En el XI Día Mundial del Circo, el Card. Peter K.A. Turkson envía un mensaje de aliento, basándose en la responsabilidad y la cultura del encuentro recordadas por el Papa Francisco en la Fratelli Tutti «Pido a los circenses de todas las latitudes que tanto están sufriendo en esta pandemia que lleven el circo, cuanto antes, a los lugares donde sufren los niños y los ancianos: los abuelos y los nietos, que son los espectadores más frecuentes bajo el chapiteau, han sido los que han pagado un precio muy alto y tienen tanta sed como los circenses de una explosión de pura alegría como la que puede dar el circo. Y también los que cuidan tanto su salud necesitan el bálsamo de la risa».. Así, el Cardenal Peter K.A. Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, encargado del acompañamiento pastoral de los itinerantes y de todos los cirqueros, en el mensaje dirigido a Urs Pilz, Presidente de la Federación Mundial del Circo, con motivo de la XI Jornada Mundial del Circo que se celebra el sábado 17 de abril de 2021. Sin embargo – ha agregado – «la prolongación de la situación de emergencia., así como de las medidas para evitar aglomeraciones, han amenazado la industria del circo, así como la existencia misma de estas empresas, a menudo familiares, que han tenido que endeudarse a la espera de tiempos mejores. Para proteger este arte, que en Europa nació hace más de 250 años y que lleva alegría a adultos y niños, es fundamental el apoyo financiero tanto por parte de la Unión Europea como de cada país, llamados a proteger a los más débiles así como a los sectores más vulnerables de la economía». La pandemia nos ha recordado que estamos «en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente», como dijo el Papa Francisco el 27 de marzo 2020 en una plaza de San Pedro vacía y mojada por la lluvia: encontrarnos frente a la prueba nos ha demostrado una vez más «que nadie se salva solo» y que «en medio de nuestra tormenta, [el Señor] nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar» Por eso, ha escrito también Turkson, «para que el sufrimiento del mundo no sea estéril, sino que tenga un sentido que nos ayude a preparar un futuro diferente, presagio de un cambio en lo creativo, el Papa nos exhorta a vivirlo como lo hizo el Buen Samaritano, modelo para construir relaciones reales y nuevas con los demás». Continúa leyendo en la noticia del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral
Día Internacional del Pueblo Gitano
Con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano que se celebra el 8 de abril, el departamento de Pastoral con los Gitanos de la CEE, ha hecho público un comunicado con el objetivo de reconocer el valor de este pueblo y su contribución al mundo de la cultura y a la historia de nuestra civilización. Un colectivo que continúa estando marcado por la discriminación entre muchos sectores, por ejemplo a la hora de acceder a un puesto de trabajo. Además, el departamento recuerda el 50 aniversario del primer Congreso Mundial Gitano celebrado en Londres en 1971. Sastipen Thaj Mestepen (Salud y libertad) Queridos hermanos/as gitanos/as, celebramos con alegría el 8 de abril, Día Internacional del Pueblo Gitano, y lo hacemos en el año que se cumple el 50 aniversario del primer Congreso Mundial Gitano celebrado en Londres en 1971. Congreso donde por primera vez se institucionaliza nuestro himno y nuestra bandera. Salud del pueblo gitano «Salud” lo que el pueblo Gitano siempre ha pedido y deseado para los demás y para los suyos, y más que nunca, en este 2021 “salud” para todos los pueblos de la tierra. Una salud que, al mirar los ojos de un Gitano o Gitana, hacen ver el vigor y la fuerza por la vida, una mirada que les hace recordar sus antepasados, su historia por el mundo, su historia como pueblo de Dios… Una historia que no ansía poder, ni gloria… únicamente desea mantener con salud su idiosincrasia, repleta de devoción, de respeto por sus ancianos, por su familia. A lo largo de su historia, la fe del Pueblo Gitano crece y descubre el amor a la naturaleza, el amor a los pequeños del reino, a la maternidad y poco a poco va encontrándose con el Amor de Dios. El Amor hacia Cristo Rey, ese rey sencillo que tiene como trono un madero, como corona las espinas y como joyas los clavos, pero ese rey sencillo que vence a la muerte y sana el pecado del mundo con su sacrificio y victoria. Esa es la salud del gitano, que, frente a penurias de desigualdad, persecuciones, racismo, prohibición de su lengua, etc. sigue caminando hacia adelante. Ya no decimos Gelem Gelem (anduve, anduve) sino Dromaral, Dromaral (caminar, caminar), por los caminos de la vida, mirando hacia el futuro repleto de esperanza. Libertad del pueblo gitano “Libertad”, una palabra que el Pueblo Gitano guarda en su memoria colectiva como la guarda el pueblo de Israel, no libertinaje, sino la libertad de los Hijos de Dios, la que da plenitud al alma y extiende las alas para volar. El cuaderno de un gitana, bandera gitana: Libertad que pedimos desde antaño para vivir en sintonía con la naturaleza, libertad de expresión, de cultura, de cantar de vivir. Nuestra creencia en Dios es lo que nos hace libre verdaderamente, y libremente queremos celebrarlo. El regalo más grande que nos hace Undevel, la libertad. El Pueblo Gitano peregrina hacia la tierra prometida, hacia donde sus sueños encuentren tierra fértil para crecer. El Pueblo Gitano son las mujeres y hombres libres que, frente a las vicisitudes de la vida, hemos sabido seguir hacia delante. El Pueblo Gitano es un pueblo que confía en Dios, en su alianza de amor y en su promesa de salvación, y que se abandona a sus manos. El Pueblo Gitano es un pueblo con memoria, que recuerda su historia, a sus ancestros, tradiciones y cultura. El Pueblo Gitano vive con alegría e intensidad cada día de su vida, preocupado por su presente y esperanzado en el futuro. El Pueblo Gitano es un pueblo de vida, que frente a una cultura del descarte y de la muerte, propone un modelo de existir basado en la familia. El Pueblo Gitano es un pueblo soñador, que sueña un mundo donde no existan diferencias de ningún tipo, seamos todos acogidos y acogedores, respetuosos y tolerantes, y tengamos todos las mismas oportunidades El Pueblo Gitano espera y anhela el Reino de Dios, y en esta espera nos acogemos al amor de su madre la “Majarí Calí”, que nos envuelva con su manto, nos abrace y nos ayude a construir un mundo mejor. Con nuestros mejores deseos, un abrazo fraterno y muchas felicidades en este día tan especial. Ponemos bajo la atenta mirada de nuestros beatos el tío Ceferino y la tía Emilia a todo el Pueblo Gitano, para que desde el cielo intercedan por nosotros.
