XXIX JORNADAS GENERALES DE PASTORAL DEL TRABAJO “La transversalidad de la pastoral del trabajo en la pastoral general de la Iglesia”, Ávila, 25 y 26 de noviembre de 2023 COMUNICADO | 26 de noviembre 2023 La Pastoral del Trabajo refuerza su compromiso por la evangelización del mundo del trabajo Con el lema “La transversalidad de la pastoral del trabajo en la pastoral general de la Iglesia”, se han celebrado las XXIX Jornadas Generales de la Pastoral del Trabajo, durante los días 25 y 26 de noviembre, en Ávila. En el encuentro han participado 80 personas, entre responsables de la esta pastoral, equipos parroquiales (EPO), de los distintos movimientos de militantes obreros cristianos (ACO, HHT, HOAC y JOC) y de Cáritas, provenientes de 30 diócesis. El ambiente ha sido de oración, reflexión, diálogo y denuncia. El inicio de las jornadas contó con la oración y el saludo de monseñor D. Abilio Martínez Varea, obispo de Osma-Soria y responsable de la Pastoral del Trabajo de la Conferencia Episcopal Española, y del director del departamento de esta pastoral, D. Antonio Javier Aranda. Ambos explicaron el desarrollo y los contenidos de las jornadas, invitando a una participación activa. Seguidamente, Maite Valdivieso, responsable de la pastoral obrera de la diócesis de Bilbao, desarrolló la ponencia con el mismo título que las jornadas. Partió del proyecto de Dios como un proyecto de comunión y humanización, destacando el trabajo como vocación humana y cómo Dios ha confiado el mundo en nuestras manos, considerando el trabajo humano como principio de vida. Durante su intervención, invitó a soñar juntos en la fraternidad, abarcando aspectos sociales, culturales, ecológicos y eclesiales, y a descubrir y vivir el trabajo como un lugar teologal y eclesial. Realizó un recorrido agradecido de la evangelización del mundo del trabajo, un objetivo esencial de la Pastoral obrera de toda la Iglesia. Además, exhortó a renovar la propuesta pastoral para el mundo del trabajo en la actualidad, junto a otras pastorales, movimientos y organizaciones de la Iglesia, instando a descubrir nuevos retos y llamadas, superando inercias y explorando caminos creativos. Finalmente, instó a ahondar en los sentimientos de Jesús, a seguir sus pasos y a crecer en una espiritualidad basada en la confianza, la fidelidad, la esperanza y también la paciencia, sin olvidar el cuidado de la vida y del trabajo. La mesa de experiencias nos ayudó a ver como desde las parroquias, movimientos y las delegaciones diocesanas de Pastoral del Trabajo se lleva la Buena Nueva al mundo obrero y cómo las comunidades cristianas se van comprometiendo más en estas realidades. El diálogo en grupos y los diferentes paneles de experiencias de tarea transversal ayudaron a concretar vías para desarrollar esa transversalidad en la Iglesia y en los lugares de nuestro compromiso. El domingo comenzó con la celebración de la Eucaristía, presidida por Mons. Abilio Martínez. A continuación, Abraham Canales Fernández, responsable de comunicación y publicaciones de la HOAC, disertó sobre la publicación ¿Qué entiende la Iglesia por trabajo decente?, de la cual es autor. A partir de distintos documentos del magisterio de la Iglesia, desde san Juan Pablo II hasta el papa Francisco, y otros documentos y declaraciones de movimientos eclesiales comprometidos con el trabajo decente, Canales realizó un recorrido por los hitos más importantes de los últimos años en torno a esta prioridad política. El objetivo del trabajo decente es irrenunciable para la Iglesia, y el diálogo es clave para lograrlo. Las entidades e instituciones de la Iglesia, así como el laicado, están desempeñando roles destacados para concretar los llamamientos que en su momento realizaron san Juan Pablo II y Benedicto XVI para promover el trabajo decente, una de las principales prioridades de la OIT. La pastoral obrera y del trabajo es misión, saliendo al encuentro de los hermanos y hermanas del mundo laboral para acercar la Buena Noticia a las situaciones de sufrimiento: personas rotas, excluidas y precarizadas a causa del trabajo indecente, que no encuentran respuesta en esta sociedad deshumanizada. Es un encuentro con el mismo Jesús que nos apremia a trabajar en la construcción del reino de Dios aquí y ahora, basado en el amor y la justicia social. En la Doctrina Social de la Iglesia hay criterios y pautas para emprender caminos apropiados hacia el trabajo decente: la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad y el destino universal de los bienes, entre otros. El magisterio de la Iglesia recuerda que el trabajo decente es aquel que cuida de la dignidad intrínseca de cada persona, es libremente elegido, ofrece un salario justo y favorece proyectos emancipadores de vida. Además, protege contra la siniestralidad laboral, es saludable, permite horarios que promueven la vida personal, familiar o espiritual, evita la discriminación y favorece la igualdad, promoviendo la formación a lo largo de toda la vida laboral y asegurando una jubilación digna (Cfr. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 63). Concluyen las jornadas agradeciendo este espacio de reflexión, diálogo y compromiso en el seno de la Iglesia, comprometiéndose a compartir sus conclusiones con toda la Iglesia. Esto se realiza como una forma de abordar, desde distintas realidades pastorales, las problemáticas del trabajo, especialmente el objetivo irrenunciable de trabajo decente para todos y en todo lugar.
