son las actitudes fundamentales hacia los migrantes, según el Papa. Vatican News: “Orientaciones sobre la pastoral migratoria intercultural”: ese es el título del documento que hoy, jueves 24 de marzo, difundió la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. El texto, que cuenta con un prólogo del Papa Francisco, consta de 24 páginas, con un desarrollo de buenas prácticas, que la Iglesia ya implementa, y ponen de relieve las oportunidades interculturales vinculadas a los fenómenos migratorios actuales. En siete capítulos, el documento analiza los desafíos que emergen del escenario migratorio contemporáneo, siempre más global y multicultural, de “reconocer y superar el miedo” al “considerar los migrantes una bendición”. Promover el encuentro, uno de los desafíos presentados en las “Orientaciones”, significa poner en práctica la comunión de la diversidad. “La presencia de migrantes y refugiados pertenecientes a otras creencias, o no creyentes, representa una nueva oportunidad misionera para nuestras comunidades cristianas, llamadas a construir puentes a través del testimonio y la caridad”, expresa el comunicado de prensa de la Sección. Allí también se recogen las declaraciones del sacerdote scalabriniano, P. Fabio Baggio, Subsecretario de la Sección Migrantes y Refugiados, para quien las nuevas Orientaciones “nacen de la experiencia de las Iglesias locales y se les devuelve con algunas iluminaciones magistrales”. En el prefacio, Francisco insiste en la llamada “al compromiso de fraternidad universal”, porque “estamos todos en la misma barca” y recuerda, como se lee en el mensaje para la Jornada 2021, que “en el encuentro con la diversidad” y en “el diálogo que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente”. Nos dividen nacionalismos agresivos y el individualismo De acuerdo con el Papa, en los momentos de mayor crisis, como ahora por la pandemia y las guerras que estamos presenciando, los nacionalismos cerrados y agresivos (Fratelli tutti, 11) y el individualismo radical (Fratelli tutti, 105) resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. El precio más elevado, afirma el Santo Padre, lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales. Francisco remarcó que estas propuestas apuntan precisamente a un nosotros cada vez más grande, referido tanto a la comunidad humana como a la Iglesia. Una Iglesia sin distinciones Estas orientaciones, escribe el Obispo de Roma, “nos invitan a ampliar la forma en que experimentamos ser Iglesia” y «nos impulsan a ver la tragedia del desarraigo prolongado y a acoger, proteger, integrar y promover a nuestros hermanos y hermanas y a crear oportunidades para cooperar hacia la comunión». También nos invitan a “vivir un nuevo Pentecostés en nuestros barrios y parroquias, tomando conciencia de la riqueza de su espiritualidad y de sus vibrantes tradiciones litúrgicas”. Se trata también de una oportunidad para vivir una Iglesia auténticamente sinodal, en camino, no asentada, nunca satisfecha, sino de una Iglesia que “no hace distinción entre autóctonos y extranjeros, entre residentes y huéspedes”, pues todos somos peregrinos en esta tierra “Vivir nuestra catolicidad”, un desafío Uno de los retos que plantean las Orientaciones se inscribe en una tendencia a “una uniformidad prefabricada” y a una “retórica nacionalista”, que está presente en algunas comunidades locales y es incompatible con el verdadero significado de la Iglesia, que es por naturaleza universal, al estar integrada por personas de diferentes idiomas y tradiciones. Este comportamiento, se lee en el texto, genera divisiones y pone en peligro los esfuerzos llevados a cabo para promover “una auténtica expresión de la comunión universal de la Iglesia”. Por tanto, la Iglesia, sostiene el texto, está llamada a concebir la multiplicidad de sus miembros como una riqueza que hay que apreciar y una oportunidad que se le brinda para ser cada vez más “católica” y también como un don que hay que celebrar “con liturgias dinámicas y respetuosas de las diferentes tradiciones culturales”, afirman. El documento propone acciones como: aprender de las diferentes tradiciones; promover la apreciación intercultural a través de una “comunicación creativa”, garantizar la presencia de espacios adecuados para la celebración de la liturgia o invitar a los fieles a asistir a diferentes celebraciones para apreciar la riqueza de la espiritualidad y tradiciones católicas. También se ruega a las Conferencias Episcopales que, ante el gran número de migrantes y peregrinos que existen en la actualidad, encomienden a un sacerdote en calidad de delegado o a una Comisión especial establecida para promover una pastoral específica dirigida a los fieles de diferentes grupos étnicos, que, a su vez, se dedique al estudio y la dirección de todo lo relacionado con su asistencia espiritual. Descarga aquí el documento