Orientaciones pastorales sobre desplazados climáticos
Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos recogen hechos, interpretaciones, políticas y propuestas pertinentes al ámbito del fenómeno del desplazamiento por razones ambientales. Para empezar, les propongo retomar la famosa frase pronunciada por Hamlet, “ser o no ser”, y transformarla en “ver o no ver, ésa es la cuestión”. Todo, de hecho, empieza por nuestro ver, sí, por el mío y por el suyo. Estamos inundados de noticias e imágenes que muestran a pueblos enteros desarraigados de sus tierras a causa de desastres naturales provocados por el clima, por lo que se ven obligados a migrar. Pero el efecto que tienen estas historias en nosotros y cómo respondemos, si suscitan en nosotros respuestas fugaces o desencadenan algo más profundo, si nos parece algo lejano o las tenemos muy presentes, depende de nosotros, si nos esforzamos por ver el sufrimiento que conlleva cada historia para así “tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (Laudato si’, 19). Cuando las personas se ven obligadas a migrar porque el ambiente en el que viven ya no es habitable, nos puede parecer la consecuencia de un proceso natural, algo inevitable. Sin embargo, el deterioro del clima es muy a menudo el resultado de decisiones equivocadas y de actividades destructivas, del egoísmo y de la negligencia, que ponen a la humanidad en conflicto con la creación, nuestra casa común. A diferencia de la pandemia del COVID-19, que se abatió sobre nosotros repentinamente, sin previo aviso y casi en todas partes, y que nos afectó a todos a la vez, la crisis climática empezó a partir de la Revolución Industrial. Durante mucho tiempo se ha venido desarrollando con tal lentitud que ha sido prácticamente imperceptible, con excepción de unos pocos con visión de futuro. Incluso ahora, sus repercusiones se manifiestan de manera desigual: el cambio climático afecta a todo el mundo, pero quienes menos han contribuido a ello son los que más sufren sus consecuencias negativas. Sin embargo, al igual que la crisis del COVID-19, el número enorme y cada vez mayor de personas desplazadas a causa de la crisis climática, se está convirtiendo rápidamente en una gran emergencia de nuestra época, tal y como podemos ver casi todas las noches en nuestras pantallas, y que exige respuestas globales. Me vienen a la mente las palabras que el Señor pronunció por boca del profeta Isaías que, adaptadas a nuestra realidad, adquieren un significado especial: Venid entonces, y discutiremos. Si estáis dispuestos a escuchar, nos aguarda un gran futuro juntos. Pero si rehusáis y os negáis a escuchar y actuar, os devorará el calor, la contaminación, la sequía aquí y la subida de las aguas allí (cf. Isaías 1,18-20). Cuando miramos, ¿qué vemos? Muchos están siendo “devorados” en condiciones que son imposibles para la supervivencia. Obligados a abandonar campos y costas, casas y aldeas, huyen apresuradamente, llevando consigo tan sólo unos pocos recuerdos y pertenencias, fragmentos de su cultura y de su tradición. Partieron llenos de esperanza, con la intención de volver a empezar desde cero en un lugar seguro. Sin embargo, la mayoría termina viviendo en barrios marginales peligrosamente hacinados o en asentamientos improvisados, esperando su destino. Quienes han sido expulsados de sus hogares por culpa de la crisis climática necesitan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Quieren volver a empezar. Para que puedan crear un nuevo futuro para sus hijos, es necesario que se les permita hacerlo y se les tiene que ayudar. Acoger, proteger, promover e integrar son todos los verbos que se corresponden a acciones útiles. Quitemos, entonces, uno por uno, esos escollos que bloquean el camino de los desplazados, aquello que les reprime y margina, que les impide trabajar y acudir a la escuela, lo que les convierte en invisibles y les niega su dignidad. Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos nos invitan a ampliar la forma en que miramos este drama de nuestro tiempo. Nos impulsan a ver la tragedia del desarraigo prolongado que hace gritar a nuestros hermanos y hermanas, año tras año: “No podemos volver atrás y no podemos empezar de nuevo”. Nos invitan a tomar conciencia de la indiferencia de la sociedad y de los gobiernos ante esta tragedia. Nos piden que veamos y nos preocupemos. Invitan a la Iglesia y a demás personas a actuar juntos, y nos explican cómo podemos hacerlo. Esta es la obra que nos pide el Señor ahora, y en ella hay una inmensa alegría. No podemos salir de una crisis como la del clima o la del COVID-19 encerrándonos en el individualismo, sino sólo “estando unidos”, mediante el encuentro, el diálogo y la colaboración. Esta es la razón por la que me complace especialmente que se hayan elaborado las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos, en el marco del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, junto con la Sección Migrantes y Refugiados y el Sector de Ecología Integral. Esta colaboración es en sí misma una señal del camino a seguir. Ver o no ver, es la pregunta que nos lleva a responder actuando juntos. Estas páginas nos muestran qué necesitamos y qué debemos hacer, con la ayuda de Dios. Franciscus
Acoger a Cristo en los Refugiados y en los Desplazados Forzosos. Orientaciones pastorales