Poner a Dios en el centro para mirar la humanidad y la casa común con misericoridia
El día 4 de octubre el Papa Francisco nos regaló una nueva exhortación apostólica, Laudate Deum, alertándonos, una vez más, sobre la crisis climática y poniendo de nuevo el acento en la crisis ecosocial que vivimos y que expone a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, a los impactos del cambio climático. Coincidía su publicación con la apertura del Sínodo, un momento eclesial fundamental, en el que la Iglesia se pone a la escucha del Espíritu Santo para discernir el camino a seguir en la misión evangelizadora, desde la comunión y la participación. Un Sínodo cuya principal tarea, dice el santo padre, es volver a poner a Dios en el centro de nuestra mirada, para ser una Iglesia que ve a la humanidad con misericordia. No es casualidad esta coincidencia, pues una de las primeras cuestiones a debatir en la asamblea sinodal es sobre el servicio de la caridad, el compromiso por la justicia y el cuidado de la casa común. Laudate Deum es un grito profético ante la falta de reacciones suficientes mientras el mundo que nos acoge se va desmoronando, tanto por parte de los poderes políticos y económicos, como por parte de las comunidades eclesiales y caritativas y por muchos de nosotros, ciudadanos de a pie. El cambio climático no es algo secundario, sino un drama que nos daña a todos y que pone de manifiesto un impactante ejemplo de pecado estructural. En ese sentido, el papa es firme en su denuncia ante quienes pretender negar o ridiculizar sus efectos, incluso en ciertos sectores de la Iglesia. Por más que se pretenda negar, esconder o relativizar, los signos del cambio climático están ahí, cada vez más presente y amenazantes. Es necesario reaccionar y tomar medidas con políticas decididas, sugiere Francisco, porque detrás está la mano humana y un modelo tecnocrático, que no pone límites a los deseos y aspiraciones humanas con las últimas novedades tecnológicas. Lamentablemente este asunto no interesa a los poderes económicos más preocupados por el mayor rédito posible al menor coste y en el tiempo más corto que se pueda. Es la lógica del máximo beneficio que hace imposible cualquier sincera preocupación por la casa común y por los descartados de nuestra sociedad. La Exhortación es una llamada a recorrer juntos un camino de reconciliación con el mundo que nos alberga y embellecerlo con la aportación de cada uno. Ciertamente el daño está hecho, pero aún estamos a tiempo de evitar que sea mayor y crear una nueva cultura más respetuosa con la casa común. Fe y cuidados son realidades inseparables, por ello alabemos a Dios y no pretendamos suplantarle porque nos convertiremos en el peor peligro para nosotros mismos. Vicente MartínDirector de la Subcomisión de Acción caritativa y Social
Carta del Obispo de Mallorca: «Implicados en el presente y el futuro del planeta»
Porque nada de este mundo nos resulta indiferente, hace 33 años, en el año 1990, los obispos de las Islas Baleares publicaban una Carta Pastoral titulada «Ecología y Turismo en nuestras Islas» junto con unas «Pautas para una actuación cristiana» que ayudasen a una forma de comportamiento según el Evangelio y el pensamiento social de la Iglesia. La escribieron después de una extensa consulta en cada diócesis, a todos los estamentos de cada isla y a todos los niveles tanto seculares como eclesiales, para que hubiese la máxima participación. Y así fue. Salió a luz un documento muy valorado que hoy puede ser leído, reflexionado y vivido como actual en casi su totalidad. Decían: «La Ecología y el Turismo. Dos temas en los cuales nos jugamos el presente y el futuro de nuestros pueblos y de nuestra tierra». La intención era «la iluminación de nuestra realidad desde la fe en Jesucristo y la sugerencia de las actuaciones coherentes con esta visión creyente». La reflexión sigue abierta y tenemos que continuarla hoy más que nunca por la urgencia de respuestas coherentes. El tema de la ecología ha sido tratado siempre por el pensamiento social de la Iglesia. El Compendio de Doctrina Social, en el capítulo décimo, cuando se refiere a «Salvaguardar el medio ambiente», se fija en cuestiones como los aspectos bíblicos, el hombre y el universo de las cosas, la crisis en las relaciones entre el hombre y el medio ambiente, el medio ambiente: un bien colectivo, el uso de las biotecnologías, medio ambiente y el compartir los bienes, nuevos estilos de vida. Todo ello ha hecho que los Papas, sobre todo los últimos, se fijasen en la incidencia que el comportamiento ecológico tiene en la paz, la justicia y el bienestar de los pueblos. Ahora, recogiendo este legado, el papa Francisco dice que «frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta» (LS 3). Conviene leerlo con detalle y extraer convicciones y conclusiones. Por eso, hace ahora 8 años, en 2015, el papa Francisco escribe la Carta Encíclica Laudato si’ (Alabado seas) sobre el cuidado de la casa de todos, donde comienza citando a san Francisco de Asís en su Canto de las Criaturas: «En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos» (LS 1). Ya en