Comunicado final de las XX Jornadas Generales de Pastoral Obrera Los días 15 y 16 de noviembre, el Departamento de Pastoral Obrera, presidido por Mons. Antonio Algora Hernando, nos ha convocado en Madrid a la Iglesia que peregrina en España en medio de la vida del mundo obrero, para celebrar las XX Jornadas Generales de Pastoral Obrera. Este año bajo el lema: «A los veinte años de la pastoral obrera de toda la Iglesia. Dignidad y Esperanza en el mundo del trabajo». Hemos acudido a esa convocatoria más de ciento cincuenta personas de 37 diócesis, con el objetivo de profundizar desde las experiencias compartidas, y desde la reflexión y la oración común, en: La acción de gracias por el camino evangelizador recorrido en el mundo obrero a lo largo de estos últimos veinte años La propuesta del Evangelio como alegría y esperanza para nuestros hermanos ante la nueva configuración del trabajo humano La presencia eclesial y la tarea evangelizadora en el mundo del trabajo que estamos llamados a seguir realizando. Nos han acompañado militantes de los movimientos apostólicos, religiosos y religiosas presentes en el mundo obrero; hemos contado también con las palabras de aliento de Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid. Iluminados por las reflexiones de los distintos ponentes, empujados por la fuerza del Espíritu, hemos dado gracias al Padre por la riqueza del camino recorrido por la pastoral obrera de toda la Iglesia a lo largo de más de sesenta años, y especialmente por el regalo que supuso la publicación del documento «La Pastoral Obrera de toda la Iglesia». En estos últimos veinte años el mundo del trabajo ha sufrido unos cambios profundos, que dotan de una configuración absolutamente nueva al trabajo, y que afectan a todas las dimensiones de la existencia. Conscientes de la realidad dolorosa que hoy vivimos en el mundo del trabajo, queremos compartir con todos, un mensaje de denuncia y esperanza: Con las mismas palabras del papa Francisco, denunciamos, una vez más, que esta economía mata. Que el sometimiento de la vida de los pobres a la codicia de unos pocos ha generado un sistema inhumano que antepone el beneficio a la dignidad sagrada de las personas. Queremos denunciar que este sistema económico empobrece, precariza la vida de las mujeres y hombres trabajadores, hiere radicalmente su dignidad, frustra proyectos de vida personales y familiares, excluye, descarta y siembra de muerte los caminos de la existencia humana. Queremos denunciar que negar la dignidad humana, impidiendo el trabajo decente que haga posible una vida digna, es negar a Dios mismo, de quien tenemos en los pobres el rostro sufriente. Este sistema construye una forma de ser hombre y mujer hoy que deshumaniza. Queremos denunciar que el actual sistema político no está al servicio del bien común y de los más pobres, no está al servicio de la vida de las personas, sino que se ha convertido en amparo de corruptos y amorales. Necesitamos regenerar y dignificar la política al servicio del bien común. Ni podemos, ni queremos permanecer impasibles e indiferentes ante el sufrimiento humano que la nueva configuración del trabajo humano, y de la sociedad, están generando. Nos urge a responder evangélicamente el mismo amor de Cristo, que se hizo pobre por nosotros hasta dar su vida para que todos tuviéramos vida, porque la persona humana es siempre lo primero en el proyecto del Reino de Dios. Por eso como signo de esperanza, nos comprometemos: A vivir la conversión pastoral a la que nos llama el papa Francisco para seguir siendo Iglesia encarnada en el mundo obrero. Nuestra propia vida personal, y nuestra vida eclesial han de ser testimonio encarnado del amor preferente de Dios por los empobrecidos. Por eso estamos dispuestos a trabajar con nuestros obispos para que la presencia pastoral y samaritana, la presencia compasiva de la Iglesia acompañe especialmente a desempleados y a trabajadores precarios, a sus familias, a los jóvenes, mujeres y migrantes, a las víctimas de accidentes laborales y sus familias, a los trabajadores de la economía informal y sumergida. A seguir anunciando la propuesta de liberación de Jesucristo para el mundo obrero. A esta tarea somos enviados por nuestra Iglesia para recorrer solidariamente los caminos en cuyas cunetas quedan hermanos nuestros, Estamos convocados a una nueva imaginación de la caridad y la justicia, llegando hasta las periferias del mundo obrero. A generar espacios de encuentro que devuelvan el protagonismo vital a quienes son excluidos por este sistema económico y político, que posibiliten otra economía, otro trabajo posible, en clave de humanización, que ponga siempre en el centro a las personas. Estamos convocados a ser Iglesia, casa de todos. Queremos invitar a toda la Iglesia a poner en marcha, de manera creativa, posibilidades concretas de economía de comunión que muestren que podemos establecer nuevas relaciones sociales y económicas basadas en la lógica del don y la gratuidad. A trabajar por, y a seguir reclamando proféticamente, un trabajo decente para todos, que haga posible la vida digna personal y familiar, y la construcción de proyectos sociales, económicos, y políticos de fraternidad, solidaridad y justicia, cuyo eje sean los más débiles y los descartados de nuestro mundo. Del mismo modo nos comprometemos, y animamos a sostener y apoyar aquellas iniciativas que ya existen y que hacen posible otra economía, otro trabajo, otra sociedad, acorde con la que Dios, Padre de Misericordia, sueña para todos sus hijos e hijas. Queremos llevar este mensaje de esperanza a nuestras diócesis y movimientos, ofrecerlo como propuesta a nuestras comunidades, a trabajadores y empresarios, a creyentes y no creyentes, a hombres y mujeres de buena voluntad, a todos aquellos dispuestos a seguir abriendo caminos de esperanza para recuperar la dignidad en el mundo del trabajo. A María, Madre de los pobres, madre del divino obrero de Nazaret, confiamos nuestra tarea. Madrid, 16 de noviembre de 2014
