Mensaje ante la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación 2018 El Papa Francisco nos ha recordado en su encíclica Laudato si’: sobre el cuidado de la casa común, que “el agua es un recurso escaso e indispensable y es un derecho fundamental que condiciona el ejercicio de otros derechos humanos” (LS 148), alertando al mismo tiempo de “la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía” (LS 46). El acceso a la energía y al agua potable –dos bienes fundamentales para el desarrollo de toda vida humana- constituyen, por tanto, derechos humanos fundamentales y pilares básicos del bien común. Apoyados en los estudios científicos más recientes, somos conscientes de “la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas” (LS 31). Por otro lado, el problema de la contaminación y del cambio climático hace “urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de dióxido de carbono y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable. En el mundo hay un nivel exiguo de acceso a energías limpias y renovables” (LS 26). Así lo reconoció también la comunidad internacional el año 2015 al elaborar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) recogidos en la Agenda 2030. La realidad de nuestro país En nuestro país el acceso a la energía es universal. Sin embargo, en los últimos años se ha constatado que un número creciente de hogares corren el riesgo no poder costear su elevado precio, cayendo en una situación de lo que se llama pobreza energética. Los principales estudios realizados para España coinciden en encontrar un mínimo de un 8-9% de hogares (que son más de 6 millones de personas) que sufren esta pobreza energética, que en una primera aproximación puede definirse como la incapacidad de un hogar de hacer frente al coste de sus necesidades energéticas básicas. El acceso al agua potable es también universal, aunque los problemas en torno a la distribución de un recurso escaso y repartido de forma tan desigual a lo largo del territorio resultan fuente de no pocos conflictos interregionales e ideológicos. Estos conflictos emergen periódicamente -especialmente durante periodos de sequía prolongada- e invitan a adoptar una visión integral del problema, así como avanzar hacia un pacto nacional del agua que permita establecer una gestión eficiente y justa y que responda al bien común. Ante la enorme complejidad económica, técnica y política que ambos retos plantean a la comunidad internacional y a los diversos gobiernos nacionales y regionales, resulta legítimo plantearse la contribución que la Iglesia católica y las comunidades cristianas pueden aportar al cuidado de la Casa Común. El acercamiento al agua y la energía desde la perspectiva de la ecología integral La larga reflexión eclesial sobre ambas cuestiones puede resultar de gran valor a la hora de plantear alternativas respecto a estas dos cuestiones. La comunidad cristiana, a quien nada de lo humano le resulta ajeno, descubre en la centenaria tradición de la Doctrina Social de la Iglesia un rico tesoro que puede iluminar las difíciles cuestiones que plantea el acceso al agua y a la energía, así como para facilitar posibles caminos que permitan resolver los conflictos que se generan. Estas contribuciones no son de tipo técnico o político, sino más bien de orden cultural, ético y espiritual. Uno de los rasgos que ha caracterizado la contribución eclesial a las problemáticas relacionadas con la sostenibilidad es la llamada a la solidaridad y a la sobriedad. Benedicto XVI nos recordó que el reto de ofrecer energía limpia para todos no es sólo tecnológico y político, es también cultural y ético: «es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso». Francisco ha reafirmado la llamada al ahorro de su predecesor, recordando al mismo tiempo el imperativo moral de la solidaridad: “Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible” (LS 52). Respecto al agua, los grandes principios éticos del pensamiento social cristiano son igualmente válidos: “La Santa Sede, por tanto, reitera la importancia de la moderación en el consumo, invoca la responsabilidad de los gobiernos, empresas y particulares. Esta sobriedad se apoya en valores como el altruismo, la solidaridad y la justicia”. La denuncia de la injusticia, junto a la llamada a la solidaridad y la sobriedad, constituye otro de los elementos distintivos de la contribución eclesial al debate contemporáneo de la sostenibilidad. San Juan Pablo II vislumbró ya una de las razones principales por las que la Iglesia ha tomado conciencia de esta urgencia ética: “En nuestros días aumenta cada vez más la convicción de que la paz mundial está amenazada, además de la carrera armamentista, por los conflictos regionales y las injusticias aún existentes en los pueblos y entre las naciones, así como por la falta del debido respeto a la naturaleza, la explotación desordenada de sus recursos y el deterioro progresivo de la calidad de la vida”. En el caso del agua, cuando el acceso o la calidad se ven limitados, nos encontramos ante una seria carencia para el desarrollo de la persona: “el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable.” (LS 30). En un sentido similar, en el caso del acceso a la energía, los obispos norteamericanos nos recordaron ya en 1981
Conclusiones del II Seminario sobre ecología integral