Acoger con dignidad: El Departamento de Migraciones se une al comunicado del Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Canarias
El Departamento de Migraciones de la CEE haciéndose eco del comunicado emitido el día de hoy 18 de febrero por el Secretariado Diocesano de Migraciones de la Diócesis de Canarias, muestra su apoyo a la reflexión contenida en dicho Comunicado. No puede menos de compartir su preocupación por las expresiones de sentencias judiciales que parecen ignorar el dolor y las difíciles condiciones en las que vivieron las personas hacinadas en el muelle de Arguineguín el año 2020. No nos parece ajustado a la verdad ni a la dignidad, conformarse con medidas calificadas de adecuadas y a sus destinatarios afortunados mientras se reconoce que fueron indeseables. Nos unimos por tanto en la demanda de reconocimiento al daño causado a la dignidad humana en aquellas circunstancias y nos emplazamos a evitar la indiferencia, tal como nos recuerda constantemente el Papa Francisco. COMUNICADO: “ACOGER CON DIGNIDAD” SECRETARIADO DIOCESANO DE PASTORAL DE MIGRACIONES. DIÓCESIS DE CANARIAS En noviembre de 2020, la Conferencia Episcopal Española hizo un llamamiento público “Ante la situación de los inmigrantes en Canarias” en el que se recordaba que “quienes sufren las migraciones forzosas gozan de una dignidad inalienable y compartida con todos nosotros. Para un cristiano el migrante es hijo de Dios, un hermano con una vida marcada por el dolor y el sufrimiento que busca la esperanza de alcanzar una vida mejor. No podemos permanecer ajenos a su dolor ni indiferentes a la hora de valorar la extraordinaria aportación de los que llegan a nuestras sociedades envejecidas”. El Secretariado de la Pastoral de Migraciones de la Diócesis de Canarias considera que las condiciones que se dieron en el Muelle de Arguineguín en 2020 no se deben repetir. Ni con personas migrantes ni con ninguna otra persona. Nadie debe ser forzado a pernoctar en el espigón de un muelle durante semanas sin contacto con sus seres queridos, sin guardar garantías sanitarias elementales, ni verse obligado a dormir hacinado en el suelo, sin cama, colchón ni techo, sin aseo e higiene mínimos. Menos aún los niños. Ninguna emergencia justifica que alguien quede detenido durante semanas en esas condiciones sin que exista ni siquiera una autorización judicial previa, dirigida a minimizar los daños que esa situación provoca en la integridad y la dignidad. Por ello, nos causa honda preocupación que, tras el examen de esos mismos hechos, sean las propias Autoridades las que concluyan que las personas que estuvieron en el muelle “pueden considerarse afortunadas” y “que la medida adoptada fue adecuada, por más indeseable que parezca”. Para conocer el daño en la dignidad del otro debemos primero reconocerlo como ser humano. Y al hacerlo, debemos escucharlo. Nos entristece que ningún migrante de los que padeció la situación haya sido llamado y escuchado como víctima al evaluar lo sucedido. Como nos entristece también que la Autoridad competente no llegue a declarar que ha existido una lesión en la dignidad de los afectados. Mostrando su preocupación con la situación de los hombres y mujeres que migran, el Santo Padre decidió que su primer viaje fuera precisamente a Lampedusa, una isla que recibía entonces y sigue recibiendo a personas migrantes que huyen de situaciones penosas. Llamamos a leer esa homilía1. En ella, el Santo Padre dice: “Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, de los que hablaba Jesús en la parábola del Buen Samaritano: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos “pobrecito”, y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!” Es doloroso comprobar que esas palabras dichas tan lejos son aplicables 8 años después en nuestras islas: nadie se siente responsable del sufrimiento de quienes viajan en busca de una vida más digna. Porque si nadie es interpelado, si no dejamos claro que lo ocurrido fue inadecuado, estamos aceptando que se repita. Cuando las Autoridades normalizan este desprecio a la dignidad y el sufrimiento de las personas migrantes, contribuyen a la propagación de actitudes xenófobas en la población en general. Ante eso, nuestra obligación es recoger las palabras con las que el Santo Padre concluía la misma homilía de Lampedusa: Pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado y se ha cerrado en su propio bienestar que anestesia el corazón, te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a estos dramas. ¡Perdón, Señor! En Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 2022 DESCARGA EL COMUNICADO AQUÍ: Comunicado Acoger con Dignidad