Construyamos espacios de esperanza
Festividad del Corpus Christi, día de la Caridad 2014) La fiesta del Corpus Christi nos invita a entrar en el misterio de la Eucaristía, «misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad». La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla también la esperanza, pues allí donde el ser humano se siente amado, experimenta la salvación de Dios y descubre que es posible la esperanza. Desde este misterio de amor y de esperanza, que es la Eucaristía, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social invitamos a todos los cristianos, y de manera especial a cuantos trabajáis en la acción caritativa y social, a abrir los ojos al sufrimiento de nuestros hermanos más pobres, a escuchar el clamor de los pueblos que padecen hambre y a construir juntos espacios de esperanza. Miremos la realidad desde los pobres «He visto la opresión de mi pueblo» (Ex 3,7), dice Dios. La caridad comienza por abrir los ojos a la realidad, pero la realidad se puede mirar y valorar de diferentes maneras. Podemos ver la realidad desde el beneficio de las grandes empresas, desde el fluir de los préstamos bancarios, desde los intereses del mercado, desde la reducción del déficit y los resultados macroeconómicos o podemos leer la realidad desde el número de los parados, desde los desechados por el sistema, desde las rentas mínimas, desde los índices de pobreza, desde los recortes de los derechos sociales. Nosotros queremos ver la realidad con los ojos de Dios, desde el lado de los pobres, como nos pide también el Papa Francisco. Una mirada así, desde la realidad y los derechos de los pobres, nos permite señalar algunos indicadores verdaderamente preocupantes: Escuchemos el clamor de los pueblos Nuestro Dios, que tiene ojos abiertos para ver, tiene también oídos atentos para escuchar a su pueblo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7). Y hoy hemos de escuchar «el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra» (EG n. 190) que no solo tienen derecho a la comida o a un decoroso sustento, sino también a otros bienes que les permitan vivir con dignidad, lo que implica educación, acceso al cuidado de la salud, acceso al trabajo y a otros medios de desarrollo. Esta es la llamada que nos hace Caritas Internationalis en su campaña “Una sola familia, alimentos para todos”, que queremos acoger y secundar también en el Día de la Caridad. No podemos olvidar que, según la FAO, hay más de 845 millones de personas con hambre crónica en el mundo, lo que constituye un verdadero motivo de escándalo, pues sabemos que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta, problema que se agrava con la práctica generalizada del derroche y el desperdicio de alimentos. Generemos espacios de esperanza Ante el sufrimiento de los pobres y el clamor de los pueblos, no podemos quedar inactivos ni sumidos en la indiferencia y el desaliento. Las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (Lc,19) son una invitación a hacernos don, alimento, esperanza para los pobres. Así nos lo recuerda el Papa Francisco: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad: esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (EG n.187) Ser instrumentos de liberación y promoción de los pobres, significa hoy –según nos dice Cáritas en su Campaña- construir espacios que sean germen de un futuro distinto y generen esperanza. Y generamos espacios de esperanza en medio de una sociedad asfixiada por la crisis: Con estacampaña Cáritas quiere ayudarnos a tomar conciencia del gran papel que jugamos cada persona, cada familia, cada comunidad, en este momento de la historia. Es una invitación a construir espacios de vida, de novedad, de justicia, de fraternidad, para restaurar los derechos de todas aquellas personas que viven en situación de pobreza y vulnerabilidad. Por eso, con palabras de Francisco os decimos: «no os dejéis robar la esperanza». Desde el misterio de la Eucaristía, vida entregada para la vida del mundo, os animamos aquí y ahora, en este momento de nuestra historia, a mirar la realidad desde los pobres, a escuchar su clamor y a generar cada día pequeños espacios de esperanza. Comisión Episcopal de Pastoral Social BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 10. Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59. Cfr. FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 187-192. En adelante EG. Nos referimos a los datos de Eurostat (2013) y al estudio “Análisis y Perspectivas 2014” de la Fundación FOESSA, publicado el 27 de marzo de 2014 bajo el título “Pobreza y Cohesión Social”. Cfr. FRANCISCO, Exhortación Evangelii Gaudium, 192. Cfr. FRANCISCO, Exhortación Evangelii Gaudium, 191.