Convocados por la Comisión Episcopal de Pastoral Social, el 9 de junio se celebró el II Seminario de ecología integral en la sede de la Fundación Pablo VI (Madrid). Se reunió un grupo (28 participantes) formado por expertos, académicos, políticos, empresas, periodistas, obispos de la Comisión de Pastoral social de la Conferencia Episcopal Española, asociaciones y ONGs, a los que acompañaron instituciones eclesiales que ya tienen un compromiso activo en la ecología integral (Cáritas, Confer, Manos Unidas, REDES…). El objetivo del Seminario se centró en estudiar los retos y las prioridades que plantean tanto el agua como la energía en el contexto actual. Analizar su situación global y local (España); analizar las causas económicas y políticas que influyen en su gestión y desarrollo; y lograr una valoración y propuestas de prioridades medioambientales a partir de la encíclica del Papa Francisco Laudato si’. Se partió de las exposiciones de los expertos: Pablo Anguita (Universidad Rey Juan Carlos), Pedro Arrojo (Fundación Nueva Cultura del Agua) y María Isabel Cuenca (Ingeniero Industrial). Y se llegaron a las siguientes conclusiones: I.- RETOS AMBIENTALES GLOBALES Todo sistema económico está inserto en un ecosistema vivo que nutre de riquezas a la actividad humana pero que tiene una capacidad finita. Y en ese círculo macroeconómico en el que estamos insertos, basado en la producción-consumo-producción, se está ejerciendo una fuerte presión sobre los Recursos Naturales. Por eso la transición ecológica exige volver a un sistema económico que nos permita vivir dentro de una producción sostenible que minimice los impactos a los que sometemos al medioambiente. No podremos afrontar los actuales retos ambientales si no cambiamos el paradigma económico actual. Necesitamos cambiar la lógica del “tener más” por la de “tener lo suficiente”. Los economistas deben transitar hacia otros paradigmas que nos vuelvan a conectar con nuestros antepasados y lógicas de una economía diferente. Las soluciones ambientales necesitan colaboración entre diferentes actores: contar con los pueblos que habitan los diferentes ecosistemas, los gobiernos, las empresas… Hay que aprovechar las agendas políticas globales: ODS y Acuerdo de París porque son expresión de programas comunes de la humanidad. La solución de los graves problemas medioambientales requiere soluciones urgentes, ya que el consenso científico señala la cercanía a los límites sostenibles del planeta. La solución de los problemas medioambientales es una obligación ética de quienes tenemos las capacidades de hacerlo frente a los colectivos que no la tienen: los vulnerables con los que compartimos el planeta y las futuras generaciones que no pueden solucionar los problemas que heredan de nosotros. II.- PRIORIDADES MEDIOAMBIENTALES: EL AGUA Y LA ENERGÍA Priorizar el valor del agua como bien público, es decir, priorizar la política del agua. Existen muchas personas vulnerables que no están en el interés ni de lo público ni de lo privado. Dar importancia a las políticas de demanda más que a la gestión de oferta. Es preciso acabar con la super-explotación de los acuíferos. El mercado no debe ser el actor principal en cuestiones que no le pertenecen, como es la justicia y la salud. Los nuevos modelos de gestión dentro de la comunidad económica europea deben construirse desde la sostenibilidad, la gestión ambiental, la gobernanza democrática. Muchos problemas locales requieren soluciones locales. El modelo de producción y consumo energético es insostenible. Hay que descarbonizar el modelo energético tanto en producción como en consumo. En producción de energía eléctrica las renovables deben desplazar a la producción con combustibles fósiles. En consumo hay que mejorar la eficiencia energética en la industria, el sector residencial y el transporte, mejorando los aislamientos y desplazando las aplicaciones que usan combustibles fósiles (sobre todo en transporte) por el uso de aplicaciones que utilizan la electricidad. Las buenas noticias son que las tecnologías de bajas emisiones (renovables, vehículos eléctricos, iluminaciones y calefacciones eficientes, etc, se han hecho muy competitivas y el coste de la transición energética no debería representar un problema. Antes lo contrario: un enfoque integral de la transición energética debe plantearse como lleno de oportunidades económicas y de empleo en un contexto de economía verde. Hay una dificultad de acceso a fuentes de energía: el 87% de la población rural mundial no tiene acceso a la electricidad y 3.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a tecnología y energía sanas. La concreción de su derecho a desarrollarse debe hacerse con formas sostenibles de energía, que no presionen aún más la estabilidad del planeta, por lo que habrá que aportarles las adecuadas transferencias económicas y tecnológicas para que su desarrollo no se base en fuentes no renovables-. Se produce erosión del terreno por el uso de determinadas fuentes de energía, como la madera. 2.800 millones de personas dependen de la biomasa. Se producen muertes prematuras relacionadas con ese consumo. La falta de acceso a una energía limpia y sostenible determina muchos aspectos de la vida humana y de su desarrollo: condiciones de vida, salud, género o educación. Las políticas de empresas y gobiernos débiles tienen incidencia en el medio rural: propiedad de los terrenos, exclusión de la población en las decisiones sobre desarrollos de grandes infraestructuras energéticas, falta de participación personal. Es un asunto transversal para el desarrollo. Hay soluciones para poder cambiar estas tendencias y conseguir acceso a la energía limpia, renovable y sostenible. Las energías renovables son fuentes de energía continua e inagotables: así sucede con la cogeneración y las tecnologías biomasa (elimina residuos y es no contaminante). La solar (calor /fotovoltaica), es barata y transforma muy directamente la vida de las comunidades en las que se instala. Se logra una alta calidad de la energía, tiene bajo precio y mantenimiento y es accesible de manera generalizada. La energía eólica está menos presente en la producción, pero cubre la demanda. El papel del ciudadano es clave para producir el cambio de modelo de producción y consumo, ya que con sus actuaciones individuales (como comprador de bienes y servicios, como votante, como trabajador, como funcionario, como directivo en una empresa, como legislador, etc) hará que las Administraciones establezcan marcos sostenibles alineados con
