Mensaje del Santo Padre Franciscopara la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021[26 de septiembre de 2021] Queridos hermanos y hermanas: En la Carta encíclica Fratelli tutti expresé una preocupación y un deseo que todavía ocupan un lugar importante en mi corazón: «Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”» (n. 35). Por eso pensé en dedicar el mensaje para la 107.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a este tema: “Hacia un nosotros cada vez más grande”, queriendo así indicar un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo. La historia del «nosotros» Este horizonte está presente en el mismo proyecto creador de Dios: «Dios creó al ser humano a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Dios los bendijo diciendo: “Sean fecundos y multiplíquense”» (Gn 1,27-28). Dios nos creó varón y mujer, seres diferentes y complementarios para formar juntos un nosotros destinado a ser cada vez más grande, con el multiplicarse de las generaciones. Dios nos creó a su imagen, a imagen de su ser uno y trino, comunión en la diversidad. Y cuando, a causa de su desobediencia, el ser humano se alejó de Dios, Él, en su misericordia, quiso ofrecer un camino de reconciliación, no a los individuos, sino a un pueblo, a un nosotros destinado a incluir a toda la familia humana, a todos los pueblos: «¡Esta es la morada de Dios entre los hombres! Él habitará entre ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos» (Ap 21,3). La historia de la salvación ve, por tanto, un nosotros al inicio y un nosotros al final, y en el centro, el misterio de Cristo, muerto y resucitado para «que todos sean uno» (Jn 17,21). El tiempo presente, sin embargo, nos muestra que el nosotros querido por Dios está roto y fragmentado, herido y desfigurado. Y esto tiene lugar especialmente en los momentos de mayor crisis, como ahora por la pandemia. Los nacionalismos cerrados y agresivos (cf. Fratelli tutti, 11) y el individualismo radical (cf. ibíd., 105) resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales. En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión de esta Jornada para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo. Una iglesia cada vez más católica Para los miembros de la Iglesia católica este llamamiento se traduce en un compromiso por ser cada vez más fieles a su ser católicos, realizando lo que san Pablo recomendaba a la comunidad de Éfeso: «Uno solo es el Cuerpo y uno solo el Espíritu, así como también una sola es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,4-5). En efecto, la catolicidad de la Iglesia, su universalidad, es una realidad que pide ser acogida y vivida en cada época, según la voluntad y la gracia del Señor que nos prometió estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Su Espíritu nos hace capaces de abrazar a todos para crear comunión en la diversidad, armonizando las diferencias sin nunca imponer una uniformidad que despersonaliza. En el encuentro con la diversidad de los extranjeros, de los migrantes, de los refugiados y en el diálogo intercultural que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente. Por eso, todo bautizado, dondequiera que se encuentre, es miembro de pleno derecho de la comunidad eclesial local, miembro de la única Iglesia, residente en la única casa, componente de la única familia. Los fieles católicos están llamados a comprometerse, cada uno a partir de la comunidad en la que vive, para que la Iglesia sea siempre más inclusiva, siguiendo la misión que Jesucristo encomendó a los Apóstoles: «Vayan y anuncien que está llegando el Reino de los cielos. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios. Lo que han recibido gratis, entréguenlo también gratis» (Mt 10,7-8). Hoy la Iglesia está llamada a salir a las calles de las periferias existenciales para curar a quien está herido y buscar a quien está perdido, sin prejuicios o miedos, sin proselitismo, pero dispuesta a ensanchar el espacio de su tienda para acoger a todos. Entre los habitantes de las periferias encontraremos a muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata, a quienes el Señor quiere que se les manifieste su amor y que se les anuncie su salvación. «Los flujos migratorios contemporáneos constituyen una nueva “frontera” misionera, una ocasión privilegiada para anunciar a Jesucristo y su Evangelio sin moverse del propio ambiente, de dar un testimonio concreto de la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto por otras expresiones religiosas. El encuentro con los migrantes y refugiados de otras confesiones y religiones es un terreno fértil para el desarrollo de un diálogo ecuménico e interreligioso sincero y enriquecedor» (Discurso a los Responsables Nacionales de la Pastoral de Migraciones, 22 de septiembre de 2017). Un mundo cada vez más inclusivo A todos los hombres y mujeres del mundo dirijo mi llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, a recomponer la familia humana, para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz, asegurando que nadie quede excluido. El futuro de nuestras sociedades es un futuro “lleno de color”, enriquecido por la diversidad y las relaciones interculturales. Por eso debemos aprender hoy a vivir juntos, en armonía y paz. Me es particularmente querida la imagen de los habitantes de
José Aumente, premio Ponle Freno a la Trayectoria en Seguridad Vial
El director del departamento de Pastoral de la Carretera, José Aumente, ha recogido hoy, viernes 23 de abril de 2021, el premio Ponle Freno a la trayectoria en seguridad vial. Esta acción social, impulsada por Atresmedia junto a Fundación AXA, reconoce con estos galardones el esfuerzo de personas y entidades en su empeño por mejorar la Seguridad Vial y reducir el número de víctimas. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ha sido el encargado de entregar este reconocimiento a José Aumente en un acto, conducido por Matías Prats, que ha tenido lugar esta misma mañana en el Senado. Esta ceremonia ha reunido a todos los protagonistas que han contribuido a reducir la siniestralidad y han perseguido el objetivo para el que nació esta plataforma de acción social: dejar el contador de víctimas a 0. 13ª edición de los Premios Ponle Freno Este año, excepcionalmente, el jurado de los Premios Ponle Freno ha decidido otorgar ex aequo el reconocimiento a la ‘Trayectoria en Seguridad Vial’, así, el director del departamento de Pastoral de la Carretera ha compartido galardón con Pedro Tenza, fundador de la Escuela de Educación Vial de la Policía Local de Elche (Alicante). El resto de los premiados en la 13ª edición de los Premios Ponle Freno, se pueden consular aquí. Director del departamento de Pastoral de la Carretera desde 2011 Consciente del grave problema que la seguridad vial representa en la sociedad, la Conferencia Episcopal Española tiene un departamento de Pastoral de la Carretera, del que está “al volante” desde el año 2011 José Aumente. Su misión, educar en seguridad vial y humanizar el dolor de las familias de fallecidos en accidente. Desde este departamento, José Aumente “acompaña” en el viaje a los transportistas y conductores. Un trabajo que se visibiliza especialmente en estos cuatro momentos: 31 de mayo, enjugar las lágrimas, para acercarse a los que han sufrido un grave accidente y a los familiares de los que han perdido a un ser querido en la carretera. El 1º domingo de julio, justo antes de empezar los desplazamientos masivos del verano, la Iglesia celebra la Jornada de responsabilidad en el Tráfico. San Cristóbal, una fiesta lúdica para celebrar al patrón de los transportistas y conductores y bendecir los vehículos. Y el Tercer domingo de noviembre, nos sumamos a la Jornada Mundial en recuerdo de las víctimas de accidentes de tráfico, con una Eucaristía en recuerdo de todas las víctimas de la carretera. José Aumente ha hecho partícipe de esta Pastoral al papa Francisco, que ha recibido de sus manos una estola conmemorativa de los 50 años de esta Pastoral con las imágenes de la Virgen de la Prudencia y de San Cristóbal. Y en otra ocasión, un chaleco refractario personalizado y una miniatura de un R.4, que era el coche que usaba en Argentina antes de ser Papa. También te puede interesar
Día Internacional del Pueblo Gitano