Ofrecemos un documento que sigue siendo imprescindible para la pastoral con los emigrantes y refugiados El Papa Benedicto XVI ha afirmado que el amor trasciende cualquier tipo de frontera o de distinción: «La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario.Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente” (cfr. Lc 10, 31), quienquiera que sea» (DCE, n. 25). Motivada por la caridad de Cristo y por su enseñanza: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36), la Iglesia ofrece su amor y su asistencia a todos los desplazados forzosos, sin distinción de religión o procedencia social, respetando en cada uno la inalienable dignidad de la persona humana, creada a imagen deDios. Por esta razón, el compromiso de la Iglesia hacia los migrantes y refugiados puede atribuirse al amor y a la compasión de Jesús, el Buen Samaritano. Al responder al mandamiento divino y al atender a las necesidades espirituales y pastorales de emigrantes y refugiados, la Iglesia no solamente promueve la dignidad humana de cada persona, sino que además proclama el Evangelio del amor y de la paz en situaciones de migración forzosa. Descarga aquí el documento
Sobre la situación social creada por la pandemia
Informe de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana a la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española presentado el pasado 17 de noviembre. Introducción El objetivo de este informe pretende ser una humilde contribución al conocimiento de la situación social del país en relación con la pandemia en la que estamos inmersos. Para ello, la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana realizó, durante el pasado mes de octubre, una consulta a los distintos organismos y departamentos de la Comisión con el fin de tener una información directa y precisa sobre la situación de las personas más vulnerables de nuestra sociedad. Muchas de estas personas están siendo atendidas por las comunidades cristianas y por los organismos eclesiales de la acción caritativa y social. Las fuentes de información que han participado en esta consulta son las siguientes: Cáritas Migraciones Pastoral del Trabajo Departamento de Turismo Departamentos de movilidad humana: gitanos, ferias, circos y carreteras Apostolado del Mar “Stella Maris” Pastoral Penitenciaria Trata Justicia y Paz Semanas Sociales El Informe, aunque se centra fundamentalmente en la situación real de los grupos afectados y atendidos pastoralmente por estos departamentos y organismos, toma también en cuenta la publicación de la reciente encíclica del Papa Francisco, “Fratelli tutti”, el desarrollo de la fraternidad universal (FT,9). Por ello, el análisis no es meramente sociológico y descriptivo, sino que tiene en cuenta la mirada a las personas en su situación de “Descarte” (ver números 18 y ss. de “Fratelli tutti”), pues en el fondo “no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” –como los no nacidos-, o si “ya no sirven” – como los ancianos” (FT,18). A lo largo de la reflexión, se propone también una síntesis de las “respuestas” que se están ofreciendo desde los ámbitos políticos, económicos y desde la Iglesia. El informe no pretende ser exhaustivo, pero sí significativo en lo que se refiere a la realidad de pobreza y marginación, contemplada por nuestros agentes pastorales y por los organismos directamente implicados en la pandemia. Con estos datos, se pretende orientar la misión evangelizadora de la Iglesia ante las realidades sociales más urgentes. 1. La crisis ha generado una rápida y profunda herida en nuestra sociedad La pandemia se ha convertido en un hecho social totalizante. No solo ha afectado a la salud de la población, sino que ha trastocado todas las dimensiones de la existencia. Desde los aspectos sociales y económicos a los familiares y religiosos. Nada ha quedado inmune a los efectos de una pandemia que ha acelerado e intensificado procesos sociales existentes, como la desigualdad y la exclusión, y ha creado enormes campos de incertidumbre para una ética de la vida. La convivencia ciudadana y los comportamientos políticos están sufriendo profundas alteraciones en todo el mundo por lo novedoso de la realidad y por la improvisación de las respuestas a los problemas. Todos constatamos que mecanismos políticos excepcionales, como puede ser el estado de alarma, se ha convertido en un instrumento casi permanente en nuestra precaria democracia. Los cambios profundos que hemos vivido desde el inicio de la crisis son todavía demasiado cercanos para analizar en profundidad sus consecuencias. Después de ocho meses de propagación del virus solo podemos observar los primeros impactos de una crisis que se caracteriza fundamentalmente por haber generado una profunda herida en nuestra sociedad con tres síntomas: la limitación de derechos, el incremento de la desigualdad en la sociedad y la desvinculación de la moral. 1º La limitación de derechos humanos El virus amenaza la vida y tensa al máximo desde los cuidados en el hogar hasta el sistema residencial de atención a los mayores, desde las atenciones en los hospitales hasta la muerte en soledad. La economía se ha hundido como consecuencia del desempleo y de la necesidad de paralizar el sistema productivo en determinados momentos para frenar la pandemia. 