el año 1971, san Pablo VI se había referido a la problemática ecológica presentándola como una crisis, consecuencia dramática de la actividad descontrolada del ser humano. Subrayando la urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad, deja claro que «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre» (LS 4). Os sugiero nuevamente la lectura de esta encíclica de cara a asegurar una mejor formación y actuación. Del 1 de septiembre al 4 de octubre, los cristianos en todo el mundo estamos llamados a celebrar que vivimos hermanados con la Creación. Francisco de Asís es el patrono de la ecología, el santo que veneraba la naturaleza como un don maravilloso que Dios ha regalado a la humanidad. Su fiesta es una nueva ocasión para reflexionar sobre nuestra relación con el universo, como él lo hacía. Tenemos que seguir maravillándonos con la belleza de todo lo que nos rodea y trabajar sin descanso para que -como dice el papa Francisco- en este Tiempo de la Creación, como seguidores de Cristo en nuestro camino sinodal común, vivamos, trabajemos y oremos para que nuestra casa común se llene nuevamente de vida. Que el Espíritu Santo siga aleteando sobre las aguas y nos guíe a la «renovación de la superficie de la tierra» (cf. Sal 104,30). +Sebastià Taltavull Obispo de Mallorca
XXVIII Curso de Doctrina Social de la Iglesia: Los escenarios de la cultura del encuentro en España a la luz de la encíclica Fratelli tutti
Se celebra de 3 al 4 de Julio de 2023 en la Fundación Pablo VI. Organiza la Comisión Episcopal para la pastoral Social y Promoción Humana. Lunes, 3 de julio de 2023 Apertura y Presentación del Curso CONFERENCIA DE APERTURA: La encíclica Fratelli tutti, una propuesta de amistad social [esquema]Mons. D. Fernando García Cadiñanos, Obispo de Mondoñedo-Ferrol MESA REDONDA: Prioridades del diálogo en la vida económica, el Estado de bienestar y el diálogo social CONFERENCIA: Escenarios más relevantes de la polarización en España [esquema]Francisco Lorenzo Gil-Sanz, UNED CONFERENCIA: Claves de una teología de comunión [esquema]Cristina Inogés Sanz, Teóloga Martes, 4 de julio de 2023 CONFERENCIA: Condiciones y criterios para una cultura del diálogo [esquema]Sebastián Mora Rosado, Universidad Pontificia Comillas CONFERENCIA: Comunidades acogedoras y de integración [esquema]Xabier Gómez García, OP, Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española CONFERENCIA: Espacios prioritarios para el diálogo en la vida pública [esquema]Agustín Domingo Moratalla, Universidad de Valencia CONFERENCIA CLAUSURA: Aportación de la Iglesia al diálogo en la sociedad españolaMons. D. Luis Argüello García, Arzobispo de Valladolid Programa | Encíclica Fratelli tutti
Actualizar y renovar la Doctrina Social de la Iglesia
Cardenal Michael Czerny En el siglo IV, Gregorio de Nisa hablaba de «ir de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin». Con este nuevo comienzo en el corazón, pretendo ofrecer una síntesis de lo que el Papa Francisco, tras diez años de pontificado, nos enseña y anima a poner en práctica en nuestro camino sinodal. Explicaré la importancia de Aparecida para toda la Iglesia católica, cómo la sinodalidad va adquiriendo un rostro desde lo particular a lo universal, y los retos y los nuevos impulsos para que este camino se haga realidad: superando el escollo del clericalismo, caminando hacia la inculturación, valorando las diferencias y construyendo unidad. Todo ello en clave misionera, abriendo los ojos al descuidado de la casa común y haciendo una relectura de nuestra realidad social. Espero que el Espíritu Santo nos ilumine para que cada uno de nuestros pasos nos conduzca a «poner el vino nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). De lo particular a lo universal: la importancia de Aparecida para toda la Iglesia católica Durante las cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992), Aparecida (2007), se puso de manifiesto el deseo de la Iglesia latinoamericana y caribeña de crecer y confirmarse en la fe en Cristo Jesús, de ser luz que resplandece en medio de las numerosas sombras de un mundo cerrado. Gregorio de Nisa afirmaba que en la vida cristiana se va «de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin». La Iglesia necesita siempre emprender nuevos caminos, porque necesita considerar su adhesión a Cristo y renovar con humildad su ser «sierva» del Señor. En esta lógica de conversión, cada una de las cinco Conferencias marcó una etapa de reanudación, un comienzo que abrió el camino a nuevos comienzos. En particular, la V Conferencia General de Aparecida, estuvo motivada por la voluntad de ratificar la puesta en práctica de la eclesiología conciliar, pero al mismo tiempo estuvo iluminada por un propósito justo, el de dar un nuevo impulso a la evangelización y asumir el compromiso de emprender «una gran misión en todo el Continente» (DAp 362). La Iglesia latinoamericana quiso así reafirmar la alegría de ser Pueblo de Dios en misión, «comunidad de discípulos misioneros» (DAp 364). Como es sabido, el Documento Final de Aparecida constituye una fuente y una referencia fundamental para