Nota del Dto. de Migraciones ante la devolución de menores en Ceuta
Desde el Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española (CEE), valoramos positivamente los acuerdos entre Estados en la gestión de sus problemas. Al mismo tiempo, mostramos nuestra preocupación ante las noticias que nos llegan desde el Secretariado de Migraciones de Cádiz y Ceuta , así como desde las instituciones de la Iglesia , civiles y del mismo Defensor del Pueblo respecto a la devolución en grupo de menores desde Ceuta a Marruecos, así como respecto de su situación previa y actual en Ceuta sin ser derivados a otros recursos de la Península. La fe en Jesucristo nos llama a no mirar a otro lado. Cuidar y atender a los menores que llegan solos a nuestras fronteras es responsabilidad de todos. Hoy se convierte en nuestra obligación ética y legal. Desde una perspectiva ética, moral y legal, la respuesta a las llegadas masivas no pueden ser devoluciones masivas, sino que cada caso debería ser examinado de manera personalizada, porque este tipo de devoluciones en grupo suponen un grave riesgo para los propios menores. Menores y migraciones Así se recoge en el marco jurídico nacional e internacional, para garantizar ante todo la vida y seguridad de los menores. Recordamos que según este marco se debe contar con el consentimiento de los mismos para su posible repatriación. No olvidamos , como dijimos en su momento, que nos referimos a niños y niñas a quienes los Estados de origen y llegada deben proteger y escuchar, garantizando individualmente su retorno familiar cuando así lo solicitan , o su cuidado y amparo cuando provienen de situaciones de vulnerabilidad, maltrato, pobreza o explotación. Nos preguntamos si estos protocolos se plantean individualmente y con el conocimiento de la fiscalía y no como retornos colectivos, tal como se contempla en la Convención de los derechos del Niño de 1989, los tratados internacionales y la Ley orgánica 1/1996 de protección jurídica del menor y la Ley Orgánica 8/2015 de protección a la infancia y a la adolescencia. Sabiendo de nuestro deber de tutela a los niños y niñas , ante posibles e inminentes actuaciones , tememos las fugas masivas de los niños de los centros de acogida y la situación de desamparo e impacto en la población que con ello pueda sobrevenir. Por ello, nos emplazamos como Iglesia y sociedad a buscar soluciones basadas en el diálogo entre Estados, la atención personalizada y garantista de derechos, la solidaridad a todos los niveles y la seguridad de todos. Mons. José Cobo, Obispo responsable del Departamento de Migraciones de la CEEXabier Gómez, Director del Departamento de Migraciones de la CEE
Comunicado sobre la situación en Ceuta y Melilla
El Departamento de Migraciones de la CEE acoge con preocupación la situación que se está produciendo en Ceuta y Melilla. Apelando al valor supremo de la vida y la dignidad humana, recuerda que la desesperación y el empobrecimiento de muchas familias y menores no puede ni debe ser utilizado por ningún Estado para instrumentalizar con fines políticos las legítimas aspiraciones de estas personas. «La mejor política puesta al servicio del bien común» Muestra su solidaridad con las diócesis de Cádiz y Ceuta y Málaga y Melilla, de reconocida trayectoria en la atención y acogida a migrantes, así como con las necesarias iniciativas en ambas ciudades autónomas, para acoger integralmente y custodiar los derechos de las personas migrantes, especialmente de los menores. Invita a mantener actitudes de convivencia pacífica y reclama a todos los niveles, “la mejor política puesta al servicio del bien común” (Fratelli tutti, 154). D. José Cobo, obispo auxiliar de MadridObispo responsable delDepartamento de Migraciones de la CEE Xabier Gómez OPDirector del Departamento de Migraciones CEE
“Hacia un nosotros cada vez más grande”
Mensaje del Santo Padre Franciscopara la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021[26 de septiembre de 2021] Queridos hermanos y hermanas: En la Carta encíclica Fratelli tutti expresé una preocupación y un deseo que todavía ocupan un lugar importante en mi corazón: «Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”» (n. 35). Por eso pensé en dedicar el mensaje para la 107.