Con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano que se celebra el 8 de abril, el departamento de Pastoral con los Gitanos de la CEE, ha hecho público un comunicado con el objetivo de reconocer el valor de este pueblo y su contribución al mundo de la cultura y a la historia de nuestra civilización. Un colectivo que continúa estando marcado por la discriminación entre muchos sectores, por ejemplo a la hora de acceder a un puesto de trabajo. Además, el departamento recuerda el 50 aniversario del primer Congreso Mundial Gitano celebrado en Londres en 1971. Sastipen Thaj Mestepen (Salud y libertad) Queridos hermanos/as gitanos/as, celebramos con alegría el 8 de abril, Día Internacional del Pueblo Gitano, y lo hacemos en el año que se cumple el 50 aniversario del primer Congreso Mundial Gitano celebrado en Londres en 1971. Congreso donde por primera vez se institucionaliza nuestro himno y nuestra bandera. Salud del pueblo gitano «Salud” lo que el pueblo Gitano siempre ha pedido y deseado para los demás y para los suyos, y más que nunca, en este 2021 “salud” para todos los pueblos de la tierra. Una salud que, al mirar los ojos de un Gitano o Gitana, hacen ver el vigor y la fuerza por la vida, una mirada que les hace recordar sus antepasados, su historia por el mundo, su historia como pueblo de Dios… Una historia que no ansía poder, ni gloria… únicamente desea mantener con salud su idiosincrasia, repleta de devoción, de respeto por sus ancianos, por su familia. A lo largo de su historia, la fe del Pueblo Gitano crece y descubre el amor a la naturaleza, el amor a los pequeños del reino, a la maternidad y poco a poco va encontrándose con el Amor de Dios. El Amor hacia Cristo Rey, ese rey sencillo que tiene como trono un madero, como corona las espinas y como joyas los clavos, pero ese rey sencillo que vence a la muerte y sana el pecado del mundo con su sacrificio y victoria. Esa es la salud del gitano, que, frente a penurias de desigualdad, persecuciones, racismo, prohibición de su lengua, etc. sigue caminando hacia adelante. Ya no decimos Gelem Gelem (anduve, anduve) sino Dromaral, Dromaral (caminar, caminar), por los caminos de la vida, mirando hacia el futuro repleto de esperanza. Libertad del pueblo gitano “Libertad”, una palabra que el Pueblo Gitano guarda en su memoria colectiva como la guarda el pueblo de Israel, no libertinaje, sino la libertad de los Hijos de Dios, la que da plenitud al alma y extiende las alas para volar. El cuaderno de un gitana, bandera gitana: Libertad que pedimos desde antaño para vivir en sintonía con la naturaleza, libertad de expresión, de cultura, de cantar de vivir. Nuestra creencia en Dios es lo que nos hace libre verdaderamente, y libremente queremos celebrarlo. El regalo más grande que nos hace Undevel, la libertad. El Pueblo Gitano peregrina hacia la tierra prometida, hacia donde sus sueños encuentren tierra fértil para crecer. El Pueblo Gitano son las mujeres y hombres libres que, frente a las vicisitudes de la vida, hemos sabido seguir hacia delante. El Pueblo Gitano es un pueblo que confía en Dios, en su alianza de amor y en su promesa de salvación, y que se abandona a sus manos. El Pueblo Gitano es un pueblo con memoria, que recuerda su historia, a sus ancestros, tradiciones y cultura. El Pueblo Gitano vive con alegría e intensidad cada día de su vida, preocupado por su presente y esperanzado en el futuro. El Pueblo Gitano es un pueblo de vida, que frente a una cultura del descarte y de la muerte, propone un modelo de existir basado en la familia. El Pueblo Gitano es un pueblo soñador, que sueña un mundo donde no existan diferencias de ningún tipo, seamos todos acogidos y acogedores, respetuosos y tolerantes, y tengamos todos las mismas oportunidades El Pueblo Gitano espera y anhela el Reino de Dios, y en esta espera nos acogemos al amor de su madre la “Majarí Calí”, que nos envuelva con su manto, nos abrace y nos ayude a construir un mundo mejor. Con nuestros mejores deseos, un abrazo fraterno y muchas felicidades en este día tan especial. Ponemos bajo la atenta mirada de nuestros beatos el tío Ceferino y la tía Emilia a todo el Pueblo Gitano, para que desde el cielo intercedan por nosotros.