Mensaje del papa Francisco para la II Jornada Mundial de los pobres
El papa Francisco ha hecho público su Mensaje para la II Jornada Mundial de los pobres que se celebrará el 18 de noviembre. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» es el lema que ha elegido para la Jornada de este año. MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCOII JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario18 de noviembre de 2018 «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» 1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34, 7). Las palabras del salmista se vuelven también las nuestras a partir del momento en que somos llamados a encontrar las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en las que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien escribe tales palabras no es ajeno a esta condición, al contrario. Él tiene experiencia directa de la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo permite también a nosotros hoy comprender quiénes son los verdaderos pobres a los que estamos llamados a volver nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades. Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en Dios tienen a su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. En la misma onda de estas palabras podemos comprender más a fondo lo que Jesús proclamó con las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3). En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace por cierto el deseo de contarla a otros, en primer lugar a aquellos que son, como el salmista, pobres, rechazados y marginados. En efecto, nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas. 2. El salmo caracteriza con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres. El silencio de la escucha es lo que necesitamos para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Se está tan atrapado en una cultura que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, que se piensa que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin tener que comprometerse directamente. 3. El segundo verbo es “responder”. El Señor, dice el salmista, no sólo escucha el grito del pobre, sino que responde. Su respuesta, como se testimonia en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestaba a Dios su deseo de tener una descendencia, no obstante él y su mujer Sara, ya ancianos, no tuvieran hijos (cf. Gén 15, 1-6). Sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que se quemaba intacta, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Éx 3, 1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto: cuando el hambre y la sed asaltaban (cf. Éx 16, 1-16; 17, 1-7), y cuando se caía en la peor miseria, la de la infidelidad a la alianza y de la idolatría (cf. Éx 32, 1-14). La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a retomar la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en Él obre de la misma manera dentro de los límites de lo humano. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de compartir para cuantos pasan necesidad, que hace sentir la presencia activa de un hermano o una hermana. Los pobres no necesitan un acto de delegación, sino del compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia – que es necesaria y providencial en un primer momento –, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199) que honra al otro como persona y busca su bien. 4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre
“Compromiso social y caridad transformadora”
Festividad del Corpus Christi, día de la Caridad – 2018 La Solemnidad del Corpus Christi nos invita a contemplar y celebrar el gran don de la presencia real de Cristo vivo entre nosotros en su cuerpo entregado y en su sangre derramada para la vida del mundo.[1] De manera muy especial, es una llamada a entrar en el misterio de la Eucaristía para configurarnos con él. Este misterio, en palabras de Benedicto XVI, “se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos [pues], en efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad”.[2] A la luz de este misterio de amor renovador, liberador y transformador, que es la Eucaristía, invitamos a todos los cristianos, en particular a cuantos trabajáis en la acción caritativa y social, a un compromiso que sea liberador, que contribuya a mejorar el mundo y que impulse a todos los bautizados a vivir la caridad en las relación con los hermanos y en la transformación de las estructuras sociales. Tu compromiso mejora el mundo Transformados interiormente por la contemplación del amor incondicional de Jesucristo, que entrega su vida para liberarnos del mal y hacernos pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, queremos recordar a todos y cada uno de los cristianos, así como a los hombres y mujeres de buena voluntad que quieran escucharnos, el mensaje de la campaña institucional de Cáritas: “Tu compromiso mejora el mundo”.[3] Somos conscientes de que, hoy, no está de moda hablar del compromiso. Es más, para muchos, en esta cultura de lo virtual, de lo inmediato y pasajero, la preocupación por los demás se considera como algo trasnochado. Sin embargo, el compromiso en favor de los más débiles y por la transformación del mundo, es la más noble expresión de nuestra dignidad, de nuestra responsabilidad y solidaridad. Para los cristianos, el compromiso caritativo y social, el ser con los demás y totalmente entregado a ellos, camina en paralelo con nuestra configuración con Cristo. Se trata de un compromiso que nace de la fe en la Trinidad. Los cristianos creemos en un Dios, que es Padre, que ama incondicionalmente a cada uno de sus hijos y les confiere la misma dignidad; un Dios Hijo que entrega su vida para liberarnos del pecado y de las esclavitudes cotidianas, haciéndonos pasar de la muerte a la vida; un Dios Espíritu que alienta el amor que habita en cada ser humano y nos hace vivir la comunión con todos, tejiendo redes de fraternidad y de solidaridad al estilo de Jesús, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos”(Mt 20,28). Desde esta configuración con Cristo, os proponemos un cuádruple compromiso: 1. Vivir con los ojos y el corazón abiertos a los que sufren: Hemos de abrir los ojos y el corazón a todo el dolor, pobreza, marginación y exclusión que hay junto a nosotros. Convivimos con una cultura que ignora, que excluye, oculta y silencia los rostros del sufrimiento y la pobreza. Sin embargo, no podemos ignorarlos. Como dice el papa Francisco, “la pobreza nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión (…), el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio, la miseria y la migración forzosa”.4 Este desafío resulta “cruel”, cuando constatamos que estas situaciones no son el fruto de la casualidad, sino la consecuencia de la injusticia social, de la miseria moral, de la codicia de unos pocos y de la indiferencia generalizada de muchos. 2. Cultivar un corazón compasivo: La multiplicación y la complejidad de los problemas pueden saturar nuestra atención y endurecer nuestro corazón. Frente a la tentación de la indiferencia y del individualismo, los cristianos debemos cultivar la compasión y la misericordia, que son como la protesta silenciosa contra el sufrimiento y el paso imprescindible para la solidaridad. 3. Ser capaces de ir contracorriente: Esta invitación al compromiso no es algo superficial o periférico. Pone en juego dimensiones tan hondas como la propia libertad. En la vida, podemos seguir la corriente de quienes permanecen instalados en los intereses personales y pasajeros o podemos vivir como personas comprometidas al estilo de Jesús, actuando contracorriente y poniendo los medios para que los intereses económicos no estén nunca por encima de la dignidad de los seres humanos y del bien común. 4. Ser sujeto comunitario y transformador: Los cristianos estamos llamados a ser agentes de transformación de la sociedad y del mundo, pero esto sólo es posible desde el ejercicio de un compromiso comunitario, vivido como vocación al servicio de los demás. Esto quiere decir que hemos de poner todos los medios a nuestro alcance para la creación de comunidades, que sean signo y sacramento del amor de Dios. Comunidades capaces de compartir y poner al servicio de los hermanos los bienes materiales, el tiempo, el trabajo, la disponibilidad y la propia existencia. Comunidades capaces de poner a la persona en el centro de su mirada, palabra y acción. La caridad es transformadora Para todos aquellos que trabajan en el ámbito de la acción caritativa y social de la Iglesia, este compromiso transformador se hace todavía más urgente al tomar conciencia de la fuerza transformadora de la caridad. La doctrina social de la Iglesia habla permanentemente de ella. Recordemos un texto antológico del papa Francisco: «La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responde a él con todas sus fuerzas. En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37) lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante
Por una ecología integral
Mensaje ante la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación 2017 El pasado 24 de mayo se cumplían los dos años de la publicación de la encíclica “Laudato si” del papa Francisco sobre “el cuidado de la casa común”. En la misma, el Santo Padre aborda los principales problemas sobre la relación del ser humano con sus semejantes y con la naturaleza. Para hacer frente a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a los perniciosos efectos de la contaminación ambiental es necesaria una respuesta decidida y urgente de creyentes y no creyentes. Entre otras cosas, el Papa nos invita a todos los hombres y mujeres del mundo a practicar una “ecología integral”, asumiendo las responsabilidades personales y comunitarias en el progresivo deterioro del medio ambiente durante los últimos años. Todos hemos de tomar conciencia de que el gran crecimiento tecnológico de las últimas décadas no ha estado acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia. Como consecuencia de una libertad mal entendida, de la búsqueda ciega del egoísmo y de las necesidades inmediatas, el hombre de hoy está “desnudo y expuesto a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta la ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación”. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, recibió del Creador el encargo de dar nombre a las demás criaturas y de cuidar la creación, pero sin olvidar que él no es Dios y, por tanto, no puede pretender ocupar el lugar que sólo a Dios le pertenece. Por ello, ha de actuar en todo momento desde una actitud de humildad, escuchando a Dios y poniéndose al servicio de los demás y de la misma creación. Cuando el cosmos y la naturaleza son contemplados sin referencia a Dios y sin tener en cuenta las necesidades de los hermanos, pueden llegar a concebirse como un depósito, del que se pueden extraer sus riquezas de acuerdo con los egoísmos desmedidos de los individuos de cada continente. Ante estos abusos, la creación protesta a través de fenómenos naturales extraordinarios y por medio de los desastres ecológicos. Estas manifestaciones violentas de la naturaleza nos están indicando que es necesario respetar la creación y no manipularla. Mirada creyente Los cristianos, desde nuestra fe en el Creador de todas las cosas, además de valorar y proteger la creación, estamos invitados a promover en la sociedad una mayor atención hacia la misma, evitando reducirla a puro ecologismo, fomentando los comportamientos éticos y actuando siempre desde una libertad responsable. Cada día es más urgente que escuchemos a la creación, que narra la gloria de Dios, y que escuchemos también a Dios, que habla a través de las obras de sus manos. Frente a quienes consideran el cosmos únicamente desde su materialidad, sin valorar su belleza y sin considerar su referencia al Creador, los cristianos somos invitados a contemplar todo lo creado como un espejo, en el que se refleja la bondad, el amor y la belleza de nuestro Dios. La confianza y la escucha del Creador implican un modelo de relaciones entre los seres humanos y la naturaleza que hagan posible contemplarla no sólo como obra de Dios, sino como casa y hogar para todos los seres humanos. En este sentido, si no crece el amor entre todos los habitantes del planeta, será imposible movilizar la voluntad humana para atajar el deterioro de la creación y la destrucción de la misma. La respuesta a la crisis ecológica y la protección del medio ambiente hemos de situarlas dentro de la historia de amor que comienza con la creación y que tiene su desarrollo a lo largo de los tiempos hasta llegar a su cumplimiento en Cristo. Esta historia de amor exige la responsabilidad humana que, al mismo tiempo que nos permite asumir nuestras diferencias con la naturaleza, nos lleva a la convicción de nuestra pertenencia a la misma. Para avanzar en esta responsabilidad con relación a la creación, entre otras cosas, es preciso un diálogo franco y abierto que ayude a la superación de los intereses egoístas sobre la cuestión ecológica. En este diálogo con los creyentes de otras religiones, con los gobiernos de las naciones y con las instituciones sociales, los cristianos hemos de ser los primeros en asumir que la fe en Jesucristo nos ofrece fundamentos extraordinarios para la práctica de una ecología integral y para el desarrollo pleno de la humanidad. “Será un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones”. Conversión ecológica Pero, además de valorar la importancia del diálogo, todos los habitantes del planeta hemos de progresar en una sincera “conversión ecológica”, asumiendo que el cuidado de la casa común exige un cambio profundo de aquellos criterios, tan arraigados en la cultura actual, que favorecen el consumismo y la búsqueda de los propios intereses, olvidando la dimensión espiritual de la persona y las necesidades de nuestros semejantes. Esta conversión ecológica, que ha de concretarse en el uso moderado de bienes materiales, en el control de los gastos superfluos y en la atención de los más frágiles, exige un cambio efectivo de mentalidad y de estilo de vida, en las opciones de consumo y en las inversiones, escuchando la voz del Creador, buscando la verdad y trabajando por el bien común. Para que los cristianos y los restantes seres humanos no olvidemos nuestra responsabilidad en el cuidado de la casa común y podamos renovar la adhesión a la propia vocación de custodios de la creación, el Santo Padre, en comunión con las Iglesias ortodoxas, nos convoca cada año, el día 1 de septiembre, a celebrar la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. En este día, especialmente, estamos invitados a invocar la ayuda del Señor para la protección del medio
Conclusiones Seminario sobre ecología integral
El Seminario de Ecología integral, al que asistieron 80 participantes de toda España, tenía los siguientes objetivos: Presentar los desafíos más relevantes que se están planteando para el logro de una ecología integral Profundizar los fundamentos teológicos y pastorales que inciden en una ecología integral Conocer experiencias y fomentar iniciativas ecológicas que generen un cambio de estilos de vida y comportamientos favorables a una ecología integral (Líneas de acción) El programa del Seminario respondió a tales objetivos con la ayuda de expertos en cuestiones medioambientales planteando los desafíos más relevantes en el modelo agroalimentario, en el sistema energético y ante la destrucción de los recursos naturales. De la encíclica Laudato si del papa Francisco, se extrajeron las líneas de reflexión necesarias para fundamentar el compromiso cristiano para una ecología integral, vivir una espiritualidad desde el respeto por lo creado y se ofrecieron recursos pastorales orientados a la conversión ecológica (materiales, programas de acción…) y una propuesta pastoral presentada por los Hermanos Menores franciscanos. El Seminario tenía una orientación práctica y experiencial. Se presentaron talleres relacionados con la implantación de la ecología integral en la parroquia (Parroquia Las Rosas de Madrid); de conversión ecológica (“Biotropía. Estilos de vida en conversión”. José Eizaguirre); sobre experiencias de formación y educación en el compromiso ecológico (Nacho Lafarga. Proyecto “Laudato SEK”, Colegio San Estanislao de Kostka de Málaga); sobre experiencias de sanación del medio ambiente y de las personas (Josep M. Fisa. Justicia y Paz de Barcelona) y sobre incidencia ecológica en el mundo rural (Escuela de Ingeniería Agrícola de Valladolid, INEA). A partir del diálogo y aportaciones de los asistentes, se extrajeron las siguientes llamadas y propuestas de acción para el futuro y de cara a dar mayor relevancia al compromiso cristiano por una ecología integral: Se constata la necesidad de aumentar la coordinación entre los agentes pastorales y las instituciones que están implicadas en sensibilizar y animar al compromiso por una ecología integral. Empezaríamos por comunicarnos y dando a conocer las experiencias e iniciativas que ya se están llevando a cabo.La coordinación tiene que visibilizarse también en la oferta de materiales e iniciativas conjuntas (web / repositorio / newsletter…) y en compartir los materiales destinados a la pastoral en parroquias y grupos. Aprovechar estas iniciativas para una mayor sensibilización e impulsarlas con más intensidad en el periodo del 1 de septiembre (Jornada Mundial de Oración por la Creación) al 4 de octubre (festividad de San Francisco de Asís) Dar un impulso ecuménico