la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Merece la pena destacar este punto, porque nos muestra cómo la reflexión madurada en el seno de una Iglesia regional puede convertirse en un paradigma de comprensión y clave hermenéutica a la hora de repensar la presencia de la Iglesia universal en el mundo. Francisco sintetiza y saca a la luz el fruto del debate eclesial que se llevó a cabo en Aparecida, cuando imagina el futuro de la Iglesia y afirma: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo» (EG 27). América Latina fue la primera región del mundo que dio origen – en 1955 – a un cuerpo episcopal de naturaleza colegial. El trabajo realizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano supuso una gran riqueza para toda la Iglesia. Todos le estamos agradecidos y le somos deudores por habernos donado una expresión viva y auténtica de recepción contextual del «método inductivo» propuesto por Gaudium et Spes[1]: escuchar, discernir, interpretar, actuar[2]. Sinodalidad y el pueblo de Dios: superar el escollo del clericalismo En la Constitución pastoral del Vaticano II, los Padres conciliares quisieron indicar como deber permanente de la Iglesia, la actitud de discernir «a fondo, los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Es a partir del diálogo y de la confrontación con la historia, que la necesidad de la Iglesia actual de volver a ponerse en camino, como Pueblo de Dios, junto con la familia humana, se declina como conversión en cuatro direcciones diferentes: pastoral, sinodal, social y ecológica. El Concilio delineó también un estilo teológico y eclesial que da «forma» a la semper renovanda[3] conversión integral de la Iglesia, porque la orienta a la con-formación a Cristo: a la comunión. Desde 2007, se ha hecho mucho. Los retos trazados en el Documento Final de Aparecida siguen siendo vigentes. Los problemas planteados por la globalización, las migraciones, el recrudecimiento del racismo, la intensificación de la violencia social, la precariedad de la vivienda, el aumento de la pobreza y el descuidado de la creación, siguen constituyendo a día de hoy el banco de pruebas en el que la Iglesia latinoamericana y caribeña está llamada a confrontarse con el mensaje evangélico. Además, la pandemia, como una lente de aumento, ha evidenciado estas criticidades con mayor claridad, revelando otros aspectos concomitantes, como la emergencia sanitaria, la educativa, pero también la necesidad de un liderazgo político capaz de orientar las opciones comunes hacia el bien de todos. Desde el punto de vista intraeclesial, hacer de la misión la expresión directa e intrínseca de nuestra identidad bautismal, significa devolver a todo el Pueblo de Dios la plena dignidad de sujeto activo de la evangelización (EG 114). Desde el texto final de Aparecida hasta la Constitución apostólica Predicate Evangelium, pasando por el Sínodo sobre la sinodalidad, se nos plantea un nuevo desafío: reformar las estructuras eclesiales de modo que se incorpore el testimonio y la acción de los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia, a todos los niveles, hasta el punto de no considerar como un hecho anómalo y extraordinario la posibilidad de que éstos ejerzan funciones y responsabilidades de gobierno en las Iglesias locales y en la Curia romana. La sinodalidad no debe confundirse con una estructura particular, como un sínodo o una asamblea, ni reducirse a un instrumento al servicio de la colegialidad episcopal; es más bien aquello que cualifica el modus essendi et vivendi de la Iglesia, en la expresión de sinergias y carismas diferentes que convergen en la comunión y la unidad. Sin embargo, para que se instaure un modelo circular de Iglesia, no basta con «abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe» (DAp 365), para
Concluye el III Congreso Latinoamericano de Doctrina Social de la Iglesia en Bogotá
Con la paticipación de Fernando Fuentes como subdirector de la fundación Pablo VI El Cardenal Michael Czerny pronunció las palabras de apertura del III Congreso Latinoamericano sobre la Doctrina Social de la Iglesia, efectuado del 21 al 23 de abril en Bogotá, Colombia. La sinodalidad, la misión, la crisis ecológica, la realidad social y el clericalismo son algunos puntos centrales de su intervención. Vatican News: “Dimensión social de la sinodalidad: el clamor de los empobrecidos y de la tierra”. Este es el lema del III Congreso Latinoamericano y Caribeño sobre la Doctrina Social de la Iglesia, celebrado del 21 al 23 de abril en Bogotá, Colombia. Organizado por el CELAM, el evento fue inaugurado hoy, viernes 21 de abril, con el discurso del Cardenal Michael Czerny, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. En su alocución, el Purpurado explicó la importancia de la Conferencia de Aparecida para toda la Iglesia católica, además del modo en el que la sinodalidad va adquiriendo un rostro desde lo particular a lo universal. También trató los retos y los nuevos impulsos para que este camino se haga realidad, superando el escollo del clericalismo, caminando hacia la inculturación, valorando las diferencias y construyendo unidad. Czerny