Orientaciones pastorales sobre desplazados climáticos
Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos recogen hechos, interpretaciones, políticas y propuestas pertinentes al ámbito del fenómeno del desplazamiento por razones ambientales. Para empezar, les propongo retomar la famosa frase pronunciada por Hamlet, “ser o no ser”, y transformarla en “ver o no ver, ésa es la cuestión”. Todo, de hecho, empieza por nuestro ver, sí, por el mío y por el suyo. Estamos inundados de noticias e imágenes que muestran a pueblos enteros desarraigados de sus tierras a causa de desastres naturales provocados por el clima, por lo que se ven obligados a migrar. Pero el efecto que tienen estas historias en nosotros y cómo respondemos, si suscitan en nosotros respuestas fugaces o desencadenan algo más profundo, si nos parece algo lejano o las tenemos muy presentes, depende de nosotros, si nos esforzamos por ver el sufrimiento que conlleva cada historia para así “tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (Laudato si’, 19). Cuando las personas se ven obligadas a migrar porque el ambiente en el que viven ya no es habitable, nos puede parecer la consecuencia de un proceso natural, algo inevitable. Sin embargo, el deterioro del clima es muy a menudo el resultado de decisiones equivocadas y de actividades destructivas, del egoísmo y de la negligencia, que ponen a la humanidad en conflicto con la creación, nuestra casa común. A diferencia de la pandemia del COVID-19, que se abatió sobre nosotros repentinamente, sin previo aviso y casi en todas partes, y que nos afectó a todos a la vez, la crisis climática empezó a partir de la Revolución Industrial. Durante mucho tiempo se ha venido desarrollando con tal lentitud que ha sido prácticamente imperceptible, con excepción de unos pocos con visión de futuro. Incluso ahora, sus repercusiones se manifiestan de manera desigual: el cambio climático afecta a todo el mundo, pero quienes menos han contribuido a ello son los que más sufren sus consecuencias negativas. Sin embargo, al igual que la crisis del COVID-19, el número enorme y cada vez mayor de personas desplazadas a causa de la crisis climática, se está convirtiendo rápidamente en una gran emergencia de nuestra época, tal y como podemos ver casi todas las noches en nuestras pantallas, y que exige respuestas globales. Me vienen a la mente las palabras que el Señor pronunció por boca del profeta Isaías que, adaptadas a nuestra realidad, adquieren un significado especial: Venid entonces, y discutiremos. Si estáis dispuestos a escuchar, nos aguarda un gran futuro juntos. Pero si rehusáis y os negáis a escuchar y actuar, os devorará el calor, la contaminación, la sequía aquí y la subida de las aguas allí (cf. Isaías 1,18-20). Cuando miramos, ¿qué vemos? Muchos están siendo “devorados” en condiciones que son imposibles para la supervivencia. Obligados a abandonar campos y costas, casas y aldeas, huyen apresuradamente, llevando consigo tan sólo unos pocos recuerdos y pertenencias, fragmentos de su cultura y de su tradición. Partieron llenos de esperanza, con la intención de volver a empezar desde cero en un lugar seguro. Sin embargo, la mayoría termina viviendo en barrios marginales peligrosamente hacinados o en asentamientos improvisados, esperando su destino. Quienes han sido expulsados de sus hogares por culpa de la crisis climática necesitan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Quieren volver a empezar. Para que puedan crear un nuevo futuro para sus hijos, es necesario que se les permita hacerlo y se les tiene que ayudar. Acoger, proteger, promover e integrar son todos los verbos que se corresponden a acciones útiles. Quitemos, entonces, uno por uno, esos escollos que bloquean el camino de los desplazados, aquello que les reprime y margina, que les impide trabajar y acudir a la escuela, lo que les convierte en invisibles y les niega su dignidad. Las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos nos invitan a ampliar la forma en que miramos este drama de nuestro tiempo. Nos impulsan a ver la tragedia del desarraigo prolongado que hace gritar a nuestros hermanos y hermanas, año tras año: “No podemos volver atrás y no podemos empezar de nuevo”. Nos invitan a tomar conciencia de la indiferencia de la sociedad y de los gobiernos ante esta tragedia. Nos piden que veamos y nos preocupemos. Invitan a la Iglesia y a demás personas a actuar juntos, y nos explican cómo podemos hacerlo. Esta es la obra que nos pide el Señor ahora, y en ella hay una inmensa alegría. No podemos salir de una crisis como la del clima o la del COVID-19 encerrándonos en el individualismo, sino sólo “estando unidos”, mediante el encuentro, el diálogo y la colaboración. Esta es la razón por la que me complace especialmente que se hayan elaborado las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados Climáticos, en el marco del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, junto con la Sección Migrantes y Refugiados y el Sector de Ecología Integral. Esta colaboración es en sí misma una señal del camino a seguir. Ver o no ver, es la pregunta que nos lleva a responder actuando juntos. Estas páginas nos muestran qué necesitamos y qué debemos hacer, con la ayuda de Dios. Franciscus