Si falta trabajo, la dignidad humana está herida
Nota del Departamento de Pastoral Obrera de la CEE para la festividad del 1º de mayo, San José Obrero Desde sus comienzos la Doctrina Social de la Iglesia ha fundamentado la dignidad de toda persona en la condición de hijos e hijas de Dios, y ha proclamado la necesidad de poner en práctica el principio evangélico que invita a la acción: “os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). El primero de mayo, fiesta de San José Obrero y fiesta cristiana del trabajo, supone para los trabajadores que profesan la fe la ocasión de recordar y agradecer, también, esas luchas por la dignidad y la justicia de todos aquellos que han hecho de su vida un compromiso en favor de la dignidad del trabajo humano, que se han esforzado por reconocer en él la dignidad de los trabajadores y trabajadoras que lo realizan. En cada hombre y mujer que diariamente se esfuerza en realizar su trabajo, con el que contribuye a realizar la voluntad creadora y salvífica del Padre, contemplamos el sagrado reflejo de Dios que quiso encarnarse en Jesús de Nazaret para mostrarnos el verdadero camino de humanización y liberación que nos dirige y acerca hacia el Reino de la Paz y la Justicia, hacia el Reino de la Vida y del Amor. Por eso, cualquier ataque a la dignidad del trabajo humano es, intrínsecamente, un ataque a la dignidad de los hombres y mujeres que lo realizan, y por ello una negación de Dios. El desempleo, la precariedad laboral, el subempleo, la economía sumergida, las condiciones de explotación o de inseguridad e insalubridad laboral, el trabajo infantil, la discriminación laboral por razones de sexo o raza, la injusticia de los salarios y otras condiciones laborales, todo ello son heridas a la dignidad humana que se clavan en las personas de los trabajadores, y que repercute gravemente en sus condiciones de vida, y en las de sus familias, deshumanizando su existencia. Cuando la vida social –también el trabajo- pone en el centro al dinero, y no a la persona, negamos la primacía del ser humano sobre las cosas, negamos la primacía de Dios (Evangelii Gaudium 55). La manera de concebir hoy el trabajo humano genera pobreza y exclusión y deshumaniza a los trabajadores. Como creyentes en el Dios de la Vida no podemos permanecer impasibles ante ese sufrimiento humano. Estamos llamados a trabajar por la humanización de nuestro mundo, en caminos de justicia y solidaridad que construyan el bien común, pues como nos ha recordado el Papa Francisco, hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto (Evangelii Gaudium 187). Ya el Beato Juan Pablo II nos hizo caer en la cuenta de que en la mayoría de los casos “los pobres aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia” (Laborem Exercens 8). En estas fechas no podemos dejar de recordar a quienes han perdido la vida o la salud en los llamados “accidentes laborales”. La siniestralidad laboral es una lacra, muchas veces fruto de las mismas condiciones de precariedad, de inseguridad, de escasa formación, de temporalidad en la contratación, y de baja remuneración, que pone de manifiesto esas heridas a la dignidad del trabajador y del trabajo humano, pero que sobre todo tiñen de dolor la existencia de tantas familias que se ven abocadas a la pérdida de sus seres queridos, a la incapacidad de sus miembros para poder trabajar, y que se ven condenadas a una existencia más sumida en la pobreza. Precisamente el 28 de abril, unos días antes del primero de mayo, se celebra el Día Internacional de la Salud y la Seguridad en el Trabajo. Para nosotros es ocasión de orar por los “obreros muertos en el campo de honor del trabajo”, como decimos al rezar la oración que marca cotidianamente la existencia de los militantes de los movimientos apostólicos obreros. Es ocasión de reforzar la cercanía misericordiosa y compasiva con las familias de las víctimas de la siniestralidad laboral. Y es ocasión de sentirnos urgidos en nuestra militancia cristiana a denunciar las condiciones deshumanizadas en que tantas veces se desenvuelve el trabajo humano, y las consecuencias catastróficas de muerte, pérdida de salud, y pobreza familiar que entrañan. Celebrar el primero de mayo desde la fe en Jesucristo es para la Iglesia motivo de esperanza y compromiso. Es querer proclamar que “en el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los nuevos cielos y otra tierra nueva» (Laborem Exercens 27). Celebrar el primero de mayo desde la fe es sentirnos nuevamente comprometidos a trabajar por un trabajo digno para todo hombre y mujer. El que nos recordaba Benedicto XVI que, en cualquier sociedad, ha de ser “expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un