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a este tema: “Hacia un nosotros cada vez más grande”, queriendo así indicar un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo. La historia del «nosotros» Este horizonte está presente en el mismo proyecto creador de Dios: «Dios creó al ser humano a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Dios los bendijo diciendo: “Sean fecundos y multiplíquense”» (Gn 1,27-28). Dios nos creó varón y mujer, seres diferentes y complementarios para formar juntos un nosotros destinado a ser cada vez más grande, con el multiplicarse de las generaciones. Dios nos creó a su imagen, a imagen de su ser uno y trino, comunión en la diversidad. Y cuando, a causa de su desobediencia, el ser humano se alejó de Dios, Él, en su misericordia, quiso ofrecer un camino de reconciliación, no a los individuos, sino a un pueblo, a un nosotros destinado a incluir a toda la familia humana, a todos los pueblos: «¡Esta es la morada de Dios entre los hombres! Él habitará entre ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos» (Ap 21,3). La historia de la salvación ve, por tanto, un nosotros al inicio y un nosotros al final, y en el centro, el misterio de Cristo, muerto y resucitado para «que todos sean uno» (Jn 17,21). El tiempo presente, sin embargo, nos muestra que el nosotros querido por Dios está roto y fragmentado, herido y desfigurado. Y esto tiene lugar especialmente en los momentos de mayor crisis, como ahora por la pandemia. Los nacionalismos cerrados y agresivos (cf. Fratelli tutti, 11) y el individualismo radical (cf. ibíd., 105) resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales. En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión de esta Jornada para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo. Una iglesia cada vez más católica Para los miembros de la Iglesia católica este llamamiento se traduce en un compromiso por ser cada vez más fieles a su ser católicos, realizando lo que san Pablo recomendaba a la comunidad de Éfeso: «Uno solo es el Cuerpo y uno solo el Espíritu, así como también una sola es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,4-5). En efecto, la catolicidad de la Iglesia, su universalidad, es una realidad que pide ser acogida y vivida en cada época, según la voluntad y la gracia del Señor que nos prometió estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Su Espíritu nos hace capaces de abrazar a todos para crear comunión en la diversidad, armonizando las diferencias sin nunca imponer una uniformidad que despersonaliza. En el encuentro con la diversidad de los extranjeros, de los migrantes, de los refugiados y en el diálogo intercultural que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente. Por eso, todo bautizado, dondequiera que se encuentre, es miembro de pleno derecho de la comunidad eclesial local, miembro de la única Iglesia, residente en la única casa, componente de la única familia. Los fieles católicos están llamados a comprometerse, cada uno a partir de la comunidad en la que vive, para que la Iglesia sea siempre más inclusiva, siguiendo la misión que Jesucristo encomendó a los Apóstoles: «Vayan y anuncien que está llegando el Reino de los cielos. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios. Lo que han recibido gratis, entréguenlo también gratis» (Mt 10,7-8). Hoy la Iglesia está llamada a salir a las calles de las periferias existenciales para curar a quien está herido y buscar a quien está perdido, sin prejuicios o miedos, sin proselitismo, pero dispuesta a ensanchar el espacio de su tienda para acoger a todos. Entre los habitantes de las periferias encontraremos a muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata, a quienes el Señor quiere que se les manifieste su amor y que se les anuncie su salvación. «Los flujos migratorios contemporáneos constituyen una nueva “frontera” misionera, una ocasión privilegiada para anunciar a Jesucristo y su Evangelio sin moverse del propio ambiente, de dar un testimonio concreto de la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto por otras expresiones religiosas. El encuentro con los migrantes y refugiados de otras confesiones y religiones es un terreno fértil para el desarrollo de un diálogo ecuménico e interreligioso sincero y enriquecedor» (Discurso a los Responsables Nacionales de la Pastoral de Migraciones, 22 de septiembre de 2017). Un mundo cada vez más inclusivo A todos los hombres y mujeres del mundo dirijo mi llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, a recomponer la familia humana, para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz, asegurando que nadie quede excluido. El futuro de nuestras sociedades es un futuro “lleno de color”, enriquecido por la diversidad y las relaciones interculturales. Por eso debemos aprender hoy a vivir juntos, en armonía y paz. Me es particularmente querida la imagen de los habitantes de
Acoger a Cristo en los Refugiados y en los Desplazados Forzosos. Orientaciones pastorales