Los retos de la Pastoral del Trabajo ante la Covid19
Bajo el lema “Retos y esperanzas en el mundo del trabajo ante la situación actual y futura de la covid-19”, se han celebrado las XXVI Jornadas Generales de Pastoral del Trabajo, “on line”. Comenzábamos con el saludo de Mons. D. Abilio Martínez Varea, obispo de Osma- Soria, que desde este curso está al frente del Departamento de Pastoral de Trabajo (Comisión Episcopal de la Pastoral Social y Promoción Humana). Nos recordaba que la Pastoral Obrera y del Trabajo es tarea de toda la Iglesia, no podemos obviar la centralidad del trabajo para la vida humana. Las Jornadas han contado con la participación de unas 300 personas de 37 diócesis. Tras la oración, hemos tenido un recuerdo agradecido para Mons. D. Antonio Ángel Algora Hernando. De su mano hemos aprendido a vivir con más profundidad y coherencia la fidelidad a la Iglesia y al mundo obrero. Recogemos su testigo. ¡Hasta mañana en el Altar! Esta Jornada ha sido espacio para compartir las situaciones de vida de los hombres y mujeres del mundo del trabajo, agravada por la actual pandemia, ahondando en la precariedad, el desempleo y la negación de su dignidad a tantas personas: mujeres, jóvenes, personas migrantes, personas cuyos ingresos dependen de la economía informal…; y también para compartir esta realidad, hacer una lectura creyente desde el Evangelio y la Doctrina Social, ayudándonos a descubrir retos y esperanzas en el empeño por construir nuestra historia en “términos de comunidad, de prioridad de la vida” (F.T. nº116). Desde diferentes ámbitos y perspectivas, Raúl Flores Martos, Secretario Técnico de la Fundación FOESSA y Coordinador de estudios de Cáritas Española; Joaquín Pérez da Silva, Secretario General de USO; M.ª Francisca Sánchez Vara, Directora del Departamento de Migraciones y Movilidad Humana de la CEE; Elena Ruiz Cebrián, Presidenta del Consejo de la Juventud de España, nos han ayudado a fijar la mirada y reafirmarnos en que no podemos seguir “normalizando” tantas situaciones donde el empleo no garantiza una vida digna, donde crece la pobreza, la exclusión y se instalan la inestabilidad y la precariedad. Recordamos especialmente a las trabajadoras del empleo doméstico, temporeros, personas que trabajan en la economía informal, a las víctimas de la siniestralidad laboral y a los jóvenes golpeados de nuevo por una crisis mas. Hoy se hacen más necesarias políticas, leyes, medidas de protección, recursos sociales y económicos como por ejemplo Rentas Mínimas, Reforma Fiscal, Ley de Extranjería, Reparto del Trabajo, frente a un mundo que descarta y deja a tantas personas en los márgenes. Necesitamos fortalecer las organizaciones sociales y sindicales. Frente a una “economía que mata”, que genera víctimas y destruye el planeta, tenemos que conjugar los verbos: Acoger, proteger, promover e integrar, como dice el Papa Francisco. Pedro José Gómez Serrano, Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCM, nos ha insistido que más allá del ver, juzgar y actuar, están el dolerse, soñar y celebrar, tomando conciencia de que el futuro está por construir, haciendo verdad las tres “t”: tierra, techo, trabajo. Las fracturas (sanitaria, laboral, económica, social) que dividen, aíslan, rompen la fraternidad y niegan la vida, sólo es posible eliminarlas si nos comprometemos a valorar el cuidado, la protección y la defensa del trabajo a la medida del ser humano. Como nos insisten “Laudato si” y «Fratelli Tutti”, el empeño es hacer de la “casa común”, “hogar habitable”, donde vivir como familia humana, pasando del yo al “Nosotros”. Este tiempo de pandemia, de crisis, es tiempo de asumir riesgos, generar nuevas experiencias y alternativas, hay posibilidades inéditas que generan solidaridad y hacen crecer en humanidad. Como Iglesia tenemos que estar ahí. Esta Jornada es la primera que celebramos como Departamento de Pastoral de Trabajo en el marco de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción humana. Tras recordar la trayectoria de esta pastoral, hemos dialogado sobre el papel a desarrollar en el futuro por este Departamento en un nuevo contexto de transversalidad con el resto de áreas con las que compartimos la misión. Este año nos ha faltado el contacto más personal y la convivencia. Nos hemos encontrado, compartido anhelos, soñando juntos. “Soñemos como una única humanidad. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros, impulsándonos a crear sociedades más sanas, un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras”. (P. Francisco en F.T.nº8,287 ,Oración).