El cuidado pastoral de los migrantes y refugiados en Europa: una propuesta de comunión
Los obispos y delegados responsables de los migrantes de las Conferencias Episcopales de Europa han mantenido un encuentro en Malta, del 2 al 4 de diciembre de 2013, sobre el cuidado pastoral de los migrantes y refugiados en Europa: una propuesta de comunión. En este encuentro ha ofrecido una ponencia el presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones de la CEE y obispo de Albacete, Mons. Ciriaco Benavente, que reproducimos a continuación. También se incluye la ponencia introductoria, las conclusiones y una crónica del encuentro. «Cooperación entre las Iglesias para el cuidado de los emigrantes y refugiados» Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos, obispo de Albacete Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones “La Iglesia no ha llegado a ser universal y multicultural en el curso de su historia, lo es por su origen de comunidad de creyentes abierta al mundo entero. La Buena nueva se dirige a toda la creación, no está restringida a un grupo cultural o ciertas razas. Nunca es una Iglesia nacional, siempre es universal…. Tenemos que estar siempre listos para rechazar la tentación de Babel, para poder buscar los caminos que nos permitan vivir Pentecostés. La unidad que buscamos no es la de la uniformidad. Nos inspiramos en la unidad del Dios trino, a la vez uno y distinto, religado esencialmente por el amor (Kurt Koch, obispo de Bâles) 1.- Introducción Probablemente en todas nuestras Conferencias Episcopales hemos tratado reiteradamente el tema de la cooperación entre Iglesias. Tengo delante un texto de la Conferencia Episcopal Española, de 3 de marzo de 2011, cuyo título coincide casi literalmente con el que me ha sido asignado para esta intervención. Bastaría con cambiar lo de cooperación “misionera” por cooperación “para el cuidado de los emigrantes y refugiados”. Todo lo que se ha dicho sobre cooperación, referido a la missio ad gentes , es válido también en el campo de las migraciones. La experiencia de la misión ad gentes puede ser paradigmática tanto en lo referente a la cooperación entre Iglesias como en el trabajo evangelizador. Las gentes no sólo están allende los mares; muchos viene viven ya aquí, entre nosotros, son inmigrantes . En numerosos documentos se nos exhorta a los obispos a esta cooperación. El Pontificio Consejo nos señala posibilidades diversas, desde la “Exul Familia” hasta “Erga migrantes caritas Christi”. Me propongo tres pasos : primero, recordar alguno textos significativos del Magisterio en que se nos exhorta a la cooperación. La rememoración intensifica las convicciones y ablanda las resistencias que en nosotros pudieran existir. Son tantos los campos que reclaman nuestra solicitud pastoral que, sin darnos cuenta, los límites de nuestro horizonte pueden acabar coincidiendo con los de la Diócesis. En segundo lugar recordaré algunas experiencias de colaboración ya realizadas. Finalmente apuntaré algunas otras posibles pistas de colaboración. Nuestra iglesia ha recibido la gracia y, por tanto, la gozosa obligación de ser signo de comunión y colaboración en medio de un mundo globalizado, pero con fuertes divisiones y con intereses nacionalistas fuertes: ”La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos”(Caritas inveritate,19) La globalización, con el creciente fenómeno de la movilidad y la imposibilidad de responder individualmente a los desafíos, reclaman intensificar en cantidad y en calidad la colaboración entre Iglesias. La Iglesia no tiene fronteras. La llamada a la colaboración resuena, pues, con especial fuerza hoy. 2.- La cooperación en el Magisterio de la Iglesia En la carta apostólica “Novo Millenio Ineunte” de le Beato Juan Pablo II, que trazaba los rasgos del programa pastoral para el nuevo milenio, leemos: «Otro aspecto importante, en que será necesario poner un decidido empeño programático en el ámbito tanto de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía) que encarna y manifiesta la esencia misma de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rom 5, 5), para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch. 4, 32). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como «sacramento», o sea, «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano». Con estas palabras el Beato Juan Pablo II no sólo recogía y sintetizaba la doctrina del Vaticano II sobre la Iglesia como comunión, sino que le hacía dar un paso adelante: «La comunión encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia», dice el Papa. La Iglesia es, pues, comunión. La comunión tiene su expresión en la cooperación. El texto citado señala la fuente de que mana esta corriente de comunión y la consiguiente exigencia de colaboración: De “aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da”. La cooperación no es demandada, pues, sólo por exigencias sociológicas o de eficacia. Está en juego el ser y la identidad de la Iglesia. La Exhortación postsinodal “Ecclesia in Europa” se expresaba con idéntico sentido, refiriéndose, en este caso, a las Iglesias de Europa: “La fuerza del anuncio del Evangelio de la esperanza será más eficaz si se une al testimonio de una profunda unidad y comunión en la Iglesia. Las Iglesias particulares no pueden estar solas a la hora de afrontar el reto que se les presenta. Se necesita una auténtica colaboración entre todas las Iglesias particulares del Continente, que sea expresión de su comunión esencial; colaboración exigida también por la nueva realidad europea. En este contexto se debe situar la contribución de los organismos eclesiales continentales, comenzando por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas. Este es un instrumento eficaz para buscar juntos vías idóneas para evangelizar Europa (cf. Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales Europeas , 16 de abril 1993) . Mediante el “intercambio de dones” entre las diversas Iglesias particulares , se ponen en común las experiencias y las reflexiones de Europa del Oeste y del Este , del
«No os dejéis robar la esperanza»
Comunicado de las XIX Jornadas de Pastoral Obrera Bajo el lema “No os dejéis robar la esperanza” se han celebrado, en Ávila, los días 16 y 17 de noviembre, las decimonovenas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, que organiza el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, presidido por Mons. Antonio Algora Hernando, Obispo prior de Ciudad Real, con asistencia de delegaciones y secretariados diocesanos de pastoral obrera de 40 diócesis, y participación de los Movimientos Apostólicos Obreros. Hemos contado con la presencia y las palabras de ánimo de Mons. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila. Constatamos que el desempleo, las condiciones indignas de trabajo, y la falta de esperanza asociada a esta larga crisis, generan precariedad y vulnerabilidad no solo laboral, sino precariedad vital. Nuestra sociedad es una sociedad fracturada, que genera exclusión, que deshumaniza, porque ha puesto al dinero en el centro de la vida económica, social y política. Nuestra sociedad ha olvidado que la persona es siempre lo primero, y que sólo el servicio al bien común de toda la persona y de todas las personas legitima la acción política y el dinamismo económico.[1] Y constatamos que esta situación es fruto de la acción interesada de poderes financieros, económicos y políticos, cuya acción inhumana hemos de seguir denunciando, por ser contraria al Evangelio. Constatamos que la precariedad afecta no solo a las personas individualmente consideradas, sino a las familias enteras, a los niños y jóvenes, a los mayores, y a la misma estructura de la convivencia social. El deterioro humano que el desempleo creciente y la precariedad constante van generando clama ante el Dios de la Vida. Donde no hay trabajo, falta la dignidad. No podemos seguir recorriendo esos caminos. En nombre de Dios pedimos, como clamaba recientemente el Papa Francisco: ¡trabajo, trabajo, trabajo! [2] Como miembros de la Iglesia somos conscientes de la necesidad de seguir reivindicando un trabajo decente para todos que sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.[3] (CV 63) Nuestra sociedad debe buscar caminos para hacer posible un trabajo humano digno para todas las personas. Queremos reconocer, valorar, y agradecer cuantos esfuerzos de solidaridad y humanización, y en pro de estructuras políticas y económicas más justas van surgiendo en nuestro mundo, y a cuantas personas –creyentes o no- hacen de la solidaridad con los últimos y de la lucha por la justicia, su camino de vida. Por eso: -Reafirmamos la dignidad inalienable de todas las personas. El trabajo humano es digno porque son los hombres y las mujeres quienes lo realizan. -Queremos abrir horizontes más allá de la precariedad. En Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, podemos avanzar en nuevas posibilidades de vida para todos. Hemos de seguir alumbrando, nuevas formas de organización social, económica y política, más justas y humanas. -Hemos de sostener la utopía del Reino, y fomentar el discernimiento cristiano que nos ayude a articular lo utópico, lo posible, y lo concreto. -Queremos ayudar a que las personas descubran y activen sus fortalezas y se abran a la esperanza; queremos suscitar la esperanza en los demás. -Queremos potenciar espacios y experiencias de encuentro y acompañamiento de quienes sufren. Solo desde la