Ofrecemos un documento que sigue siendo imprescindible para la pastoral con los emigrantes y refugiados El Papa Benedicto XVI ha afirmado que el amor trasciende cualquier tipo de frontera o de distinción: «La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario.Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente” (cfr. Lc 10, 31), quienquiera que sea» (DCE, n. 25). Motivada por la caridad de Cristo y por su enseñanza: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36), la Iglesia ofrece su amor y su asistencia a todos los desplazados forzosos, sin distinción de religión o procedencia social, respetando en cada uno la inalienable dignidad de la persona humana, creada a imagen deDios. Por esta razón, el compromiso de la Iglesia hacia los migrantes y refugiados puede atribuirse al amor y a la compasión de Jesús, el Buen Samaritano. Al responder al mandamiento divino y al atender a las necesidades espirituales y pastorales de emigrantes y refugiados, la Iglesia no solamente promueve la dignidad humana de cada persona, sino que además proclama el Evangelio del amor y de la paz en situaciones de migración forzosa. Descarga aquí el documento
“Como Jesucristo, obligados a huir”
Mensaje de los Obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humanapara la 106ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado Queridos amigos: De entrada, algunas precisiones que nos pueden ayudar. Aunque normalmente se hable de personas refugiadas y migrantes indistintamente, no todas las personas que migran son refugiadas. Un migrante es una persona que abandona su país para ir a otro. Puede ser de forma voluntaria o se puede ver forzado a ello por una situación de violencia. Un refugiado es una persona que abandona su país porque quedarse supone un peligro para su vida. No todas las personas que corren peligro en sus casas abandonan su país. La gran mayoría opta por trasladarse a otra región más segura, ya sea porque la violencia no se ha extendido hacia esa parte, porque no tienen recursos o porque no se les permite cruzar las fronteras. Esas personas se conocen como desplazados internos. El papa Francisco ha decidido dedicar esta Jornada y este año al drama de los desplazados internos, un drama a menudo invisible, que la crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19 ha agravado. La Iglesia española quiere secundar las directrices del pontífice como directrices generales, porque en nuestro país no existen propiamente desplazados internos. ¿Pero no son desplazados internos las víctimas de trata que en nuestro país se desplazan huyendo de las mafias? ¿No son desplazados internos quien por las consecuencias económicas de la pandemia han tenido que cambiar de provincia, ciudad, barrio o casa? Y quienes han quedado al margen del sistema, engrosando el colectivo de pobreza severa ¿no son desplazados internos? ¿Cómo llamamos a los que han seguido llegando a nuestra patria en estos días terribles de la crisis sanitaria y deambulan de lugar en lugar? ¿No es deber nuestro darles visibilidad? La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado trata de poner rostro a estas personas vulnerables rescatándoles de las listas anónimas de cifras. Se trata de sensibilizar a la comunidad cristiana que reconoce a Jesús en cada persona obligada a huir. Se trata de sensibilizar a la sociedad española para que asegure los derechos de la dignidad humana a toda persona obligada a desplazarse. Todo lo que trabajemos por ellos y con ellos será poco. Los obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humana acompañamos a todos nuestros desplazados internos: migrantes, refugiados, víctimas de trata, menores en riesgo, feriantes, gentes del mar, gitanos y trabajadores del turismo y de la carretera. La situación en Europa y en España es muy preocupante dado que las previsiones para el tratamiento del fenómeno migratorio, van a afectar muy dolorosamente a las personas en movilidad humana ya sea por la enfermedad y sus secuelas, y por la previsible crisis social, económica, etc. que se avecina. Ya está afectándoles ahora mismo, en unos momentos en que las personas migrantes de todos los colectivos de la movilidad humana han soportado con ejemplar entereza los efectos de la pandemia y han respondido a ella con ejemplar dedicación y generosidad. El futuro va a suponer una dificultad mayor, entre otras causas, por los nuevos problemas en las fronteras y por el riesgo de que se produzcan situaciones de expulsiones de migrantes u otras medidas que puedan afectarles en su situación de migrantes forzosos. Confiamos, como hemos repetido en otras ocasiones, que todas las medidas que se adopten respeten la sagrada dignidad de las personas migrantes. Para ello, apoyándonos en los claros principios de la Doctrina Social de la Iglesia, creemos que es imprescindible el