2º El incremento de la desigualdad en la sociedad española Hace poco más de un año, el VIII Informe FOESSA nos alertaba, en un contexto de crecimiento económico, de que 8,5 millones de personas estaban en una situación de exclusión social en nuestro país. De estas personas, 1,2 millones viven en la supervivencia pura y dura, y otros seis millones temían que la próxima sacudida se los llevara por delante. Pues bien, la pandemia ha venido a agravar la situación, a evidenciar las rupturas, tendencia y fallos de nuestra sociedad. Así ha dejado al descubierto una estructura social precaria, una desigualdad profunda, una falta de oportunidades para los últimos, una protección social claramente insuficiente y una comunidad debilitada que, aunque resurgió en el primer momento de la crisis, no es capaz de mantener la llama viva para avanzar hacia la “nueva normalidad”. 3º Cambios sociales y políticos que denotan su desvinculación de la moral Los escenarios sociales y políticos han cambiado profundamente generando una comprensión nueva del espacio público. Como bien subraya el Papa Francisco (FT, capítulo 1 “Sombras de un mundo cerrado”), la globalización, el mundo digital, la fatiga civil y política que llega hasta el hastío de las sociedades civiles, la desafección por la política y los políticos, la propia mercantilización de la sociedad o la falta de liderazgos sociales y políticos marcan una concepción de la vida pública diversa, compleja y enmarañada. Esta situación se ha visto acelerada e intensificada por la pandemia del COVID19 que ha alterado la vida pública. Si miramos el sustrato antropológico que predomina en la sociedad, podemos constatar que la cultura dominante tanto en el ámbito político como económico ha configurado un nuevo modelo social, cuyos axiomas principales son el relativismo, el individualismo y, como consecuencia, la búsqueda de la máxima ganancia sin tener en cuenta la situación y los problemas de los demás. 2. Manifestaciones del descarte en la crisis 2.1.- Desempleo y reducción de ingresos Antes de la aparición de la pandemia, nuestro país ya sufría una grave enfermedad en el ámbito laboral con
“Como Jesucristo, obligados a huir”
Mensaje de los Obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humanapara la 106ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado Queridos amigos: De entrada, algunas precisiones que nos pueden ayudar. Aunque normalmente se hable de personas refugiadas y migrantes indistintamente, no todas las personas que migran son refugiadas. Un migrante es una persona que abandona su país para ir a otro. Puede ser de forma voluntaria o se puede ver forzado a ello por una situación de violencia. Un refugiado es una persona que abandona su país porque quedarse supone un peligro para su vida. No todas las personas que corren peligro en sus casas abandonan su país. La gran mayoría opta por trasladarse a otra región más segura, ya sea porque la violencia no se ha extendido hacia esa parte, porque no tienen recursos o porque no se les permite cruzar las fronteras. Esas personas se conocen como desplazados internos. El papa Francisco ha decidido dedicar esta Jornada y este año al drama de los desplazados internos, un drama a menudo invisible, que la crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19 ha agravado. La Iglesia española quiere secundar las directrices del pontífice como directrices generales, porque en nuestro país no existen propiamente desplazados internos. ¿Pero no son desplazados internos las víctimas de trata que en nuestro país se desplazan huyendo de las mafias? ¿No son desplazados internos quien por las consecuencias económicas de la pandemia han tenido que cambiar de provincia, ciudad, barrio o casa? Y quienes han quedado al margen del sistema, engrosando el colectivo de pobreza severa ¿no son desplazados internos? ¿Cómo llamamos a los que han seguido llegando a nuestra patria en estos días terribles de la crisis sanitaria y deambulan de lugar en lugar? ¿No es deber nuestro darles visibilidad? La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado trata de poner rostro a estas personas vulnerables rescatándoles de las listas anónimas de cifras. Se trata de sensibilizar a la comunidad cristiana que reconoce a Jesús en cada persona obligada a huir. Se trata de sensibilizar a la sociedad española para que asegure los derechos de la dignidad humana a toda persona obligada a desplazarse. Todo lo que trabajemos por ellos y con ellos será poco. Los obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humana acompañamos a todos nuestros desplazados internos: migrantes, refugiados, víctimas de trata, menores en riesgo, feriantes, gentes del mar, gitanos y trabajadores del turismo y de la carretera. La situación en Europa y en España es muy preocupante dado que las previsiones para el tratamiento del fenómeno migratorio, van a afectar muy dolorosamente a las personas en movilidad humana ya sea por la enfermedad y sus secuelas, y por la previsible crisis social, económica, etc. que se avecina. Ya está afectándoles ahora mismo, en unos momentos en que las personas migrantes de todos los colectivos de la movilidad humana han soportado con ejemplar entereza los efectos de la pandemia y han respondido a ella con ejemplar dedicación y generosidad. El futuro va a suponer una dificultad