solidaridad demostrada seremos capaces de suscitar esperanza. A esta tarea invitamos de corazón a los militantes obreros cristianos, a los miembros de los movimientos apostólicos obreros, de las congregaciones religiosas, de las comunidades parroquiales, de nuestras diócesis, para seguir haciendo “una pastoral obrera de toda la Iglesia”. Ávila, 17 de noviembre de 2013 [1] Cfr. CDSI 398. Cfr. Papa Francisco, Viaje pastoral a Cagliari, Encuentro con el mundo del trabajo 22.09.2013; Discurso 03.10.2013 en el aniversario de Pacem in Terri;, y Discurso 25.05.2013 a la Fundación Centessimus Annus. [2] Papa Francisco. Viaje pastoral a Cagliari. Encuentro con el mundo del trabajo 22.09.2013 [3] Cáritas in Veritate 63
Conclusiones de las XXVIII Jornadas Nacionales de Pastoral Gitana
Desde el Departamento de Pastoral Gitana de la Conferencia Episcopal se han organizado las XXVIII Jornadas Nacionales de Pastoral Gitana, bajo el tema marco “Creo en Dios, Creo en la Iglesia”. Presididas por Mons. Xavier Novell Obispo promotor, contando también con la presencia de Mons. Ciriaco Benavente, Presidente de la Comisión de Migraciones. Este año el lugar elegido ha sido Guadarrama, en la provincia de Madrid, en los días del 20 al 22 de septiembre. La cita ha reunido a más de un centenar de personas, delegados diocesanos, religiosos, religiosas, laicos, gitanos y no gitanos, agentes de pastoral gitana provenientes de distintas diócesis españolas: Madrid, Pamplona, Orihuela-Alicante, Córdoba, Granada, Málaga, Jaén, Valladolid, León, Valencia y Zaragoza. Todos los participantes han mostrado una misma inquietud, “que nuestros hermanos gitanos se conviertan al evangelio. Que se acerquen a la Iglesia Católica como madre que los acoge y les da no sólo el pan, cuando lo necesitan, sino lo más valioso que ella tiene, la fe en Jesucristo”. En este encuentro los agentes han vivido unos días llenos de entusiasmo y entrañabilidad, con tiempos de formación a través de charlas, testimonios, talleres, y de celebración litúrgica marcada con tintes de la propia idiosincrasia de los gitanos. Finalmente, en la reflexión conjunta de estas Jornadas, se ha visto con claridad, “la necesidad urgente de ponerse en camino. Hacer un proyecto común fruto de las experiencias pastorales de las distintas diócesis, con el fin de concretar el Plan Pastoral 2011-2015, para seguir avanzando en esta misión, siguiendo las palabras del Papa Francisco, que invita a ir a las periferias de la existencia, para sembrar la semilla del Evangelio, con la palabra y el testimonio. “pues es allí donde se encuentran nuestros hermanos gitanos”.
Comunicado de las XVIII Jornadas de Pastoral Obrera
Bajo el lema “Testigos de la Fe para evangelizar el mundo obrero” se han celebrado, en Ávila, los días 17 y 18 de noviembre, las decimoctavas Jornadas Generales de Pastoral Obrera, que organiza el Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS, presidido por monseñor Antonio Algora Hernando, Obispo prior de Ciudad Real, con asistencia de delegaciones y secretariados diocesanos de pastoral obrera de 40 diócesis, y participación de los Movimientos Apostólicos Obreros. En el contexto de la celebración del Año de la Fe, de la conmemoración del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y en el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo, fruto del Concilio, hemos querido sentirnos, una vez más, interpelados por la vida del mundo obrero y del trabajo, y preguntarnos cómo ser testigos de la fe para evangelizar el mundo obrero en las actuales circunstancias. Como mujeres y hombres trabajadores, somos portadores nosotros mismos del dolor y el sufrimiento del mundo del trabajo: el desempleo creciente, la precariedad, las cambiantes condiciones de trabajo, el miedo y la incertidumbre, las condiciones de vida de las familias obreras, cada vez más difíciles; los desahucios que afectan a las familias más empobrecidas, víctimas de la crisis. Como cristianos, miembros de la Iglesia, somos conscientes de cómo todo ello afecta a la propia vida familiar, y cómo dificulta la propia vivencia de la fe y su transmisión. La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transfigurar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Ponemos de manifiesto con nuestros obispos que “la situación de crisis genera en muchas personas sentimientos de malestar y de desencanto, de irritación y de rechazo ante unas instituciones sociales y políticas que, aun disponiendo de tantos medios económicos y técnicos, no han sido capaces de ordenar la vida en común de un modo verdaderamente justo y humano. Los jóvenes sufren de un modo muy intenso los efectos de la crisis y se ven afectados por la falta de trabajo en porcentajes difíciles de soportar. Es éste uno de los aspectos más dolorosos y preocupantes de la actual situación.”