trabajo en Red entre todas las instituciones de Iglesia uniéndonos al esfuerzo de las otras instituciones de la sociedad civil. Queremos conjugar, para los colectivos que acompañamos, en estas circunstancias de emergencia por el COVID-19, los nuevos verbos propuestos por el Papa. “Acercarnos como prójimos”. «Los miedos y los prejuicios -tantos prejuicios-, nos hacen mantener las distancias con otras personas y a menudo nos impiden “acercarnos como prójimos” y servirles con amor. Acercarse al prójimo significa, a menudo, estar dispuestos a correr riesgos, como nos han enseñado tantos médicos y personal sanitario en los últimos meses». “Escuchar”. Hoy el mundo de hoy se multiplican los mensajes, pero se está perdiendo la capacidad de escuchar. «Durante el 2020, el silencio se apoderó por semanas enteras de nuestras calles. Un silencio dramático e inquietante, que, sin embargo, nos dio la oportunidad de escuchar el grito de los más vulnerables, de los desplazados y de nuestro planeta gravemente enfermo. Y, gracias a esta escucha, tenemos la oportunidad de reconciliarnos con el prójimo, con tantos descartados, con nosotros mismos y con Dios, que nunca se cansa de ofrecernos su misericordia». “Compartir”. Hay que aprender a compartir para crecer juntos, sin dejar fuera a nadie. La pandemia nos ha recordado que todos estamos en el mismo barco. Darnos cuenta que tenemos las mismas preocupaciones y temores comunes, nos ha demostrado, una vez más, que nadie se salva solo. “Involucrar”. La pandemia nos ha recordado cuán esencial es la corresponsabilidad y que sólo con la colaboración de todos -incluso de las categorías a menudo subestimadas- es posible encarar la crisis. Debemos «motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad» (Meditación en la Plaza de San Pedro, 27 marzo de 2020). “Colaborar”. «Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que afrontamos nos une a todos y no hace acepción de personas». (Mensaje Urbi et Orbi, 12 abril 2020). Para preservar la casa común y hacer todo lo posible para que se parezca, cada vez más, al plan original de Dios, debemos comprometernos a garantizar la cooperación internacional, la solidaridad global y el compromiso local, sin dejar fuera a nadie. Todos nos necesitamos para seguir conjugando estos verbos tan comprometidos. La experiencia de Jesús, obligado a huir, es fundante. Sabemos que él entiende, acompaña y fortalece a cada persona obligada a desplazarse. Es una suerte poder colaborar con él como pobres mediaciones. Estamos a vuestra disposición. Agradecemos a las Delegaciones de Migraciones,
Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Internos
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Declaraciones del presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones ante la muerte de inmigrantes en el mar Mediterráneo
La trágica muerte de 18 inmigrantes y 17 desaparecidos cerca de las costas de Melilla y Cádiz en el día de ayer me llena de dolor y de angustia. Quiero unirme al sufrimiento de sus familiares y de sus compañeros de viaje que han podido salvarse y pido al Señor de la vida y de la paz que les otorgue el descanso eterno en su Reino. Esta tragedia humana pone ante nuestros ojos, una vez más, la situación tan desesperada que viven miles de personas en el norte de África, la mayoría de ellas jóvenes. Durante este año más de quinientos inmigrantes de los cerca de cincuenta mil que se han echado a la mar, han muerto en el intento de cruzar el mar Mediterráneo hacia Europa buscando un futuro mejor para sus vidas. Este hecho pone de manifestó el fracaso de las políticas migratorias de los Estados de Europa y África por la falta de criterios comunes para abordar este fenómeno y la necesaria solidaridad entre los países. Es urgente que nuestros gobernantes tomen decisiones firmes para solucionar el fenómeno de la migración irregular que tanto sufrimiento causa a las personas y a sus familias. Quiero recordar las palabras del Papa Francisco ante el Parlamento europeo en noviembre de 2014: “No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales”. Quiero manifestar también mi solidaridad y apoyo a los obispos, a las diócesis y a las Delegaciones de Migraciones y Cáritas del sur de España y del norte de África que cada día acogen, protegen y acompañan a miles de inmigrantes en estrecha colaboración con otras organizaciones sociales y de salvamento marítimo. Esta solidaridad espontánea del pueblo es un signo de esperanza para muchas personas y un acicate para que nuestras autoridades actúen con decisión para erradicar de una vez por todas las causas que provocan estas tragedias. † Juan Antonio, Obispo de Astorga Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones