A todas las gentes del mar: Con motivo de la fiesta de la Virgen del Carmen, a la que tanto queremos y honramos, tengo la oportunidad de dirigirme a todos vosotros por primera vez como Obispo Promotor del Apostolado del Mar, cerca ya de las fechas del XXI Congreso Mundial del Apostolado del Mar, que tendrá lugar en Río de Janeiro y donde se tratará el tema «El Apostolado del Mar en el momento de la globalización». Como nos decía el Papa Juan Pablo II, en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, el proceso de globalización ha influido de manera importante en la activad de las gentes del mar. Es un hecho constatable la nueva realidad que se observa en muchas de las empresas de la marina mercante, agrupadas bajo los pabellones de los mismos países, que se traduce en abaratamientos de sueldos, en falta de seguridad en el trabajo, en una mezcla de razas y nacionalidades conviviendo en espacios muy reducidos y en la presencia cada vez más numerosa de gente inmigrante en nuestros barcos pesqueros, tanto de altura como de bajura. La realidad previamente descrita nos obliga a unir los esfuerzos de todos para trabajar juntos e intercambiar los conocimientos comunes, ayudando de este modo a la construcción de una relación en paz y armonía. En consonancia con todo lo anterior, podemos hablar también de una globalización espiritual. Sabemos que en la Iglesia nadie es extranjero y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre. Es de destacar en este campo el trabajo pastoral que se realiza entre las gentes del mar en unión con nuestros hermanos separados. De ahí que nuestra presencia deba ser la del buen samaritano que acoge al hermano necesitado sea cual sea su procedencia y credo. Pero también es importante la formación espiritual de nuestros hombres del mar para que sepan dar razón de su fe (cfr. 1Pe 3,15), haciendo de su vida reflejo de Cristo, que pasó por el mundo haciendo el bien. Me hago eco de los problemas que siguen afectando a nuestra flota pesquera con la falta de caladeros accesibles a nuestras redes, la explotación excesiva de los recursos pesqueros, la amenaza de desguace de la flota. Esto nos tiene que hacer reflexionar sobre la corresponsabilidad que todos tenemos con al obra creadora de Dios (cfr. Gn. 1,26) que es beneficio para todos, sobre todo, para los más necesitados. No olvido tampoco los largos periodos que el marino mercante y el pescador de altura pasan alejados de sus hogares, siendo los que sienten y sufren el gran problema dela islamiento y la soledad. Es loable la labor que hacen sus esposas, quienes también experementan en su vida los mismos sentimientos de sus maridos, afrontando con entereza la problemática familiar y la propia estabilidad matrimonial. Nuestra presencia al lado de estos hermanos tiene que ser portadora del mensaje de esperanza que Cristo trae. Él que aprendió sufriendo a obedecer (cfr. Heb. 5,8) nos dice que también en estas pruebas difíciles se puede alcanzar la santidad, ya que los caminos de la santidad son múltiples (cfr. NMI, 30). «Muchas fronteras, pero un solo mar» es el lema elegido este año en consonancia con el tema del Congreso Mundial. Muchos hombres de distintas procedencias se unen sobre las mismas aguas oceánicas para trabajar y llevar el sustento a sus familias. Todos pertenecemos a la gran familia de Dios y aunque hayamos levantado fronteras entre nosotros, nos une la fe y esperanza en un mundo mejor, por el cual todos debemos trabajar, aunando esfuerzos como se hace en un día de tempestad, donde todos ponen lo mejor de sí mismos para lograr que el barco llegue a buen puerto. Que la Virgen del Carmen, Estrella de los Mares, ponga sus ojos llenos de misericordia en nuestros trabajos, nos acoja bajo su manto protector y nos conduzca a Cristo, puerto de salvación. Os saluda con todo afecto y os bendice en el Señor + Luis Quinteiro Fiuza Obispo Promotor del Apostolado del Mar Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela
La primacía de la persona «Tú también cuentas»
Mensaje para la fiesta de la Virgen del Carmen – 2001 Los católicos de la gran familia del mar tenemos cada año una cita especial en torno a la festividad de la Virgen del Carmen, Estrella de los Mares, nuestra Patrona y Madre. Es una ocasión propicia para demostrarle nuestro amor y agradecimiento. Lo es también para reflexionar sobre nuestra situación humana y religiosa. La Obra del Apostolado del Mar, encargada por la Iglesia para promover la acción pastoral específica entre las gentes del mar, no puede faltar a esta cita. Con los actos que en diversos ambientes se suelen organizar en torno a esta fiesta mariana, y por medio también de este sencillo mensaje del obispo promotor, quiera Dios que toda la sociedad y, de manera especial, las comunidades cristianas, se preocupen cada vez más de la compleja problemática de tantos millones de hermanos que viven en o de la mar. Preocupación que ha de traducirse en apoyo decidido a la solución de sus graves y urgentes problemas de diversa índole. Porque estos problemas, no solamente no han desaparecido, sino que se van agravando de día en día. Así los resumían las delegaciones asistentes a la reciente Asamblea Nacional del Apostolado del Mar, celebrada en Santa Cruz de Tenerife (abril de 2001): la falta de éxito en el restablecimiento del acuerdo pesquero con Marruecos, con sus lamentables consecuencias para nuestra flota pesquera; el incumplimiento de los acuerdos internacionales sobre inspección de buques; las graves deficiencias en el régimen de pensiones; la fatiga de los trabajadores del mar, entre otras causas por la progresiva reducción de las tripulaciones, el exceso de horas de trabajo, las condiciones inapropiadas para el descanso y las estancias demasiado prolongadas en la mar, particularmente en la pesca de altura; el problema global de los buques con bandera de conveniencia, con sus secuelas de una mayor seguridad y siniestralidad en la mar, el cada vez más frecuente abandono inhumano de buques y tripulaciones en puerto… La singular dureza del trabajo y de la vida a bordo se manifiesta en un dato significativo: entre nosotros son cada vez menos, incluso en ambientes tradicionalmente vinculados a la mar, los jóvenes que buscan un puesto de trabajo en barcos mercantes o de pesca; ello obliga a que, a pesar del número elevado de parados en nuestra sociedad, se tenga que buscar trabajadores extranjeros. Pero el Apostolado del Mar, muy sensible siempre a estos y a otros problemas humanos de las gentes del mar, detectaba también en la Asamblea de Tenerife, tal y como es su misión específica, diversos obstáculos relacionados con la evangelización de estos hermanos: escasa sensibilidad o incluso indiferencia ante el mensaje evangelizador, dificultades crecientes para un acercamiento misionero por el recorte progresivo del tiempo de estancia de los buques en los puertos, por defectos en el lenguaje y en los métodos de los evangelizadores, por el carácter plural de los tripulaciones en cuento a nacionalidades, lenguas y creencias. Señalaba asimismo la Asamblea la insuficiente sensibilidad de algunas parroquias y diócesis para integrar la pastoral marina en la pastoral general, y la falta de marinos que actúen como agentes pastorales entre sus propios compañeros… La Asamblea de Tenerife no se limitó, naturalmente, al análisis de los problemas, sino que trató de buscar también algunas pistas de solución. Insistió, en primer lugar, en la necesidad de tener un concepto integral de la evangelización, de modo que el anuncio explícito del mensaje de Cristo acompañe al valiente testimonio de amor a favor de los hermanos necesitados, colaborando con renovada entrega en la solución de sus graves problemas. Por ello, como acuerdo para el futuro inmediato, recogía los siguientes: intensificar la captación, formación y reciclaje de los agentes de pastoral marítima; aprovechar las fiestas y las vacaciones para conectar con los marinos y prestar mayor atención a sus familias; coordinar en lo posible las acciones evangelizadoras del Apostolado del Mar con los planes y programas pastorales de diócesis y parroquias, propagar los fines y la misión del Apostolado del Mar en los ámbitos universitarios y escolares, así como también en asociaciones apostólicas y grupos humanos, invitándolos a que se incorporen a la pastoral marítima; petición a la Dirección Nacional del Apostolado del Mar para que organice cursos de mentalización y formación de los agentes pastorales encargados de visitar a los marinos a bordo… Esta última Asamblea sintonizaba así con el Motu Proprio del Papa Juan Pablo II “Stella Maris”, al poner un énfasis especial en los mismos laicos marinos, no como simples destinatarios del apostolado marítimo, sino como sus primeros y más cualificados protagonistas, con un papel tan propio y notable que todos debemos reconocer, agradecer y fomentar. Cada año, en torno a la fiesta del Carmen, la Obra del Apostolado del Mar quiere también transmitir un mensaje peculiar a través de un cartel mural. El cartel de este año nos muestra dos barcos, el uno de pesca y el otro mercante y, en primer plano, un marino que sale a tierra. El lema “Tú también cuentas” quiere fijar la atención de todos en la primacía del hombre, del trabajador del mar, sobre buques, puertos, tecnologías…, con ser éstos muy importantes. Porque la persona del marino y del pescador, su singular vinculación con su familia, su dignidad y derechos, deben primar sobre cualesquiera otros intereses legítimos e importantes. Legisladores, políticos, sindicatos, cofradías y todos los responsables de la suerte de estas gentes tan sacrificadas y necesitadas deberían tenerlo muy en cuenta, especialmente en una época como la nuestra, en la que otros intereses de tipo económico o estratégico tienden a sobreponerse al interés humano. La Obra del Apostolado del Mar se compromete, por su parte, a seguir defendiendo al dignidad humana de las gentes del mar y sus derechos. Al término del Gran Jubileo y al comienzo del nuevo milenio, el Santo Padre nos ha dirigido una bella y rica Carta Apostólica, “Novo millennio ineunte”, invitándonos a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y
VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria
En el Año Jubilar 2000 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que «vino a anunciar a los pobres la Buena Noticia y a los presos la libertad» (Lc.4,18), reunidas más de 600 personas de las diócesis del Estado Español, en el VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria, acogiendo la invitación del Papa Juan Pablo II para repensar la respuesta al delito y la acción pastoral que requieren el infractor y la víctima, habiendo trabajado en los sectores de lo pastoral, de lo social y de lo jurídico PROCLAMAMOS Nuestra mirada esperanzada en el futuro, en una Pastoral Penitenciaria de Justicia y de Libertad, fruto de nuestra fe profunda en el Dios libertador de todas las cautividades y de nuestra firme confianza en las ingentes posibilidades de todos los seres humanos sin excepción. Apostamos por una Pastoral de Justicia y de Libertad, encarnada «entre los más pobres de entre los pobres», capaz de prevenir las causas económicas, sociales, educativas y laborales del delito, implicada en la defensa de los derechos fundamentales de las personas que padecen la precariedad y la exclusión social, comprometida con las personas privadas de libertad, defensora de sus derechos, buscadora de alternativas a la cárcel, corresponsable del proceso de integración social y la plena normalización de vida, sin estigmas, de las personas liberadas. Aspiramos a una Pastoral de Justicia y de Libertad con vocación integradora en la vida diocesana y presente en todos los ámbitos de acción eclesial (parroquia, arciprestazgo etc…), en coordinación con las entidades eclesiales y extra-eclesiales comprometidas en el ámbito penitenciario y en comunión fraterna con la Pastoral Penitenciaria de otras confesiones cristianas, unidos en la causa común de dar respuesta a las necesidades espirituales y materiales de las personas presas. Nos comprometemos a promover en nuestra sociedad la viabilidad de medidas de reparación del daño, mediación y reconciliación entre los infractores y sus víctimas, fruto de una Justicia más centrada en la protección y satisfacción de las víctimas, que en la retribución y castigo de los infractores. Tras las reflexiones que hemos efectuado estos días, desde el talante jubilar que preside este singular Congreso, y con el deseo de mirar siempre hacia adelante con renovada esperanza, apuntamos algunos caminos que humildemente nos atrevemos a PROPONER: 1. A nosotros mismos: Seguir creciendo en la dimensión del agente de la Pastoral Penitenciaria como testigo de esperanza, desde el convencimiento de que toda persona puede cambiar, que todos tienen potencialidades que deben ser descubiertas y cultivadas y, al tiempo, sin perjuicio de la responsabilidad que corresponde al Estado, procurar generar respuestas concretas y creativas que incidan en los terrenos de la prevención, la intervención penitenciaria y la reinserción social. Continuar avanzando en la nueva «conciencia eclesial» acerca de la realidad penitenciaria, abriéndonos a una normal integración en la vida diocesana y sus recursos, en coordinación con cuantas iniciativas se empeñen en dignificar la vida de las personas presas. Insistir en los programas globales de acción pastoral y trabajo social sistemático con las personas privadas de libertad, que contemplen no sólo su realidad durante el paréntesis forzado que supone la prisión, sino también su familia y el entorno al que necesariamente habrán de volver. Formarnos continuamente, tanto en el cultivo de la espiritualidad y de la gratuidad, como en el conocimiento de las ciencias humanas, sociales y jurídicas, procurando la incorporación de profesionales de las mismas a nuestra tarea evangelizadora en la actual etapa de la nueva evangelización. 2. A la sociedad Que adquiera una «nueva sensibilidad», no se deje llevar por los tópicos, se acerque más a sus cárceles, y tome conciencia de que las personas privadas de libertad siguen siendo parte de la misma. Que detecte y denuncie los problemas sociales que están en la base de no pocos delitos, solicitando medidas preventivas que los eviten. Que posibilite oportunidades a nuestros hermanos presos y evite estigmatizar a las personas que salen en libertad, creando un clima favorable a la reinserción social, fin último en el que ella misma debe estar comprometida. Que tenga en cuenta los valores de la dignidad de toda persona, de la no violencia activa, el diálogo, la reconciliación, el principio de la solidaridad y la justicia social. 3. Al legislador y a los poderes públicos: Que conforme al mandato constitucional oriente las penas de modo efectivo hacia la reeducación y reinserción social. Nos preocupa se hallen en prisión: *personas extranjeras en número tan elevado y creciente, a las que habría que posibilitar el cumplimiento de las penas, cuando sea posible y no contrario a los Derechos Humanos, en el país de origen. * enfermos mentales, drogodependientes y enfermos de sida: las prisiones no fueron concebidas para este perfil de población, necesitada de una atención específica. Pedimos se modifique el Código Penal, ampliando las posibilidades de alternativas a la prisión y suspensión del fallo en los supuestos de condenados de hasta 5 años de privación de libertad. Asimismo pedimos se establezcan cláusulas atenuatorias que permitan dar respuestas proporcionadas en determinados delitos de escasa entidad contra la salud pública. Solicitamos que la dimensión de lo social se haga presente a lo largo del proceso penal y en la intervención penitenciaria, de forma rigurosa y sistemática, incorporando informes sociales, procurando medidas que eviten el desarraigo de la persona y faciliten su reinserción, tanto en la materialidad de la medida como en la forma y lugar de cumplimiento de la misma. Igualmente, como forma de participación del tejido social en la resolución de los conflictos, pedimos se incorpore a la legislación la mediación comunitaria, con la consiguiente libertad a prueba para el culpable y el aseguramiento para la víctima de la reparación, con un fondo especial para el caso de infractores insolventes. A los responsables penitenciarios pedimos articulen medios personales para que el tratamiento no sufra menoscabo alguno respecto al régimen, se multipliquen las ofertas de actividades que prevengan el tedio de horas de patio, se ideen fórmulas que impidan efectivas «cadenas perpetuas», se establezcan límites máximos temporales en los regímenes especiales de aislamiento
La festividad de la Virgen del Carmen en el marco del Jubileo
Mensaje para la fiesta de la Virgen del Carmen – 2000 La festividad de la Virgen del Carmen nos convoca año tras año al lado de la Estrella de los Mares: en primer lugar, a las gentes del mar, para buscar en Ella luz, fuerza y consuelo y reforzar así el sentido cristiano de su vida; también a los demás fieles, para que nos sintamos fraternalmente cercanos a los gozos y penalidades de tantos miles de hermanos a los que, por desgracia, solemos tener demasiado olvidados. Confiamos en que el hecho de que en el año 2000 esta fiesta mariana cae en domingo será una buena ocasión para que el mensaje de este apostolado peculiar pueda llegar a mayor número de fieles. Este año lo hacemos en el marco del gran Jubileo, unidos a toda la Iglesia, en espíritu de gratitud a Dios Padre que con amor inmenso nos ha dado como Salvador a su único Hijo, nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. La acción de gracias va unida también a la llamada a una continua conversión a Dios y a los auténticos valores del Reino predicado e instaurado por Jesucristo. El cartel tiene un evidente colorido jubilar: el faro que ilumina a los marinos y pescadores en las aguas agitadas no es otro que el Hijo de la Virgen, la luz que ilumina a todos. María, Madre solícita, atenta siempre a las necesidades de sus hijos, como en las bodas de Caná, nos invita con su escapulario jubilar a acoger con confiada docilidad la palabra salvadora de su Hijo: «Haced lo que El os diga». Reafirmemos en El nuestra confianza, con la bellísima profesión de fe de Pedro, el pescador de Galilea: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». La celebración del Jubileo junto al Santo Padre A primeros del pasado mes de junio, representantes de las gentes de mar del mundo entero tuvimos la dicha de reunirnos en Roma para celebrar el Jubileo: primero, la tarde del día 1, en las basílicas de Santa María de los Angeles y de Santa María la Mayor, participamos en la catequesis y entramos por la puerta santa; al día siguiente, en la plaza de San Pedro, participamos en la solemne Eucaristía, presidida por el Santo Padre, juntamente con muchos miles de hermanos encuadrados en el variado mundo de la movilidad humana: migrantes e itinerantes. Unos encuentros cargados de emoción religiosa, que nos ayudaron, sin duda, a agradecer a Dios el don de la fe cristiana y a intensificar la fidelidad a nuestra vocación al servicio del Reino de Dios. Significativa fue también la peculiar peregrinación de la nave que, con el patrocinio del Apostolado de Mar, había zarpado de Tierra Santa y, siguiendo la ruta de San Pablo, arribó al puerto de Fiumicino (Roma), habiendo hecho escala en los puertos visitados por el Apóstol de las Gentes. Traía a bordo una barca de madera, construida sobre el modelo de la que recientemente se encontró en el fondo del lago de Tiberíades y era, al parecer, del tiempo de Jesús y de los Apóstoles. En el momento de las ofrendas, esta barca fue entregada al Papa, para subrayar así la singular presencia del mar en la vida apostólica del Señor y en la difusión del evangelio por todo el mundo desde los primeros tiempos. El Arzobispo Mons. Fumio Hamao, Presidente del Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes, en sus palabras de presentación de los diversos grupos, se había referido a las gentes del mar como «a menudo invisibles, pero que llevan en el corazón tanta soledad durante las interminables horas transcurridas en la inmensidad de las aguas y un profundo deseo de sentirse parte viva de la Iglesia y de la humanidad». El Papa, en la homilía de la Eucaristía, comentando las palabras de Jesús en el evangelio proclamado en la liturgia de la Palabra (Mt 25, 31-46), nos recordaba a todos que nuestro Jubileo expresaba con singular elocuencia el puesto central que en la Iglesia debe ocupar la caridad de la acogida, ya que, desde el momento en que el Hijo de Dios ha puesto su tienda de campaña en medio de nosotros, todo hombre ha llegado a ser, en alguna manera, el lugar de encuentro con El. «Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana necesitados es la condición para poder encontrarlo cara a cara y en un modo perfecto al final del camino de esta tierra», nos dijo textualmente el Papa. Haciendo suyas unas palabras de su predecesor Pablo VI, Juan Pablo II nos recordó que «para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie es excluido, nadie es lejano». Y añadió: «En una sociedad como la nuestra, compleja y marcada por múltiples tensiones, la cultura de la acogida pide conjugarse con leyes y normas prudentes y de visión amplia, que permitan valorizar lo positivo de la movilidad humana, previniendo sus posibles manifestaciones negativas. Todo ello ha de hacerse de tal forma que toda persona sea efectivamente respetada y acogida». Mensaje válido para el amplio mundo de los migrantes e itinerantes, con aplicación necesaria también para nuestras gentes del mar. Fruto de este generoso espíritu de brazos abiertos para todos son los diversos esfuerzos que el Apostolado del Mar viene haciendo a bordo de las naves y en los numerosos hogares llamados «Stella Maris», acogiendo y sirviendo con amplitud de miras a marinos y pescadores, sin distinción de razas, lenguas, credos y nacionalidades. Algunos graves problemas de las Gentes del Mar La fiesta de la Virgen de Carmen nos invita, un año más, a ser cada vez más sensibles a los muchos y graves problemas de las gentes del mar para contribuir a su pronta solución. Siendo como son hermanos nuestros, ¿cómo vamos a poder olvidar a los más de 2 millones de marinos y pescadores de altura, a esos otros 30 millones de pescadores de bajura, y a tantas otras personas que trabajan
«Padre nuestro… que estás en los mares»
Mensaje para la fiesta de la Virgen del Carmen – 1999 Se acerca, un año más, la fiesta de la Virgen del Carmen, tan entrañable para las gentes del mar que viven su fe cristiana dentro de la Iglesia católica. Puertos, pueblos enteros y parroquias, siguiendo una tradición muy querida, se volcarán de nuevo en diversas manifestaciones de fervor mariano y, por intercesión de la «Stella Maris», la Reina de los Mares, presentarán al Padre de todos sus alegrías y esperanzas, sus angustias y peticiones. Creo conveniente que, en comunión con la Iglesia universal, celebremos esta fiesta mariana en el espíritu del Gran Jubileo promulgado por el Papa Juan Pablo II para el año 2000. Así nos lo sugieren el cartel y el lema escogidos: «Padre nuestro… que estás en los mares». Después de haber dedicado los dos primeros años de preparación del Jubileo a Jesucristo y al Espíritu Santo, respectivamente, el Papa nos ha invitado a profundizar este último año en el misterio insondable de un Dios que en su Hijo Jesús se nos mostró como Padre lleno de misericordia: «Quien me ve a mi, ha visto al Padre». De esa forma podremos llegar a la apertura de la Puerta Santa del Gran Jubileo en la Vigilia de la Navidad con las debidas disposiciones para celebrarlo con fruto a lo largo del año 2000. Por acuerdo de los Coordinadores Regionales del Apostolado del Mar en Europa, los navegantes son invitados a inaugurar de una forma peculiar el Año Santo: haciendo sonar las sirenas de sus barcos la noche de Navidad. «Padre nuestro… que estás en los mares». La figura del padre está especialmente presente entre las gentes del mar: el padre, que durante largas y duras ausencias del hogar, no solo no puede olvidar, sino que añora continuamente a su familia y es, al mismo tiempo, el gran ausente cuya memoria y nombre están a cada momento en el corazón y en boca de los suyos, en la espera de su pronto retorno a casa. La figura del padre se complementa con la de la madre, protagonista excepcional de la vida de la familia marinera. Por ello nuestras gentes pueden sintonizar más fácilmente con esa imagen de Dios Padre, misterio siempre más profundo e insondable que los océanos. Un Padre con entrañas maternales, como se nos descubre en la Biblia. Nuestro Dios combina la fuerza del amor paterno con la ternura del corazón de la mejor de las madres. Así nos lo presenta el Catecismo de la Iglesia Católica: «La ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad, que indica más expresivamente la intimidad entre Dios y su criatura». Si la expresión de la oración dominical «… que estás en el cielo» no designa un lugar, sino la majestad divina y su presencia trascendiéndolo todo, las palabras peculiares de nuestro lema «… que estás en los mares» nos invita a descubrir su paternidad amorosa para tantos hijos suyos en la inmensidad de los mares y océanos. Ojalá podamos todos aprovechar la gracia del Jubileo para que el Espíritu Santo nos ayude a descubrir en Jesús al Hijo que nos manifiesta en sus palabras y obras la cercanía, la ternura, la paciencia y el amor misericordioso de Dios, Padre también de todos nosotros. En este descubrimiento nos servirá de ayuda la Virgen María, «el gran signo de rostro materno y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con los cuales nos invita a entrar en comunión» (Puebla, 