a las iniciativas que se realicen en el ámbito de la ecología integral. Fomentar en las diócesis el diálogo entre las instituciones que han participado en el Seminario y las demás que estén en esta tarea, proponiendo iniciativas de sensibilización y de acción. Un punto de partida puede ser a través de la Campaña “Enlázate por la justicia” y de aquellas personas o experiencias ya sensibilizadas con la ecología integral. Finalmente, ha sido una petición expresa de los asistentes al Seminario, que las instituciones convocantes continúen su labor de animación de la ecología integral y, en particular, se profundice y amplíe la incidencia de la ecología entre los proyectos futuros de la Conferencia Episcopal (mensajes, cartas pastorales, campañas…). Instituciones que han organizado el Seminario: Comisión Episcopal de Pastoral Social Comisión Episcopal de Migraciones Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales Departamento de Pastoral de la Salud (CEE) Departamento de Pastoral de Juventud (CEE) Justicia y Paz de CONFER Comisión General JUSTICIA Y PAZ MANOS UNIDAS CÁRITAS ESPAÑOLA REDES (ONGs para el desarrollo) Movimiento Católico Mundial por el Clima Equipo de Ecología de la Compañía de Jesús (Madrid, 16-17 de junio de 2017)
«Llamados a ser comunidad»
Festividad del Corpus Christi, día de la Caridad – 2017 En la fiesta del Corpus Christi, los cristianos adoramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrados. En este día acogemos la invitación de Cáritas a crecer como comunidad de hermanos y a participar en la Eucaristía, sacramento de comunión con Dios y con nuestros semejantes. De este modo, cuantos comemos de un mismo pan no sólo somos invitados a formar un solo cuerpo, sino a crecer en la espiritualidad de comunión que dé sentido y anime nuestro compromiso social en favor de los que sufren. Vivamos en comunión Con el lema “Llamados a ser comunidad”, Cáritas nos invita en su campaña institucional a poner el foco de atención en la dimensión comunitaria de nuestro ser, como eje fundamental de nuestro hacer al servicio del Reino de Dios y del proyecto de transformación social en el que estamos empeñados en el ejercicio de la caridad. El redescubrimiento de nuestro ser comunitario es el punto de partida para superar nuestros intereses individuales, los comportamientos autorreferenciales y colaborar con el Señor en la construcción de un mundo en el que la experiencia del amor de Dios nos permita vivir la comunión y construir una sociedad más justa y fraterna. La comunidad, nos recuerda Cáritas,[1] es el ámbito donde podemos acompañar y ser acompañados, donde podemos generar presencia, cercanía y un estilo de vida donde el que el que sufre encuentre consuelo, el que tiene sed descubra fuentes para saciarse y el que se siente excluido experimente acogida y cariño. En la comunidad podemos responder al mandato de Jesús, que nos mandó dar de comer al hambriento (Mc 6,37) y podemos implicarnos en el desarrollo integral de los pobres, buscando los medios adecuados para solucionar las causas estructurales de la pobreza.[2] Sólo así podremos encontrar salidas a nuestra realidad social, más centrada en la búsqueda de intereses egoístas, en la agresividad ideológica y en la permanente descalificación del otro que en el descubrimiento de lo que nos une y nos enriquece a pesar de las legítimas diferencias.[3] Cultivemos la espiritualidad de comunión Ahora bien, si queremos ser ámbito de comunión y constructores de comunidad, necesitamos cultivar una verdadera espiritualidad de comunión al estilo de aquellos primeros cristianos que vivían unidos y lo tenían todo en común, porque eran asiduos en la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan[4]. San Juan Pablo II nos describía con gran profundidad las características de esta espiritualidad de comunión, al comenzar el presente milenio: “Espiritualidad de comunión significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”. “Espiritualidad de comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”. “Espiritualidad de comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”. Además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente”.[5] Promovamos cauces para vivir la comunión con los que sufren A la luz de este texto y con la mirada puesta en nuestra realidad eclesial y social, queremos señalar algunas de las implicaciones que demanda de todos nosotros una verdadera espiritualidad de comunión con los que sufren: Comunión y dignidad humana La espiritualidad de comunión nos exige descubrir nuestra identidad y nuestra dignidad personal. Esta dignidad no se sustenta en factores económicos, en razones étnicas, en cuotas de poder ni en fluctuantes acuerdos humanos. Su fundamento radica en el misterio de la Trinidad que nos habita y nos constituye como imagen suya. Somos seres nacidos de la comunión y hechos para la comunión. Cuando eso falla, y este es uno de los vacíos de la cultura actual, la cuestión social se convierte en una cuestión antropológica[6] y el mayor problema no está sólo en la pobreza, sino en la pérdida de la dignidad humana que se esconde detrás de la pobreza y que afecta a quienes la sufren y a quienes la generan. Comunión y cuidado de la casa común La espiritualidad de comunión nos sensibiliza sobre la importancia de sentirnos solidarios con la realidad global de nuestro mundo, sabiendo que el cuidado de nuestra vida, de las relaciones con la naturaleza y de la casa común es inseparable de la justicia, la fraternidad y la fidelidad a los demás.