expresó que América Latina fue la primera región del mundo que dio origen, en 1955, a un cuerpo episcopal de naturaleza colegial. “El trabajo realizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano supuso una gran riqueza para toda la Iglesia”, dijo. A su vez, reconoció que “todos le estamos agradecidos y le somos deudores por habernos donado una expresión viva y auténtica de recepción contextual del ‘método inductivo’ propuesto por Gaudium et spes”: escuchar, discernir, interpretar, actuar. El Prefecto planteó que la sinodalidad no debe confundirse con una estructura particular, como un sínodo o una asamblea, ni reducirse a un instrumento al servicio de la colegialidad episcopal. Por el contrario, precisó que es aquello que cualifica el modo de ser y de vivir de la Iglesia, en la expresión de sinergias y carismas diferentes que convergen en la unidad. Tras una pausa de 15 años, el CELAM ha retomado la organización de este congreso. La erradicación del clericalismo El Cardenal se detuvo en el clericalismo, hizo hincapié en algunos de sus rasgos distintivos para discernir la dirección a seguir y el trabajo que aún queda por hacer, por el bien de la Iglesia. Czerny consideró que se debe dejar atrás esa mentalidad autorreferencial, “que desde siempre impide a la fuerza transformadora del Evangelio expresarse en una actualización concreta de estilos de vida, inspirados por el Evangelio y animados por el amor fraterno y recíproco”. En su mensaje, se subrayó, además, la importancia de reconocer, “con dolor y contrición ante Dios y ante las víctimas, que las relaciones verticalizadas y discriminatorias que se crean en ciertos ambientes eclesiales clericalizados, han generado y siguen dando lugar a numerosos casos de abuso de autoridad, de poder, de conciencia y de desorden con connotaciones sexuales”. Para el Cardenal, la solución no pasa por perpetuar un modelo de gobierno vertical y autoritario, sino por promover y formar a los laicos en un auténtico y genuino espíritu de pertenencia y participación eclesial. Advirtió que “no se puede contrarrestar el clericalismo si, al mismo tiempo, no se permite que surja un laicado responsable y fiable”. Redescubrir el fundamento teológico de la sinodalidad Czerny aclaró que la sinodalidad expresa, en la vida de la Iglesia, la identidad misma del Dios que ella anuncia al mundo, dando testimonio de la correspondencia entre lo que es y lo que obra a partir de la revelación de Dios en Cristo; es decir, mostrar globalmente, como comunidad creyente, el estilo de aquel que “no ha venido a ser servido sino a servir” (Mt 20,28) y hacia el que ella se dirige en su devenir histórico. Destacó el rol preponderante de las Conferencias Episcopales a la hora de integrar mejor el ejercicio del sensus fidei de todo el Pueblo de Dios y ayudar a las Iglesias locales a superar los particularismos, acompañando aquellas realidades en las que resulta más difícil adquirir un estilo sinodal, y ayudarles a entender nuevamente la misión de la Iglesia como un deber de todos. Valorar las diferencias y construir la unidad Czerny manifestó que “reconocer las semillas de la Palabra, ya de por sí presentes en las diferentes culturas, significa confesar con fe que la evangelización se despliega como un llevar a la Verdad de Cristo, con respeto y estima, hacia la identidad del otro”. Refiriéndose a la inculturación de la fe, puntualizó que se trata de un proceso bidireccional, que debe pensarse desde la perspectiva de una correspondencia recíproca. “Existe una sabiduría que emana de las culturas de los pueblos indígenas, que, al enriquecerse con el misterio cristológico, aporta a la comprensión del mismo, en este caso a la teología de la creación, una profundidad única e irrepetible”, acotó. También habló sobre la descolonización. En este sentido, reivindicó el deber de trabajar para que ese proceso no implique solo superar y curar las heridas del pasado, sino también promover y apoyar la recuperación y la clarificación de una identidad que a menudo ha seguido resistiendo en la sombra, clandestinamente, hibridando costumbres y tradiciones. Sobre el congreso La agenda de este encuentro prevé, entre otros acontecimientos, la santa misa, las conferencias, los trabajos en grupos de conversación. Los participantes reflexionan sobre los sueños sociales, ecológicos, culturales y eclesiales; la tierra, el techo y el trabajo por la paz; la Economía de Francisco y Clara; los desafíos para un país receptor de migrantes, entre otros asuntos. El Cardenal Czerny recordó, entre otras temáticas, la importancia de trabajar juntos por nuestra casa común, evidenciando los problemas que genera el extractivismo en la Amazonía, entre otras amenazas al medio ambiente. Descarga la ponencia de Michael Czerny Ponencia de Fernando Fuentes: formación superior en Doctrina Social de la Iglesia Fernando Fuentes participó en el Congreso poniendo en común la experiencia formativa de la Fundación Pablo VI, de la que es Subdirector. Descarga la
En el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo: “¡No más muertes en el Trabajo! y esforcémonos en lograrlo”.
Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social firman una nota para el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo que se celebra el 28 de abril. “¡No más muertes en el Trabajo! y esforcémonos en lograrlo” es el título que encabeza este escrito. Un título que recoge la llamada que hacía el papa Francisco en su homilía de la Misa de Nochebuena 2021. La presentación del documento corrió a cargo de Don Abilio Martínez, Obispo de Osma-Soria y Responsable del Departamento de Pastoral del Trabajo de la CEE I. Introducción. La vida es el mayor bien que atesoramos y que hemos de honrar viviéndola con dignidad, de acuerdo con nuestra vocación de hijas e hijos de Dios. Cuidar esta dignidad implica cuidar nuestra salud en el más amplio de los sentidos, también en el ámbito laboral, preocupándonos por la de quienes trabajan. Con este mismo objetivo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebra el “Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo” cada 28 de abril. Su objetivo es insistir en la prevención de accidentes y enfermedades en el lugar de trabajo. La celebración nos ofrece la oportunidad de concienciar a la población sobre este gran problema que afecta a tantas personas y familias. A la Iglesia le preocupa este asunto, como demuestran las manifestaciones de apoyo y de compromiso en este ámbito, surgidas en varias diócesis españolas. También se han dado iniciativas, en este sentido, en el seno de la Conferencia Episcopal Española.[1] II. La Salud Laboral. Una realidad dura, injusta y silenciada. Durante 2022, en España, murieron más dos personas cada día a causa de la siniestralidad laboral, registrándose 1.196.425 accidentes, más de 3.277 diarios, y se dieron 22.589 casos de enfermedad relacionada con el trabajo[2]. No son números. Son personas. Tras las cifras, hay personas, con nombre y apellidos, que forman parte de una familia. Cada número nos habla de un proyecto de vida truncado, de personas desprotegidas que deben asumir las consecuencias de un accidente que les deja mermada su capacidad para ganarse la vida y, peor aún, nos habla de la cantidad de hombres y mujeres que, saliendo de casa a ganarse la vida, acaban encontrando la muerte en su lugar de trabajo. «El mayor reto que plantea la inseguridad laboral es, tal como ha destacado la Doctrina Social de la Iglesia, el atentado contra la dignidad de las personas provocado por una cultura materialista y basada en el dinero que suprime a la persona como centro de la vida económica» Monseñor Abilio Martínez Normalizamos lo que no puede ser normal. En muchas ocasiones, las muertes en el trabajo son ignoradas, normalizadas e invisibilizadas. Este problema no aparece en nuestras conversaciones, ni en las noticias de los informativos. Vivimos de espaldas a una tragedia que tampoco está presente en las agendas políticas. Más aún, se tiende a percibir esta lacra como meros episodios individuales, que atañen sólo a quienes los sufren, achacando lo sucedido a la fatalidad o a la negligencia de los propios trabajadores. Pero la falta de salud laboral tiene que ver mucho con la calidad del puesto de trabajo, con los ritmos de producción impuestos en él, con las condiciones objetivas del trabajo o con el incumplimiento de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales en las empresas. Se trata, en definitiva, de un problema social relacionado con profundas y permanentes carencias estructurales de nuestro mercado laboral, que reclama respuesta y soluciones concretas y eficaces, porque cada vida importa. III. La vida: el más sagrado de nuestros bienes… también en el trabajo. “La vida humana (…) es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad” (EV, 2)[3]. La persona, centro de las relaciones laborales. El trabajo es una dimensión consustancial al ser humano. A través de él colaboramos con el Padre en su tarea de la Creación y, a la vez, vamos experimentando nuestro propio crecimiento personal.