mayor, entre otras causas, por los nuevos problemas en las fronteras y por el riesgo de que se produzcan situaciones de expulsiones de migrantes u otras medidas que puedan afectarles en su situación de migrantes forzosos. Confiamos, como hemos repetido en otras ocasiones, que todas las medidas que se adopten respeten la sagrada dignidad de las personas migrantes. Para ello, apoyándonos en los claros principios de la Doctrina Social de la Iglesia, creemos que es imprescindible el trabajo en Red entre todas las instituciones de Iglesia uniéndonos al esfuerzo de las otras instituciones de la sociedad civil. Queremos conjugar, para los colectivos que acompañamos, en estas circunstancias de emergencia por el COVID-19, los nuevos verbos propuestos por el Papa. “Acercarnos como prójimos”. «Los miedos y los prejuicios -tantos prejuicios-, nos hacen mantener las distancias con otras personas y a menudo nos impiden “acercarnos como prójimos” y servirles con amor. Acercarse al prójimo significa, a menudo, estar dispuestos a correr riesgos, como nos han enseñado tantos médicos y personal sanitario en los últimos meses». “Escuchar”. Hoy el mundo de hoy se multiplican los mensajes, pero se está perdiendo la capacidad de escuchar. «Durante el 2020, el silencio se apoderó por semanas enteras de nuestras calles. Un silencio dramático e inquietante, que, sin embargo, nos dio la oportunidad de escuchar el grito de los más vulnerables, de los desplazados y de nuestro planeta gravemente enfermo. Y, gracias a esta escucha, tenemos la oportunidad de reconciliarnos con el prójimo, con tantos descartados, con nosotros mismos y con Dios, que nunca se cansa de ofrecernos su misericordia». “Compartir”. Hay que aprender a compartir para crecer juntos, sin dejar fuera a nadie. La pandemia nos ha recordado que todos estamos en el mismo barco. Darnos cuenta que tenemos las mismas preocupaciones y temores comunes, nos ha demostrado, una vez más, que nadie se salva solo. “Involucrar”. La pandemia nos ha recordado cuán esencial es la corresponsabilidad y que sólo con la colaboración de todos -incluso de las categorías a menudo subestimadas- es posible encarar la crisis. Debemos «motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad» (Meditación en la Plaza de San Pedro, 27 marzo de 2020). “Colaborar”. «Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que afrontamos nos une a todos y no hace acepción de personas». (Mensaje Urbi et Orbi, 12 abril 2020). Para preservar la casa común y hacer todo lo posible para que se parezca, cada vez más, al plan original de Dios, debemos comprometernos a garantizar la cooperación internacional, la solidaridad global y el compromiso local, sin dejar fuera a nadie. Todos nos necesitamos para seguir conjugando estos verbos tan comprometidos. La experiencia de Jesús, obligado a huir, es fundante. Sabemos que él entiende, acompaña y fortalece a cada persona obligada a desplazarse. Es una suerte poder colaborar con él como pobres mediaciones. Estamos a vuestra disposición. Agradecemos a las Delegaciones de Migraciones,
Turismo y desarrollo rural
41.ª Jornada Mundial del Turismo La 41.ª Jornada Mundial del Turismo se celebra este año en el contexto incierto que está marcado por la evolución de la pandemia de Covid-19, cuyo final aún no se vislumbra. El resultado es una drástica reducción de la movilidad humana y del turismo, tanto internacional como nacional, que ha caído a mínimos históricos. La suspensión de los vuelos internacionales, el cierre de aeropuertos y fronteras, la adopción de estrictas restricciones en los viajes, incluso internos, está provocando una crisis sin precedentes en muchos sectores relacionados con la industria turística. Se teme que, en el peor de los casos, a finales de 2020 habrá una disminución aproximadamente de mil millones de turistas internacionales, con una pérdida económica mundial de casi 1.2 billones de dólares. El resultado sería una pérdida enorme de empleos en todo el sector turístico. Según el Secretario General de la Organización Mundial del Turismo, Zurab Pololikashvili: «El turismo ha sido el sector más afectado por el bloqueo mundial, con millones de puestos de trabajo en peligro en uno de los sectores de la economía con mayor número de mano de obra».[1] Este preocupante escenario —incluso impensable hace unos meses—, no debe paralizarnos y privarnos de una visión positiva del futuro. En este sentido, el Papa Francisco afirmó: «Porque peor que esta crisis, es solamente el drama de desaprovecharla […]. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes».[2] Turismo y desarrollo rural es el tema que la OMT, antes de la emergencia por el Covid-19, eligió para la presente Jornada y señala providencialmente uno de los caminos hacia una posible recuperación del sector turístico. Comienza con la invitación a tomar en serio y poner en práctica el desarrollo sostenible que, en el ámbito del turismo, significa un mayor interés por los destinos turísticos extraurbanos, los pueblos pequeños, las aldeas, los caminos y lugares poco conocidos y menos frecuentados. Esos lugares más escondidos para descubrir o redescubrir, precisamente porque son más encantadores e inexplorados. El mundo rural vive en estos lugares, lejos de las rutas del turismo masivo. Se trata, por tanto, de la promoción de un turismo sostenible y responsable que, realizado según los principios de la justicia social y económica, y en el pleno respeto del medio ambiente y de las culturas, reconozca la centralidad de la comunidad local anfitriona y su derecho a ser protagonista y socialmente responsable en el desarrollo sostenible del propio territorio; un turismo que favorezca, por lo tanto, la interacción positiva entre la industria turística, la comunidad local y los viajeros.