(Ante la crisis, solidaridad. Declaración de la Comisión Permanente de la CEE) Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aun en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor. Encontramos en este mundo obrero y del trabajo una invitación del Resucitado a ser testigos de su nombre. Junto al mismo Cristo, el otro signo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro de los empobrecidos. Por eso percibimos las llamadas urgentes que surgen a la luz del Evangelio en nuestro mundo: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada a menudo por el desempleo, especialmente entre los jóvenes; poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico; y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad. El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado también a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación. En esta situación, como Iglesia nos sentimos convocados a renovar nuestra presencia íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia llamados a seguir denunciando los mecanismos perversos de esta economía que impiden que esté al servicio de las personas y su dignidad. Nos sentimos llamados a testimoniar la fe en Jesucristo, único Señor, y a vivir la vida personal, familiar y comunitaria desde la fe en Jesucristo, que nos llama a poner en el centro de la vida las necesidades de los más pobres. Ávila, 18 de noviembre de 2012
Mensaje final de las XXVI Jornadas de Pastoral Gitana (25 años de jornadas)
Desde la tarde del día 23 hasta el mediodía del día 25 de Septiembre de 2011, nos hemos reunido, en la Casa de Ejercicios de Cristo Rey (Pozuelo de Alarcón), más de un centenar de personas entre gitanos y payos, presididas por Monseñor Ciriaco Benavente, presidente de la Comisión de Migraciones, para celebrar las tradicionales Jornadas Nacionales de Pastoral con los Gitanos. Al celebrar este año las Jornadas en su número 26, hemos contado con la presencia de todos los que a lo largo de estos 25 años, han dirigido el Departamento encargado de este campo pastoral dentro de la Conferencia Episcopal Española. Las emotivas intervenciones de los Directores han ido de la mano de otras de los participantes con más historia dentro de esta pastoral, payos y gitanos, que durante este tiempo, han entregado su tiempo y su trabajo en esta difícil parcela de la promoción y evangelización del Pueblo Gitano, de su cultura y sus valores. El testimonio de algunas de estas personas que han sido y siguen siendo un referente por su trayectoria en este campo pastoral ha contribuido a estimular a los actuales agentes de pastoral en un compromiso renovado con vistas a una Nueva Evangelización. Hemos dado gracias a Dios por estos años y por las correspondientes Jornadas en un clima de oración, fraterno, festivo y lleno de momentos de reflexión. Hemos constatado que hay mucho por hacer en este campo , que sigue habiendo graves deficiencias en lo social, en la educación de los niños, en la promoción de la mujer y en la dinamización pastoral, para cumplir el deseo de nuestro querido Papa Benedicto XVI, que hacemos nuestro : “Nunca más vuestro pueblo sea objeto de hostigamiento, de rechazo y de desprecio! Por vuestra parte, ¡buscad siempre la justicia, la legalidad, la reconciliación y tratad de no ser nunca causa de sufrimiento de los demás!”[1]. Queremos seguir acompañando a este pueblo en sus gozos y dolores, a las familias y a los jóvenes, de forma que sigan sintiendo el amor de Dios y de la Iglesia. Deseamos que la pastoral con los gitanos goce en nuestras Iglesias del reconocimiento que merece, que cuente con los recursos personales y materiales necesarios, a fin de que, entre nosotros, se haga realidad lo que reiteradamente ha sido proclamado por los Papas en relación a los gitanos “Vosotros en la Iglesia no estáis al margen, sino que de alguna manera, estáis en el centro, vosotros sois el corazón de la Iglesia nos dijo Pablo VI en 1965, y nuevamente nos lo ha recordado este año el actual Pontífice en el mensaje citado: “También yo hoy repito con afecto: ¡Estáis en el corazón de la Iglesia! Sois una amada porción del Pueblo de Dios peregrinante y nos recordáis que “no tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (Hb 13,14). También a vosotros ha llegado el mensaje de salvación, al que habéis respondido con fe y esperanza, enriqueciendo la comunidad eclesial de creyentes laicos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas gitanos “. Pozuelo de Alarcón (Madrid) 23-25 septiembre 2011
«Alimentar la esperanza”. Acogida a los emigrantes y el diálogo entre musulmanes y cristianos