[7] En consecuencia, nos empuja a tener un corazón abierto y universal para acoger a todos -especialmente a los excluidos, los descartados, los migrantes, los refugiados- y para integrarlos en nuestra comunidad haciéndolos partícipes de ella con todos sus derechos y con todas sus potencialidades. Comunión y desarrollo humano integral La espiritualidad de comunión nos lleva a vivir el servicio de la caridad como un servicio al desarrollo humano integral. No estamos en el mundo sólo para dar pan o para promover un simple desarrollo económico. Como Jesús en el desierto, hemos de tener siempre presente que “no sólo de pan vive el hombre” (Cfr Mt 4,4). Además de pan, necesitamos “Palabra”, relación, comunicación, comunión y sentido. Necesitamos a Dios y nos necesitamos unos a otros. Por eso, decimos que estamos al servicio del desarrollo humano integral, para “promover a todos los hombres y a todo el hombre”, como formuló el beato Pablo VI (PP n.14). Precisamos un desarrollo que integre a todos los pueblos de la tierra, que integre la dimensión individual y comunitaria, la dimensión corporal y espiritual del ser humano, sin absolutizar al individuo ni masificarlo, sin reducir el desarrollo al crecimiento económico y sin excluir a Dios de la vida del
Iglesia comprometida por el trabajo decente
Comunicado de las XXII Jornadas Generales de Pastoral Obrera Convocados por el Departamento de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal Española, nos hemos reunido en Ávila, los días 19 y 20 de noviembre, delegados diocesanos, miembros de los Movimientos Apostólicos Obreros, y de equipos de Pastoral obrera, para celebrar las XXII Jornadas de Pastoral Obrera, bajo el lema IGLESIA COMPROMETIDA POR EL TRABAJO DECENTE, para dialogar, reflexionar, compartir experiencias, y abordar propuestas pastorales para seguir impulsando la tarea de ser y hacer visible una Iglesia comprometida por el trabajo decente. En línea de continuidad con jornadas anteriores, hemos abordado este año la reflexión sobre la actual configuración del trabajo, que nos ha invitado a tomar conciencia de su realidad y hemos propuesto retos pastorales para la Iglesia española en el mundo del trabajo. Hemos presentado, igualmente, una propuesta de formación para los equipos de Pastoral obrera. Hemos presentado, también, la iniciativa Iglesia unida por el trabajo decente, impulsada por un conjunto de organizaciones eclesiales, que ha hecho surgir una experiencia de trabajo eclesial a través de la cual se ha puesto de manifiesto la necesidad de seguir apoyando la justa reclamación y la necesaria consecución de un trabajo decente, en el sentido que el papa Benedicto XVI ya describió en Cáritas un veritate 63. Como Iglesia en el mundo obrero y del trabajo, seguimos haciendo nuestro el sufrimiento que la lógica de este sistema genera en las y los trabajadores y sus familias, a quienes vamos acompañando con misericordia. Desempleados de larga duración, jóvenes, mujeres, inmigrantes, trabajadores precarios… conforman el rostro sufriente del mundo obrero. Nuestro empeño de seguir acompañando con misericordia sus vidas ha de seguir siendo prioritario. Como dice el papa Francisco, para contrarrestar la desesperanza, la comunidad cristiana “se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias… y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo[1] Es necesario, al término del año de la Misericordia, seguir uniendo misericordia y justicia, seguir denunciando la inmoralidad radical, la inhumanidad profunda con la que se organiza el sistema económico cuando no está al servicio de las personas, de sus necesidades humanas, especialmente de los más pobres. Seguimos clamando contra la lógica inmisericorde de un capitalismo sin entrañas, de un sistema económico que descarta a las personas y, como recuerda con insistencia el papa Francisco, priva radicalmente de dignidad a las personas cuando las priva de su humanidad, impidiéndoles realizar un trabajo decente. Uno de los graves problemas hoy, es que el empleo precario, sin derechos, mal pagado, sin que permita salir de la pobreza, se ha convertido en el empleo normal. La economía, y la política, no están al servicio de las personas, y necesitamos una economía y una política profundamente humanas y humanizadoras. Reclamarlas, y trabajar para que vayan siendo posibles, son exigencias de las implicaciones políticas de nuestra fe cristiana. Hace milenios[2] la Iglesia y los profetas dijeron lo que tanto escandaliza que repita el Papa en este tiempo cuando todo aquello alcanza expresiones inéditas. “Toda la doctrina social de la Iglesia y el magisterio se rebelan contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad.” Nos sentimos nuevamente convocados a ser Iglesia comprometida por el trabajo decente, al servicio de nuestras hermanas y hermanos, de su intrínseca dignidad de hijos e hijas de Dios, que nos urge a trabajar con misericordia, por la justicia. Seguimos invitando a todas las instancias eclesiales a sentirse convocadas a un empeño continuo en favor del trabajo decente, y seguimos reclamando de los poderes públicos un empeño sincero por ir generando condiciones objetivas que lo hagan posible, poniendo en el centro de sus políticas económicas la prioridad del servicio a las personas, no al capital. Nuestra esperanza en Jesucristo, Misericordia de Dios, nos sigue impulsando a una vida de servicio, solidaridad y humildad en favor del mundo obrero, y en especial de los que más sufren.[3] Ávila, 20 de noviembre de 2016 [1] EG 24 [2] Francisco. discurso en el III Encuentro de Movimientos Populares, 5 nov 2016 [3] ídem[/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]
Declaración final del IX Congreso nacional de Pastoral Penitenciaria