[3] Este tipo de turismo puede convertirse en un motor para apoyar la economía rural, que se basa en la agricultura y, a menudo, en haciendas familiares de pequeñas dimensiones, en zonas marginales y con bajos ingresos producidos por el sector alimentario. El turismo y la agricultura rural pueden convertirse así en dos componentes esenciales de un mundo nuevo que se espera construir. Un turismo realizado por y a través de las personas. Por otra parte, los pequeños agricultores son los primeros guardianes de la creación, a través de su paciente y arduo trabajo de la tierra. Los turistas son los visitantes que pueden convertirse en defensores del ecosistema, si viajan de forma consciente y sobria. Entonces, viajar a destinos rurales puede significar, concretamente, apoyar la producción local de las pequeñas explotaciones agrícolas, que se lleva a cabo de manera compatible con las leyes de la naturaleza. De esta manera, un viaje podrá tener el sabor de la historia y abrir el corazón al amplio horizonte de la fraternidad y la solidaridad. El turismo que sabe mirar y compartir los dones de la tierra en el ámbito rural se convierte también en un modo concreto para aprender nuevos estilos de vida. Ciertamente, la sabiduría de quien cultiva la tierra, hecha de observación y espera, puede ayudar al agitado mundo moderno a armonizar los tiempos de la vida diaria con los de la naturaleza. Acercar el turismo y el desarrollo rural es una buena manera de aprender nuevas culturas, de dejarse contagiar por los valores del cuidado y la protección de la creación que, hoy en día, representan no sólo un deber moral sino una urgencia de acción colectiva. El “turismo rural” se convierte así en el lugar donde se aprende una nueva forma de relacionarse con los demás y con la naturaleza. Y todo cambio personal debe comenzar por comportamientos verdaderamente transformadores; para ello, es necesario ponerse en marcha, y para hacerlo se necesita un objetivo: el mundo rural puede ser todo esto. El turismo se desarrolla si se realiza de manera cuidadosa, tranquila y sostenible, esto significa respetar las actividades agrícolas, los ritmos de vida de las poblaciones rurales, apreciando la autenticidad que todavía se conserva en zonas enteras del interior, dejándose sorprender por las muchísimas pequeñas cosas que se pueden ver, eligiendo productos agrícolas locales. De esta manera se pueden apreciar las diferencias, pequeñas o grandes, entre las tradiciones, lugares y comunidades que se encuentren. Entonces, ¿por qué no recurrir a un turismo que promueva las zonas rurales y marginales conociéndolas a pie? Esto nos permitirá frenar y evitar los riesgos del frenesí.[4] Precisamente en este período, el turismo puede convertirse en un instrumento de proximidad. Sí, nuestro mundo postmoderno necesita proximidad, es decir, cercanía en las relaciones y, por ende, de los corazones. Y el turismo, que en cualquier caso implica el movimiento de personas y bienes, debe mostrar ahora su faceta transformadora, como actividad recreativa que haga crecer el espíritu de fraternidad entre los pueblos. En un periodo de incertidumbre por los movimientos de personas, de los que el turismo sufre las mayores consecuencias de forma inmediata y directa, creemos que es necesario tomar medidas para apoyar los ingresos de los trabajadores de este sector, como también para cuidar y defender las comunidades rurales más vulnerables de cada territorio. De esta manera,
Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación
El mensaje del Papa sobre la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se hace público cuando comienza el «Tiempo de la Creación» que dará comienzo el 1 de septiembre como un «Jubileo de la Tierra». «El concepto «Jubileo» se enraiza en la Biblia y subraya que tiene que existir un balance sostenible entre las realidades social, económica y ecológica. Con este motivo, la Comisión Episcopal para Pastoral Social y Promoción Humana, hace público un mensaje en el que recuerda que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás. MENSAJE ANTE LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN (1 de septiembre de 2020) EL CUIDADO DE LA FRAGILIDAD El Papa Francisco nos ha recordado que la pandemia del COVID19 ha sido una auténtica tempestad, pues ha “desenmascarado nuestra vulnerabilidad y ha dejado al descubierto nuestras falsas y superfluas seguridades”[1]. Como consecuencia de ello, vivimos tiempos de hondo sufrimiento, incertidumbre y perplejidad que agudizan la urgencia del cuidado de la fragilidad. La experiencia de estos meses de pandemia ha puesto al descubierto la convicción, expresada en Laudato si, “de que en el mundo todo está conectado”[2]. Estamos experimentando a flor de piel la interdependencia planetaria, la corresponsabilidad fraterna y la necesidad de la compasión humana. Esta