Tunez.- Del 2 al 4 de mayo de 2011 se ha celebrado Túnez una reunión de obispos de Francia, España y el Magreb. Acogidos cordialmente por el obispo Maroun Lahham, arzobispo de Túnez, esta reunión de la llamada «Comisión Mixta» tenía la intención de tratar sobre la acogida de los migrantes y hacer un balance del diálogo cristiano-musulmán en sus comunidades eclesiales. En estos tiempos en que vivimos, el Magreb y otros países árabes están experimentando importantes reivindicaciones relativas a la dignidad humana, la libertad, la justicia y el deseo de la verdadera democracia. Los obispos se ha hecho cargo de las repercusiones políticas y sociales que estos hechos provocaron en muchos países sorprendidos por estos rápidos cambios. En cuanto a Libia, apoyan las acciones del Papa Benedicto XVI y del arzobispo Giovanni Martinelli, vicario apostólico de Trípoli, la prioridad del diálogo político: nadie puede controlar las consecuencias de la intervención armada que golpean a las víctimas inocentes. En cuanto a la cuestión crucial de los migrantes, los obispos constatan que Europa busca sobre todo aplicar una protección drástica que no siempre va en el sentido de la justicia, y a menudo se convierte en una fuente de exclusión y discriminación. El Magreb es el punto de tránsito de los inmigrantes provenientes de África subsahariana y las Iglesias son testigos de los dramas de los hombres y mujeres que dejan su país y ellas mismas que están haciendo importantes esfuerzos para darles acogida y apoyo. En estas personas es notable, dentro de su angustia, la fuerza humana y espiritual que les empuja en su trashumancia y que, por desgracia, a menudo se convierte en un calvario. Es necesario ponerse a su escucha y ayudar a cambiar la mirada, y ser más exigentes en las cuestiones de la justicia y la solidaridad con estos hermanos y hermanas en el extranjero que llaman a nuestra puerta. En el delicado tema de la migración, no se puede llegar fácilmente al encuentro de dos actitudes: la de muchos políticos que quieren asegurar primero la seguridad y la protección de sus ciudadanos, frecuentemente por razones electoralistas, y el de la de los discípulos del Evangelio, que con el riesgo de ser acusados de ingenuidad, quieren servir a todo el pueblo y defender su dignidad, incluso si son clandestinos e indocumentados. Estas dos actitudes se podrían conjugarse si el dinero gastado para proteger las fronteras sirviera para desarrollar la independencia alimentaria de los países de origen de los inmigrantes y si se pusieran los medios para garantizar una vida digna para todos los ciudadanos. Entonces no tendrían que partir arriesgando sus vidas Durante décadas, los Papas no dejan de decirlo , ¿cómo no repetirlo con ellos ? En cuanto a los esfuerzos para avanzar en el diálogo entre cristianos y musulmanes, los obispos están entre la alegría de ver en marcha iniciativas alentadoras en el seno de sus diócesis y el dolor por las resistencias amplificadas por el miedo y el desconocimiento mutuo en todos los países de mayoría cristiana o musulmana. Algunas corrientes fundamentalistas no hacen más que reforzar estos temores. Se debe dar prioridad al encuentro entre personas de horizontes diferentes, que a menudo da lugar a un intercambio más verdadero y más espiritual. La convivencia del día a día, sigue siendo el mejor terreno para un diálogo siempre es necesario. Los Obispos apoyan cualquier iniciativa en este ámbito. Hacemos hincapié en la fecundidad y la necesidad de estos trabajos regulares entre las Iglesias de las dos orillas del Mediterráneo: Ellas alientan la esperanza. Los obispos de la Comisión Mixta del Mediterráneo y el Magreb-Europa: Mons. Ghaleb Bader, Arzobispo de Argel, Argelia Mons. Paul Desforges, obispo de Hipona-Argelia Constantino, Mons. Obispo Francis Garnier, Arzobispo de Cambrai, Francia Mons. Georges Alphonse – El Obispo de Orán, Argelia Mons. Maroun Lahham, arzobispo de Túnez, Túnez Mons. Vincent Landel, Arzobispo de Rabat, Marruecos Mons. Juan José Omella, obispo de Calahorra y La Calzada-Logono, España Mons. Georges Pontier, arzobispo de Marsella, Francia Mons. Claude Rault, obispo de Laghouat-Gardhaïa, Argelia Mons. Michel Santia, obispo de Créteil, Francia Mons. Obispo Schockert Claude, obispo de Belfort-Montbéliard, Francia Mons. Marc Stenger, obispo de Troyes, Francia P. FARRUGIA , Daniel, Vicario General de Trípoli, Libia y los colaboradores en la Conferencia de Obispos de Francia : P. Bernardo Fontaine, director nacional del Departamento de Cuidado Pastoral de los Migrantes, P. Jean Forgeat, director adjunto de la Misión Nacional de la Iglesia Universal, P. Christophe Roucou, director del Servicio Nacional de Relaciones con el Islam