Sobre la situación social creada por la pandemia
Informe de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana a la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española presentado el pasado 17 de noviembre. Introducción El objetivo de este informe pretende ser una humilde contribución al conocimiento de la situación social del país en relación con la pandemia en la que estamos inmersos. Para ello, la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana realizó, durante el pasado mes de octubre, una consulta a los distintos organismos y departamentos de la Comisión con el fin de tener una información directa y precisa sobre la situación de las personas más vulnerables de nuestra sociedad. Muchas de estas personas están siendo atendidas por las comunidades cristianas y por los organismos eclesiales de la acción caritativa y social. Las fuentes de información que han participado en esta consulta son las siguientes: Cáritas Migraciones Pastoral del Trabajo Departamento de Turismo Departamentos de movilidad humana: gitanos, ferias, circos y carreteras Apostolado del Mar “Stella Maris” Pastoral Penitenciaria Trata Justicia y Paz Semanas Sociales El Informe, aunque se centra fundamentalmente en la situación real de los grupos afectados y atendidos pastoralmente por estos departamentos y organismos, toma también en cuenta la publicación de la reciente encíclica del Papa Francisco, “Fratelli tutti”, el desarrollo de la fraternidad universal (FT,9). Por ello, el análisis no es meramente sociológico y descriptivo, sino que tiene en cuenta la mirada a las personas en su situación de “Descarte” (ver números 18 y ss. de “Fratelli tutti”), pues en el fondo “no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” –como los no nacidos-, o si “ya no sirven” – como los ancianos” (FT,18). A lo largo de la reflexión, se propone también una síntesis de las “respuestas” que se están ofreciendo desde los ámbitos políticos, económicos y desde la Iglesia. El informe no pretende ser exhaustivo, pero sí significativo en lo que se refiere a la realidad de pobreza y marginación, contemplada por nuestros agentes pastorales y por los organismos directamente implicados en la pandemia. Con estos datos, se pretende orientar la misión evangelizadora de la Iglesia ante las realidades sociales más urgentes. 1. La crisis ha generado una rápida y profunda herida en nuestra sociedad La pandemia se ha convertido en un hecho social totalizante. No solo ha afectado a la salud de la población, sino que ha trastocado todas las dimensiones de la existencia. Desde los aspectos sociales y económicos a los familiares y religiosos. Nada ha quedado inmune a los efectos de una pandemia que ha acelerado e intensificado procesos sociales existentes, como la desigualdad y la exclusión, y ha creado enormes campos de incertidumbre para una ética de la vida. La convivencia ciudadana y los comportamientos políticos están sufriendo profundas alteraciones en todo el mundo por lo novedoso de la realidad y por la improvisación de las respuestas a los problemas. Todos constatamos que mecanismos políticos excepcionales, como puede ser el estado de alarma, se ha convertido en un instrumento casi permanente en nuestra precaria democracia. Los cambios profundos que hemos vivido desde el inicio de la crisis son todavía demasiado cercanos para analizar en profundidad sus consecuencias. Después de ocho meses de propagación del virus solo podemos observar los primeros impactos de una crisis que se caracteriza fundamentalmente por haber generado una profunda herida en nuestra sociedad con tres síntomas: la limitación de derechos, el incremento de la desigualdad en la sociedad y la desvinculación de la moral. 1º La limitación de derechos humanos El virus amenaza la vida y tensa al máximo desde los cuidados en el hogar hasta el sistema residencial de atención a los mayores, desde las atenciones en los hospitales hasta la muerte en soledad. La economía se ha hundido como consecuencia del desempleo y de la necesidad de paralizar el sistema productivo en determinados momentos para frenar la pandemia. 2º El incremento de la desigualdad en la sociedad española Hace poco más de un año, el VIII Informe FOESSA nos alertaba, en un contexto de crecimiento económico, de que 8,5 millones de personas estaban en una situación de exclusión social en nuestro país. De estas personas, 1,2 millones viven en la supervivencia pura y dura, y otros seis millones temían que la próxima sacudida se los llevara por delante. Pues bien, la pandemia ha venido a agravar la situación, a evidenciar las rupturas, tendencia y fallos de nuestra sociedad. Así ha dejado al descubierto una estructura social precaria, una desigualdad profunda, una falta de oportunidades para los últimos, una protección social claramente insuficiente y una comunidad debilitada que, aunque resurgió en el primer momento de la crisis, no es capaz de mantener la llama viva para avanzar hacia la “nueva normalidad”. 