tempestad global, ha impactado en un mundo sumido en una profunda “crisis de los cuidados”. Esta crisis tiene sus manifestaciones en los descuidos hacia “nuestra oprimida y devastada tierra” (LS 2), en los descuidos hacia nuestros hermanos y hermanas bajo la “cultura del descarte” (LS 43), y en el descuido de nuestra vida interior que tanta relación tiene con “el cuidado de la ecología y con el bien común” (LS 225). En tiempos de zozobra, cuando los descuidos nos asaltan, hemos de pedir a Dios una auténtica revolución de la ternura y de los cuidados que nos ayude a mostrar, desde la oración y el servicio silencioso, que “el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS 70). Velar responsablemente por nuestra vida es un imperativo evangélico, pero este cuidado no puede convertirse en un egoísmo indiferente que olvida a los prójimos y no custodia la creación “que gime bajo dolores de parto” (Rom 8, 22). En ningún momento hemos de olvidar “la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás”[3]. “La Caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14) y nos impulsa a cuidar la fragilidad de nuestra “madre tierra, la de nuestros semejantes y la propia, pues somos “templos del espíritu”[4]. En todo momento, hemos de reconocer que no son dimensiones independientes, sino espacios intrínsecamente relacionados entre sí que aspiran a construir una “sociedad de los cuidados”. “Custodios de todo lo creado” (LS 236) Como Obispos de la Comisión Episcopal para la Pastoral social y Promoción humana, queremos haceros participes de nuestros sueños en un mundo donde los cuidados estén en el centro de la política, la economía, la ética, la familia y la pastoral. La conversión ecológica se hace apremiante en nuestros días. La crisis del COVID19, como nos ha recordado el Papa reiteradamente no es un asunto absolutamente independiente de la crisis ecológica que vive el planeta. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación tienen una relación directa con la génesis y desarrollo de enfermedades. Cuidar de la “madre tierra” lleva consigo nuestro propio cuidado, pues no podemos olvidar que “somos tierra” (LS 2). Con especial intensidad, en estos tiempos de tránsito, custodiar la casa común significa construir una “cultura del cuidado” de la Creación. “La ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad” (LS 143) para promover un nuevo estilo de vida[5]. La cultura del cuidado de la Creación debe “cultivar sin desarraigar” (QA, 28) una verdadera conversión de las ideas, las actitudes y las prácticas. Un cultivo para cosechar miradas “que vayan más allá de lo inmediato” (LS 36) y que aceleren la venida del Reino[6]. Cuidar del prójimo Estos meses hemos podido contemplar el potencial humano para el cuidado de los hermanos y hermanas. Las profesiones del cuidado han sido testimonio de la grandeza de la humanidad, las familias han sabido acompañar incluso en la distancia, las organizaciones sociales han respondido con prontitud y creatividad al impacto social de la pandemia, y la Iglesia, desde su profunda humildad, se ha mostrado “experta en humanidad” (Pablo VI) en momentos complejos. Las personas, creadas para amar, hemos constatado que “en medio de los límites brotan inevitablemente gestos de generosidad, solidaridad y cuidado (LS 58). También, con dolor profundo, hemos podido observar el abandono injusto de miles de personas mayores por el mero hecho de la edad, el crecimiento de las desigualdades sociales y educativas, así como algunas prácticas irresponsables de personas e instituciones que hacen aún más urgente una conversión de los cuidados. Toda la vida está en juego cuando descuidamos la relación con el prójimo, pues tenemos el encargo y el deber de cuidar y custodiar a nuestros prójimos cercanos y lejanos. “Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro” (LS 70). la Iglesia debe participar en las cadenas globales de cuidados que se expresan desde la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta[7]. Espiritualidad del cuidado No hay conversión pastoral posible sin el cuidado profundo del gusto espiritual de ser tierra[8] y pueblo[9]. La paz interior, la profundidad del corazón, la experiencia de sentirse cuidado por un “Dios que es Amor” (1ª Jn 4,8) son condiciones básicas “para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo y para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente” (LS 241). Sin una mística que nos anime, nos aliente y nos
«Sentado a la mesa con ellos (Lc 24, 18)»
Festividad del Corpus Christi, día de la Caridad – 14 de junio En la solemnidad del Corpus Christi, el Señor, compadecido de nuestra enfermedad pandémica, de nuestra desesperanza y soledad, nos invita a encontrarnos con Él en el camino y a sentarnos a comer a su mesa. Espera así que, unidos a Él, nos convirtamos en testigos de la fe, forjadores de esperanza, promotores de fraternidad y constructores de solidaridad en medio de esta situación tan dolorosa que estamos atravesando. 1.