[4] Como dice s. Juan Pablo II: “el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto (…) una consecuencia muy importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está «en función del hombre» y no el hombre «en función del trabajo».” (LE, 6) La economía, al servicio de la vida. En nuestra sociedad, vivimos una situación de profunda injusticia estructural que consiste en dar a los bienes producidos más valor que a la persona que los hace posibles. De esta manera “el hombre es considerado como un instrumento de producción” (LE, 7), lo que supone la negación de nuestra dignidad como hijas e hijos de Dios al convertirnos en simple fuerza de trabajo, en instrumento del que obtener un beneficio económico. El trabajo es para la vida. Por ello, debemos hacer nuestro el lamento del mismo papa Francisco en la Nochebuena del 2021: “En el día de la Vida repitamos: ¡No más muertes en el Trabajo!” y, sobre todo, hagamos mandato de lo que dijo para terminar esa frase: “y esforcémonos por lograrlo”. La Iglesia no puede por menos que implicarse: “El compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente eclesial, que exige la acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la comunidad cristiana” (EV, 79). Si verdaderamente apostamos por la vida por la defensa de la salud y la seguridad laboral necesitamos, desde la cultura del cuidado, hacer frente al descarte de lo humano. “Si el trabajo es una relación, entonces tiene que incorporar la dimensión del cuidado, porque ninguna relación puede sobrevivir sin cuidado (…) Un trabajo que cuida, contribuye a la restauración de la plena dignidad humana (…) Y en esta dimensión del cuidado entran, en primer lugar, los trabajadores (…)”.[5] IV. “Esforcémonos por lograrlo”. Para revertir esta situación de dolor y generar movimientos comprometidos en la defensa de la salud y la seguridad en el trabajo, debemos seguir el modelo del buen samaritano. En esta parábola encontramos
A sesenta años de la encíclica «Pacem in Terris» de san Juan XXIII
La encíclica conserva una fuerte carga de actualidad en este mundo de la guerra a pedazos que no logra “desarmar el corazón”. ANDREA TORNIELLI, Vatican News «Crece entre los seres humanos la convicción de que las controversias entre los pueblos no pueden resolverse recurriendo a las armas, sino mediante la negociación». Hace sesenta años, el santo Papa Juan XXIII, ya a las puertas de la muerte, entregó al mundo su encíclica sobre la paz, que formaba parte de los primeros pasos hacia el desarme y la distensión. La doctrina de la «guerra justa» llegaba a su fin y, con gran realismo, el Pontífice bergamasco advertía de los riesgos de nuevos y poderosos armamentos nucleares. Sesenta años después, ese texto sigue siendo aun actual y, por desgracia, ignorado. La persuasión sobre los efectos devastadores de una posible guerra atómica no parece hoy tan presente como en aquel abril de 1963: el mundo está desgarrado por decenas de conflictos olvidados, y una terrible guerra, que comenzó con la agresión de Rusia a Ucrania, está en curso en el corazón de la Europa cristiana. La cultura de la no violencia lucha por hacerse un espacio, mientras que incluso las palabras «tratativas» y «negociar» parecen blasfemas para muchos. Incluso el fortalecimiento de una autoridad política mundial capaz de fomentar la resolución pacífica de las disputas internacionales ha dado paso al escepticismo. La diplomacia parece apagada, la guerra y la loca carrera a los armamentos se consideran inevitables. Y, sin embargo, a pesar de este sombrío panorama, los principios enumerados por el Papa Roncalli en «Pacem in Terris» no sólo siguen interpelando a las conciencias, sino que son puestos en práctica a diario por quienes no se rinden ante la inevitabilidad del odio, la violencia, la prevaricación y la guerra. Lo atestiguan los «artesanos de la paz» que hoy llevan a cabo sus misiones en Ucrania y en tantas otras partes del mundo, a menudo poniendo en peligro sus vidas. Lo testimonian todos aquellos que se toman en serio las palabras que el Papa Francisco pronunció en la nunciatura de Kinshasa al encontrarse con las víctimas de una violencia indecible: «Para decir verdaderamente ‘no’ a la violencia no basta con evitar los actos violentos; es necesario arrancar de raíz la violencia: pienso en la codicia, en la envidia y, sobre todo, en el rencor». Hay que tener «el valor de desarmar el corazón». Mª Teresa Compte: Juan XXIII Consiguió superar el esquema liberal-socialista Alfa y Omega: A comienzos del próximo mes de abril se cumplirá el 60 aniversario de la encíclica Pacem in terris. Será esta una oportunidad de oro para detenerse a repensar la contribución del magisterio del Papa Roncalli a la rica tradición de la doctrina social de la Iglesia (DSI). Entre todas las claves que configuran su enseñanza, hay una que podría considerarse el núcleo duro de la DSI y que se aprecia especialmente en Pacem in terris. No es otro que la antropología teológica o trascendente expresada en el trinomio encarnación-filiación-redención. Juan XXIII fue muy consciente de los nuevos retos a los que se enfrentaba la Iglesia en su misión de anunciar la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Y para hacerlo, la DSI estaba llamada a pasar de la refutación a profundizar en su naturaleza antropológico-teológica para escapar