282). La inmensa mayoría de las gentes del mar no podrá peregrinar a Roma para celebrar junto al Santo Padre, como está programado, la Jornada para Migrantes en los tres primeros días de junio del año 2000. Pero, por voluntad del Papa, el Gran Jubileo será celebrado simultáneamente también en las Iglesias locales. Por ello convendrá que las comunidades cristianas sensibilizadas con la problemática de las gentes del mar, en comunión con la Iglesia universal y siguiendo las orientaciones de sus diócesis, concreten y centren su actividad preferente en aquellos aspectos del Jubileo que, a su juicio, exigen una atención y dedicación urgente en su propio ambiente. Dirijamos también nuestra atención a la acción que, muchas veces de forma callada, la Iglesia viene desarrollando en favor de marinos y pescadores y de sus familias. Gracias a Dios, son muchos los creyentes que en puertos y parroquias, a bordo y en tierra, siguen entregando sus personas y su esfuerzo a la atención espiritual y humana de las gentes del mar. Así lo pudimos comprobar con gozo en la Asamblea Nacional del Apostolado del Mar que celebramos en Santander el pasado mes de febrero. La Asamblea centró su reflexión en la situación de la «familia marinera» en sus distintos niveles de bajura, altura y mercante, y presentó las siguientes conclusiones: 1) Establecer, en los distintos puertos, la intervención de profesionales del Trabajo Social (animadores socio-culturales, asistentes sociales, expertos en psicología y terapia familiar, etc.) para que ayuden a jóvenes, mujeres y hombres de la mar en los problemas de comunicación interpersonal, convivencia, soledad e integración social. 2) Determinar compensaciones económicas equitativas para armadores y tripulantes durante los períodos de paro del buque. 3) Crear centros de «Stella Maris» (Apostolado del Mar) en todos los puertos más importantes de la nación e incrementar la comunicación entre los mismos. 4) Exigir a profesionales, instituciones y autoridades de la mar el respeto riguroso a los paros biológicos y al tamaño de las especies. Como ocurre en muchas de las asambleas, no menos importante que los estudios, reflexiones y conclusiones es la convivencia de los asambleistas, oportunidad excepcional para el intercambio de noticias y de proyectos apostólicos. A todos nos llenó de renovada ilusión la presencia inusitadamente grande de representantes y, en especial, la incorporación de savia nueva proveniente de puertos de las Islas Canarias y del Mediterráneo. Representantes de otros varios puertos se vieron obligados a excusar su ausencia por problemas derivados del tráfico aéreo. Dentro de la modestia
Siglo XXI Pastoral Penitenciaria: desafío a un fracaso
Las 330 personas asistentes al primer Encuentro de Pastoral Penitenciaria realizado en Burgos del 11 al 13 de Septiembre, hemos constatado y ratificado que la cárcel es un fracaso porque:
Navegar con el Espíritu
Mensaje para la fiesta de la Virgen del Carmen – 1998 Un año más, en torno a la fiesta de la Virgen del Carmen, tan entrañable para todas las gentes del mar, nuestros puertos volverán a rivalizar en festejos y procesiones para honrar a su Madre y Patrona, la Estrella de los mares. El lema propuesto para la fiesta de este año -«Navegar con el Espíritu«– sintoniza con la orientación que el Santo Padre ha querido señalar a toda la Iglesia en su itinerario de preparación para el próximo Jubileo del año 2000: la presencia y la acción del Espíritu Santo. También las gentes del mar son invitadas a dirigir su atención a la acción, invisible pero siempre eficaz, del Espíritu. Quiera Dios que, en los océanos y mares del ancho mundo, la Iglesia acierte a navegar con rumbo seguro, bajo el impulso del Espíritu, llevando a toda la humanidad hasta Cristo, el puerto de salvación. En este mensaje que el obispo promotor del Apostolado del Mar acostumbra a dirigir con motivo de la fiesta del Carmen, quiero este año subrayar tres puntos: 1.