Convocados por el Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española nos hemos reunido 300 congresistas para debatir y reflexionar sobre el lema “Abrazados en la Misericordia”. Este ha sido el centro de reflexión del IX Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria celebrado los días 16 al 18 de septiembre en el Escorial, en Madrid. Un Congreso que se ha visto enriquecido por la pluralidad de los participantes: capellanes, voluntarios de Pastoral Penitenciaria, funcionarios de prisiones, abogados, magistrados, trabajadores sociales, una participación de todos los agentes que intervienen en el mundo de la prisión, enriquecida por las ponencias, testimonios y reflexiones de los trabajos en grupo. Como Iglesia en salida de nuestras comunidades cristianas nos dirigimos a las periferias de la cárcel y su entorno para llevar la misericordia de Dios a las personas privadas de libertad. Hemos recibido la misericordia de Dios como don para ser entregado y compartido en un entorno penitenciario. Este reto comporta vocación y responsabilidad. En este IX Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria hemos trabajado las tres áreas que configuran nuestra pastoral, Religiosa, Social y Jurídica. Desde ellas queremos seguir trazando el futuro de nuestra Pastoral Penitenciaria. Desde el Área Religiosa – Constatamos que todavía hay comunidades cristianas y movimientos eclesiales que no están suficientemente sensibilizados con la realidad penitenciaria. Proponemos hacernos presentes en esas realidades eclesiales como son Arciprestazgos y Parroquias, para hacerles llegar los “gritos y necesidades” de nuestros hermanos en prisión. – Deseamos ser iglesia samaritana y misericordiosa de Dios en la cárcel, con nuestros gestos y con nuestra persona. En una sociedad cada día más vulnerable, somos “misericordia”, personas elegidas por Él para gritar que el amor y la misericordia de Dios se derraman dentro y fuera de la cárcel. Queremos ejecutar acciones religiosas, sociales y jurídicas que lleven a las personas a Dios, que es amor y libertad. – Llevamos la alegría del evangelio a la cárcel, para anunciar la liberación de los hombres y mujeres en prisión, “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad” (E.G. 187). Una alegría que libera e integra en la sociedad y en la comunidad cristiana. – Reconocemos nuestra propia debilidad y nuestra limitación personal, porque igual que los privados de libertad estamos necesitados de la misericordia de Dios. Sólo reconociendo nuestra limitación, nuestra necesidad de misericordia y perdón podremos ser agentes transmisores de amor, misericordia, y “Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en recibirlo de Dios” (M.V. 14). Nuestra limitación nos ayuda a comprender la limitación y necesidad de misericordia del hombre y mujer en prisión. Todo esto llevará a la conversión personal, al cambio de corazón y de mente, como motor que lleve a la plena reinserción y liberación integral. – Queremos ser voz de los sin voz en la iglesia y en la sociedad. Somos conscientes de la invisibilidad de la cárcel, de nuestra acción pastoral. Deseamos dar a conocer las necesidades de nuestros hermanos en prisión y la acción pastoral que la iglesia realiza en este campo concreto, en sus tres niveles de prevención, prisión y reinserción. – Desarrollaremos y mantendremos un perfil evangélico que incluya la acogida, la escucha, la equidad, la esperanza y una defensa de los derechos humanos. Tendremos presente una acción basada en cuatro pilares fundamentales de nuestro compromiso con la cárcel: la misericordia, la liberación, la redención y la evangelización. – Daremos a conocer la labor de la pastoral penitenciaria en Parroquias y en las Delegaciones de las diócesis y trabajaremos para que esté integrada en el plan de Pastoral de cada diócesis. Desde el Área Social – Necesitamos formación e información de los recursos que tienen las diócesis y entidades del ámbito penitenciario públicas y privadas, para una mejor respuesta a las necesidades de los privados de libertad. A la vez que necesitamos potenciar, a través de las parroquias, un núcleo de unión entre la cárcel y la sociedad. – Impulsaremos la organización y consolidación de los equipos de cada área, religiosa, social y jurídica, facilitando la formación continua. – Impulsaremos canales de comunicación y de coordinación entre la Pastoral Penitenciara, las Caritas Diocesanas, Parroquias, entidades de Iglesia y Servicios Sociales, para un trabajo conjunto centrado en las necesidades de la persona. – Potenciaremos líneas de acción con las familias antes del ingreso (prevención), les acompañaremos durante su estancia (prisión) y en las salidas (reinserción), implicando a las parroquias. Nos acercaremos en prisión, de manera especial, a aquellos internos que no reciben visitas, indigentes y con más dificultades de vinculación con la comunidad y con la sociedad. – Constatamos la necesidad de trabajar en procesos de apoyo y acompañamiento a la persona antes de su salida de prisión y a través de talleres específicos de preparación para la libertad. Desde el área social fomentaremos y crearemos dichos talleres que faciliten el acceso e incorporación a la sociedad libre. – Participaremos en la sensibilización y motivación de las parroquias, asociaciones y movimientos de iglesia para acoger a personas con medidas alternativas a la prisión Trabajos en Beneficio de la Comunidad (TBC) u otras medidas como un medio para evitar el ingreso en prisión. – Colaboraremos y nos coordinaremos con la Administración Penitenciaria y con los centros penitenciarios para detectar necesidades, con la participación de las personas privadas de libertad, con el fin de generar programas útiles adaptados a la realidad actual. – Participaremos como Pastoral Penitenciaria en el Consejo Social Penitenciario y en los Consejos Sociales de cada centro penitenciario. Estaremos presentes en aquellos foros y mesas sociales del ámbito penitenciario para el análisis, sensibilización y proyección de actividades que afectan a las personas privadas de libertad y donde se fomenten medidas alternativas a la prisión. – Trasladaremos a la Administración la revisión del subsidio de excarcelación. Vemos que esta ayuda llega dos meses después de la libertad, generando un tiempo de indigencia