3º Cambios sociales y políticos que denotan su desvinculación de la moral Los escenarios sociales y políticos han cambiado profundamente generando una comprensión nueva del espacio público. Como bien subraya el Papa Francisco (FT, capítulo 1 “Sombras de un mundo cerrado”), la globalización, el mundo digital, la fatiga civil y política que llega hasta el hastío de las sociedades civiles, la desafección por la política y los políticos, la propia mercantilización de la sociedad o la falta de liderazgos sociales y políticos marcan una concepción de la vida pública diversa, compleja y enmarañada. Esta situación se ha visto acelerada e intensificada por la pandemia del COVID19 que ha alterado la vida pública. Si miramos el sustrato antropológico que predomina en la sociedad, podemos constatar que la cultura dominante tanto en el ámbito político como económico ha configurado un nuevo modelo social, cuyos axiomas principales son el relativismo, el individualismo y, como consecuencia, la búsqueda de la máxima ganancia sin tener en cuenta la situación y los problemas de los demás. 2. Manifestaciones del descarte en la crisis 2.1.- Desempleo y reducción de ingresos Antes de la aparición de la pandemia, nuestro país ya sufría una grave enfermedad en el ámbito laboral con
Acompañamiento a los presos en pandemia
¿Cómo acompañar a los presos y a sus familias en tiempos de covid? La Iglesia sigue acompañando en la cárcel y sigue estando cerca de las familias. Aunque se ha reducido la entrada en prisión, los capellanes y algunos voluntarios tratan de llevar esperanza a los presos. Pero además siguen llevándoles ayuda social: ropa, poniendo peculio (dinero) a los presos pobres, y siguen acogiendo a los presos que salen de permiso o en libertad. El mensaje es el mismo, evangelio, esperanza, futuro y reconciliación. A bastantes familias se les acompaña informándoles de sus familiares presos y atendiéndoles en sus necesidades materiales (alimentos, pagos, etc…) Además, Instituciones Penitenciarias ha reconocido la labor de la Iglesia con la entrega de varias medallas. *Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciaria a la Pastoral Penitenciaria de Aragón. * Medalla de bronce al Mérito Social Penitenciario a José Antonio García Quintana, capellán de Asturias. *Medalla de plata al Mérito Social Penitenciario a Martin Iriberri, sj. Capellán de Martutene en San Sebastián. Cada 24 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Merced, patrona de Instituciones Penitenciarias. Este año también ha estado condicionada por la pandemia. La Pastoral Penitenciaria ha logrado que los presos tengan palabra, rostro y opinión.
“Como Jesucristo, obligados a huir”
Mensaje de los Obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humanapara la 106ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado Queridos amigos: De entrada, algunas precisiones que nos pueden ayudar. Aunque normalmente se hable de personas refugiadas y migrantes indistintamente, no todas las personas que migran son refugiadas. Un migrante es una persona que abandona su país para ir a otro. Puede ser de forma voluntaria o se puede ver forzado a ello por una situación de violencia. Un refugiado es una persona que abandona su país porque quedarse supone un peligro para su vida. No todas las personas que corren peligro en sus casas abandonan su país. La gran mayoría opta por trasladarse a otra región más segura, ya sea porque la violencia no se ha extendido hacia esa parte, porque no tienen recursos o porque no se les permite cruzar las fronteras. Esas personas se conocen como desplazados internos. El papa Francisco ha decidido dedicar esta Jornada y este año al drama de los desplazados internos, un drama a menudo invisible, que la crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19 ha agravado. La Iglesia española quiere secundar las directrices del pontífice como directrices generales, porque en nuestro país no existen propiamente desplazados internos. ¿Pero no son desplazados internos las víctimas de trata que en nuestro país se desplazan huyendo de las mafias? ¿No son desplazados internos quien por las consecuencias económicas de la pandemia han tenido que cambiar de provincia, ciudad, barrio o casa? Y quienes han quedado al margen del sistema, engrosando el colectivo de pobreza severa ¿no son desplazados internos? ¿Cómo llamamos a los que han seguido llegando a nuestra patria en estos días terribles de la crisis sanitaria y deambulan de lugar en lugar? ¿No es deber nuestro darles visibilidad? La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado trata de poner rostro a estas personas vulnerables rescatándoles de las listas anónimas de cifras. Se trata de sensibilizar a la comunidad cristiana que reconoce a Jesús en cada persona obligada a huir. Se trata de sensibilizar a la sociedad española para que asegure los derechos de la dignidad humana a toda persona obligada a desplazarse. Todo lo que trabajemos