- El éxito del XX Congreso Mundial del Apostolado del Mar, celebrado en Davao (Filipinas) en octubre pasado: 250 delegados de más de 50 países compartimos la preocupación de la Iglesia por el bien espiritual y material de las gentes del mar, en un clima de trabajo serio, de buena amistad y de celebraciones litúrgicas, disfrutando de la tradicional hospitalidad del pueblo filipino. El tema central del Congreso fue: «Gentes de la Mar, colaboradores con Dios en la Creación». La Humanidad, creada a imagen de Dios, debe sentirse llamada a colaborar con Dios mediante el uso, cuidado y desarrollo de los mares según la voluntad divina. Sin embargo, en todas partes se constata en nuestros días: la explotación de los recursos al servicio egoísta del beneficio económico; la falta de consideración a la dignidad, a los valores y a la integridad de las personas y sus familias; la despreocupación de algunos gobiernos por el bienestar de los pescadores; el uso irresponsable de los recursos naturales; el transporte marítimo de productos nucleares y de otros materiales peligrosos, así como el vertido incontrolado de productos químicos contaminantes, con la destrucción de los tradicionales bancos de pesca costeros. El Congreso detectó también la ausencia del Apostolado del Mar en muchos puertos, la falta de suficientes agentes de pastoral, dedicados a este apostolado, así como la necesidad de promover su debida preparación especializada. 2.– La importancia de la Carta Apostólica de Juan Pablo II, titulada «Stella Maris». Es, en toda la historia del apostolado marítimo, el documento pontificio de más alto rango y manifiesta el interés del Santo Padre por este campo de la evangelización de la Iglesia. Todas las comunidades cristianas, pero en especial las más vinculadas a las gentes del mar, deberán tomar en consideración las directrices de este documento pontificio para su trabajo pastoral. El Congreso Mundial de Davao le dedicó una atención particular y expresó su gratitud al Papa por su aliento y orientaciones. Una expresión más de la solicitud pontificia por el vasto mundo de la migración ha sido la promoción cardenalicia de Mons. Giovanni Cheli, Presidente del Pontificio Consejo para las Migraciones y animador también del último Congreso Mundial del Apostolado del Mar. 3.– A lo largo de estos meses la acción pastoral de nuestros puertos y parroquias marítimas se desenvuelve con renovada ilusión, aunque con la conciencia clara de que todavía queda mucho que hacer. Si el año pasado tuvimos la dicha de ver cómo se abría un nuevo centro de Stella Maris en Vigo, este año ha sido un puerto andaluz el que ha coronado con el éxito los esfuerzos de un puñado de apóstoles entusiastas: en marzo se inauguró el Stella Maris de Málaga. Se advierte también una presencia mayor de la Iglesia en los puertos principales del archipiélago canario, así como en el litoral de Almería y en otros lugares. Dios mediante, en febrero el año próximo celebraremos en la ciudad de Santander la Asamblea Nacional de Apostolado del Mar. Me atrevería a pedir que nos preparásemos a este encuentro tratando de impulsar con renovado entusiasmo: en nuestros grandes puertos, dedicados preferentemente a la marina mercante -encrucijadas de hombres de tan diversas naciones, lenguas, culturas y religiones-, centros de acogida en los que la Iglesia pueda ofrecer desinteresadamente sus múltiples servicios. ¿Por qué no aprovechar los modernos adelantos técnicos para enlazar mejor con red electrónica los diversos centros regionales? Era ésta una de las propuestas del Congreso Mundial de Davao. Esta conexión y coordinación facilitaría más la comunicación de barco a tierra en beneficio de los marinos y sus familias. En ocasiones sería también un buen medio para todo tipo de asistencia -incluida la legal- en favor de marineros y pescadores en las parroquias con importantes contingentes de pescadores, urge potenciar o crear equipos de colaboradores a fin de que mantengan viva la sensibilidad de las comunidades cristianas y las animen a ofrecer los debidos servicios a quienes se dedican a las duras tareas de la pesca y a sus familias. El ejemplo de algunas parroquias que así lo están haciendo servirá de estímulo a las demás. Que la Virgen María, Estrella de los Mares, tan vinculada a la presencia santificadora del Espíritu Santo en la Encarnación y en Pentecostés, interceda por nosotros, a fin de que la Iglesia, alentada por el Espíritu, navegue sin naufragios hasta arribar al puerto de llegada. Así se lo pedimos al celebrar un año más su popular festividad del Carmen. Carmelo Echenagusía Obispo Promotor Bilbao, 1 de julio de 1998