definitivamente de las tentaciones de la llamada tercera vía. Este Pontífice inició un camino que el Vaticano II y sus sucesores han ido profundizando hasta conseguir que la DSI deje de ser vista a modo de inventario o como un simple análisis social. Consiguió superar el esquema liberal-socialista y lograr que en la DSI emergieran la justicia social y el bien común como criterios prácticos capaces de responder a las exigencias de la naturaleza humana. En este sentido, el magisterio social de Juan XXIII ofrece un modelo de discernimiento a través de unos elementos de juicio —amor, verdad y justicia— que la DSI ha incorporado como criterios de verificación de la justicia de los sistemas económicos y políticos. En sus enseñanzas, la edificación de relaciones de convivencia, sean políticas o socioeconómicas, no es una tarea de naturaleza técnica, sino eminentemente moral y espiritual. Y el discernimiento cristiano debe conducirnos necesariamente al fortalecimiento de la conciencia social de la comunidad católica. Esto es, precisamente, lo que los católicos debían aprender, escribió este Papa, en el ejercicio de sus tareas cotidianas: ajustar su actividad a los principios y normas sociales de la Iglesia, y no al revés.
Benedicto XVI y el trabajo humano
PASTORAL DEL TRABAJO Tras la muerte del papa emérito se han publicado multitud de palabras sobre su magisterio al frente de la Iglesia. Me gustaría resaltar un aspecto que no he encontrado mucho ni antes de su muerte ni después –no he podido leer todo lo publicado- y que para quienes vivimos la fe en Jesús de Nazaret y, especialmente para los militantes obreros cristianos, es una aportación importantísima, que desde que la formuló en la encíclica Cáritas in veritate, nos viene ayudando mucho en nuestra militancia en el trabajo y en las organizaciones obreras, para junto a otros, luchar por construir un Trabajo Decente. En el núm. 63 de la encíclica lo define así: “…Pero ¿qué significa la palabra «decente» aplicada al trabajo?” Si juntamos los aspectos de su definición y la realidad existente veremos que todos podemos hacer algo para mejorar la vida de muchos en el trabajo: “Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer” ¡Cuánto necesita el trabajo liberarse de la dictadura del mercado, la productividad, la explotación,…, de ser estable, repartido, respetuoso con la vida y el planeta! “un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad”. ¡Qué lejos está el grueso del trabajo de tener en cuenta la totalidad de necesidades, potencialidades y aspectos que conforman la originalidad de todas y cada una de las personas para que su labor redunde en beneficio de todos! “un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación”. Salarial, de género, color, procedencia, cargas familiares, aspecto,… “un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar”. Hemos normalizado salarios flexibles y que los dos progenitores trabajen para afrontar los gastos vitales de la familia: vivienda, energía, alimentación, etc., endosando el cuidado de los hijos a los abuelos o actividades extraescolares. Aquí no podemos dejar de mencionar y denunciar lo enormemente extendida que está la explotación infantil en el mundo. “un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz”. Es alarmante la frecuencia de noticias que refieren posibilidades de contratación laboral, con horarios y condiciones ilegales, entre ellas, que la persona contratada se mantenga lejos de los sindicatos. “un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual”. Hoy es enorme la cantidad de personas que trabajan lejos de donde viven sus familias, sus amistades, lejos de sus ambientes vitales y de relación, lo que produce desapegos, frustración y desarraigo. “un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación”. Podemos ver a nuestro alrededor multitud de hombres y, especialmente mujeres que malviven con pensiones ínfimas, a pesar de haber trabajado toda su vida. A la Iglesia y concretamente a los militantes de la Pastoral Obrera y del Trabajo nos viene ayudando mucho esta definición del trabajo decente hecha por Benedicto XVI, pues de forma sencilla, uniendo razón y fe, expresa lo que anhelamos para las personas del trabajo desde la perspectiva de los hijos de Dios, de manera que puede ser compartida por creyentes y no creyentes. Construir un trabajo decente puede y debe ser tarea de toda la sociedad, objetivo en el que cada persona puede implicarse desde su situación o realidad concreta y así, trabajar por todos. José María García Gálvez Militante de la HOAC y Director del Secretariado de Pastoral Obrera y del Trabajo Archidiócesis de Granada