por ellos y con ellos será poco. Los obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad humana acompañamos a todos nuestros desplazados internos: migrantes, refugiados, víctimas de trata, menores en riesgo, feriantes, gentes del mar, gitanos y trabajadores del turismo y de la carretera. La situación en Europa y en España es muy preocupante dado que las previsiones para el tratamiento del fenómeno migratorio, van a afectar muy dolorosamente a las personas en movilidad humana ya sea por la enfermedad y sus secuelas, y por la previsible crisis social, económica, etc. que se avecina. Ya está afectándoles ahora mismo, en unos momentos en que las personas migrantes de todos los colectivos de la movilidad humana han soportado con ejemplar entereza los efectos de la pandemia y han respondido a ella con ejemplar dedicación y generosidad. El futuro va a suponer una dificultad mayor, entre otras causas, por los nuevos problemas en las fronteras y por el riesgo de que se produzcan situaciones de expulsiones de migrantes u otras medidas que puedan afectarles en su situación de migrantes forzosos. Confiamos, como hemos repetido en otras ocasiones, que todas las medidas que se adopten respeten la sagrada dignidad de las personas migrantes. Para ello, apoyándonos en los claros principios de la Doctrina Social de la Iglesia, creemos que es imprescindible el trabajo en Red entre todas las instituciones de Iglesia uniéndonos al esfuerzo de las otras instituciones de la sociedad civil. Queremos conjugar, para los colectivos que acompañamos, en estas circunstancias de emergencia por el COVID-19, los nuevos verbos propuestos por el Papa. “Acercarnos como prójimos”. «Los miedos y los prejuicios -tantos prejuicios-, nos hacen mantener las distancias con otras personas y a menudo nos impiden “acercarnos como prójimos” y servirles con amor. Acercarse al prójimo significa, a menudo, estar dispuestos a correr riesgos, como nos han enseñado tantos médicos y personal sanitario en los últimos meses». “Escuchar”. Hoy el mundo de hoy se multiplican los mensajes, pero se está perdiendo la capacidad de escuchar. «Durante el 2020, el silencio se apoderó por semanas enteras de nuestras calles. Un silencio dramático e inquietante, que, sin embargo, nos dio la oportunidad de escuchar el grito de los más vulnerables, de los desplazados y de nuestro planeta gravemente enfermo. Y, gracias a esta escucha, tenemos la oportunidad de reconciliarnos con el prójimo, con tantos descartados, con nosotros mismos y con Dios, que nunca se cansa de ofrecernos su misericordia». “Compartir”. Hay que aprender a compartir para crecer juntos, sin dejar fuera a nadie. La pandemia nos ha recordado que todos estamos en el mismo barco. Darnos cuenta que tenemos las mismas preocupaciones y temores comunes, nos ha demostrado, una vez más, que nadie se salva solo. “Involucrar”. La pandemia nos ha recordado cuán esencial es la corresponsabilidad y que sólo con la colaboración de todos -incluso de las categorías a menudo subestimadas- es posible encarar la crisis. Debemos «motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad» (Meditación en la Plaza de San Pedro, 27 marzo de 2020). “Colaborar”. «Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que afrontamos nos une a todos y no hace acepción de personas». (Mensaje Urbi et Orbi, 12 abril 2020). Para preservar la casa común y hacer todo lo posible para que se parezca, cada vez más, al plan original de Dios, debemos comprometernos a garantizar la cooperación internacional, la solidaridad global y el compromiso local, sin dejar fuera a nadie. Todos nos necesitamos para seguir conjugando estos verbos tan comprometidos. La experiencia de Jesús, obligado a huir, es fundante. Sabemos que él entiende, acompaña y fortalece a cada persona obligada a desplazarse. Es una suerte poder colaborar con él como pobres mediaciones. Estamos a vuestra disposición. Agradecemos a las Delegaciones de Migraciones,
Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado
«Como Jesucristo, obligados a huir» es el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2020 que se celebra el 27 de septiembre. La Subcomisión Episcopal de Migraciones y movilidad humana ha editado los materiales para preparar esta Jornada. Entre estos materiales -que se recogen en la revista Migraciones– se puede leer el mensaje de los obispos de la Subcomisión. La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado trata de poner rostro a las personas vulnerables «rescatándoles de las listas anónimas de cifras», recuerdan los obispos. «Se trata -continúan.- de sensibilizar a la comunidad cristiana que reconoce a Jesús en cada persona obligada a huir. Se trata de sensibilizar a la sociedad española para que asegure los derechos de la dignidad humana a toda persona obligada a desplazarse. Todo lo que trabajemos por ellos y con ellos será poco». Respetar la dignidad de las personas migrantes Materiales disponibles 25 de agosto de 2020