- En un singular ayuno eucarístico Hemos vivido semanas sin poder participar física y plenamente de la Eucaristía. Poco a poco vamos volviendo a una cierta normalidad al poder recuperar la participación del Pueblo de Dios en la mesa del Señor. Esta participación será progresiva y estará condicionada por el cumplimiento de las condiciones de aforo y de las normas. Muchos niños no han podido celebrar aún la Primera Comunión y no podrán acompañar a Jesús sacramentado por las calles de nuestros pueblos y ciudades el día del Corpus Christi. Quera el Señor que esta situación de ayuno eucarístico haya acrecentado en nosotros el deseo de la Eucaristía y la necesidad de profundizar en su ser y significado. 2.- La tentación del abandono El Evangelio según san Lucas contiene un pasaje precioso que recoge la experiencia de dos discípulos que habían abandonado la comunidad, se habían sentido engañados y abandonados por Jesús, que no había cumplido sus expectativas. Desanimados y entristecidos, caminaban esa tarde de domingo hacía la aldea de Emaús. Atrás quedaban sus ilusiones y esperanzas, marchitadas por la incomprensible muerte de su Maestro. De pronto, el sombrío discurrir de sus pensamientos se fue llenando de luz al compartir su historia con un Peregrino que les alcanzó por sorpresa. Durante aquel encuentro, el Peregrino fue disipando sus dudas y tocando su corazón. Les cautivó de tal manera que ya no les importaba su noche, sino la de aquel buen hombre que quería continuar su camino; “quédate con nosotros”, le dijeron. Sentado a la mesa con ellos, al repetir los gestos de la última cena, mientras pronunciaba la bendición, partía el pan y se los iba dando, lo reconocieron. Al momento desapareció de su vista, pero les quedó clara una cosa: Cristo resucitado les había alcanzado para compartir con ellos sus oscuridades, abrir su corazón al sentido profundo de las Escrituras, compartir la mesa, alimentar su vida espiritual, edificar la comunidad e implantar el Reino. Ahora tocaba volver a Galilea para, juntos, comenzar la misión que el Maestro les había encomendado. En nuestros días, son muchas las personas que, como los discípulos de Emaús, caminan por la vida con desánimo, sin rumbo, desengañados por malas experiencias. En ocasiones, expulsados de la convivencia social, estos hermanos viven y mueren solos ante la indiferencia de casi todos. Algunos fueron empujados a su Emaús particular por desengaños amorosos, por fracasos personales, por creerse autosuficientes o porque, sencillamente, no encontraron sitio en una sociedad tremendamente competitiva. Esta situación de muchos hermanos y hermanas nuestros se ha visto agravada por la reciente pandemia que venimos padeciendo desde hace meses. Dios necesita de cada uno de nosotros para hacerse presente a tantos caminantes de Emaús que avanzan sin rumbo y sin ánimo. Algunos, además, no cuentan con lo necesario para llevar una vida digna pues carecen de la acogida social, de un hogar adecuado y del alimento necesario para el sustento diario. Esta pandemia no solo nos está dejando dolorosas muertes, sino que está provocando además una grave crisis económica y social. Como consecuencia de la crisis, está creciendo el número de personas que sufren física, social, psicológica y espiritualmente. Muchas ya están experimentando la noche oscura de los discípulos de Emaús al pensar que todo está perdido. Sin embargo, en medio de tanto dolor y desánimo, al igual que los discípulos de Emaús, bastantes hermanos están descubriendo la presencia misericordiosa de Dios en aquellos que el Papa Francisco ha llamado “los santos de al lado”: el personal sanitario, las fuerzas de seguridad, los capellanes de los hospitales, los vecinos… han sido como estrellas de esperanza en el oscuro camino que nos ha tocado recorrer. Hoy, más que nunca, tenemos necesidad de muchas personas que puedan ser “santos de al lado”, de los que Dios se pueda servir para hacerse presente y ofrecer esperanza a quienes caminan perdidos y desesperanzados. En medio de tanto dolor, no podemos olvidarnos de aquellos hermanos nuestros que han fallecido por la infección del virus. Oramos por ellos para que participen por toda la eternidad de la victoria del Resucitado. Encomendamos también a sus familiares y amigos para que, además de experimentar la cercanía y el calor de los más cercanos, puedan también descubrir en Jesucristo el fundamento de su esperanza y el faro que ilumine su peregrinación por este mundo hasta el reencuentro futuro. La Iglesia, la familia de los hijos de Dios, imitando a su Maestro, quiere seguir ofreciendo el sustento material a quien lo necesita, el acompañamiento a quienes se sienten solos y el alimento espiritual, que nace de la Palabra y de los Sacramentos, a todos los que tienen hambre de Dios o necesitan encontrarse con Él para descubrir el verdadero sentido de su vida. Esta es la gran obra social que la Iglesia, nacida del mismo Jesucristo, quiere seguir realizando hasta el encuentro definitivo con el Padre. 3.- Eucaristía: fuente del amor, de la comunión y del servicio El día antes de culminar su entrega a Dios y a los hermanos, muriendo en la cruz, Jesús, durante la última cena con sus discípulos, quiso dejar un memorial de su obra de salvación instituyendo la Eucaristía. Durante la celebración, pide a los discípulos que renueven aquel gesto y aquellas palabras en memoria de su vida entregada por amor. Con las palabras “haced esto en memoria mía”, confía a la comunidad cristiana el encargo de reunirse con asiduidad para celebrar este misterio de amor y comunión. La Eucaristía es, por tanto, para el cristiano, el memorial del